martes, 31 de enero de 2017

POESIA DE F. HERRERA´1901.-HUEHUETENANGO. GUATEMALA



 RECUERDOS DEL COLEGIO
LIC. FEDERICO HERRERA
1901
HUEHUETENANGO

 MIS AMORES
El recuerdo encantador
De mi vida que ha pasado
Tienen mi pecho cansado
De tanto amar sin amor.
Pues ese amar es error,
Es codicia que en tropel
Miente aborreciendo cruel
¿Amará la mariposa
A esta y á aquella rosa
Que va dejando sin miel 
Fué dichoso mi pasado;
Cuanta mujer pretendí
Todas me dijeron que sí
Pero mal interpretado.
Ese amor, amor forzado
Fallido fué y con razón:
No buscó mi corazón
Nunca hermosura en el alma,
Buscó esa que luego calma,
La  del rostro que es ficción.
¡Quién sabe si cambio el cielo
Como la suerte del hombre
Y ame a Consuelo y me asombre
Que no me brinde consuelo.
O que al fin para mi duelo
Se cambie en mal la bonanza
Y aparezca en lontananza
UnaEsperanza bonita
Y el cielo entonces permita
Que ame yo sin esperanza
O que al fin enamorado
Mi pecho se torne luego
Sintiendo en el alma el fuego
 De un amor apasionado.
Y que mi pecho alterado
Como jamás lo sentí,
Adore con frenesí
Alguna Piedad hermosa
Que no tenga bondadosa
Entonces piedad de mi.
O que la suerte me asombre
Y por dama predilecta
Me repare una Perfecta
Que ha reñido con su nombre.
Q que al fin sea yo-el hombre
Más humilde y desgraciado
Y queriendo el cielo airado,
Hacer que por siempre pene
Con una Cruz me condene
A morir crucifiicado. . . .
Pero no que mi alma pura
Virginal conserva el broche
A las novias esta noche
Yo les dí vida y figura.
Si alguien por mi mal murmura
Quizá le falte razón
Porque ignora que ilusión
Tiene agitado  mi  pecho,
Ni quien su altar tenga ya hecho
Dentro de mi corazón.
(Lamentablemente  faltan  unas hojas finales  del libro original editado en 1901)

