martes, 28 de febrero de 2017

MANUELA ANASTACIA CALDERON RECINOS- Española- 1778 Malac. Huehuetenango

 MANUELA ANASTACIA CALDERON RECINOS- ESPAÑOLA
 28 MAYO 1778
HIJA DE DON TORIBIO CALDERON Y DE DOÑA FELIPA RECINOS- ESPAÑOLES
MADRINA: DOÑA GREGORIA OCAMPO
SANTA ANA MALACATAN
Huehuetenango
Guatemala

Manuela Anastacia  Española
En esta Sta. Yglesia Parrochial de Sta. Ana Malacatan en veinte y ocho dias del mes de Maio/Mayo/ de mil sett. setenta y ocho, ---y le puse por nombre Manuela Anastacia hija legitima de Don Torivio Calderón y Doña Felipa Recinos. fue madrina Doña Gregoria Ocampo---


MALVINA- 97-98

  MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
A LAS SEISvolvimos a la oficina. Malvina estaba ojerosa. Casi todas las mesas estaban desiertas, pero la luz brillaba en el despacho del señor Kaufman. Entramos. Estaba en mangas, de camisa, mirando pruebas de anuncios de calzado.
—Hicimos las visitas—dijo Malvina—. Yo tomé las notas y el señor Pulham se encargó de lavar la ropa.
—Veamos las notas—contestó Kaufman—. Se lanzó sobre los cuestionarios como un cajero de banco sobre los billetes.
—¿Han hablado? —preguntó—. —preguritó—. Léame eso—.Malvina tomó una hoja y leyó:
—«Es la primera vez que no va a importarme que Frenkel se quite los zapatos.»
Yo recordaba esta frase de la señora Frenkel, pero no imaginaba que Malvina la hubiera escrito.
—Ese es el género, ése—interrumpió Kaufman—. Eso tiene calor y colorido. ¿Tiene usted otros como ése?
—Muchos más—contestó Malvina.
—Está muy bien. Haga una historieta de cada entrevista. Será mejor que empiece usted ahora. Yo estaré aquí toda la noche. Espere usted un minuto, Pulham.
No volvió a hablar hasta que Malvina hubo cerrado la puerta.
—Ahora, de hombre a hombre, Pulham, ¿quiere decirme si ha existido en realidad esa señora Frenkel? Mire—explicó—esas entrevistas las ha intentado mucha gente. Es fácil caer en la tentación de hacerlas completamente imaginarias.
—Le doy a usted mi palabra, señor Kaufman.
—Pero... ¿cómo ocurrió todo? Explíqueme.
—La señora Frenkel quería llamar a la policía—contesté.—Pero le dije que no era necesario porque yo solamente quería lavarle una prenda de ropa. ¿No era eso lo que usted quería?
—¿Y le ha escuchado a usted?
 —Naturalmente. ¿Por qué no iba a escucharme?
—Pulham, por fuerza usted tiene un atractivo humano. Ahora váyase y ayude en su informe a la señorita Myles.
Cuando volví a nuestro cubículo, Malvina se había quitado el sombrero y estaba tecleando en su máquina.
—¿Puedo ayudarla en algo?—le pregunté.
Primero pareció molestarse; luego sonrió..
—No haga usted de Caperucita. Si no anda con cuidado vendrá un lobo y lo devorará. ¿Qué quería Kaufman?
—Hacerme preguntas sobre la señora Frenkel y hablar de calor y de colorido.
—Debe usted haberle impresionado.
—No veo por qué.
No importa. Me ha impresionado usted a mí. Antes lo creía antipático y ahora me gusta.
Sacó una hoja de la máquina de escribir y continuó:
—Repase la gramática de todo esto y luego déselo a la secretaria de Kaufman para que lo ponga en limpio. Y lo mejor es que salga y traiga unos sandwiches y café para los dos. Ahora, no hablemos más.
Nunca había visto escribir tan rápidamente. Según pasaba el tiempo la veía apretar los labios hasta convertirlos en una línea fina y voluntariosa.
-Puede irse a casa, si quiere—dijo una vez—. Lo terminaré yo sola. Estoy acostumbrada.
—No, —contesté—. Seguramente puedo ayudar en algo.
—Bueno. Entonces traiga más café.
Acabó el informe a las once y media, se echó las manos a la nuca y bostezó.
—Bueno—dijo—. Ya terminamos... ¡Qué cansada estoy!—. Alcanzó el sombrero, se lo puso y añadió—: Hasta mañana.
—La acompañaré hasta su casa—dije.
 —No sea tonto.
Es tarde. No debe irse usted sola a casa a tales horas—insistí.
Y¿cómo cree que voy generalmente?
Vivía algo distante y la llevé a su casa en un taxi. Iba reclinada en el asiento, con los ojos entrecerrados, mirando las luces.
—Algún día, tendré coche propio—iba diciendo—con un chófer que me esté esperando a la puerta cuando trabaje de noche; y tendré un abrigo de visón y una camarera francesa y lo invitaré a usted a comer.
—Magnífico.
—Y tendrá usted que venir de corbata blanca y saber conducirse—añadió—. Porque habrá muchas personas interesantes, escritores, artistas, actores. Bueno, ya hemos llegado. ¿Quiere subir?
Me invitaba como si fuese la cosa más natural del mundo.
—No, gracias; sólo quería acompañarla.
Subimos el tramo de escaleras de piedra parda que conducía a la puerta del vestíbulo; sacó de la cartera un manojo de llaves.
—Es bastante raro, pero tengo mis llaves.
—Vaya—le dije—buenas noches.
—Buenas noches—. Me miró en la penumbra—. Buenas noches ... querido—. Y me besó.
Yo no esperaba semejante cosa, pero lo hizo con tanta gracia que pareció lo único correcto que podía hacer.
—Buenas noches—contesté.
Despedí el coche, porque sentí ganas repentinas de pasear.
Ya en mi habitación antes de dormirme, repasaba lo que nos habíamos dicho Malvina y yo y pensaba en lo que iba a decirle la mañana siguiente.
Guillermo estaba en su sitio, cuando llegué a la oficina, pero Malviva no había venido todavía.

