miércoles, 22 de febrero de 2017

EL OTRO CRISTO ESPAÑOL--002

 EL OTRO CRISTO ESPAÑOL
 Un Estudio de la Historia Espiritual de España  e Hispanoamerica
Por JUAN A. MACKAY
Ediciones Alba México-Buenos Aires
Versión de GONZALO BAEZ CAMARGO
 1952
PREFACIO 
A LA PRIMERA EDICION EN INGLES 
Aunque el tema principal de este libro es Hispanoamé- 
rica, quien quiera entender la historia y problemas espiri- 
tuales de los países hispanoamericanos debe primeramente 
volver sus pensamientos a la tierra ibérica en que nacie- 
ron sus conquistadores. El apreciar debidamente la pere- 
grinación espiritual de este continente, depende de que 
se conozcan las fuerzas psíquicas que, emanando de Es- 
paña y Portugal, han forjado la vida v la historia todas 
de los países que lo componen desde los tiempos de la 
Conquista hasta hoy. 
La caída de la Monarquía Española, v la subsecuente 
transformación de un país al cual corresponde el honor de 
haber dado a la historia el primer gran Estado moderno, 
han despertado un nuevo interés en España y lo español. 
La Revolución de abril de 1931, aun cuando fortalecía los 
vínculos espirituales que unen a la madre patria penin- 
sular con sus antiguas colonias de América, otorgó a Es- 
paña un título genuino a formar parte del nuevo mundo 
hispánico, del cual puede decirse, sin exageración ni male- 
volencia, que es "un rosario de cráteres en actividad." 
Parte de esta actividad volcánica brota de condiciones 
sociológicas heredadas que la hacen inevitable; otra parte, 
sin embargo, y que va en aumento, es expresión de ese 
conflicto de ideas que tan trágicamente divide la opinión 
moderna con respecto a la forma que debe asumir un 
verdadero orden social. En el mundo del mañana, que 
se encuentra más allá de la polvareda y estrépito de la 
actual crisis de la sociedad, los países que forman el grupo 
hispánico de naciones ocuparán, por razones múltiples, 
un lugar único en la arena internacional. Su situación del 
momento recuerda la antigua visión del Profeta de Ana- 
thoth, cuando vió en el desierto de judea florecer un al- 
mendro y muy cerca de él un caldero hirviente. Es evidente 
que se acerca una nueva primavera, pero ¿quién se aven- 
turaría a predecir si las brisas primaverales de Dios trae- 
rán primero, al orear las pampas y las sierras, el aroma 
de los almendros en flor o la espuma del caldero en que se 
engendran las tempestades? 
Este libro se limita a tratar de un sólo aspecto de la 
vida y pensamiento de los países a que está dedicado, a 
saber, el aspecto religioso; pero se esfuerza por tratarlo 
de la manera más completa posible. Su propósito es ofrecer 
una introducción general al estudio del problema del mun- 
do hispánico que todos admiten que es su problema capital. 
No obstante, no se trata en este libro, por referencia 
directa, de todo el mundo' hispánico. En nuestro cuadro no 
entran diez naciones hijas de España que se encuentran 
al norte del Istmo de Panamá. Sin embargo, el excluirlas 
no altera en esencia el carácter representativo del estudio 
emprendido en estas páginas, en virtud de que dichas 
naciones reproducen en general los mismos rasgos v ten- 
dencias espirituales de sus hermanas las naciones del sur. 
Por otra parte, el incluirlas nos obligaría a tratar de Mé- 
xico, y debido a las luchas religiosas que han venido te- 
niendo lugar en este país, y que dan origen a numerosos 
rasgos originales, algunos de los cuales jamás se darán 
quizá en la mavoría de los países hispánicos, sólo puede 
tratarse adecuadamente de México dedicándole un estudio 
especial. 
Se observará, además, que concedemos más atención 
a España v las tierras sudamericanas por ella colonizadas, 
que a Portugal y su gran vástago, la moderna República 
del Brasil. La razón por la cual tratamos del alma ibérica 
como fundamentalmente española, es que en los tiempos 
de oro de la historia peninsular, Portugal no era más que 
una "variante" de España, tan espiritualmente afin al país 
mayor como hoy lo son Cataluña v el País Vasco. En 
cuanto a ese país, tan extraordinario territorial y espiri- 
tualmente, que es el Brasil, el autor espera que alguien 
que esté completamente compenetrado de su espíritu, vida 
y literatura, dará expresión en un futuro no lejano a las 
cuestiones religiosas con que dicho país se enfrenta, en una 
forma para la cual quien esto escribe no se considera 
capaz, debido a la limitación que le impone el hecho de 
haber estado relacionado casi exclusivamente con las re- 
públicas de habla española del continente. 
Lo que aquí ofrecemos al lector es un primer intento 
de tratar en conjunto del problema religioso de esas na- 
ciones: Las voces interpretativas a que el autor presta 
atención en estas páqinas sen casi por completo pertene- 
cientes a figuras representativas de sus respectivos países, 
y no pocas de ellas gozan de reputación internacional en 
el mundo de habla española. Una de ellas, Miguel de 
Unamuno, figura entre las escasas voces proféticas de 
nuestros días, y el número de sus lectores angloparlantes 
aumenta cada día merced a las traducciones de sus libros 
al inglés; pero la mayoría de los otros autores que citamos 
aquí son todavía poco conocidos para el mundo anglo- 
sajón. 
El concepto que el título de este libro encierra, hace 
surgir desde luego la cuestión de si no hay también otro 
Cristo británicoamericano que espera ser redescubierto. 
Pues si España recibió en el siglo xvi una visión religiosa 
que no quiso o no se le permitió seguir, la reliqión britá- 
nicoamericana ha mostrado, en tiempos recientes, la ten- 
dencia a perder la visión espiritual que el siglo xvi legó 
al cristianismo evangélico. Un cierto número de figuras 
románticas que llevan cada una el nombre de Cristo y en 
que se encarnan los ideales particulares de sus varios 
grupos de admiradores, han suplantado al Cristo verda- 
dero. En realidad tanto el mundo anglosajón como el 
mundo hispánico están abrumados por una necesidad 
común: "conocer" a Cristo, "conocerlo" para la vida y el 
pensamiento, "conocerlo" en Dios y a Dios en El. Pablo 
de Tarso, el má^ grande "Cristóforo" y "Cristólogo" de 
la historia, es decir, el supremo portador e intérprete de 
Cristo en la era cristiana, ocupa el terreno común que 
hispánicos y anglosajones tenemos que pisar juntos. A 
llegar a ese punto nos ayudarán, tanto a unos como a 
otros, una gran sucesión de guías que va desde Unamuno, 
Barth, Kierkegaard y Juan Wesley, pasando por Fray 
Luis de León, Martín Lutero y San Agustín, el obispo 
de Hipona. La salvación de unos y otros depende de que 
reconozcamos el hecho de que el cristianismo es por com- 
pleto algo diferente de lo que comúnmente usurpa ese 
nombre. 
Juan A. Mackay 
México, D. F., 14 de abril de 1932, pri- 
mer aniversario de la República Española 
NOTA DEL TRADUCTOR: En unos cuantos casos, en que le fué 
imposible al traductor localizar y citar directamente la fuente original 
de los pasajes de escritores españoles e iberoamericanos incluidos en 
este libro, fué menester traducirlos de la cita en inglés. Esta retra- 
ducción, que hace que la cita ya no resulte textual, no va entre- 
comillada. 
CONTENIDO 
A manera de prólogo 7 
Prefacio 10 
Iberia y la epopeya católica en Sudamérica 1/ 
El alma ibérica 19 
La epopeya religiosa de la conquista ibérica 38 
Teocracia colonial 55 
Desaparece el rey y llega el Papa 71 
La reacción neocatólica 87 
Una filosofía del cristianismo español 99 
Sudamericanización de un Cristo español 101 
El otro Cristo español en el siglo de oro de España 130 
El otro Cristo español en la España moderna 142 
Nuevas corrientes espirituales en Sudamérica 161 
En busca de un nuevo camino 163 
Algunos pensadores religiosos contemporáneos .... 200 
El advenimiento del protestantismo 230 
Una crítica del protestantismo en Sudamérica .... 255 
Apéndice 272 