EL JURAMENTO- 1028

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
Entre estos pensamientos y otros análogos, Esther 
permaneció el resto del día en su habitación. 
Cuando llegó la noche hizo un esfuerzo supremo 
para dominar la tristeza que la apenaba, y dirigióse 
á la estancia en que se hallaban sus padres. 
Jacob no había querido decir nada de lo ocurrido 
á Sara y Ezequiel por no aumentar sus preocupa- 
ciones. 
— Yo sabré la verdad — se dijo — y si Garcés ha si- 
do el miserable delator, partiré á África llevándome 
á mi hija. 
Más la quiero muerta que esposa de un infame. 
Guando fueron las nueve, el hebreo dijo en voz 
alta unas oraciones, que fueron repetidas por su es- 
posa é hijos. 
Luego se retiraron á sus respectivos aposentos 
para consagrarse al sueño, aunque poco habían de go- 
zar de este benefició seres que se hallaban inquie- 
tos y preocupados. 
CAPITULO CÍV. 
LUCHAS DE AMOR Y DEBER
 Esther no se acostó. 
Aguardaba con verdadera impaciencia la llegada 
de su amante. 
Este no se hizo esperar. 
Cuando subió la escalera vio que la puerta de la 
morada de los hebreos permanecía entornada. 
La joven le impuso silencio, llevándose el índice á 
sus labios; y tomando entre las suyas una de sus 
manos le condujo por aquellos oscuros pasadizos 
hasta su estancia. 
Esta se hallaba alumbrada por una lámpara. 
Esther cerró la puerta, y después de correr el pes- 
tillo sentóse junto á su amante. 
Garcés pudo observar que sus ojos estaban enro- 
jecidos por el llanto. 
Rodeó con su brazo el esbelto talle de la joven, y 
le preguntó las causas de su aflicción. 
— Garcés, deseo hacerte una pregunta. 
— Cuantas quieras. 
1026 EL JURAMENTO 
Ya sabes que esta noche he venido para que tra- 
temos despacio de muchos asuntos. 
— Desde que las circunstancias nos obligaron á 
dejar nuestra casa, ¿has vuelto á la de Pedro Torri- 
giano? 
Las mejillas del joven se enrojecieron. 
A pesar de la ingenuidad con que parecía haber 
hecho la hebrea aquella pregunta, el paje comprendió 
que algo grave le impulsaba á dirigírsela. 
— ¿Por qué deseas saberlo? — preguntó Garcés. 
— Por una curiosidad. 
— No, Esther, no es la curiosidad la que te impul- 
sa á hacerme semejante pregunta. 
— Pues bien, como yo no puedo mentir, y mucho 
menos tratándose de ti, voy á serte franca. 
— Eso es lo que deseo. 
— ¿Sabes la calumnia que sobre ti pesa? 
— La ignoro. 
— Afirman que D. Juan Manrique, aquel joven á 
quien conocimos en la casa del escultor, ha podido 
penetrar en ella cuantas veces lo deseó, porque tú... 
— Acaba. 
— Porque tú eras su cómplice. 
— ¿Y quién ha podido asegurar semejante cosa? — 
preguntó el paje sin perder su inalterable sangre 
fría. 
— El mismo D. Juan lo ha referido á algunos ami- 
gos, haciendo vergonzoso alarde de sus infamias. 
— ¡Ah! ¿luego D. Juan se entretiene en comentar 
esos hechos? 
DB DOS HÉROES. 1027 
— La persona que me lo ha asegurado es incapaz 
de mentir. 
— Pues bien, Esther, nada me sería tan fácil como 
destruir todos esos argumentos; pues me consta que 
con una pequeña negativa volverías á recuperar la 
confianza, pero no quiero hacerlo. 
— ¿Por qué? 
— Porque, en mi opinión, cuando un hombre co- 
mete un crimen, por grande que sea, debe tener el 
valor de confesarlo. 
— No te comprendo, Garcés: ó por mejor decir, no 
quiero comprenderte. 
¿Luego confiesas que has sido cómplice de ese mi- 
serable? 
— ¿Por qué no he de hacerlo, si de lo contrario fal- 
taría á la verdad? 
— ¡Ah, calla, calla por Dios! 
¿No ves que tus palabras me dan la muerte? 
— ¿Luego vas á olvidar mi amor por semejante 
cosa? 
La joven titubeó un instante. 
Después, arrojándose en los brazos de Garcés: 
— ¡Eso nunca! — exclamó deshecha en uu mar de 
lágrimas, yo te amo, y mientras posea un átomo de 
vida te amaré siempre. 
El paje la estrechó contra su pecho. 
— Oye, Esther— le dijo después de un instante — 
comprendo que he cometido una infamia sin nom- 
bre, pero voy á decirte las causas que me indujeron 
á ello. 
1028 EL JURAMENTO 
Cuando las cosas se miran completamente descar- 
nadas, adquieren caracteres más horribles. 
La joven clavó sus negras pupilas en Garcés. 
Deseaba oirle. 
Deseaba una justificación que volviera á ennoble- 
cerle. 
— Ya recordarás — prosiguió el paje — las adverten- 
cias que me hiciste para que abandonase tu casa el 
propio día en que obtuve mi curación.
 Tu padre, tanto por conocer mi aptitud para el 
trabajo, como para poner á salvo tu honra, dispuso 
que me alejase de tu lado. 
Yo no sabía qué partido elegir. 
Deseaba probarle que no era inepto para ganar 
algunas monedas de oro, y esto es más difícil de lo 
que parece. 
Ni siquiera había querido aceptar el dinero que 
tan generosamente me ofreció. 
Vagaba por las calles de Sevilla sin saber adonde 
dirigirme, cuando me dio la idea de entrar en una 
hostería. 
En las hosterías se juega, y aunque yo no era po- 
seedor ni de una dobla, pensé tirar los dados. 