FAUSTINA DE MAZARIEGOS Y LARDIZABAL-ESPAÑOLA- 1774- MALAC. Huehuetenango

 FAUSTINA DE MAZARIEGOS  Y LARDIZABAL-ESPAÑOLA
MARZO 1774
HIJA DE DON SIMON DE MAZARIEGOS Y MALDONADO
 Y DE DOÑA MARIA PETRONA DE LARDIZABAL- AMBOS ESPAÑOLES
SANTA ANNA MALACATAN
Huehuetenango
Guatemala

Faustina Española--Sacada para remitir a Ostuncalco
En quatro dias del mes e Marzo del año de mil set. y setenta y quatro, Yo el Padre , Fr.  Joseph de Camposeco, puse oleo, Chrisme  y Baptize---a una Ynfanta que nació a pstrero del  próximo pasado mes pusele por nombre Faustina,es hija de legitimo matrimonio de Don Simón de Mazariegos y Maldonado y de Doña María de Lardisabale , la sacó de Pila, el R. R. P-Pdo.  Fr. Simón Joseph Collado. Y para que conste lo firmo. --

lunes, 27 de febrero de 2017

MALVINA-96

 MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
dijo Malvina—. No venimos a venderle nada.
--¿A qué vienen, entonces? Lárguense o llamo a la policía.
—Mire, señora Frenkel—intervine -esas no son maneras de hablar—. La señora Frenkel se quedó con los ojos redondos y la boca abierta—. Solamente venimos a pedirle—continué—que nos deje lavar la prenda de ropa más sucia que tenga usted.
La mujer lanzó un grito inarticulado y empezó a recular.

—¡Dios mío!—acertó a decir— ¿están ustedes locos ?
—No está mal que lo piense usted. También a mí me ha parecido una locura que nos hayan mandado aquí. Pero necesitamos saber lo que el público piensa de este nuevo jabón.
—¡Dios mío!—siguió diciendo la señora Frenkel—. Usted no ha lavado en su vida ni siquiera un pañuelo.
—En eso lleva usted toda la razón-repuse.
Siguió anclando hacia atrás y exclamando « ¡Dios mío!». La seguí hasta una salita, puse la maleta en una silla, saqué una caja de Copos Coza, me quité el saco y me remangué las mangas de la camisa.
—Ya estoy preparado—dije—si quiere usted llevarme al lavadero.
—¿Al lavadero—En aquel momento, algb le hizo reír—. Si quiere usted hacerse el loco, vamos a hacerlo todos. Espere a que saque los platos del fregadero.
Salió y vi que Malvina me miraba con ojos asombrados.
— ¿Qué le pasa, Malvina ? ¿He hecho algo que esté mal?

—No—contestó—. únicamente, yo no sospechaba que existieran unos seres como usted y la señora Frenkel.
Yo sólo pensaba en hacer lo mejor posible un trabajo poco grato. Pasamos a la cocina. La señora Frenkel me vió verter unos copos Coza en una cubeta de agua caliente. Entonces lavé un par de calcetines del señor Frenkel, bien necesitados de limpieza. Como la mayoría de las cosas, una vez metido en faena aquello no cra demasiado desagradable..
—Déjeme lavar a mí-dijo Malvina, 
 —No—contesté—. No estaría bien.
 Desde aquel momento todo fue fácil entre la señora Frenkel, Malvina y yo; así que, le preguntamos si no tenía amigos entre los vecinos que nos permitieran lavar alguna prenda.
Pues claro que tengo amigos. Esperen a que me ponga un vestido.
Salió momentos después, dejándonos solos en la cocina.
—Enrique—dijo Malvina—siento haber estado equivocada respecto a usted. Me confundió un poco que me llamara por mi nombre de pila.
— Enrique — habló de nuevo — creo que nos vamos a divertir.
Cuando, un par de horas más tarde, almorzábamos en un restaurantito, me preguntó:
—¿Querría decirme por qué razón entró usted a trabajar en la Agencia de Bullard? ¿Verdad que usted no lo necesitaba ?
Me puse a contarle mucho más de lo necesario y contesté a muchas y extrañas preguntas suyas. Quería enterarse de cómo era Hugo, nuestro mayordomo, y de los bailes que daba el club, y de nuestra casa de Boston.
—Ha tenido usted siempre lo que yo siempre he ansiado— comentó—; y ahora no lo necesita usted.
—¿Qué es lo que he tenido y ya no necesito?
—Dinero, seguridad. Algún día, yo también lo tendré. Algún día me asociarán en la agencia. Yo valgo y sé que valgo—concluyó. Había en su actitud y en su acento algo que provocaba a un mismo tiempo a la admiración y a la piedad. ¡Cuántas, como ella, gastan la energía de que son capaces en llegar a algo que, después de todo, no vale tal vez la pena!

