sábado, 29 de julio de 2017

AL NIÑO PUEDE ENSEÑÁRSELE A VIVIR

AL NIÑO PUEDE ENSEÑÁRSELE A VIVIR
QUIEN OYE UN SECRETO DEBE SAB GUARDARLO
GUSTO venir a su casa!» me decía no hace mucho, al despedirse, una visita. «Es una de las poquísimas donde puede hablarse sin miedo a que corra de boca en boca lo que uno diga ».
Quien merecía, en realidad, este cumplido, era mi madre.
Contaba yo unos ocho años, cuando fué un día a casa la señora de Brown, a hablarle a mamá de cierto asunto grave relativo a su hijo. La ventana cerca de la cual conversaban estaba abierta, y yo, que jugaba al pie de ella, oí todo lo que decían. Mamá, que lo había notado, me llamó apenas se fué su amiga.
—Vamos a ver—me dijo—, si la señora de Brown hubiese dejado olvidada aquí su cartera: ¿te parece que haríamos bien dándosela a otra, persona? —No, mamá; claro que no—contesté en seguida.
—Pues lo que ha dejado hoy en nuestra casa vale muchísimo más que una cartera: ha dejado un secreto que, si no sabemos guardarlo, podría causar la desgracia de varias personas. Lo que ella me ha contado es suyo, y no debemos decírselo a nadie. ¿ Entiendes ?
Entendí perfectamente. Tanto así, que me guardo muy bien de repetir un secreto que me confíen o de divulgar críticas imprudentes que hagan en mi presencia.   
 Constante Cameron
Selecciones  Febrero de 1943

viernes, 28 de julio de 2017

MARIA YZABEL AVELINA DE JESUS HERRERA ARGUETA-1864- HUEHUETENANGO



MARIA  YZABEL AVELINA DE JESUS HERRERA ARGUETA
6 NOVIEMBRE 1864
HIJA DE DON FERNANDO HERRERA Y DE DOÑA NORVERTA ARGUETA
MADRINA: DOÑA VIVIANA PORRES
VILLA DE HUEHUETENANGO
GUATEMALA
 AMERICA DEL CENTRO
 En seis de Nov. de mil ochocientos sesenta y cuatro , Yo el Teniente de Cura bautisé solemnemente a María Yzabel Avelina de Jesús , que nació hoy, hija  legitima de Don Fernando Herrera y  Doña Norverta Argueta. Fue su madrina Doña Viviana Porres. (f) José María Muñoz
 

martes, 25 de julio de 2017

ISABEL LOPEZ PALACIOS

REYNA ISABEL LOPEZ PALACIOS DE PORTILLO
Habría cumplido años el 20 de Julio , no estoy seguro si nació en 1942,. Falleció en Septiembre de 2012.Hija de Sabino López Letona y de Maria Luisa Palacios Samayoa
Ancestros de Isabel fueron Ramón Palacios casado con María López y de los Ríos, vecinos de la Villa de Gueguetenango en el año de 1800.
Antepasados suyos fueron Simona Villatoro, Luciana Molina, Rita Velasquez,Florentina Morales Rivera, Domingo Rubio casado con Balvina Cabrera Cargenes, Castillo, Herrera, Samayoa.. de Huehuetenango, e  Hipolito Letona casado con Fernanda de León (oriundos de Salcajá o de sus alrededores),
Isabel López le entregó su corazón y su vida al Señor Jesucristo por el año de 2,000y vivió sus últimos años entregada completamente a su Señor y Salvador.
Recordada tia , ahora estás en la presencia del amado Redentor hijo de Dios.
 
                                                     REYNA ISABEL LOPEZ PALACIOS

 

lunes, 24 de julio de 2017

MARIA TERESA DE LOS MONTEROS Y ROSAL-Bautismo y defunción

MARIA TERESA DE LOS MONTEROS Y ROSAL 4 ABRIL 1864
Hija de Manuel De Los Monteros y Mata
 y deTeresa Rosal y Enriquez
 Madrina:  JESUSA  DE LOS MONTEROS 
 por Poder de
 Don MANUEL AYAU
VILLA DE HUEHUETENANGO
Guatemal

"María Teresa Monteros-El cuatro de Abril de ochocientos sesenta y cuatro...bauticé a María Teresa.. h. l. (.hija legitima) de Manuel Monteros y Teresa Rosal, fue Madrina Jesusa Monteros, por poder de Don Manuel Ayau ".
M.
 Monteros María
En Guatemala a diecinueve de Febrero de mil novecientos veinticinco , compareció Alfredo Neutzi de veintisiete años , soltero, comerciante, y como sobrino, dijo: que ayer a las seis p.m. en la Cuarta Av. Sur  numero setentiseis falleció intestada ---María Monteros de cincuenta y cuatro años, soltera, ladina, catolica, originaria de esta ciudad, e hija de Manuel Monteros y de Teresa Rosal
 