Si ganaba, ya poseía algo para proseguir la par- 
tida. 
Si la suerte me era adversa, todo se reducía á no 
pagar y disputarse el corazón con el contrario. 
— ¡Qué locura! — murmuró Esther. 
— No te negaré que lo era, pero con esto queda 
demostrado que me hallaba dispuesto á todo. 
DE DOS HÉROES. 1029 
En esta actitud penetré en la hostería. 
Mis esperanzas quedaron disipadas. 
No había jugadores. 
Sin embargo, como estaba fatigado, tomé asiento 
un instante. 
Disponíame á salir de nuevo, cuando la puerta del 
establecimiento se abrió, dando paso á un gallardo 
joven que se colocó junto á mí. 
Sus ojos se fijaron en los míos, y pude observar 
que hizo un movimiento de sorpresa. 
Aquel hidalgo era D. Juan Manrique, el sobrino 
del arzobispo de esta ciudad, á quien conociste en la 
casa del escultor. 
Yo no le hubiera conocido seguramente á no de- 
cirme su nombre. 
La terrible enfermedad que padecía cuando te 
acompañaba al taller, me incapacitaba de poder 
apreciar sus facciones. 
Me preguntó por ti, y le dije que ya no estaba en 
tu casa. 
En una palabra, le referí mis cuitas. 
El hidalgo, por toda respuesta arrojó sobre la me- 
sa un bolsillo lleno de oro, diciéndome que aquella 
cantidad me pertenecería si me obligaba á prestarle 
un favor. 
Esther, tú no comprendes el poderoso ascendien- 
te del oro sobre el corazón humano. 
Nunca has tenido necesidades, porque siempre las 
has visto satisfechas, y porque tu alma es demasiado 
pura para dejarse arrastrar por lo mezquino. 
1030  JURAMENTO 
Mi situación era desesperada, como puedes imagi- 
narte. 
Empezaba á sentir las exigencias imperiosas del 
hambre. 
Vi en perspectiva la base de mi fortuna, y por lo 
tanto la satisfacción de mi amor propio. 
Hasta me pareció aquello una recompensa provi- 
dencial por no haber querido aceptar la oferta que 
tu padre me había hecho. 
Le pregunté lo que solicitaba de mí, y me respon- 
dió que sus deseos eran que me presentase en la mo- 
rada de Torrigiano llevándole conmigo ai palacio de 
un caballero que deseaba encargarle una escultura. 
Aunque desde luego comprendí que su deseo era 
alejar de su casa al artista, me pareció pequeña la 
exigencia, y me obligué á complacerle. 
— Hiciste mal, Garcés. 
— No lo ignoro ni trato de disculpar mi conducta,, 
pero yo pensaba en ti. 
Tal vez aquella cantidad era, como te he dicho, la> 
base de mi fortuna, y por lo tanto la que me hacía 
tu dueño. 
Desde entonces visité á D. Juan con alguna fre- 
cuencia y tuve ocasión de prestarle nuevos servicios,, 
que siempre me recompensó con esplendidez. 
En cuanto á lo que dices que me atribuyen de ha- 
ber tenido una intervención directa en la denuncia, 
contra Torrigiano, eso no es cierto. 
 Verdad es que fui portador de la carta en que el. 
hidalgo reclamaba del inquisidor general el asunto 
DE DOS HÉROES. 1031 
de Pedro Torrigiano, pero ignoraba su contenido y 
los propósitos del que la había trazado. 
Esta es la verdad de los hechos. 
El paje guardó silencio. 
Esther inclinó la cabeza sobre el pecho. 
No sabía qué responder. 
Sin embargo, ¿quien puede dudar que el verdadero 
amor nos dispone á la transigencia? 
Garcés había referido el suceso dulcificándolo. 
Podía pasar por ambicioso, pero no por criminal. 
Ella le amaba con esa intensidad del primer amor, 
tal vez el que más profundas huellas deja en nuestra 
alma. 
Creía que sus ambiciosas aspiraciones habían sido 
despertadas por el deseo de llegar á ella. 
¿Cómo no perdonarle? 
Las mujeres lo perdonan todo menos los despre- 
cios que se infieren á su amor propio. 
— ¡Ah! Dios mío — exclamó, grave ha sido tu falta ? 
pero todavía estás en condiciones de repararla. 
— Dime cómo y pondré los medios. 
— ¿Me lo prometes? 
— Te lo juro. 
— Nadie mejor que tú sabe cuáles fueron los infa- 
mes propósitos de D. Juan. 
— Es verdad. 
— Torrigiano y su esposa no han muerto todavía. 
Preséntate mañana al Santo Oficio, declara ante 
el tribunal los móviles bastardos que impulsaron al 
joven á obrar de la manera que lo hizo, arráncale la 
1032 EL JURAMENTO 
máscara con que cubre sus liviandades, y libra de 
una muerte ignominiosa á esos desgraciados. 
— Eso no es posible — respondió el paje. 
— ¿Por qué? 
- — Por varias razones. 
En primer lugar has de saber, que el Santo Oficio 
ha condenado al artista por haber hecho pedazos la 
imagen sagrada de la Concepción. 
Este es un hecho que ni él se ha atrevido á negar. 
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- 
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que 
era judaizante. 
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- 
tíbulo? 
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la 
salvación de sus víctimas. 
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique 
está emparentado con la nobleza de Sevilla. 
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? 
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios 
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- 
torial. 