MALVINA- 94-95

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942
Creo, sencillamente que no expresa la idea. En primer término, no se ven los pespuntes ni los botones.
Al señor Elsmere pareció molestarle la observación.
¿Me permite usted preguntarle—inquirió—, si ha podido usted ver en su vida los pespuntes de un abrigo a semejante distancia?
—¿Qué me importa la distancia?—arguyó el señor Kaulman—. Yo no le pago a usted por la distancia.
Al decir esto se fijó en mí y me hizo partícipe de su irritación.
—¿Qué quiere usted?—, gruñó.
—Me han dicho que me ha mandado usted llamar, señor Kaufman—, repuse.
—Ah, sí. Usted es Pulham, ¿no?. Bien. Siéntese ahí, junto a la señorita Myles. No, no se siente usted ahí. Venga aquí y mire ese dibujo. He aquí una impresión completamente nueva, señor Elsmere. ¿Qué se le ocurre al mirar ese dibujo, Pulham?
—No sé, señor, no sé lo que quiere usted decir—le contesté.
El señor Kaufman aporreó la mesa con el puño, al tiempo que barbotaba:
—¡Ahí lo tiene usted! ¡Esto lo contesta todo! Ve el dibujo de usted, el dibujo por el cual me cobra usted mil dólares, y no sabe lo que quiere decir.
El señor Elsmere enrojeció hasta la cúspide de la calva y me miró.
—Tal vez sea hombre de escasas luces,—murmuró.
Kaufman apuntó con el dedo a Elsmere, como si fuese a disparar.
—¿Ha pensado usted un solo minuto que el término medio de persona que ve el dibujo va a ser inteligente? ¡Por Dio Santo, señor Elsmere, no nos pongamos a hacer el intelectual! Vuelva a mirar ese dibujo, Pulham, ¿Qué es lo que má llama su atención, el hombre o el abrigo
Los dos parecían pendientes de mi respuesta.
—El hombre—, repliqué.
—Eso es—comentó el señor Kaufman—. Esto lo resuelve todo. El hombre ahoga al abrigo. Señor Elsmere, tiene usted que poner más alma en ese dibujo. Pinte usted una muchacha junto a ese mozo. Hágale que mire al abrigo. Haga que el viento vuelva su faldón para que se vean los forros. Quítele esa bandera de la mano. Hágale meter la mano en el amplio bolsillo. Súbale el magnífico cuello alrededor de las orejas. Haga que nieve. Es el abrigo lo que interesa, no el hombre. La chica querría que Dios le diera ese abrigo. Se adivina envuelta en el lujoso forro afelpado. Si quiere usted hacer negocios con nosotros, señor Elsmere, tendrá que devanarse los sesos. Ahora, lléveselo.
El señor Kaufnian se volvió hacia mí, adustamente.
Ahora, alcance una silla. Señorita Myles, usted ya ha entendido lo que quiero: una serie rápida de impresiones; algo cálido, humano; algo que pueda leerse en alta voz. Explíqueselo al señor Pulham. Así sabré si ha captado usted la idea.
El señor Kaufman cruzó las manos. La muchacha se volvió hacia mí, me miró y dijo:
—Se trata de la campaña sobre los Copos Cota. El señor Kaufinan cree que debe usted acompañarme.
—Eso influirá para hacerles hablar—, dijo el señor Kaufman—. Veamos ahora, señorita: ¿qué hará usted al llegar a una casa ?
—Empezaré por llamar... —comenzó Malvina.
—Y apenas abran la puerta, el señor Pulham colocará la maleta de manera que sea difícil volverla a cerrar—interrumpió el señor Kaufman—. Ahora, señorita, explíqueme cómo va a abordar la cuestión.
—Pues, verá usted. Diré, sencillamente: «Buenos días. No venimos a venderle nada. Le agradeceríamos nos concediese unos momento-, para hablar de su problema de lavar la ropa. Tenemos un nuevo jabón, insuperable. Deseamos darle una muestra para que lo ensaye ».
—Y en ese preciso momento—, volvió a Interrumpir el señor Kaufman—usted, Pulham, saca del bolsillo una caja de muestra y se la da a la señora de la casa. Continúe usted,señorita Myles.
Entonces, le pregunto: «¿tendría usted inconveniente en darme alguna pieza sucia para que yo la lave?» ¿Convendrá que haga eso, señor Kaufman?
—Será un gran experimento para usted. ¿Tiene el cuestionarlo, verdad?
—Sí.
—Bien, Procure hacerlo todo de una manera suelta, divertida, chistosa. Pero esté ojo avizor para sorprender cómo reacciona el consumidor. ¿Sigue usted mi razonamiento, Pullham?
Usted quiere que vayamos llamando a las puertas y pidamos que nos permitan lavar alguna ropa sucia, ¿no es eso?—respondí.
Ya se lo he explicado todo—intervino Malvina—.Vámonos ahora mismo.
—Procure conseguir veinticinco impresiones—dijo el señor Kaufman—y escriba el informe esta noche. Yo estaré aquí trabajando sobre artículos de calzado.
—Muy bien,—contestó la muchacha y, volviéndose a mí, añadió—: Hágase cargo de la maleta. Nos encontraremos en el ascensor.
Una vez en la calle, me dió la impresión de estar enfadada.
—Vamos—me dijo—vamos.

Echamos a andar hacia el tren subterráneo. Caminaba de prisa, mirando hacia adelante, el mentón en quilla y la espalda enhiesta.
—¡De modo que he de preguntar por la cosa más percudida que tengan en la casa para lavarla!—iba diciendo.