domingo, 23 de julio de 2017

FELIPE DE JESUS BANSELLES -1863- -Huehuetenango



FELIPE DE JESUS BANSELLES
FECHA DE BAUTISMO 16 DICIEMBRE 1863
FECHA DE NACIMIENTO:  30 SEPTIEMBRE 1863
HIJO DE ------BANSELLES- Barcelona , España
PADRINO: ALEJANDRO OSORIO
VILLA DE HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO
 BANSELLES_ Apellido de BARCELONA,ESPAÑA

sábado, 22 de julio de 2017

... Y EL AMOR REGRESÓ

 ... Y EL AMOR REGRESÓ
POR TOM ANDERSON
CAMINO a la cabaña de la playa donde mi familia pasaba las vacaciones, formulé un propósito: durante las siguientes dos semanas, intentaría ser un esposo y padre cariñoso. Sería afectuoso y amable; no pondría peros ni condiciones.
La idea se me había ocurrido al escuchar por radio, en mi auto, a un comentarista que citaba un pasaje bíblico relativo a la consideración que los maridos deben tener con sus esposas; después, continuaba: "El amor es un acto de voluntad. La persona puede optar por amar". Debía yo reconocer que había sido un esposo egoísta y que mi falta de tacto había empañado nuestro amor, debido a mis mezquindades: reñía a Evelyn por su morosidad: insistía en ver los programas de television que sólo a mí interesaban, echaba a la basura los periodicos del  día anterior que sabía que mi mujer no había leído aún. Pues bien, durante dos semanas, todo eso cambiaría.
¡Dicho y hecho! Desde el momento mismo en que besé a mi esposa en el umbral de la puerta, la cumplimenté:
—¡Ese suéter amarillo que estás estrenando te sienta de maravilla!
—¡Gracias! ¡Me alegra que lo hayas notado! —repuso, sorprendida y contenta, y quizá hasta un tanto perpleja.
Cansado del largo viaje, sólo deseaba sentarme a leer, pero Evelyn sugirió que diéramos un paseo por la playa. Ya iba a decirle que no, cuando pensé: Evelyn ha estado aquí sola con los niños toda la semana y ahora desea estar sola conmigo. Así pues, nos fuimos a caminar por la playa mientras los niños hacían volar sus papalotes.
Y así seguí cumpliendo mi propósito. Dos semanas sin telefonear a la compañía de inversiones de Wall Street en la que soy uno de los directores; una visita al museo de conchas, aunque por lo general detesto los museos (y sin embargo, me gustó); ningún comentario hiriente cuando la morosidad de Evelyn al arreglarse ocasionó que llegáramos retrasados a una cena. Pasé todas las vacaciones relajado y feliz, y me hice un nuevo propósito: seguir recordando que había yo optado por amar.
 Sólo una cosa falló en mi experimento, y todavía mi esposa y yo reímos al recordarlo: la última noche que pasamos en la cabaña, al ir a acostarnos, Evelyn se quedó mirándome con expresión triste.
—¿Qué pasa? —le pregunté. —Tom —me contestó, acongojada—, ¿sabes algo que yo ignore?
—¿Qué? ¡Explícate!
—Bueno ... ese examen médico al que me sometí hace unas semanas ... ¿Te dijo el doctor algo al respecto? Has sido tan bueno conmigo estos días ... ¿Es que me estoy muriendo?
Tardé algunos momentos en comprender la inquietud que embargaba a mi mujer, pero en seguida solté la carcajada:
—¡No, mi vida! —repuse, abrazándola—. No estás muriéndote .. . ¡Lo que sucede es que yo estoy empezando a vivir!
CONDENSADO DE LA REVISTA —GUIDEPOSTS— (AGOSTO DE 1985). Ü 1985 POR
GUIDEPOSTS ASSOCIATES. INC., DE CARNEE. NUEVA YORK
SELECCIONES DEL READER´S DIGEST  ENERO DE 1987

JOSE MARIA GONZALES GUERRA-Español-1863- Huehuetenango

JOSE MARIA GONZALES GUERRA-Español
8 ABRIL 1.863
 HIJO DE TOMAS GONZALES Y DE LUCIANA GUERRA- Españoles
PADRINO: EL SEÑOR VICARIO PROVINCIAL Y CURA
 DON JOSE MARIA GONZALES- Español
 VILLA DE HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO

Jose María Gonzales Guerra- Español
En doce de Abril de de mil ochocientos sesenta y tres  Yo el Infrascrito Cura de Chiantla di lincencia parochial y bautise solemnemente a José María  hijo lejitimo de Tomás Gonzales y Luciana Guerra fue Padrino el Señor Vicario Provincial y Cura de esta Parroquia Presvitero Don José María Gonzales , conste el nacimiento de este niño fue el ocho del presente.  (f) Raf. Contreras