EL OTRO CRISTO ESPAÑOL-001

EL OTRO CRISTO ESPAÑOL 
Un Estudio de la Historia Espiritual de España  e Hispanoamerica
Por JUAN A. MACKAY
Ediciones Alba
México-Buenos Aires
Versión de GONZALO BAEZ CAMARGO
1952
 
 Es un profundo y desapasionado estudio de la tradición re> 
ligiosa española e iberoamericana. 
Con claro entendimiento del al- 
ma de estos pueblos y de las 
huellas que los acontecimientos 
de la historia le han dejado a 
través de los siglos; el autor 
analiza con destreza y acierto 
las grandes necesidades humanas 
frente a la revelación de lo di- 
vino; y hace declaraciones pro- 
féticas que brotan no de un frío 
intelectualismo filosófico sino de 
un corazón y una mente que ha 
estado en contacto con lo eterno. 
£1 tema es por demás sugestivo y el autor lo desarrolla con 
la habilidad de la experiencia de 
un alma que ha encontrado el 
verdadero Cristo, un Cristo Vivo 
señor de la muerte y de la vida, 
un Cristo universal, verdadero, y 
único. 
El autor de este libro nació 
en Invermess, Escocia. Su cuna 
de origen lo identifica con los 
celtas, con los celtíberos, con los 
iberos hasta hacer que se sienta, 
como él mismo lo afirma, muy 
cerca de los pueblos de habla española

A MANERA DE PROLOGO 
Sorprendió en una ocasión a su auditorio el autor de 
este libro, declarando que en sus venas no corre una sola 
gota de sangre anglosajona. Y luego explicó que su origen 
escocés lo identifica, en realidad, con los celtas, los celtí- 
beros y los iberos, por lo cual, si de raza se trata, cree 
encontrarse más próximo a nosotros los iberoamericanos, 
que a los sajones v los anglos del Reino Unido. 
Fuere como fuere, no ha sido para el autor cuestión de 
raza el haberse interesado desde muy joven en la vida y 
problemas de España, Portugal y los pueblos americanos 
que de aquéllos descienden. No es exagerado decir que 
quizá con la sola excepción de Waldo Frank, no hav otro 
pensador de habla inglesa que haya estudiado v compren- 
dido más a fondo los problemas espirituales del mundo 
de habla española y portuguesa. 
Y aun esto de llamarle pensador "de habla inglesa" 
sólo puede referirse a su habla de origen. Pues Juan A. 
Mackay ha llegado a poseer el castellano con tal maestría, 
que difícilmente podría decidirse cuál de los dos idiomas 
maneja con más naturalidad, propiedad v elegancia. Sus 
conferencias, tanto en castellano como en inglés, además 
de la profundidad v claridad de sus pensamientos, son 
toda una cátedra del buen decir. 
Sus estudios en Madrid y Lima, v su larga permanen- 
cia en países iberoamericanos, especialmente en Perú y 
México, le han permitido una auscultación sagaz y a la 
vez llena de humana simpatía, de la vida y cultura de 
nuestros pueblos, que ha procurado interpretar a sus pú- 
blicos de Gran Bretaña y los Estados Unidos. El presente 
libro es considerado como un clásico en lengua inglesa 
sobre la historia y panorama espirituales de España y la 
América Española. 
El tema no podía ser más fascinador. Con la más alta 
apreciación de sus valores genuinamente cristianos, Mac- 
kay sondea la riquísima tradición religiosa española e 
iberoamericana, y va discerniendo las huellas luminosas 
—más aún, el cálido palpitar de vida y presencia— de un 
Cristo que las convenciones, los ritos y los juegos 
de la politica, han mantenido soterrado: el Cristo de los 
Evangelios, en el que creyeron y al que amaron entraña- 
blemente los grandes místicos del Siglo de Oro y los 
grandes santos laicos de nuestros días ' — como Unamuno 
y don Francisco Giner— ; el "Otro Cristo Español". 
En el pensamiento de Mackay, la gran renovación 
religiosa que España e Iberoamérica esperan y urgente- 
mente necesitan, consistiría, esencialmente, en rescatar de 
su sepulcro de tierra a este "Otro Cristo" que es el Cristo 
' verdadero y al que en sus mejores y más iluminados 
momentos de intuición espiritual, el alma hispánica se 
abrazó, abrasándose en El su más íntima entraña. Eco, 
este de la voz de Mackay, de la de su gran maestro Una- 
muno, que en su prefacio a la "Vida de Don Quijote y 
Sancho", convocaba a una cruzada espiritual para ir a 
rescatar a Cristo de su moderno sepulcro. 
Interesante es, en la proyección del pensamiento del 
autor, el papel esencial que el protestantismo desempe- 
ñaría en esta gran renovación ibérica e iberoamericana: 
seria, en última instancia, no el trasplante de una forma 
exótica de religiosidad, sino contacto suscitador, golpe 
de azada para despejar de escombros v extrañas vegeta- 
ciones el camino que conduce a los pies del Cristo de los 
Evangelios, que siendo Cristo universal es también, y por 
ello mismo, Cristo español. Así se plantarían las semillas 
y se abonaría el terreno para una propia, íntima y vasta 
reformación rehgiosa, acorde con la índole del alma hispá- 
nica, cuyo hecho fundamental sería el redescubrimiento del 
"otro Cristo español", el Cristo que habiendo sido carne 
de nuestra carne, es Vida, Espíritu v Verdad. 
Lo cierto es que esa reformación —que ha de ser un 
renovar de vida— ya tarda mucho. Cuando el autor escri- 
bió este libro, España acababa de levantarse de su pará- 
lisis de siglos y echaba a andar por nuevas rutas espiri- 
tuales. Entonces parecía inminente la gran renovación. Y 
en América, los pueblos parecían prontos a sacudirse el 
estupor secular que las inquietudes de nuestra vida in- 
dependiente no acababan de desterrar. Ai aparecer la 
presente edición castellana, la reacción que se asentó en 
España, y que un complejo de circunstancias históricas 
recientes ha contribuido a suscitar en América también, 
parece alejar cada día más el horizonte en que "Dios 
amanecerá" que decíase en el Quijote— para Ibero- 
américa y las naciones que le dieron vida. 
A la luzo mejor dicho, a la sombra-— de esta situa- 
ción, el entusiasmo y esperanzas del autor podrían parecer 
demasiado optimistas. Pero hay, sin embargo, en su 
mensaje, un optimismo esencial que permanece en medio 
de todos los cambios, por adversos que parezcan. Es el 
optimismo que se funda en la fe. La fe en el Cristo uni- 
versal y español, que no ha muerto nunca sin resurrección. 
El Cristo que, no importa cuán pesada sea la losa que 
cubre su tumba, la tumba que han querido sellar sobre él 
los escribas, fariseos y pretorianos de todos los tiempos, 
no puede morir para siempre v acaba por levantarse de 
entre los muertos, a la gloria de Dios v para vida de los 
hombres. 
Algún día —¿próximo? ¿remota?— Cristo resucitará 
también para los pueblos de tronco ibérico e indio. Y 
entonces nada ni nadie podrá volverlo a su sepulcro de 
siglos. Correrá por las vértebras de nuestra América el 
sagrado estremecimiento de los primeros tiempos del cris- 
tianismo, cuando el mensaje transformador era: "¡Cristo 
vive! ¡Cristo ha resucitado!" El cristo de tierra, el cristo 
muerto, el cristo fetiche, dejará todo el sitio al Cristo 
Vivo, al Señor de la muerte y de la vida, al Cristo español, 
americano y universal, al verdadero y único Cristo. 
Hacia el punto del horizonte por donde habrá de es- 
plender esa nueva mañana de la Resurrección, señalan, 
como índices proféticos, las páginas de este libro. 
G. Báez-Camargo 