—¿Adónde vamos?—le   pregunté.
—Usted y yo vamos al barrio del Bronx. No vamos a hacer otra cosa que darle gusto al señor Kaufman. Él ha creído que yo no iba a querer hacer esto, pero lo voy a hacer estupendamente.
— ¿Quiere decir que vamos a las casas de vecindad para lavar ropa sucia?
—Me asombra la pregunta—replicó, volviendo a mirarme—. ¿Sabe usted o no sabe usted por qué viene conmigo?
—No—le dije—. Todo esto me parece extravagante.
—Perfectamente. Viene usted para vigilar lo que hago. Él piensa que yo podría salir del paso inventándolo todo.
Cuando salimos del tren subterráneo, nos encaminamos al deslustrado vestíbulo de una casa de vecindad de ladrillo amarillento y miramos la fila de timbres orlados con los nombres de los inquilinos.
—Cualquiera sirve—dijo Malvina—. Vamos a ensayar con la señora Frenkel—, añadió fijándose en uno de los nombres.
Tocó el timbre. La puerta, movida por un contacto eléctrico interior, se abrió dándonos acceso al principal pasillo interior, cuya atmósfera era una densa mezcla de olores confinados. Al fondo vi una mujer gorda, de oscura cabellera y vestida con una vieja bata de franela, que atisbaba desde su puerta.
—Buenos días—dijo Malvina—. Celebraría no causarle molestias.
—¿Qué quieren ustedes?—preguntó la mujer—l\Ii marido no está.
—No se inquiete, señora Frenkel-

MALVINA- 092-093

MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIREMALVINA-
Selecciones del Reader´s Digest
Enero de 1942 
Guillermo se sentó al borde de su mesa con las manos en los bolsillos. Parecía haberme olvidado por completo.
—¿Qué es lo que hace ?—pregunté.
 —¿Quién?—me contestó.
—La señorita Myles.
—Redacción para mujeres. Estudió en la Universidad de Chicago. Espera un minuto. Tengo que dictar un memorándum—. Y salió, corriendo, del despacho.
Siempre había pensado que la instrucción universitaria era perjudicial para las muchachas. La señorita Myles, como todo lo demás de la oficina, me ponía nervioso. Eché una ojeada al dibujo de una chica a medio vestir que se miraba las medias y me puse a leer lo que mi nueva amiga había escrito debajo.
Una sacudida y un estregón. Es el sisternaCoza. Haga esa prueba de dos minutos esta misma noche. Lave un par de medias con un jabón cualquiera en copos; luego deje caer en un recipiente con agua clara y tibia una pulgarada de Coza. Observe la nevada blancura disolverse en espumosas burbujas.
Todo aquello parecía barato, insignificante. No pude seguir leyendo porque Guillermo volvió con una tira de papel en la mano.
— «Asunto del Reloj Mercurio », leyó en alta voz. «El reloj es una fábrica que regula la más preciosa de las mercancías... el Tiempo. Sugerid que ese pensamiento puede ampliarse con una ilustración de las fábricas y del reloj Mercurio como fondo. Titular. Una pequeña rueda enjoyada hace funcionar ocho millones de dólares de maquinaria ».
Abrió el armarito metálico verde y sacó el sombrero.
— ¿Vas a continuar leyendo eso? —No, vámonos.
—Muy bien. Vámonos ya. Voy a acompañarte al tren.
Ya en la Quinta Avenida, Guillermo me tomó del brazo.
Guillermo—le dije—. Creo que no voy a servir para ese negocio.
—No te preocupes—me contestó—. Descansa en mí. Yo te ayudaré a descubrirte a ti mismo.
Sentí que me invadía una gratitud tan profunda como repentina.
—No sé como darte las, gracias, Guillermo. ¿Estás seguro de que no voy a estorbarte demasiado?
—No, por todos los demonios, no, Enrique. Recuerda que el lunes has de estar de vuelta. No dejes que la familia tuerza tu voluntad.
Ove, Guillermo. ¿Qué es Coza? 
—Jabón, sencillamente jabón—contestó él.
 