lunes, 30 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- CASTELLANOS-

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
La puerta giró pausadamente sobre sus goznes. 
— ¿Pedro Torrigiano? — preguntó el familiar. 
— El mismo — respondió este. 
— Necesito hablar un instante con vos. 
— En ese caso subid. 
Garcés y D. Juan permanecían con la cabeza incli- 
nada sobre el pecho, temiendo que el escultor los 
reconociese á pesar del antifaz con que cubrían sus 
rostros. 
DE DOS HÉROES 1007 
Ocultáronse entre los alguaciles y siguieron al fa- 
miliar y á Torrigiano. 
Guando María vio entrar en el taller al represen- 
tante del Santo Oficio, no pudo menos de lanzar un 
amargo sollozo. 
Rodríguez dirigió una mirada alrededor de la es- 
tancia. 
Sus ojos se detuvieron en los fragmentos de la es- 
cultura que dos horas antes había roto el artista. 
— Ya no cabe duda de que vuestro sacrilegio es 
verdad. 
Alguaciles, prended á ese miserable. 
— ¡Qué decís! — exclamó Torrigiano, ¿de qué me 
acusan? 
— Se os acusa de haber hecho pedazos la sagrada 
imagen de la Concepción. 
¿Os atrevéis á negarlo? 
— Sí lo niega — interrumpió la veneciana con esa 
vivacidad de imaginación que sólo poseen las mu- 
jeres; — esa escultura no ha sido rota con intención 
deliberada. 
— ¿Es cierto lo que dice vuestra esposa? — preguntó 
el familiar clavando sus ojos en el artista. 
María dirigió á su marido una mirada suplicante. 
Torrigiano quedó pensativo. 
— Antes de responderos— dijo después de un ins- 
tante — quiero haceros una pregunta. 
¿Si el Santo Tribunal castiga severamente al escul- 
tor que rompe una de sus creaciones, qué castigo da 
al infame que penetra en una casa honrada con ob- 
1008 EL JURAMENTO 
jeto de esparcir en ella el corrosivo veneno de la des- 
honra? 
Y Torrigiano, al hacer esta pregunta, designó con 
el índice de la diestra á D. Juan Manrique, á quien 
acababa de conocer á pesar de su antifaz. 
— Esas son preguntas — contestó el familiar — á las 
que no necesito responderos. 
Yo he venido á esta casa por orden del inquisidor 
general, que ha recibido noticias del sacrilegio que 
aquí se ha verificado. 
— ¿Acaso se lo dijo el arzobispo de esta ciudad, ó 
alguno de su familia? — preguntó el escultor con acen- 
to sardónico. 
— En resumen ¿quién ha roto esa sagrada escul- 
tura? 
— Yo —respondió el florentino sin inmutarse. 
Apenas hubo pronunciado esta palabra, los algua- 
ciles, obedeciendo á una indicación del familiar, se 
arrojaron sobre el escultor, que hizo poderosos es- 
fuerzos para desasirse. 
María lanzó un grito de angustia. 
Los únicos que permanecieron inmóviles fueron 
don Juan y el paje Garcés. 
El infeliz Torrigiano no tardó mucho tiempo en 
verse maniatado con los finos cordeles que á preven- 
ción llevaban los alguaciles. 
Sangrientos espumarajos brotaban de su boca. 
Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. 
Estaba verdaderamente amenazador. 
Era como el león que se revuelca aprisionado so- 
DE DOS HÉROES 1009 
bre la abrasada arena del desierto, pero que hace 
temblar con sus rugidos, y aun sacude al viento su 
poblada melena. 