jueves, 20 de julio de 2017

ALCOHOL- TESTIMONIO DE MADRE DE FAMILIA Y SACERDOTE

50 AÑOS EN LA IGLESIA DE ROMA
Por Sacerdote Charles Chiniquy


C A P I T U L O 25
Cuando por suerte llegué a ser el primer capellán del hospital marinero de Qüebec, estaba seguro que Dios había ordenado esto para mi bien y para su propia gloria y resulta que tenía razón. A principios de noviembre de 1834, el director llamado Sr. Glackmayer vino a decirme que había un extraordinariamente alto número de enfermos dejado por la armada del otoño. Por el peligro de la muerte, me llamaban día y noche. En secreto, me avisó que varios de ellos ya habían muerto de la peor especie de viruela y que muchos también morían de la terrible Cólera Morbo que todavía hacía estragos entre los marineros.
Estas tristes noticias me llegaron como una orden del cielo a acudir al rescate de mis queridos marineros enfermos. El primer hombre que conocí era el Dr. Douglas quien confirmó el número de enfermos y añadió que las enfermedades prevalecientes eran de las más peligrosas.
El Dr. Douglas era uno de los fundadores y directores del hospital como también uno de los cirujanos mejor capacitados de Qüebec. Aunque era un fiel Protestante, me honraba con su confianza y amistad desde el primer día que nos conocimos. Diré que nunca conocí un corazón más noble, una mente más abierta, ni un filántropo más auténtico.
Después de agradecerle la triste pero útil noticia, le pedí al Sr. Glackmayer una copa de brandy, la cual tragué de inmediato.
¿Qué está haciendo? —preguntó el Dr. Douglas.
—¿No ve, —respondí, —que he tomado una copa de brandy excelente?
—Pero, por favor, dígame, ¿Por qué?
—Porque es un buen preservativo contra el medio ambiente que respiro todo el día, —repliqué, —tengo que oír las confesiones de toda esa gente muriendo de la viruela o de la Cólera Morbo y respirar el aire pútrido alrededor de sus almohadas. ¿No me advierte el sentido común que debo tomar alguna precaución contra el contagio?
—¿Será posible, —respondió, —que un hombre a quien estimo tanto sea tan ignorante de los efectos mortales del alcohol en el cuerpo humano? Lo que usted ha tomado no es más que veneno y lejos de protegerlo contra el peligro, ahora está más expuesto a ello que antes de tomarlo.
Pobre de ustedes Protestantes, —respondí de broma, —son una banda de fanáticos con sus doctrinas extremosas de abstinencia. Nunca me convertirá usted a su punto de vista sobre ese tema. ¿Será para el uso de los perros que Dios creó al vino y al brandy? ¿No es para el uso de hombres que lo tomen con moderación e inteligencia?
—Mi querido Sr. Chíniquy, usted bromea, pero yo le hablo en serio cuando le digo que se ha envenenado con esa copa de brandy, —dijo el Dr. Douglas.
—Si los buenos vinos y brandy fueran veneno, —respondí, —pronto sería usted el único médico en Qüebec, porque usted es el único del cuerpo médico que conozco que se abstiene. Pues, aunque me agrada mucho su plática, con su permiso voy a visitar a mis queridos marineros enfermos cuyo clamor por ayuda espiritual suena en mis oídos.
—Una palabra más, —dijo el Dr. Douglas, —mañana por la mañana haremos una autopsia de un marinero que acaba de morir repentinamente aquí. ¿Tendrá usted alguna objeción de venir y ver en el cadáver de ese hombre lo que su copa de brandy ha hecho en su propio cuerpo?
—No, señor, no tengo ninguna objeción, —contesté, —desde hace mucho tiempo he tenido la inquietud de hacer un estudio especial de la anatomía. Esta será mi primera lección; no podría tener un mejor maestro.
Me despedí de él y fui con mis pacientes con los cuales pasé lo que restaba del día y la mayor parte de la noche. Cincuenta de ellos querían hacer confesiones generales de todos los pecados de su vida y di los últimos sacramentos a veinticinco que morían de viruela o de Cólera Morbo. A la mañana siguiente a la hora citada, estaba al lado del cadáver del hombre muerto. El Dr. Douglas amablemente me prestó un microscopio potente.
—No tengo la menor duda, —dijo, —que este hombre fue matado instantáneamente por una copa de ron. Ese ron ha causado la rotura de la aorta.
Mientras hablaba así, el cuchillo hacía su obra tan rápido que el espectáculo horrible de la arteria rota estaba delante de nuestros ojos casi al salir las últimas palabras de su boca.