CUANDO ENTRÉ, EN CASA, las primeras palabras de mi madre fueron: ¡Hijo, qué delgado estás y qué uniforme tan sucio llevas!
Recuerdo que mi padre estaba como avergonzado. me miraba con curiosidad  mezclada de respeto, cual si yo fuese unextraño. Parecía muy interesado en saber si había tomado parte en algún combate..No acerté a comprender qué importancia podía tener para él semejante cosa hasta que vi a otros padres contando anécdotas de sus hijos. Mis padres parecían mas viejos y más pequeños, pero mi hermana María se había hecho una mujer... alta, morena Y muy bonita.
—Enrique — me preguntó ella —, ¿has matado algún alemán ?
—Sí. A propósito, me han dado la Medalla Militar.
No había acabado de decirlo y ya me sentía como avergonzado, pero continué, por complacerles. Subí al piso superior, tomé de entre mis efectos medalla y citación y se las di a mi madre.
—Tened en cuenta que, en realidad, esto no significa nada extraordinario—dije. Pero había comenzado y no me quedaba otro remedio que seguir—. Dadme un papel y un lápiz. Voy a contaros como fué. Nosotros estábamos aquí... —Sentía un íntimo rubor.
Si no es por la medalla creo que no hubiera vuelto a Nueva York, ni a ver a Malvina Myles. 
 Me gano las estrellas
DURANT mis primeras semanas de empleado en la Agencia J. T. Bullard, estuve como sumido en una niebla mental. Mi espíritu no alcanzaba a ver cosa alguna en las proporciones justas y a Guillermo le faltaba tiempo para venir en mi auxilio porque estaba en conferencia casi constante sobre la campaña publicitaria de los productos Coza, que consistían en los Copos Coza para lavar la ropa y en una serie de jabones de tocador. Guillermo y el señor Kaufman se ocupaban a la sazón en dotar a uno de estos jabones de cualidades que lo hicieran especialmente atractivo para caballeros.
—No hay ninguna razón para que entiendas todo esto—me dijo mi amigo—. Andando el tiempo, sentirás cualquier día que te baña el torrente deslumbrador de la revelación. Ahora, vas a dedicar tu esfuerzo a esta tarea—continuó—. Aquí tienes un informe que abarca las salas de aseo de todos los hoteles y clubes masculinos de cinco ciudades iniportantes; los tipos de jabón que usan, líquido, en polvo o en pastillas, y las marcas que prefieren. Tú tienes que hacer, en esta gran hoja, la tabla estadistica del conjunto. De modo que, siéntate ahí y empieza. Emprendí cuidadoso y diligente aquella labor oficinesca y me fuí interesando en las salas de aseo de hoteles y clubes y en los tipos de jaboneras anexas a lavabos y baños. Al cabo de dos semanas el interés se hizo obsesión y mi cabeza rezumaba datos estadísticos sobre el jabón que preferían íos esforzados cazadores del Norte frío y los viajantes dicharacheros del soleado Sur.
Todas las mañanas me ponía a mi trabajo estadístico junto a la mesa de Malvina. Apenas pasábamos de cambiar un cortés saludo. Pero allá en el mes de mayo, como tres semanas después de mi llegada a Nueva York, un día me enviaron a hacer gestiones callejeras en su compañía. Acababa de colgar mi sombrero cuando Guillermo me llamó.
—Kaufman quiere verte—me dijo—. Desde que me lo habían presentado, casi no había tenido ocasión de echar una mirada al señor Kaufman. Y otro tanto me ocurría con el señor Bullard.
¿Es que va a ponerme de patitas en la calle, Guillermo?
—Sólo quiere verte. Haz como si tuvieses mucha prisa.
Sentado, tras su mesa vacía y reluciente, el señor Kaufman discutía con un artista. Malvina escuchaba desde una silla cercana a la pared. En la mesa frontera a la del señor Kaufman habían colocado un dibujo a pluma que representaba a un joven envuelto en un gran abrigo de pieles y portador de unos gemelos de campaña y de la bandera de un équipo atlético. Al entrar yo, el señor Kaufman miraba ceñudamente el dibujo, y el artista clavaba sus ojos recelosos en el señor Kaufman.
—No sé qué es lo que tiene, señor Elsmere,—decía el señor Kaufman—.

domingo, 26 de febrero de 2017

MARIA MAZARIEGOS LARDIZABAL- 1771- MALAC. Huehuetenango

   PRUDENCIA  MARIA MAZARIEGOS LARDIZABAL- ESPAÑOLA
HIJA DE DON SIMON MAZARIEGOS Y DE DOÑA MARIA PETRONA LARDIZABAL- ESPAÑOLES
SANTA ANNA MALACATAN
Huehuetenango
Guatemala

Prudencia María   Española  
Enn diez y seis días del mes de Junio de mil setescientos  setenta y uno, --a una Ynfanta  que nació el día veinte y uno del mes pasado de Maio  /Mayo) y le puze por nombre  Prudencia María, Española, hija legitima  de matrimonio  de Don Simón Mazariegos  y de Doña María Petrona Lardizaval ---