P

martes, 21 de febrero de 2017

BODA ARGUETA DE AVILA- 1813- Santa Anna Malacatan- Huehuetenango

BODA 1813

LEON ARGUETA SAMAYOA
HIJO DE FAUSTINO ARGUETA Y DE MANUELA SAMAYOA- Españoles de Huehuetenango
CON LUCIANA MARIA DE AVILA
HIJA DE MARIANO DE AVILA E YSIDORA CALDERON- Españoles de Santa Anna Malacatán
Malacatancito
Huehuetenango
Guatemala

 BODA ARGUETA-DE AVILA- 1807- MALACATAN- Huehuetena...


Ladinos-Leon Argueta con Luciana de Avila
Año del Señor de mil ochocientos trece , día primero del mes de ¿Marzo? ---a Leon Argueta, soltero,hijo legítimo de Faustino Argueta  y de Manuela Samayoa, de la Parroquia de Gueguetenango,  y a Luciana María de Avila, hija legítima de Mariano de Avila y Ysidora Calderón de esta Parroquía ---------------------------------------

LAS TARDES CON LA ABUELA-Oscar Mayorga--Inocencio Largaespada



  LAS TARDES CON LA ABUELA 
 -RETRATO DE FAMILIA EN LA DISTANCIA

Oscar Mayorga

CONSEJO ESTATAL PARA LAS CULTURAS Y LAS ARTES DE CHIAPAS

Tuxtla Gutiérrez , Chiapas 
 México

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 Para leer historia sobre Luis Maldonado y Trinidad Fernández- De Valencia, España a Huehuetenango, Guatemala