—Fíjese aquí, —dijo el doctor, —por toda la arteria verá usted miles y tal vez millones de puntos rojos que son los muchos hoyos perforados por el alcohol. Igual como los ratones almizcleños del río Mississippi cavan hoyos pequeños en las presas, desatando las aguas y llevando desolación y muerte por todas sus riberas, así el alcohol, cada día, causa la muerte repentina de miles de víctimas, perforando las venas de los pulmones y de todo el cuerpo. Mire a los pulmones y cuente si puede los miles y miles de puntos rojos, oscuros y amarillos y las pequeñas úlceras. Cada uno de ellos es la obra del alcohol causando corrupción y muerte en todos estos órganos maravillosos. El alcohol es uno de los venenos más peligrosos; ha matado a más hombres que todos los demás venenos juntos.
El alcohol no puede ir a ninguna parte del cuerpo humano sin llevar desorden y muerte con él. Porque no puede de ninguna manera unirse a ninguna parte de nuestro cuerpo. El agua que tomamos y la comida nutritiva que comemos son enviados a los pulmones, el cerebro, los nervios, los músculos y los huesos. Dondequiera que van reciben, por decirlo así, cartas de ciudadanía que los permite quedar ahí en paz y trabajar para el bien público. Pero no es así con el alcohol; al momento mismo que entra al estómago trae desorden, ruina y muerte según la cantidad ingerida.
—Mire aquí con el microscopio y verá que dondequiera que el rey alcohol ha puesto su pie, el cuerpo se ha convertido en un campo de batalla produciendo ruina y muerte. Por la obra tan extraordinaria de la naturaleza o más bien por orden de Dios, cada vena y arteria por el cual el alcohol tiene que pasar, de repente se contrae como para impedir su paso o para ahogar a su enemigo mortal. Cada vena y arteria evidentemente ha escuchado la voz de Dios, diciendo: “¡El vino es escarnecedor, muerde como la serpiente y como el áspid da dolor!” Cada nervio y músculo que toca el alcohol, tiembla y se estremece como en presencia de un enemigo implacable e invencible. Sí, ante la presencia del alcohol cada nervio y músculo pierde su fortaleza, igual que el hombre más valiente que en presencia de un monstruo horrible o demonio, de repente pierde su fuerza natural y se estremece de cabeza a pies.
No puedo repetir todo lo que oí ese día de los labios del Dr. Douglas y lo que vi con mis propios ojos de los horribles efectos del alcohol por cada miembro de ese cadáver; sería demasiado largo. Basta con decir que me horrorizaron mi propia necedad y la necedad de tantas personas que usan bebidas intoxicantes.
Durante los cuatro años que duré como capellán del hospital marinero, más de cien cadáveres fueron abiertos delante de mí. Es mi convicción que la primera cosa que un orador sobre la abstinencia debe hacer es estudiar anatomía; examinar los cadáveres tanto de bebedores templados como de borrachos incurables y estudiar ahí los efectos del alcohol en los varios órganos del cuerpo humano. Esos cadáveres eran libros escritos por la mano de Dios mismo y me hablaron como ningún hombre puede hablar. Pero ahora es el momento para contar cómo Dios me obligó casi a pesar de mí mismo a abandonar para siempre el uso de bebidas intoxicantes.
Entre mis penitentes había una dama joven que pertenecía a una de las familias más respetadas de Qüebec. Tenía una niña de casi un año de edad y por supuesto la joven madre la adoraba. Desgraciadamente esa dama, como ocurre con demasiada frecuencia aun entre las familias más refinadas, había aprendido en la casa de su padre y por el ejemplo de su propia madre a beber vino en la mesa y cuando visitaba a sus amigas. Poco a poco empezó a tomar, cuando se encontraba sola, unas gotas de vino, al principio por consejo de su médico, pero pronto solamente para saciar un apetito descontrolado que crecía más fuerte cada día. Con la excepción de su marido, yo era el único que sabía este hecho. El era un íntimo amigo mío y varias veces con lágrimas escurriendo por sus mejillas me había suplicado en el nombre de Dios que la persuadiera a abstenerse de tomar.
Ese varón vivía muy feliz con su esposa elegante y su niña incomparablemente hermosa. Era rico, tenía una posición elevada en el mundo, amigos sin número y su hogar era un palacio. Cada vez que hablé con esa dama, sea a solas o en presencia de su marido, ella derramaba lágrimas de arrepentimiento, prometía reformarse y tomar únicamente lo poquito que su médico le había recetado. Pero, ¡Ay! esa receta mortal del médico era como aceite derramado sobre ascuas ardientes. Estaba encendiendo un fuego que nadie pudo apagar.