MALVINA- NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE

 MALVINA
NOVELA ORIGINAL DE JOHN P. MARQUAND
Resumen de H. M. PULHAM, ESQUIRE
Seleccines del Reader´s Digest
Enero de 1942
Volví de la anterior guerra mundial a mi patria con una medalla que no había merecido. En realidad, el anciano general Roefax me la había dado por salvar su propia responsabilidad, puesto que debieron someterle a juicio sumarísimo, tanto por haber encomendado a mi compañía la defensa de una posición insostenible, como por haberse olvidado de ordenar su retirada a tiempo. Pero la citación decía:    -
Enrique Pulliam, Subteniente de Infantería: único oficial superviviente de su compañía, después de un reconocimiento en la ciudad de U... Aunque se encontraba cercado por el enemigo, el subteniente Pulham se negó a rendirse, rechazó tres ataques y se retiró con las fuerzas a su mando, amparado en las sombras de la noche, volviendo a cruzar el río Vesle y uniéndose a su regimiento.
Lo más gracioso de todo es que aquello era en su mayor parte la pura verdad, aunque al presente yo no acertara a imaginarme como protagonista de semejante hazaña. Cuando mataron a los demás oficiales nuestra situación parecía bastante desesperada y nos brindaron la rendición. La oferta nos fué hecha, tras de enarbolar un pañuelo blanco atado a un fusil, por un oficial, vestido con sucio uniforme gris, que saltó de la trinchera y se encaró con nosotros.
Cuando el hombre se puso en pie, yo hice lo mismo, gateando por los escombros para salir a su encuentro. Procuré recordar el poco alemán aprendido en el colegio para hablarle. Era un capitán, poco más o menos de mi edad. Me dijo que estábamos cercados y que lo mejor era rendirnos. Repuse que si alguno de mis hombres se quería rendir, se lo enviaría inmediatamente.
«Que tengan la bondad de alzar las manos» dijo el capitán.
Saqué del bolsillo un paquete de cigarrillos, encendimos uno cada uno y le ofrecí el resto. Era un día cálido, extenuante; el sudor nos corría por la cara. Permanecimos allí como un minuto, dando chupadas a los cigarrillos, pues no parecía tener prisa.
«Muchas gracias por los cigarrillos», dijo. «Les daré cinco minutos. Si usted o cualquiera de sus hombres quiere venir les recibiremos complacidos». Sonrió e hizo el saludo. «Si los norteamericanos se parecen a usted », añadió, «me marcharé a los Estados Unidos».
No vino a los Estados Unidos, ni siquiera se fumó los cigarrillos porque lo matamos un cuarto de hora después, cuando nos atacaron.
A distancia, toda aquella escena se me aparece como una mezcla confusa de agotamiento y de miedo físicos. Por otra parte, siempre he oído con escepticismo los relatos claros y precisos de un combate de infantería. Hubo un momento en que estuvimos a ocho metros de distancia, tirándonos granadas, como los chicos se tiran bolas de nieve. Retrocedieron después para volver a la carga a la media hora, pero nunca nos acometieron seriamente porque debían creer que nos tenían seguros sin necesidad de experimentar por su parte pérdidas inútiles. Así y todo, aquel combate nos costó cincuenta hombres; y si no acabaron con todos, cosa que pudieron haber logrado de una buena arremetida, creo que fué porque tenían tan pocas ganas de morir como nosotros. Durante la noche, encontramos un paso libre de guardianes y nos deslizamos por él.
 La guerra había pulverizado muchas de las cosas en que antes creía. No era tanto por la guerra en si como por los nuevos contactos humanos. Odiaba y odio todavía cada minuto de guerra. Nunca pude entender la charlatanería sentimental de la semana de licencia en París, donde solían explotarnos cocheros de aspecto paternal perseguirnos mujeres de la llamada vida alegre. Pero jamás olvidaré a los muchachos de mi compañía; eran chicos del campo, italianos de los barrios bajos neoyorquinos, obreros fabriles, hijos de pequeños tenderos pueblerinos. . pero todos teníamos entonces un punto de vista común, difícil de analizar, que se expresaba en canciones y bromas indecentes y que, por increíble que pueda parecer, había que llamar decoro. Los miembros de una compañía eran, hasta cuando se entregagan a la borrachera y la disolución, muchachos excelentes,  una vez que se llegaba a conocerlos. No fué pequeña mi sorpresa cuando me di cuenta de que en su gran mayoría eran más valientes y generosos que mis condiscípulos de colegio y universidad.
Esto era lo que hacía tan dura mi acomodación a la antigua rutina después de la guerra. Era como tratar de reunir los diseminados trozos de un plato roto.
El DÍA que me licenciaron en Nueva  York, fuí al Hotel Waldorf con 400 dólares de pagas atrasadas y lo que aún restaba de mis pertenencias liado en el petate. Mi baúl se había extraviado y sólo me quedaba el ajado uniformeque llevaba puesto. El empleado lanzó una ojeada a mi equipaje desde el lujo marmóreo del mostrador.
—Tengo que rogarle el pago adelantado—me dijo.
Le alargué un billete de 100 dólares.
—No se inquiete—le advertí—. Ya me compraré otra ropa mañana.
—Supongo que acaba usted de llegar, teniente. Parece que ha sido toda una guerra.
—Sí, ha sido toda una guerra—asentí.
Ya en mi habitación del octavo piso comprendí que aunque no me sentía con ganas de telefonear a la familia, era indudable que debía hacerlo; así que llamé a conferencia con Boston.
El teléfono me trajo la voz de Hugo, nuestro mayordomo. La oí con una especie de extrañeza de que estuviera vivo todavía.
— ¿Está papá en casa, Hugo?—pregunté después de haberme dado a conocer. Oí que Hugo llamaba con toda la fuerza de su voz y luego a mi padre que preguntaba:
—¿Dónde estás, Enrique? ¿Estás bien ?
Me pareció increíble que no comprendiera que me encontraba bien, estando en el Hotel Waldorf. Traté de imaginármelo junto al teléfono, en la biblioteca.
— ¿Cómo está mamá ? ¿Cómo está María ?
—Oye, escúchame. Toma el tren de la medianoche—decía mi padre.
 —No puedo—contesté—. Tengo que comprarme alguna ropa. Mañana iré.
No te preocupes por la ropa—gritaba—. ¡Toma el tren!