María, por el contrario, sentíase aplanada. 
Todas sus esperanzas de amor se desvanecían co- 
mo el humo. 
En aquel terrible período por que atravesaban, el 
tribunal sería inexorable. 
Uno de los alguaciles trataba de impedir que se 
aproximase á su esposo. 
La veneciana suplicaba á veces con las manos jun- 
tas, otras hacía poderosos esfuerzos para aproximar- 
se al artista. 
Fijábanse alternativamente sus ojos en los circuns- 
tantes, buscando un destello de piedad en aquellos 
rostros impasibles, y prorrumpía en amargos gemi- 
dos ó en frases amenazadoras. 
Pobre mujer, ¿qué podía, sin embargo, contra 
aquellos crueles sayones? 
De pronto fijóse en D. Juan. 
Su actitud y su corazón le advirtieron que aquel 
hombre era la causa de su infortunio, y desasiéndose 
de los brazos del alguacil se precipitó hacia el joven 
como la leona á quien tratan de arrebatar sus hijuelos. 
Con la rapidez del rayo cuando desciende á la tie- 
rra le arrancó el antifaz que le cubría. 
Manrique quedóse estupefacto y mudo. 
— ¡Ah, miserable! Descúbrete al menos, que vea- 
mos tu rostro enrojecido por la vergüenza que asoma 
siempre en las mejillas del delator. 
1010 EL JURAMENTO 
— Gallad, María, callad. 
— No, ya no hay traba que me imponga silencio. 
Sé que mi esposo va á morir, pero no conseguirás 
tus ruines intentos. 
¡Yo te odio y yo te maldigo! 
El familiar, queriendo poner fin á aquella escena, 
dio orden á los alguaciles para que sacasen del taller 
á Torrigiano. 
— ¡Quiero ir con él! — exclamó la veneciana. 
— Pero, señora — respondió Rodríguez — ¿no com- 
prendéis que es imposible? 
— {Por qué? 
El es mi esposo y no quiero separarme. 
Su suerte será la mía. 
— No, eso nunca — interrumpió Manrique. 
— ¡Galla, miserable! ¿No sabes que al decretar su 
muerte han decretado también la mía? 
— Vamos, sosegaos, señora — dijo el familiar — os 
halláis perturbada por el dolor. 
Dejadnos libre el paso. 
— Nunca, nunca. 
Quiero seguiros. 
— ¿Pero no comprendéis que la Santa Inquisición 
no reclama más que al reprobo? 
  Yo lo soy mucho más que él. 
— ¿Qué decís? 
— Sí, sabed que he renegado de la religión católi- 
ca, que soy judaizante. 
Estas palabras fueron dichas con gran desespera- 
ción. 
DE DOS HÉROES 1011 
Dos de los alguaciles se apoderaron de la joven, 
que no hizo la menor resistencia. 
— ¡María — exclamó Torrigiano — te has perdido! 
El fuego se encargará de consumirnos á los dos. 
— ¡Quiero seguirte hasta la tumba! 
Ambos fueron conducidos á la Atarazana. 
La declaración de la esposa del escultor, aunque 
no era cierta, bastaba en aquellos tiempos para que 
produjese el resultado que ella apetecía. 
Don Juan Manrique quedó vivamente conmovido. 
Garcés le acompañó hasta su casa. 
— ¿Qué tenéis, D. Juan? — le preguntó. 
— No lo sé. 
— ¿Acaso no os inspiro confianza? 
— Creo que te he demostrado lo contrario. 
Imaginaba que por los infames medios que he em- 
pleado iba á alcanzar que la veneciana quedase libre 
de su esposo, y he conseguido la muerte de los dos. 
— ¿No habrá modo de evitarlo? 
 Imposible. ¡La Santa Inquisición no perdona 
nunca! 
Don Juan y Garcés se separaron transcurrido un 
instante. 