Un día, el cual nunca olvidaré, un mensajero llegó apresuradamente y me dijo: —El Sr. A. quiere que vaya usted a su casa inmediatamente. Una desgracia terrible acaba de suceder. Su hermosa hija acaba de morir. Su esposa está media loca y él teme que se suicide.
Subí de un salto a la calesa elegante jalado por dos caballos finos y en pocos minutos estaba en la presencia del espectáculo más angustioso que jamás había visto. La joven señora, destrozando su vestido, arrancando los cabellos con sus manos y rasguñando su cara con sus uñas, estaba gritando: —¡Ay, por amor de Dios, denme un cuchillo para cortarme la garganta! ¡He matado a mi hija! ¡Mi querida está muerta! ¡Soy la asesina de mi propia querida Lucy! ¡Mis manos están teñidas con su sangre! ¡Déjenme morir con ella!
Yo me quedé horrorizado y al principio permanecí mudo e inerte. El joven esposo junto con otros dos caballeros, el Sr. Blanchet y Pannet, el juez de primera instancia, intentaban detener las manos de su esposa desgraciada. Por fin, la mujer, fijando sus ojos en mí, dijo: —Oh, querido Padre Chíniquy, por amor de Dios déme un cuchillo para que pueda cortarme la garganta. Estando borracha, levanté a mi preciosa hija para besarla. Pero me caí y su cabeza pegó contra la esquina puntiaguda de la estufa. ¡Sus sesos y sangre están esparcidos en el suelo! ¡Mi hija, mi propia hija está muerta! ¡Yo la he matado! ¡Maldito licor, maldito vino! ¡Mi hija está muerta, estoy condenada! ¡Maldita bebida!
Yo no podía hablar, pero sí podía verter lágrimas y llorar. Lloré y mezclé mis lágrimas con las de aquella madre desgraciada. Luego con una expresión de desesperación, que penetró mi alma como una espada, dijo: —Pase usted a verla.
Entré al cuarto contigua y ahí vi a esa una vez hermosa niña, muerta con su cara cubierta de su sangre y sesos. Había un boquete en la sien derecha. La madre embriagada, cayéndose con su niña en sus brazos, golpeó su cabeza contra la estufa con una fuerza tan terrible que volcó la estufa al suelo.
Los carbones encendidos estaban esparcidos por todos lados y por poco se había encendido la casa. Pero ese golpe y la muerte espantosa de su hija, de repente la volvió en sí y puso fin a su intoxicación. De un vistazo comprendió la totalidad de su desgracia. Su primer pensamiento era correr al aparador, agarrar un agudo cuchillo largo y cortarse la garganta. Providencialmente, su esposo llegó en ese instante. Con gran dificultad y después de una lucha terrible logró quitar el cuchillo de sus manos y lo tiró a la calle por una ventana.
Para entonces eran como las cinco de la tarde. Después de pasar una hora de agonía indescriptible de mente y de corazón, intenté salir para regresar a la casa parroquial. Pero mi joven amigo desgraciado me suplicó en el nombre de Dios que pasara la noche con él. —Usted es el único, —me dijo, —quien nos puede ayudar en esta noche horrible. Mi desgracia es bastante grande sin destruir nuestro buen nombre difundiéndola públicamente. Quiero guardarlo lo más secreto posible. Aparte del médico y el juez de primera instancia, usted es el único hombre sobre la tierra en quien confío para ayudarme. Por favor, quédese con nosotros.
Me quedé, pero en vano intenté calmar a la desgraciada madre. Constantemente quebrantaba nuestros corazones con sus lamentaciones y sus esfuerzos convulsivos de quitarse la vida. Cada minuto gritaba: —¡Mi hija, mi querida Lucy! Justo cuando tus pequeños brazos me acariciaban tan suavemente y tus besos angélicos eran tan dulces a mis labios, te degollé. Cuando me abrazabas a tu corazón amante y me besabas, yo tu madre embriagada te di el golpe mortal... ¡Mis manos están teñidas de tu sangre y mi pecho cubierto de tus sesos! ¡Ay, por amor de Dios, querido esposo, quítame la vida! No puedo consentir en vivir un día más. Querido Padre Chíniquy, déme un cuchillo para poder mezclar mi sangre con la de mi hija. ¡Ojalá me enterrasen en el mismo sepulcro con ella!
En vano intenté hablarle de la misericordia de Dios hacia los pecadores. No escuchaba nada de lo que le decía; estaba absolutamente sorda a mi voz. Como a las diez de la noche, tuvo el ataque más terrible de angustia y desesperación. Aunque éramos cuatro hombres que la cuidábamos, ella era más fuerte que todos nosotros. Tenía la fuerza de un gigante. Ella se zafó de nuestras manos y corrió al cuarto donde la niña muerta yacía en su cuna. Asiendo del cadáver frío con sus manos, rompió las vendas blancas puestos alrededor de la cabeza para cubrir la herida horrible y con gritos de desolación apretó sus labios, mejillas y sus mismos ojos sobre el boquete que rezumaba sesos y sangre, como queriendo sanarlo y hacer volver la vida a la pobrecita.