  17
Inocencio Largaespada nació en León de Nicaragua en 1841 y a todas luces tenía en sus venas sangre negra. Su cuerpo y las facciones de su rostro eran de un mulato, si bien la piel no fuese tan obscura. Alto, fuerte, moreno, de cabellos rizados, de donde le venía el apodo de el Colocho, Inocencio, se decía en secretos de familia, era producto de los amores de una bella criolla y un esclavo negro de la hacienda de los Largaespada. Tu abuelo me confió que en la familia de su madre se contaba que aquel esclavo había sido un negro muy bello e inteligente que había logrado obtener su libertad por haber salvado en una ocasión la vida de sus amos durante un asalto que habían sufrido cuando iban en una diligencia de León a Granada. Había seguido viviendo y trabajando en la hacienda aun siendo un hombre libre y había sido entonces cuando la hija menor de los Largaespada se había enamorado de él y tuvieron amores. Cuando los patrones descubrieron que la joven estaba embarazada, decidieron que el negro debía morir y lo hicieron ahorcar, pero aceptaron al niño que nació poco después. Este pequeño mulato, que recibió el nombre de los Largaespada y fue educado como un hijo legítimo. A pesar del paso de las generaciones, el Colocho seguía mostrando en la familia los rasgos de aquel antepasado negro que pagó con su vida el atrevimiento de enamorarse de la hija de sus amos blancos. Pero la herencia genética no se manifestaba solamente en lo físico, sino sobre todo en lo espiritual. Aunque Inocencio a veces sonreía mostrando unos dientes blancos, perfectos, generalmente tenía un carácter melancólico, casi taciturno, como si fuera un extranjero lejos de su patria que estuviera añorando volver al pasado y vivir aquella vida que le bullía en la sangre y que parecía hablarle desde las profundidades de su espíritu. A menudo se le encontraba en las orillas del lago, oteando el horizonte, como adivinando más allá del agua y de la tierra, el vasto océano, del otro lado de cual estaba África, la tierra de los suyos, y se pasaba tardes enteras con la mirada perdida en la lejanía como buscando Angola, el país de sus antepasados negros.
Quizá por su apariencia física de mulato o por ser hijo único –dos hermanos suyos habían muerto de pequeños durante una epidemia y otro más en un accidente a la edad de quince años–, Inocencio era un ser solitario que parecía rehuir el trato con los demás. No había querido seguir estudiando sino que había asumido desde muy joven todo el trabajo de las dos haciendas de la familia Largaespada. Era un muchacho muy inteligente y resultó muy hábil para los negocios y bajo su administración los asuntos de la familia prosperaron aún más. Pero había en torno a Inocencio una especie de aura invisible que lo hacía muy distinto de los demás muchachos. Algo en él lo separaba de todos, era una actitud como de lejanía, como de repliegue en sí mismo que excluía a cuantos lo rodeaban. A la vez que parecía estar esperando siempre algo o a alguien. Como si hubiera sido arrancado de su propia tierra y conducido al exilio, parecía estar añorando siempre ese mundo perdido, lejano y distante; él mismo se sentía diferente de los demás muchachos de su entorno y se comportaba como un extranjero entre ellos.
Y, a menudo, se apartaba de todos; sobre todo cuando estaba en alguna de las haciendas, se iba durante días al monte, “en excursión”, decía, pero era una especie de retiro o huida de todos los demás. A veces permanecía largas horas sentado en una roca en la orilla de un río, extasiado viendo correr el agua. Sin embargo, tal vez por eso mismo, era un hombre de una personalidad fascinante. Irradiaba un atractivo que no dejaba de deberse sin duda al carácter exótico de ser mulato. Sus ojos negros parecían mirar siempre más allá de la superficie de las cosas y, sobre todo, de las personas. Y esto, a la vez que era atractivo, a mucha gente la ponía incómoda y reducía al mínimo el trato con él.
—Inocencio leía mucho y gracias a eso fue, con el tiempo, adquiriendo una vasta cultura. Le atraía mucho todo lo referente al continente africano. Devoraba ávidamente todo lo que se refiriera a relatos de viajes, descubrimientos de parte de los exploradores, todo lo que hablara de aquellas culturas tan lejanas y, para él, a la vez tan cercanas. África le parecía en el mapa que tenía la forma de un corazón. “Tal vez por eso me atrae tanto”, pensaba. Y le dolía en el alma todo lo que llegaba a saber del tráfico de esclavos que, aun entonces, se seguía teniendo. Sabía, por ejemplo, que en Haití, Cuba, Colombia y México, ya no digamos en Brasil, se seguían comprando clandestinamente esclavos negros procedentes, sobre todo, de Angola y del Congo. Sin contar el tráfico que los árabes seguían teniendo, especialmente en la zona africana del mar Índico, donde los cargamentos de esclavos negros desolaban poblaciones enteras de los pueblos de la costa, sobre todo en Tanganica y Mozambique.
Cuando llegó el tiempo de fundar una familia y de tener descendencia, el Colocho empezó a frecuentar las fiestas de León, donde la familia tenía una enorme casa cerca del Templo de la Merced. Inocencio era muy elegante y vestía con buen gusto, como correspondía a su clase social. Cuando llegaba a una fiesta las muchachas casaderas de la ciudad se alebrestaban todas “como las gallinas en un gallinero ante la presencia del gallo”, decía la madre de Inocencio, porque él era, a todas vistas, un excelente partido.
En una de esas fiestas, Inocencio conoció a Gervasia Lumbí Tinoco, una jovencita que pertenecía a la pequeña comunidad sefardita de la ciudad, descendientes de aquellos judíos expulsados de España en el siglo XVI. Gervasia era muy blanca, de cabellos obscuros y grandes ojos de pestañas largas y rizadas, sombreados por unas ojeras muy marcadas que los hacían parecer aún más grandes. Lo único que desentonaba un poco en su rostro perfecto era la nariz, tal vez un poquito grande para aquellos rasgos delicados y finos de Gervasia. Desde que la vio el Colocho se sintió atraído por aquella joven de rara belleza, muy distinta de todas las demás muchachas de León. Bailó toda la noche con ella y durante todas las noches de la semana siguiente le llevó serenata. Gervasia lo había cautivado: le encantaba aquella muchacha delicada que despertaba sentimientos extraños en él, hasta entonces nunca experimentados. Le atraía mucho físicamente pero era algo más que eso, había en ella una especie de desamparo, una aparente fragilidad que hacía que Inocencio se sintiera llamado a protegerla. Llegó a enamorarse de Gervasia y su amor fue, a lo largo de los meses que siguieron, una curiosa mezcla de pasión y de ternura.
La joven se enamoró también de Inocencio, le gustaba mucho aquel joven moreno y elegante que parecía ser portador de un secreto, que vivía como envuelto en todo un misterio que a ella le gustaría poder descifrar, además de que era amabilísimo y atento con ella, con un trato refinado que no se encontraba en los demás muchachos de León. Definitivamente, Inocencio Largaespada era toda una personalidad y Gervasia no lo pensó mucho para aceptarlo como novio cuando él le declaró su amor. Pero para hablar de matrimonio había que abordar la cuestión del origen de la familia de Gervasia.
Aunque los Lumbí Tinoco frecuentaban la iglesia y bautizaban a sus hijos, era bien sabido que no se casaban fuera de la comunidad sefardita del país y algunos de ellos se habían casado en el extranjero, siempre con miembros de sangre judía. Se decía que, como muchos de los sefarditas conversos, seguían practicando sus ritos religiosos, por ejemplo el Sabbat, y no comían jamás carne de puerco. La familia Largaespada era de ideas liberales y no precisamente muy religiosa, pero en la Nicaragua del siglo XIX, incluso en la ciudad de León, era impensable que un heredero de la alta burguesía no se casara por la iglesia. Todo era por cuestiones sociales. La familia Lumbí Tinoco vio con buenos ojos aquel romance porque le permitiría emparentar con una de las familias más ricas del país, los Largaespada, y no puso demasiada oposición a que la boda se realizara por la iglesia. El obispo de León pidió que Gervasia hiciera una confesión pública de su fe en la Santa iglesia, católica, apostólica y romana antes de unirse en sagrado matrimonio con Inocencio Largaespada. Y así fue.