domingo, 29 de enero de 2017

REDUCCION DE LACANDONES- VILLAGUTIERRE-Hállase una cruz vieja.

 HISTORIA DELA CONQUISTA DEL ITZA
REDUCCION Y PROGRESOS DE LA DE EL LACANDON
Y OTRAS NACIONES DE INDIOS BARBAROS
DE LA MEDIACION DEL REYNO DE GVATIMALA 
A LAS PROVINCIAS DE YVCATAN
EN LA AMERICA SEPTENTRIONAL
DON JVAN DE VILLAGVTIERRE SOTO-MAYOR

Hállase una cruz vieja.
La mañana siguiente primer domingo de Cuaresma , celebró allí misa el Padre Provincial Ribas, y comulgo el Corregidor (De Huehuetenango) , el Padre Misionero Fray Mateo de Figueroa,el hermano Belethmita, y otros de los Españoles: y a este sitio, que en el idioma de los indios se llamaba Tipench, que quiere decir, Golpe de Agua (por el salto del agua  pasado)se le cristiano, poniéndole  el Santo Nombre de Jesús.
Habiendo dado gracias a Dios , acabada la Misa , se levantó de aquel sitio, y se prosiguió la marcha, inclinándose hacía el Oriente, y subiendo siempre, hasta distancia de dos leguas, por la misma especie de arboleda. Y habiendo llegado a la cima , y caminando por llano,por cuchilla, como distancia de media legua , se halló una cruz, ya vieja,pero bien formada, y en pie, y el camino abierto duró lo que la cuchilla, hasta empezar a bajar.
Bajóse como dos leguas abriendo siempre camino porque ya se había perdido el abierto de la cuchilla. Llegóse a un Paraje de milperias antiguas , cerca de un río grande pedregoso, donde se hallaron algunos ranchos viejísimos, que los cubría el panojal, y era un sitio plano, después del cual se bajaba cosa de dos cuadras, y luego se proseguía plano. cosa de un cuarto de legua,  hasta llegar al río poblado de arboleda ,espesa y breñola.
Este sitio dixeron los indios , que era antiguamente el socorro de sus hombres, porque en faltándoles el maíz en las tierras altas, por los Yelos (hielos), se iban a sembrar a aquel paraje,por ser de tierra fértil, y que acudía a los cinco meses con el fruto del maíz, y en este sitio hay algunos zapotales, y por su fertilidad se llamaba en aquel idioma, lapoconop, que quiere decir:Lugar de Tierra buena, púsosele por nombre San Pedro Nolasco, y allí se pasó aquella noche, y el día y noche siguiente, por haber llovido , y no haberse podido caminar.
 Hasta aquí habían llegado los Christianos
Hasta este paraje , era lo más a que se habían extendido los indios Christianos de la Vera-Paz antiguamente, aunque ya lo habían desamparado , mucho había, por el temor  de los Lacandones, y habiéndo cesado el agua (la lluvia), se levantó (el campamento) de este sitio , y se fue buscando camino, por una loma muy alta, que mira al Norte, por sobre la cual se anduvieron tres leguas, y a la primera legua, antes de llegar a la cuchilla, se encontró un edificio antiguo, de cal y canto, el cual se subía por gradas alrededor , y encima del edificio estaba un idolo , de más de media vara de alto, en forma de león sentado, y aunque se reconoció , que no estaba frecuentado , por estar sucio, y no haber señales de sahumerios, ni rastro de pies, se quitó de allí , se hizo pedazos, y se conculco, y en el sitio donde  estaba, se colocó una cruz muy grande, que fue de todos adorada . Se bendijo el lugar y edificio, el cual se le puso por nombre Nuestra Señora de Belén.