No puedo—volví .acontestar—. Tengo que hacer algunas cosas.
Si le hubiera explicado que necesitaba algún tiempo para mí, que estaba tratando de atar cabos, no me hubiera entendido. Cuando terminó la conferencia, me acordé de Guillermo Ming, antiguo amigo de colegio que trabajaba en un periódico de Nueva York cuando se alistó en el Ejército. Sí, tenía que ver a Guillermo, si estaba de vuelta. Contestó personalmente al teléfono. Su voz era cortante, impaciente.
—Guillermo, soy Enrique. —¡Vamos! Ya es hora de que estés de vuelta. ¿Dónde estás?
Le pedí que viniese a pasar la noche en el lecho contiguo. Le dije que necesitaba hablarle de muchas cosas, y vino.
Cuando llegó y lo vi tan parecido a las gentes con quienes me había cruzado en la calle, tan brillante y próspero, dudé un momento si acertaríamos a reanudar el hilo de nuestra antigua intimidad. Hubo un instante de reserva. Pero en seguida me cercioré de que se alegraba de verme.
—Pero, chico, ¿qué haces ahí sentado, la primera noche de tu regreso? Vámonos a correr la ciudad.
—Es raro, Guillermo, pero todavía no tengo la menor gana de ver nada.
Pareció comprender lo que yo sentía. Sentóse, encendió un cigarrillo. Un minuto después éramos los de antes.
—Apostaría—dijo—que has adquirido una porción de malas costumbres. Anda, cuéntame como habéis ganado la guerra.
—No, no hablemos de eso.
—Bueno, como tú quieras. Es curioso ver el efecto que produce en algunos el regreso. Ya te recobrarás en un par de semanas.
—Eso espero. ¿Sabes, Guillermo, que no tengo gana de volver a casa?
—Algo extraordinario ha tenido que ocurrirte; pero, si no quieres volver a casa, ¿por qué has de hacerlo?
—¿Y qué otro recurso me queda?
—¡Hombre, no me hagas reír! Puedes encontrar un empleo. Yo te encontraré mañana uno, aquí en Nueva York.
Estuve considerando la cosa unos instantes. Evidentemente, era muy sencilla para él, pero no para mí.
— ¿ Dónde puedes encontrarme uno ?le pregunté.
—Donde yo trabajo. En el negocio de publicidad. Veré a Bullard. Tengo influencia con Bullard.
—¡Pero, si yo no sé nada de eso!—repliqué.
—Mira, Enrique, tampoco hay allí nadie que sepa nada. Lee esto. Sacó la cartera y de ella un recorte de periódico que me alargó. Decía:
Preferimos que nunca haya escrito publicidad el hombre que buscamos; pero es necesario que haya recibido instrucción en un buen colegio y que tenga una personalidad seria y agradable, combinada con cierto sentido del gusto y de la forma. Ofrecemos una verdadera oportunidad al hombre que reúna tales condiciones.
—Bullard mismo me lo hizo escribir—continuó Guillermo—. Tú lo harás tan bien como cualquiera otro. ¿Lo quieres o no?
Un año antes, aquello me hubiera parecido imposible.
 —Muy bien—dije a la postre—. Voy a probar. Pero tiene que consistir en algo el que yo no quiera volver a casa.
—Procura actuar de acuerdo con la época—contestó Guillermo—. Esta guerra ha enseñado a mucha gente que no vale la pena de vivir si no se puede hacer lo que uno quiere. ¿Cómo vas alograr que los muchachos vuelvan a cavar la tierra .después de haber visto a París ?
—Pero yo no tenía que cavar. Yo lo tenía todo.
Guillermo señaló la ventana con la mano.
Escúchame, Enrique. No sabes lo que pasa ahí fuera. Conflictos de trabajo, malestar económico. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero puedes estar absolutamente seguro de una cosa. —Hizo una pausa, me señaló con el dedo y prosiguió—. Tú has venido al mundo dentro de un pequeño sector superfluo que está condenado a desaparecer. Dices que lo has tenido todo. Mira, muchacho; hoy en día todo eso es agua de borrajas.
Me molestaba pero continuó sin que pudiera atajarlo.
—Míralo de este modo. Tú y tu pequeña pandilla habéis sido como abejas de una colmena; lo hacíais todo por instinto, sin preocuparon un ápice por el esto del mundo.
—Pues a ti bien te gustaba nuestra colmena— interrumpí.
—¡Claro está que me gustaba! Era una colmena linda y cómoda pero van a ahumarla. Me gustan tu padre, tu madre y las demás abejas, pero vais a tener que largaros, Enrique.
—Hablemos de otra cosa, Guillermo.
Algo Básico
CUANDo a la mañana siguiente me encontraba a medio camino del gran edificio comercial, cercano a la calle Cuarenta y dos, me hubiera seguramente vuelto atrás sin el temor de dejar en situación poco airosa a Guillermo, que me había arreglado una entrevista con su jefe. Yo continuaba vestido de uniforme.
El ascensor me dejó en una gran antesala con una magnífica alfombra persa y unas cuantas sillas de cuero rojo. Tras la muchacha, sentada a una mesa de estilo, cubría el muro una biblioteca de libros ricamente encuadernados y había una chimenea con encendidos carbones artificiales. En el remate de la biblioteca, una placa de bronce rezaba «Biblioteca de Referencia, J. T. Bullard Inc.» Hasta que reparé en la chica de la mesa casi había olvidado lo bonitas que son las norteamericanas. Ella me miró, sonriente.
—Sí, el señor King me ha advertido de su visita. Voy a llamarle—respondió a mi pregunta, y alcanzó el teléfono.
—Hola, Enrique—dijo Guillermo, apareciendo por una puerta lateral—. ¿Mirando los libros? En realidad, había estado mirando a la muchacha, pensando en decirle algo oportuno y alegre. Me hubiera gustado ser como Guillermo que siempre tenía una frase a punto.
Me hizo atravesar una gran habitación, llena de mesas y máquinas de escribir, hasta llegar a una partición al fondo.
—Ahora, por lo que más quieras, sé natural. Bullard te está esperando—me dijo.
El señor Bullard estaba sentado a una mesa de estilo italiano. Cuando entramos, echó hacia atrás su silla y se levantó. Tenía un aire de profesor a punto de pronunciar una conferencia, pero parecía más próspero. Su traje gris de saco cruzado era de corte impecable.
—Alcance una silla para el señor Pulham, Guillermo—dijo—. ¿Quiere usted un cigarrillo, señor Pulham?
—No, señor, muchas gracias—repuse. —No quiere decir eso—interrumpió Guillermo—. Fumará con mucho gusto un cigarrillo.
El señor Bullard abrió una caja de plata que había encima de la mesa-.