La boda fue espléndida. Muchos meses y años después se seguía hablando de ella. Los novios lucieron bellísimos durante la ceremonia y la fiesta que siguió después duró tres días y tres noches. Inocencio, alto, elegante, con una blanca sonrisa enmarcada por sus ojos negros, su piel morena, su cabello rizado y sus largas patillas, iba vestido con un traje de lino blanco y una corbata roja. Gervasia, pálida, blanca, delicada, con la larga cabellera negra sobre sus hombros delgados, delicados, vestida toda de blanco, con un velo cubriéndole el rostro, llegó a la Catedral en una calesa acompañada solamente por su padre. Inocencio la esperaba a la puerta y la recibió con un beso en ambas mejillas. Hacían una bonita pareja. Todo auspiciaba una felicidad eterna.
—Debe haber alguna foto de ellos entre todo el paquete que trajiste –le dijo a Andrés la abuela Pina. Buscó con sus manos delicadas entre las fotos hasta que encontró la que buscaba–. Aquí está, mira qué guapos se ven los dos.
Andrés contempló aquella vieja fotografía, color sepia como casi todas las demás. No era del día de la boda pero ambos lucían muy jóvenes. Él tenía facciones notablemente negroides, de labios gruesos y nariz ancha, la piel obscura, el cabello muy rizado y las patillas largas. La mirada un tanto melancólica y el porte distinguido. Ella, junto a él, parecía aún más blanca de lo que seguramente era. Llevaba un vestido largo de gasa de colores claros, con muchos volantes. Los cabellos obscuros recogidos en un chongo del que se desprendían algunos bucles que enmarcaban un rostro más bien serio. “Parecen muy jóvenes e inexpertos”, pensó Andrés.
Durante los meses que siguieron a la boda Inocencio creyó vivir en el cielo. Amaba con toda el alma a Gervasia y descubrió en sí mismo una gran capacidad de ternura, algo nuevo, que nunca creyó que pudiera tener. Sus labios y sus grandes manos morenas, de largos dedos, acariciaban y besaban a aquella joven de piel blanca y suave como si se tratara de un objeto religioso, con cuidado, con delicadeza, con ternura. La besaba y tocaba como si ella fuera de cristal y se pudiera romper. Aquel gigante mulato, todo pasión, se transformaba en un tierno amante que transportaba a su joven esposa al séptimo cielo cada vez que hacían el amor. Además se llevaban muy bien en la vida cotidiana, pasaban tardes enteras platicando, compartiendo sus secretos como si siguieran siendo novios. Por primera vez en su vida Inocencio se abrió ante una persona; le confió sus dudas y sus tristezas, sus esperanzas y sus alegrías: todo. Llegó a confiarse plenamente en aquella que había llegado a ser el centro de su existencia y ella no lo defraudó. Gervasia supo escuchar y recibir todo lo que él le contó de sí mismo, lo guardó todo en su corazón y todo hizo que el amor de ambos creciera todavía más. La vida les sonreía y eran muy felices. Las dos familias daban gracias a Dios porque, además, con aquella boda, el patrimonio de ambas partes no sólo había aumentado sino que estaba protegido y, sobre todo, porque Inocencio y Gervasia eran, a los ojos de todos, los esposos más felices del mundo.
—A los pocos meses de la boda Gervasia descubrió que estaba encinta. Inocencio la colmó de regalos y le impidió todo esfuerzo físico. Pero la palidez de Gervasia aumentó con los meses y el embarazo fue difícil. Consultaron a los mejores médicos que había y gracias a ello y al reposo completo al que la sometieron durante meses, el bebé pudo salvarse. Dio a luz prematuramente a una bellísima niña morena clara, de ojos grandes y la cabecita llena de rizos negros: La Colochita, la llamaron desde el primer día. Pero Gervasia no se repuso del parto, tenía el corazón débil, y pocos días después murió. Era un día sábado. Inocencio no se había despegado de su lecho casi para nada y tenía sus manos entre las suyas en un vano intento de transmitirle fuerza, vida. Se sentía completamente impotente ante el ataque de la muerte que, poco a poco, perceptiblemente, se estaba llevando la vida de su amada. En un momento de su agonía Gervasia había recuperado la lucidez y se había dirigido a él con un suspiro de voz:
—Inocencio, amor mío, gracias por todo lo feliz que me has hecho en estos breves meses de vida juntos. Que el Señor te bendiga. Voy a morir pero sabe que mi corazón se queda contigo y yo me llevo el tuyo. Has sido mi único amor. Cuida mucho a nuestra hijita. Gracias por todo, querido…
A continuación le había pedido que encendiera una Menorah, la lámpara de siete brazos de los hebreos, que ella guardaba en el ropero y cuando él así lo había hecho, ella se había puesto a orar en hebreo:
—Shema, Israel, Adonay Eloheinu, Adonay Ehad –había repetido, cada vez con voz más débil, hasta que expiró.
Inocencio creyó enloquecer. Lloró durante todo un mes y no dejaba de ir al cementerio todos los días. Volvió a ser el joven taciturno y melancólico de antes, volvió a encerrarse en sí mismo y no dejaba que nadie se acercara a su dolor. Hasta que una tarde, la nodriza de la niña, una mulata inteligente y sensible de senos frondosos y amplias caderas, le dijo abruptamente que, aunque mucho le doliera la muerte de su esposa, no se olvidara que tenía una hija y que la pequeña tenía necesidad de él. Se acordó entonces Inocencio de la recomendación que Gervasia le había hecho en su lecho de muerte. Las palabras de la mulata, una mujer del pueblo, con toda la sabiduría de su raza, le habían como abofeteado el rostro del alma. Fue como si volviera a la vida. Desde el fondo de su dolor fue emergiendo una esperanza gracias a aquella pequeña criatura, débil e indefensa, que lo llamaba de nuevo a la luz. La Colochita vino a ser su único motivo para seguir viviendo. Todo el amor que había nacido en él gracias a Gervasia y que le dolía en el corazón desde la muerte de su esposa, lo dedicaría ahora a su hija. De no haber sido por la pequeña Inocencio habría muerto, seguramente se habría matado. Decidió vivir completamente para ella y en el secreto de su corazón, una tarde ante la tumba de su esposa, hizo un voto de no volver a casarse nunca.
La pequeña, a la que bautizaron como Timotea, creció con todo el amor de su padre que nunca volvió a casarse y que fue fiel hasta su muerte al recuerdo de Gervasia. Timotea, la Colocha, fue una niña feliz que no pareció añorar el amor de una madre. Desde pequeña dio señales de gran sensibilidad y de una inteligencia fuera de lo común. Su padre, rico y poderoso, le buscó los mejores maestros y la niña aprendió desde muy chica a tocar el piano, la mandolina y la guitarra. Tenía también talento para las lenguas y aprendió francés, inglés y alemán, casi tan bien como el español. Su padre la enviaba a pasar vacaciones todos los años a Europa, con la rama Largaespada que vivía en España. La joven Timotea recorrió casi todos los países del viejo continente y viajó en una ocasión hasta San Petersburgo porque quería conocer el Palacio de los Zares. Aunque no era una belleza excepcional, su elegancia y sobre todo su inteligencia, suplían con creces lo que físicamente le hiciera falta. En todas partes donde se presentaba, llamaba la atención y causaba sensación aquella joven esbelta y elegante, inteligente y culta que miraba siempre de frente y estrechaba la mano con decisión cada vez que era presentada en los círculos sociales de la alta burguesía europea. Su físico atraía las miradas de todos porque no se sabía, de entrada, de dónde era. Su piel morena clara y sus cabellos ensortijados le daban ligeramente una apariencia andaluza, pero el acento con el que hablaba el castellano denotaba inmediatamente que no era española. El manejo perfecto de otras lenguas y, sobre todo, el contenido de su conversación hacían pensar en la heredera de una familia noble o en una hija de diplomáticos. La gente casi no daba crédito cuando, finalmente, se sabía que era de un pequeño país de América Central, llamado Nicaragua.
—Una profesora de italiano que tuve en Siena me dijo una vez que cuando se mezclan sangres de grupos étnicos distintos, los mejores genes de cada grupo son los que dan lugar a personas cada vez mejores desde el punto de vista genético. El hecho que la bisabuela Timotea haya sido hija de un mulato y de una judía, además de tener sangre española e indígena seguramente en sus venas, hizo de ella una persona fuera de lo común. Y si además, tuvo la oportunidad de una educación esmerada y de adquirir una cultura amplia, no cabe duda que debió ser una mujer extraordinaria –dijo Andrés.
—Sin duda, de ella le venía a tu abuelo José Andrés Grijalva, el primogénito de Timotea, la vocación musical y el espíritu un tanto aventurero. Pero de eso te hablaré después
dijo la abuela Pina Maldonado mientras servía a su nieto un poco más de café humeante y oloroso, recién colado, que una de las sirvientas acababa de llevar.