—Mi querida, mi amada, mi pobre querida Lucy, —gritó, —abre tus ojos y mira nuevamente a tu madre. ¡Dame un beso, abrázame nuevamente a tu pecho! Pero tus ojos están cerradas; tus labios fríos ya no sonríen; estás muerta y yo tu madre te degollé. ¿Puedes perdonarme tu muerte? ¿Puedes pedir a Jesucristo nuestro Salvador que me perdone? ¿Puedes pedir a la bendita Virgen María que ruegue por mí? ¿Nunca volveré a verte? ¡Ay no, estoy perdida, estoy condenada, soy una madre borracha que ha asesinado a su propia querida Lucy! ¡No hay misericordia para una madre borracha, la asesina de su propia hija!
Cuando hablaba así a su hija, a veces se arrodillaba, pero luego corría como huyendo de un fantasma. Pero siempre abrazaba al cadáver inerte a su pecho o convulsivamente pasaba sus labios y mejillas sobre la herida horrible a tal grado que sus labios, toda su cara, su pecho y manos estaban embadurnados de la sangre que fluía de la herida. ¿Diré que todos estábamos “derramando lágrimas y llorando”? Pues la palabras “derramando lágrimas y llorando” no pueden expresar la desolación y horror que sentimos.
Como a las once, cuando ella estaba de rodillas abrazando a la niña muerta, levantó sus ojos hacia mí y dijo: —Querido Padre Chíniquy, ¿Por qué no he seguido su consejo cariñoso cuando más con sus lágrimas que con sus palabras, tantas veces intentó persuadirme a abandonar esos malditos vinos intoxicantes? ¡Cuántas veces me ha dado usted las palabras que vienen del mismo cielo: “El vino es escarnecedor, muerde como serpiente y como áspid da dolor”! ¡Cuántas veces me rogó usted en el nombre de mi querida hija, en el nombre de mi querido esposo y en el nombre de Dios, abandonar el uso de esas malditas bebidas! Pero ahora, escucha mi petición. Vaya usted por todo Canadá; mande a todos los padres que nunca pongan ninguna bebida intoxicante ante los ojos de sus hijos. Fue en la mesa de mi padre donde primero aprendí a tomar ese vino que maldeciré por toda la eternidad. Mande a las madres a nunca probar esas bebidas abominables. Fue mi madre quien primero me enseñó a beber ese vino que maldeciré mientras Dios exista.
—Lleva la sangre de mi hija y tiñe el dintel de las puertas de cada casa en Canadá y anuncie a todos sus habitantes que esa sangre fue derramada por la mano de una madre homicida cuando estaba borracha. Con esa sangre escriba en los muros de cada casa de Canadá que el vino es escarnecedor y diga a los canadienses franceses cómo sobre el cadáver de mi hija he maldecido a ese vino que me ha hecho despreciable, miserable y culpable.
Se detuvo un momento para respirar un poco; luego añadió: —Dígame en el nombre de Dios, ¿Puede mi hija perdonarme su muerte? ¿Puede ella pedir a Dios que me mire con misericordia? ¿Podrá ella hacer que la bendita Virgen María ruegue por mí y obtenga mi perdón?
Pero antes que pude contestar, ella nos horrorizó con sus gritos desesperados: —¡Estoy perdida! ¡Borracha, maté a mi hija! ¡Maldito vino!— Luego cayó un cadáver en el suelo. Torrentes de sangre fluían de su boca sobre su hija muerta que abrazaba en su pecho aún después de su muerte.
Ese drama terrible nunca fue revelado a la gente de Qüebec. El veredicto del juez de primera instancia fue que la muerte de la niña era accidental y que la madre angustiada murió de un corazón quebrantada seis horas después. Dos días después, la madre desgraciada fue enterrada con el cadáver de su hija agarrado en sus brazos.
Después de una tempestad tan terrible, yo necesitaba soledad y descanso, pero sobre todo, necesitaba oración. Me encerré en mi pequeño cuarto durante dos días y ahí a solas en la presencia de Dios meditaba en la terrible justicia y retribución de las cuales él me hizo testigo. Esa mujer desgraciada había sido mi penitente; ella y su esposo contaban entre mis más queridos y devotos amigos. Solamente en días recientes se había esclavizado a la borrachera. Antes de eso su piedad y sentido de honor eran de la clase más exaltada que se conoce en la Iglesia de Roma.
Sus últimas palabras no eran expresiones comunes proferidas por pecadores ordinarios al confrontarse con la muerte; para mí, esas palabras tenían una solemnidad que casi transformaron a ella en el oráculo de Dios a mi mente.