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ASI NACIO ISRAEL
JORGE GRACIA GRANADOS
BIBLIOTECA ORIENTE
BUENOS AIRES, ARGENTINA
1949

CAPITULO III
YO SOY DE UN PAIS DE PESARES
MIS ANTECEDENTES contrastaban en verdad con los de casi todos mis colegas. Así resultó que muchas de las dificultades internas con que tropezaríamos en nuestra labor —en particular las rela­tivas a nuestro derecho de juzgar el papel de Inglaterra en la tragedia de Palestina—, derivaron, en sumo grado, de las diferencias entre nuestra formación, nuestras nacionalidades, y nuestras mismas personalidades.
En nuestra Comisión de once había hombres de sutiles inte­lectos orientales, venidos de Persia y la India, hombres con los tradicionales frenos anglosajones, de Canadá y Australia. Tenía­mos el preciso holandés, los cautos eslavos, los impulsivos e im­petuosos latinoamericanos. El carácter de nuestro pensamiento esta­ba influido por el tipo de hombres que éramos y los ambientes que reflejábamos. Por ejemplo, .el juez Sandstrom era un europeo septentrional, de cerebro fríamente ordenado, educado, dentro de una cerrada estructura de tradiciones; poseía un fuerte sentido de las jerarquías y siempre se había movido en un mundo sistemá­tico de valores. El profesor Fabregat, del Uruguay, que me acompañaría firmemente en todas nuestras luchas dentro de la C omisión, y yo mismo, veníamos de un continente donde todo es movimiento y cambio. Era inevitable que viéramos con ojos diferentes muchos problemas de los pueblos coloniales, desde el imperialismo y los derechos de los pueblos coloniales hasta las leyes policiales palestinas y el terrorismo judío.
Mis antecedentes comprendían persecuciones y violentas luchas políticas, Había conocido con frecuencia la cárcel y el destierro; había oído pedir para mí la sentencia de muerte, Mi infancia y mi adolescencia estaban ligadas a acontecimientos políticos de mí país que influyeron extraordinariamente, no sólo en  la formación de mis ideas, sino también en el curso de mi vida.
Me esperaban muchas analogías, tanto políticas como sociológicas , entre Palestina y Guatemala, por lejanas que pudieran parecer una de otra. Palestina se había librado del yugo del Imperio Otomano para encontrarse víctima de presiones políticas y sociales tremendas. Guatemala había sido forjada en yunque parecido. Durante siglos, desde los tiempos de los conquistadores, en 1524, Guatemala había sufrido bajo el absolutismo.
Algunos problemas de Palestina no parecían diferentes de los de Guatemala. Ambos son países esencialmente agrícolas, con gran­des masas de campesinos atrasados e ignorantes. En Guatemala este campesinado, explotado por una clase superior terrateniente, reducida y rica, representa los dos tercios de la población total. Vastas extensiones del país permanecen incultas, y existe una ne­cesidad apremiante de utilizar la técnica moderna para elevar el nivel de vida.
 Mi abuelo, Miguel García Granados, aunque educado en ambiente conservador y miembro de una conocida familia católica, se había dedicado a la causa del mejoramiento social. Dirigió una revuelta contra la dictadura, y llegó a ser Presidente de Guatemala en 1871. Un profundo clericalismo dominaba entonces el país, y él instituyó amplias reformas, proclamó la separación de la iglesia y el estado, y afirmó que el derecho de cuna no haría que un hombre fuera superior a otro. Pero este programa era demasiado progresista para la época, y pronto tuvo que hacer frente a una encarnizada oposición, dirigida por antiguos amigos y hasta parientes que  pertenecían a los grupos anteriormente pi­vilegiados. Su posición se volvió Insostenible. En1873 renunció, Su sucesor, Justo Rufino, era un hombre fuerte, que pensaba que solo la fuerza podría permitirle llevar a cabo un programa liberal, y para ello estableció un gobierno dictatorial. Su empedernida voluntad le permitió aplastar la oposición y poner en práctica numerosas medidas progresistas.
 Su partido permaneció en el poder después de su muerte, pero perdió los principio liberales y se hizo notorio por engendrar una serie de dictadorzuelos que, llegaron a presidentes.
Recuerdo que en una ocasión, y no podría tener más de cinco o seis años entonces, estaba ante la estatua de ni; abuelo, en el Bulevar 30 de junio, en la ciudad de Guatemala, tratando de descifrar las palabras grabadas en su pedestal: "Gloria al insigne defensor de la libertad". Mi abuelo murió antes de que yo naciera, pero los principios que él sostuvo, el dominio de la democracia, el odio a los dictadores, el amor a la libertad, como las palabras del pedestal de su estatua, siempre han permanecido trabados en mí corazón.
Quedé huérfano muy pequeño y fui criado en la ciudad de Guatemala por mi tía abuela, Amelia Soborío de Romaña, Era una mujer enraizada en la gran tradición hispánica, amiga de todos los que amaban la libertad. A su salón concurrían los literatos, políticos y profesionales que se oponían a Manuel Estrada Cabrera, a la sazón dictador y tirano cruel y despiadado. Fué allí, cuando yo tenía siete años, donde un grupo de conspiradores, de apellidos distinguidos en la historia guatemalteca, planearon matar a Cabrera minando la calle por donde pasaba su carruaje todas las mañanas.
La bomba que pusieron pocos días después explotó un instante antes de lo debido. Caballos y cochero murieron, pero Cabrera escapó. Inmediatamente inició un verdadero reinado del terror. Inocentes y culpables eran prendidos en sus oficinas, arrancados de sus hogares, encarcelados, torturados, condenados a inuerte. Dos de mis primos, Felipe y Rafael Prado, fueron encarcelados y luego ejecutados. Y en medio del terror, un día que entré a un cuarto del piso alto vi ante mí a los cuatro conspiradores princi­pales. ¡Estaban ocultos en nuestra casa!
Tres días después, mientras yo atisbaba sin respirar desde mi habitación vi a una de mis tías colocar una escalera contra la pared del patio de atrás, y que los cuatro hombres, tre­paban y desaparecían del otro lado. Pasaron semanas de afanosa búsqueda y al fin fueron atrapados en un nuevo escondrijo por un pelotón de soldados. Resistieron hasta que a cada uno no le quedó más que una bala. Con esa bala se suicidaron.
Continuará-