lunes, 20 de febrero de 2017

BODA ARGUETA-DE AVILA- 1807- MALACATAN- Huehuetenango

 BODA 7 FEBRERO 1807
 MANUEL ARGUETA SAAMAYOA
 MANUEL ARGUETA FOMENTÓ INDEPENDENCIA DE HUEHUETE...
HIJO DE FAUSTINO ARGUETA Y DE MANUELA SAMAYOA-ESPAÑOLES DE 
 DON FAUSTINO ARGUETA y MANUELA SAMAYOA ESPAÑOLES/a...
HUEHUETENANGO 

CON VICTORIA DE AVILA
HIJA DE MARIANO DE AVILA Y DE YSIDORA CALDERON-ESPAÑOLES DE SANTA ANNA MALACATAN
HUEHUETENNAGO
Guatemala 
 

Españoles Manuel Argueta con Vita de Avila
Año del Señor de  mil ochocientos y siete, día siete del mes de Febrero, Yo el Padre Cura Vicario Fray Ysidro Gayetano Arevalo----a Manuel, soltero. oriundo y vecino del pueblo de Gueguetenango, hijo legítimo de Faustino Argueta y de Manuela Samayoa , y a Vita, soltera, oriunda y vecina de este pueblo, hija legítima de Mariano de Abila y de Ysidora Calderón, todos ladinos-----


GUILLERMO ARNOLDO WILHELM GONZALEZ- (De padre alemán)-Huehuetenango 1929

 GUILLERMO ARNOLDO WILHELM GONZALEZ
31 MARZO 1929
HIJO DE MAX WILHELM- ORIGINARIO DE ALEMANIA
Y DE JOVITA GONZALEZ
HUEHUETENANGO
Guatemala
Amñerica del Centro

Guillermo Arnoldo Wilhelm  h.leg. lad.
En Huehuetenango a seis de Abril de mil novecientos veintinueve---compareció Max Wilhelm , mayor de edad, originario de Alemania, de oficio agricultor,vecino de esta ciudad  y dijo: que en la misma el treinta y uno de Marzo último a las seis y cuarto p.m. nació Guillermo Arnoldo, hijo legítimo  ladino de él y Jovita González , esta última de oficios domésticos y de este vecindario ,. Ratificó lo escrito el exponente y firmó. Damos fe.
Max Wilhelm, Humberto Sosa, ante mí. L. Castillo.

domingo, 19 de febrero de 2017

AGUAYO /DE LEON- Españoles- 1800-SANTA ANNA MALACATAN-Huehuetenango

 24 FEBRERO 18OO
BODA
 DE DON MANUEL TRINIDAD DE AGUAYO
HIJO DEL CAPITÁN DON MANUEL ANTONIO DE AGUAYO
Y DE DOÑA NARZIZA MOLINA-Españoles
CON MARIA NORVERTA DE LEON CALDERON
HIJA DE BACILIO DE LEON Y DE BACILIA CALDERON-Españoles
SANTA ANNA MALACATNA
HUEHUETENANGO
Guatemala
América del Centro

Espan.s  Don Manuel Trinidad de Aguallo con María Norverta de León
Año del Señor de Mil y ochocientos , dia veinte y quatro de Febrero---Yo el Padre Cura Interino Fr. Feliz Vaquero , en esta Yglesia Parroquial de  Santa Anna Malacatán , a Don Manuel Trinidad de Aguallo, oriundo del Pueblo de Concepción Gueguetenango , hijo legítimo del finado Capitán Don Manuel Antonio de Aguallo, y de Doña Narziza Molina,  vecinos de este Pueblo, y a María Norverta de León, Española, nativa de este mismo Pueblo y vecindario, hija legítima de Bacilio de León, y de Bacilia Calderón,---------------------Fr. Feliz Vaquero

CONQUISTA DEL ITZA - Capitán Rodriguez Mazariegos

 HISTORIA DE LA CONQUISTA DEL ITZA
REDUCCION Y PROGRESOS DE LA DE EL LACANDON
Y OTRAS NACIONES DE INDIOS BARBAROS
DE LA MEDIACION DEL REYNO DE GVATIMALA 
A LAS PROVINCIAS DE YVCATAN
EN LA AMERICA SEPTENTRIONAL
DON JVAN DE VILLAGVTIERRE SOTO-MAYOR 
MADRID
ESPAÑA