Esa noche memorable, en medio de la profunda oscuridad y temible quietud, si estaba despierto o dormido no lo sé, pero vi la calmada forma hermosa de mi querida madre, de pie a mi lado, tomada de la mano de la difunta asesina todavía cubierta de la sangre de su hija. Sí, mi amada madre estaba delante de mí y me dijo con tal poder y autoridad que cada una de sus palabras quedaron grabados en mi alma como si fueran escritas con letras de lágrimas, sangre y fuego: Ve por toda Canadá, manda a cada padre de familia a nunca poner ninguna bebida intoxicante delante de sus hijos. Manda a las madres a nunca probar ni una gota de esas bebidas malditas. Manda a todo el pueblo de Canadá a nunca tocar ni mirar a la copa envenenada y tú, mi amado hijo, abandona para siempre el uso de esas bebidas detestables que son malditas en el infierno, en el cielo y en la tierra y muerden como serpiente y dan dolor como el áspid.
Cuando cesó el sonido de esa voz tan dulce y poderosa y mi alma dejó de ver esa extraña visión, me quedé muy agitado e inquieto. Dije a mí mismo: —¡Tal vez las cosas terribles que he visto y oído en estos días pasados destruirán a mi mente y me mandarán al manicomio! Me caí de rodillas a llorar y orar. Esto me hizo bien y pronto me sentí más fuerte y calmado.
Elevando nuevamente mi mente a Dios, dije: —Oh Dios mío, hazme saber tu santa voluntad y concédeme la gracia para hacerla. ¿Provienen de ti las voces que acabo de escuchar o son nada más los sueños vanos de mi mente afligida? ¿Será tu voluntad, oh Dios mío, que yo vaya a decir a mi país lo que tan providencialmente me has revelado de los horribles daños insospechados que causan el vino y bebidas alcohólicas tanto al cuerpo como al alma del hombre o será tu voluntad ocultar de los ojos del mundo las cosas maravillosas que tu me has revelado y que las entierre yo conmigo en el sepulcro?
Rápido como un relámpago me vino la respuesta: —¡Lo que te he enseñado en secreto, predícalo desde las azoteas!
Rebosando de una emoción indecible y mi corazón lleno de un poder que no era mío, levanté mis manos hacia el cielo y dije a mi Dios: —¡Por amor a mi querido Salvador Jesús, y por el bien de mi país, oh Dios mío, te prometo que nunca volveré a usar bebidas intoxicantes; además haré todo lo que haya en mi poder para persuadir a otros sacerdotes y a toda la gente a hacer el mismo sacrificio!
Cincuenta años han pasado desde que hice esa promesa y gracias a Dios, la he guardado.
Durante los próximos dos años, yo era el único sacerdote en Canadá quien se abstuvo del uso del vino y de otras bebidas alcohólicas; y sólo Dios sabe cuántos desprecios, reprensiones e insultos de toda clase tuve que soportar. Cuántas veces los apodos de fanático, hipócrita, reformador, y medio hereje fueron susurrados en mis oídos no sólo por los sacerdotes, sino también por los obispos.
Pero yo estaba seguro que mi Dios conocía los motivos de mis acciones y por su gracia permanecí calmado y paciente. En su infinita misericordia, él se fijó en su siervo inútil y escogió el día en que mis humillaciones se convirtieran en gran gozo. Llegó el día en que vi a esos sacerdotes y obispos a la cabeza de sus congregaciones recibiendo la promesa y la bendición de abstinencia de mis manos. Los mismos obispos que al principio me condenaron, pronto invitaron a los ciudadanos principales de sus ciudades a presentarme una medalla de oro como muestra de su aprecio, después de darme oficialmente el título de “Apóstol de Abstinencia de Canadá.”
Por la voluntad de Dios vi con mis propios ojos a mi querido Canadá hacer promesas de abstinencia y abandonar el uso de bebidas intoxicantes. Cuántas lágrimas se secaron en esos días. Miles y miles de corazones fueron consolados y colmados de gozo. Felicidad y abundancia reinaron en muchos hogares anteriormente desolados y el nombre de nuestro Dios misericordioso fue bendecido dondequiera en mi amado país.
¡Esto, ciertamente, no fue obra del pobre Chíniquy! Fue la obra del Señor, porque el Señor, quien es maravilloso en todos sus hechos, escogió nuevamente el instrumento más débil para mostrar su misericordia a los hijos de los hombres. ¡El llamó al más inútil de sus siervos para hacer la mayor obra de reforma que jamás se ha visto en Canadá, para que la alabanza y la gloria sean atribuidos a él y solamente a él!