RECUERDOS DEL COLEGIO LIC. FEDERICO HERRERA 1901



 RECUERDOS DEL COLEGIO
LIC. FEDERICO HERRERA
1901
HUEHUETENANGO
GUATEMALA

MIS AMORES
PARTE IV

A Tecla que no sonó

 Y al fin le tocó morir,

Porque la muerte al venir

Esa tecla le tocó............

Una Refugio amé yo

 En quien refugio no había

Para mi alma que quería

Recompensa á su lealtad,

 Después amé á Soledad

Que no estuvo sola un día.

A una Amable que tenía
Tan sólo el nombre de amable

Y que no hay con quien no entable

Una riña cada día.

A una Marina quería

Que no conocía el mar,

Y nunca pude pasar

Con una Tránsito al cielo,

Que esa ruta por mi duelo

No quiso ella transitar.

Si los nombres van reñidos

Con la acepción verdadera,

Tengo por regla certera

Que sus goces son mentidos.

Serán sus besos fingidos

¿Sus promesas qué serán?

Si siempre mintiendo van

En buena lógica infiero

Que cuando dicen: «te quiero»

 ¡Cuánto, cuánto mentirán!

De la mujer dudé yo

Cuyo nombre fué otra cosa,

Hasta que vino una Rosa

Que de dudas me sacó.

Le hablé de amor y me amó,

O al menos así decía

¡Pues cuánto no mentiría

Si apedillándose Rosa,

Ni tuvo corola hermosa

Y que ni espinas tenía!

Moralmente si fué un sér

Muy comparable á la rosa,

Pues tuvo una edad hermosa

Como cualquiera mujer.

Pero dió tanto en querer

Que á todos decía

Y al fin su corola ví

Perder sus gracias divinas,

Mas conservó las espinas

 Para quien? — Pues para mí.

Que espine otro á quien fascine

Esa rosa sin aroma

Y si algún desliz se toma

Estará bien que se espine,

A mí que Dios me ilumine,

Que ilumine mi razón

Ya que tengo el corazón

Propenso á olvidar el dolo,

Que cuando él no lo hace solo

Lo hace por otra ilusión.

En otra empresa amatoria

 Mi pecho luego se inflama

Y enamoré á una dama

Que se llamaba Victoria.

Fracasé y así la historia

Está clara, á mi entender:

Quise victoria obtener

Y aunque Victoria hallé al paso

Es lo cierto que este caso

La derrota me hizo ver.

Después de eso hube de amar A Romana

 que ni en broma Me dijo que era de Roma

Ni sirvió para pesar.

Luego cortejé á Pilar

Que no sostenía masa;

A Plácida que no pasa

Jamás un día contenta,

Y á Rosario que no cuenta

 Ni las cuentas de su casa.

Después mi amor se prendó

De una llamada Dolores

Y les confieso, señores,

Que este nombre no mintió.

Con su amor me ocasionó

Un mundo de sinsabores

Y entre sus dones mejores

Esta Dolores tenía,

El de que jamás sentía

Ella misma sus dolores.