Pag. 233
Y en que en preferencia de esta Señora , con toda veneración , y rendimiento devoto, en altas y compasadas voces, hizo, se rezase todas las noches el rosario, y letania con toda su familia, y las personas de su comitiva, y toda la demás gente que podía acudir, continuándolo desde  que llegó al pueblo de  Pazon.
Y en esta Villa de Gueguetenango se esforzó más la devoción, con los exortos y pláticas espirituales, tan doctas como fervorosas que hacían los Padres Misioneros Fray Diego de Rivas y sus compañeros, que mientras duró la residencia en aquel pueblo, perseveraron con su asistencia en el rezo con manifiesto placer y especial alegría; acabando el ejercicio cotidiano, con alabar al Señor Omnipotente , y a la Purísima Virgen María, lo cuál se estableció de tal manera, que en noche alguna no se faltó a esta devoción ,aún en los sitios y parajes muy desacomodados, fin escusarse de asistir a ella los más fatigados, del cansancio del camino , y trabajo de las armas , y faenas.
Agrégase la compañia del Capitán Melchor Rodriguez 
Agregose en esta Villa  de Gueguetenango la Compañia, de cinquenta Hombres, que se habían reclutado en aquel Partido, a cargo de el Capitán Melchor Rodriguez Maçariegos, quién se había ofrecido, él, y su Alferez Juan Salvador de Mata, y su Sargento Pedro de Chaves Galindo, y el Ayudante Antonio Galindo, a servir sin sueldo, con sus armas, y caballos, en la Facción.
Agrégase otra gente voluntaria-La gente de Tabasco también se agregó
Y también se agregaron otras muchas Personas voluntarias, de aquella Villa,  y de otros Pueblos de us Partido,y de otras Partes: Y también se incorporó la  Gente, que se había levantado en la Provincia de Tabasco.

sábado, 18 de febrero de 2017

BODA MOLINA VILLATORO-MALACATAN-Huehuetenango,1797

 ESPAÑOLES
 26 OCTUBRE 1797
BODA DE JOAQUIN MOLINA RECINOS
HIJO DE SILVESTRE MOLINA  Y DE MARIA ANTONIA RECINOS.-AMBOS DEL PUEBLO DE GUEGUETENANGO
CON MICAELA VILLATORO  DE ZOTO
HIJA DE JUAN VILLATORO -DEL PUEBLO DE GUEGUETENAGO 
Y DE RITA DE ZOTO-DEL VALLE DE BOVOS-( SIBILIA,QUETZALTENANGO)
 TODOS VECINOS DE MALACATANCITO
HUEHUETENANGO

Juachin Molina con Micaela Villatoro, Casados y Velados. Primeras Nupcias. Españoles
Año del Señor de mil setescientos noventa y siete, día veinte y seis de Octubre---YHo el Padre Cura Ynterino  Fr. Feliz Vaquero, a Joaquin Molina hijo legitimo de Silvestre Molina y de Maria Antonia Recinos, vecinos del Pueblo de Gueguetenango; y a Micaela Villatoro hijo legitimo de Juan Villatoro y de Rita de Zoto, vezinos de este Pueblo de Malacatán--- Fr. Feliz Vaquero