ADVERTENCIA- TESTIMONIO DE UNA HIJA

Una advertencia definitiva para quien no quiera ver
la realidad del alcoholismo
TESTIMONIO DE UNA HIJA
POR CYNTHIA GORNEY
DISDE LA VENTANA de su cuarto De hospital, mi madre veía un lago apacible, perlado y vasto como el mar. Yo, que hablaba con ella por teléfono en la cocina demi casa, hice un gran esfuerzo para que no se me quebrara la voz.
—Te internaste hace cinco días y no le avisaste a nadie —dije, midiendo mis palabras.
-No quiero que vengan —respondió ella, y apenas pude entenderle— No sabría qué hacer con ustedes. Sencillamente me cansé de sentirme mal. Me dolía el estómago y tosía demasiado.Está ebría , pensé. ¿Cómo puede estar ebría en el hospital?
 i inadre bebía discretamente enla intimidad de su casa, donde reinaba un agradable desorden. Participaba en las actividades de su iglesia, viajaba y hacía trabajo voluntario en favor de la gente sin hogar. Mujer curiosa y de gran inteligencia, leía muchísimo, escribía en tres idiomas y tenía amigos en lugares tan distantes entre sí como Nicaragua y China. Murió de cirrosis hepática, enfermedad que también mata a hombres que duermen envueltos en una manta junto a las alcantarillas.
Escribo esto porque quiero que la gente sepa lo que ocurre cuando alguien a quien amamos muere a causa del alcoholismo. No voy a predicar ni a ofrecer consejos como los de Alcohólicos Anónimos. Lo
hice mientras mi madre aún vivía, y ella jamás dejó de beber.
EN CUANTO mis hermanos y yo salimos del ascensor, en el hospital, las enfermeras se nos acercaron rápidamente con objeto de prepararnos para lo que estábamoss_apunto de ver. Lo primero que noté a ntrar en la habitación fue la piel verdosa de mi madre. Nadie nos había dicho que antes de que la cirrosis acabe con una persona, la vuelve de color amarillo verdoso. Deseé que alguien se lo hubiera explicado a ella antes de que lo experimentara en carne propia.
—Su madre se ve bastante mal —murmuraban las enfermeras a mi alrededor.
 Y tenía una sed insoportable. Los primeros días, los médicos habían pensado que se recuperaría, y le daban agua a sorbitos. Nos pidió que le lleváramos agua a escondidas.
¡Qué irónico resultaba esto! Ella nunca nos pidió que le lleváramos alcohol a hurtadillas. A la puerta de nuestra casa llegaban los pedidos de botellas de ginebra y vodka que luego iban a parar al cubo de la basura, después de haberse vertido, con gran decoro, en altos vasos con rodajas de limón. Después de que mi madre se internó en una institución para someterse a un tratamiento y, pese a ello, siguió bebiendo, fue cuando comenzó a ocultar las botellas. Cada vez que nos visitaba, las llevaba en el fondo de su maleta, bajo la ropa.
Siempre que tratábamos de hablar de esto con ella nos hacía callar con un ademán y cambiaba el tema. Nuestras bocas se movían inaudiblemente tras el sólido muro que había levantado entre ella y nosotros. Se había sometido al tratamiento porque estaba sufriendo alucinaciones, pero tan pronto como estas desaparecieron volvió a erigir el muro, y nadie volvió a atravesarlo jamás.
En el hospital llevó puesto un parche ocular durante varios días. Cuando se lo quitaron, daba la impresión de que el ojo le había explotado. Una telaraña de sangre se le extendía por toda la superficie ocular, y resultaba difícil mirarla a la cara sin quedarse viendo aquello.
Su médico nos llevó a mis hermanos y a mí a un cuartito y nos explicó que el alcohol había convertido el hígádo de mi madre en algo semejante a un trozo de cuero. Si la hubieran atendido antes, quizá la habrían salvado, pero su hígado ya no funcionaba. A consecuencia de ello, sus riñones tampoco funcionaban ya, lo que le había producido peritonitis, un colapso generalizado y agotámiento cardiaco. Su vientre estaba hinchado por la acumulación de líquidos. Tenía la piel verdosa, arrugada y fláccida.
Le acaricié el cabello, que se le veía muy negro y brillante. Era lo único de ella que parecía tener vida.
El médico dijo que moriría en unos cuantos días, tal vez un poco más, y que, si queríamos, podríamos aprovechar ese tiempo para despedirnos. Luego salió del cuarto. Mis hermanos y yo nos abrazamos, con las cabezas juntas, y lloramos.
LLAMAMOS al pastor de mi madre, mi episcopalista de rostro severo que saluda con un fuerte apretón de manos. El hombre es un alcohólico en recuperación, así que me escuchó con interés cuando le dije:
—Nunca he entendido por qué no pidió ayuda.
—La enfermedad impide que uno la nombre —respondió—. Está uno tan inmerso en ella que no puede tomar el teléfono y pronunciar la palabra: "Ayúdame"
.Esa tarde rasladamos a mi madre a un sanatorio para desahuciados.
PODRIR DECIR mucho más. Parte de ello tiene que ver con los momentos tristes que nos aguardan a cada uno de nosotros; el último contacto con una mano demasiado cansada para devolver el apretón. Pero otra parte tiene que ver con el estertor de una persona cuyo hígado parece un trozo de cuero.
Cuando mi madre inhalaba, se oía un pequeño gemido, y cuando exhalaba, un quejido más largo. Yo tenía que alejarme de su cuarto para no oír aquello.
Al final del pasillo había una habitación con una ventana sin cortinas y una amplia vista del lago.
Ahí estaba yo en el momento en que una enfermera fue a buscarme. Un cuanto me tomó por el codo para sostenerme, comprendí que mi madre había muerto.
Cuento todo esto porque nadie me advirtió que el alcohol estaba matándola...; no en el sentido metafórico en que hablan los hijos de los alcohólicos en los grupos de apoyo, sino literalmente y de manera tal que la dejó con la piel verde, un ojo sanguinolento y la respiración entrecortada.
Deseo que alguien escuche estas palabras. Quiero creer que en alguna parte, en una casa donde reine un agradable desorden, un hombre o una mujer que no sepa leerá esto que escribo y dirá: "Ahora lo sé".
Mi madre sin duda se habría enfurecido conmigo si en vida de ella la hubiera humillado públicamente. Era una mujer orgullosa, y creo que murió asustada y demasiado avergonzada para pronunciar en voz alta el nombre de la enfermedad que la mató.
Yo lo hago ahora por ella: alcoholismo. Cirrosis hepática provocada por el alcoholismo. Peritonitis provocada por el alcoholismo, seguida de insuficiencia renal y paro cardiaco. Si alguien lee estas palabras y pide ayuda, mi traición habrá valido la pena.
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C 1993 POR CYNTHIA GORNEY. CONDENSADO DEL "POST" DE WASHINGTON (26-IV-1993), DE WASHINGTON, D. C. 
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Septiembre 1994