ASI NACIO ISRAEL- Por Jorge García Granados-

 ASI NACIO ISRAEL
JORGE GARCIA GRANADOS
 BIBLIOTECA ORIENTE
BUENOS AIRES
ARGENTINA
1949

CAPITULO I
ENTRADA POR LA PUERTA DE ATRÁS
PEDRO ZULOAGA, venezolano de espíritu liberal y miembro de la delegación permanente de su país ante las Naciones Unidas, alzó su copa.
—García Granados, usted debería estar en esta Comisióndijo con énfasis—. Necesitamos un luchador.
Hernán Santa Cruz, jefe de la delegación de Chile, me miró sonriente por encima de la mesa.
Sí —dijo—. Usted debe ir a Palestina.
Era a principios de mayo, en 1947. Un grupo de latinoamericanos estábamos terminando de almorzar en el comedor para delegados del cuartel general de las Naciones Unidas situado en Lake Success. El tema de nuestra conversación era la Asamblea Especial de las Naciones Unidas, ante la cual todos éramos delegados. Pocos días antes, el 23 de abril, se había abierto la Asamblea y habíamos iniciado nuestro examen preliminar del complicada problema de Palestina. Ahora, después de haber oído los argumentos de los portavoces judíos y árabes, las cincuenta y cinco naciones miembros iban a elegir un comité especial que fuera a Palestina, estudiara la situación. y volviera con una solución definitiva. Era un momento que la historia pintaba trágicamente. Veinticinco años de gobierno británico culminaban en el caos; en aguas palestinas los ingleses detenían barcos de refugiados judíos, cuyos pasajeros eran internados en campamentos británicos, en Chipre; miembros del movimiento clandestino judío perecían en la horca; los rebeldes tiroteaban a soldados británícos y hacían volar trenes; los árabes peleaban contra los árabes extremistas. . . La tarea confiada a esta comisión investigadora tendría proporciones hercúleas. evidentemente.
Debo decir que la sugestión de mía colegas me tomó de sorpresa. Apenas un mes antes, estando en Washington, mi mujer y yo habíamos  proyectado ir a Guatemala el  primero de Julio, de Vacaciones, acompañados por dos huéspedes: M. Henri Bonnet, el embajador francés, y Mme. Bonnet. Les había hablado de los encantos  de mi tierra, d ela temperatura moderada y el clima deleitoso de nuestras mesetas; y ellos habían aceptado nuestra invitación. Esperabamos  unas vacaciones  de tranquilidad y descanso.
A la sazón recibí un telegrama de mi gobierno, con instrucciones de ir inmediatamente a Nueva York para participar como jefe de la delegación guatemalteca, en la Asamblea Especial para Palestinaque había sido convocada a pedido de la Gran Bretaña.-.Yo no tenía muchas ganas de cambiar mis planes a último momento.: Pero, corno optimista incorregible que soy, le dije a mi mujer-
-Bien, no será por mucho tiempo. Estas sesiones acabarán en bocas semanas, y entoncer, podremos seguir adelante con nuestros
¿Cómo iba yo a saber que este pedido cambiaría el curso de mi vida en el año  siguiente y me introduciría de lleno en un problema que entonces tenía poco o ningún significado para mí? Al cabo de pocos meses no era ya embajador de mi país en Washington y estaba enredado, como tantas otras, veces en mi vida, en la lucha de un pueblo por la libertad.
No fue ningún conocimiento especial de mi parte lo que llevó a mis colegas a pensar en mi como miembro de la comisión investigadora.  Yo sabía muy poco sobre Palestina. Pero estaban seguros de que no bien entendiera a punto fijo dónde estaba la justicía, pelearía por ella con todas las fuerzas a mí alcance. Un año antes, en estos mismos salones, los latinoamericanos liberales nos habíamos unido en la lucha por conseguir que las Naciones Unidas denunciaran a la España franquista por su política antidemocrática  y dictatorial. Habíamos dejado ver Claramente dónde estábamos situados. El problema palestino sería una prueba mucho más crítica para saber si nuestra organización mundial podía aplicar  el gobierno de la ley y la razón en zonas de agudo conflicto político. La Única esperanza para la paz mundial está en la seguridad colectiva, y nosotros, corno ciudadanos y dirigentes de países pequeños, nos adherimos fervorosamente a esta fe. La Liga de las Naciones había zozobrado en la roca trágica de la política por el poder. Nosotros sabíamos que no osaríamos permitir a las grandes potencias que convirtieran también a las Naciones Unidas en liza  poder hacer alardes de sus fuerzas.
I.a eficacia de la acción internacional en Palestina dependía, sobre todo, de la imparcialidad del comité investigador que se enviara. Por ello todos nosotros estábamos alerta para ver por qué medios tratarían de influir las grandes potencias en la composición del comité. En la r.ntesala de los delegados, ese centro fascinante de murmuraciones e intrigas internacionales, ya se sabía la noticia: los Estados Unidos, en una rápida maniobra tendiente a impedir que el bloque soviético presentara su propia lista, y apoyados por Reino Unido, propondrían un comité de siete naciones: Canadá, Checoeslovaquia, Irán, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay.
Me sentí desilusionado. No era una lista fuerte. Si bien mucho dependía de las personas elegidas y de las instrucciones que recibieran de sus respectivos gobiernos, en caso de haberlas, ciertos hechos eran muy claros. Canadá, Holanda y Suecia estaban en el bloque occidental, y favorecían a Gran Bretaña, la potencia mandataria en Palestina. Perú era notablemente conservador, e Irán un estado musulmán cuya opinión no constituiría ningún secreto. Si esta comisión, como parecía probable, iba a redactar sus recomendaciones con el ojo puesto en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, no ayudaría mucho a encontrar la verdadera solución que ellos propusieran.
No bien se hizo pública la lista de los Estados Unidos, Polonia presentó una contrapropuesta, firmemente apoyada por Andrei Gromyko,delegado soviético. Quería quo los cinco miembros permanetnes del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, Gran Bretaña, La URSS, Fraacia y China— formaran el núcleo del comité; con lo cual, dijo, se aseguraría la aplicación indudable de cualquier solución que ellos propusieran.
Esto no gustó a los Estados Unidos. Washington prefería que Moscú no tuviera un papel importante en Palestina, y tampoco deseaba verse tan directamente implicado en el problema. El senador Warren Austin, delegado norteamericano, hizo una declaración más importante por lo que dejó de decir que por lo que dijo: sin duda, observó, cualquier organismo que incluya a los cinco grandes no puede pretender "ser imparcial". Alexander Parodi, de Francia, le apoyó; y Asa£ Alí de la India, hablando como defensor de las potencias pequeñas, señaló con cierto fastidio que, con la sola excepción de China, cada uno de los cinco grandes tenía intereses políticos o económicos en el Medio Oriente, y por lo tanto no deberían ser elegidos para formar el Comité.
Yo había observado anteriormente que los Estados Unidos seguían una técnica de globo de ensayo en las :Naciones Unidas. Si una proposición suya no obtenía el apoyo general, no la retiraban, sino que sugerían una enmienda para resolver las objeciones, asegurándose así de que, saliera al fin lo que saliera, su idea básica no se habría perdido. Por consiguiente esperábamos que el senador Austin sacara a relucir tarde o temprano una enmienda a su propuesta original de los siete países.
La composición del Comité llegó al voto el 13 de mayo: fué un día de discusiones vigorosas, en que el bloque soviético defendió ardientemente su punto de vista. Primero votamos la proposición rusa de que el Comité estuviera compuesto solamente por estados del Consejo de Seguridad_ Fue derrotada rápidamente. También se perdió la proposición polasa de que el Comité constara de 11 naciones inclusive los Cinco Grandes.  Finalmente votamos una moción australiana para que el Comité estuviera compuesto por 11 países, excluyendo a los Cinco Grandes. aquí, aunque las Naciones Unidas trataban uno de los problemas más de su histeria, treinta y una  naciones se abstuvieron de votar o figuraron como ausentes, y la moción australiana fue aprobada por dos votos, 13 a 11. No pude menos de pensar lo siguiente:  Nos estamos acercando al problema como si fuera a estallarnos en la  cara. Es complicado, sí, ¿pero acaso no estamos aquí para tratar asuntos complicados?
Inspirado por pensamientos semejantes. Jan Papenek, entonces delegado checoeslovaco, tomó la palabraa para decir, tristemente
—Considero esta votación como resultado directo del deseo de las grandes potencias de evitar toda responsabilidad en este importantísimo problema. Otros, más de la mitad de los estados miembros, también rehuyen su responsabilidad. Pienso que eso debe decirse claramente en este recinto._
Yo no me engañaba con respecto a las razones de todo ello: cada una de las grandes potencias buscaba una ventaja, y la mayoría de los países pequeños, con excepción del bloque musulmán, temían contrariar a los países más influyentes. Los delegados musulmanes encaraban la cuestión abierta y francamente, como partes en la disputa: sus posiciones y sus simpatías estaban establecidas de antemano. No era sorprendente, pues, que en este clima no se prestase atención a los méritos del caso.
Luego debimos ampliar la Comisión. Santa Cruz, de Chile, propuso a Guatemala y Yugoeslavia como los miembros octavo y noveno. El senador Austin propuso después que, como Chile ya había nombrado a un latinoamericano y a un eslavo, debíamos aprobar los nueve ya designados y elegir dos más, preferiblemente de países que representaran al Asia y a la zona del Pacífico meridional, lo cual daría al comité una vasta representación geográfica. No hubo objeciones en la sala; se llevó adelante la moción y en pocos momentos la India y Australia habían sido elegidas y la Comisión de Investigación estaba completa.
De esta manera, como idea tardía y por la puerta de atrás, gracias a la iniciativa de los delegados latinoamericanos liberales y el consentimiento de los Estados Lnidos y la Unión Soviética, Guatemala (y yo con ella) ingresó a la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, que la prensa mundial bautizaría más tarde con la sigla UNSCOP .
Como comité estábamos en una posición excepcional. Eramos el Tribunal supremo y el primer organismonacional que investigaría el problema de Palestina. Los comités investigadores que nos precedieran habían sido británicos o anglonorteamericanos. Eran responsables tan sólo ante sus propios gobiernos. Nosotros éramos responsables ante las naciones del mundo entero. Y yo sentía que esto era eminentemente justo, pues ha----
Continuará