viernes, 30 de junio de 2017

"JAMÁS LA OLVIDARÉ"

"JAMÁS LA OLVIDARÉ"
 Era una pareja extraordinaria, atrapada en un mundo ordinario, donde los convencionalismos sociales
importan más que el encuentro de dos almas gemelas.
















" JAMÁS LA OLVIDARÉ"
Por Ray Bradbury
Cuento
 CUANDO Ann Taylor llegó a trabajar a la escuela de Green Town, el verano en que cumplía veinticuatro años, Bob Spaulding iba a cumplir catorce. Era una de esas maestras a la que todos los niños deseaban llevarle de regalo naranjas enormes o flores rosadas. La veían siempre pasar por la calle los días en que la sombra era verde bajo los túneles que formaban las frondas de los robles y los olmos. Como esos lozanos duraznos del estío entre las nieves del invierno, y como leche fresca para el cereal del desayuno en una cálida mañana de principios de junio. Y los raros días del año en que el clima estaba en perfecto equilibrio, tan serenos cual una hoja atrapada entre leves vientos que soplan con benevolencia, eran días como Ann Taylor, y en el calendario debieron haberse llamado como ella.
Bob Spaulding, por su parte, era el muchacho solitario que paseaba por el pueblo en cualquier atardecer de octubre, seguido por un remolino de hojas, tal como una horda de ratones de otoño. O se le podía ver, como un lento pez blanco, en las revueltas aguas oscuras del riachuelo, u oír su voz en aquellas copas de los árboles donde el viento dialogaba con las frondas, y allí acudía, solo, a contemplar el mundo.
Aquella primera mañana que la señorita Ann Taylor entró y escribió su propio nombre en el pizarrón, ,-el aula pareció inundarse de luz, de pronto, como si le hubiesen quitado el techo. Bob escondía en la mano una pelota de papel con intención de arrojarla, pero la dejó caer al piso. Terminada la clase, Bob Spaulding consiguió un cubo de agua y un trapo,y empezó a lavar el pizarrón.
—¿Qué haces? —le preguntó la maestra, levantando la vista desde su escritorio, donde estaba corrigiendo unos ejercicios de gramática. —El pizarrón está un poco sucio.
Supongo que debí pedirle permiso —musi» el chico, sin acertar a completar la frase.
—Bueno, supongamos que lo pediste —contestó Ann, sonriendo, y mientras ella sonreía, el muchacho
terminó a toda velocidad la limpieza del pizarrón e hizo chocar entre sí los borradores tan furiosamente, que el aire pareció de pronto llenarse de nieve.
A la mañana siguiente, Bob apareció por casualidad frente al lugar en que se alojaba la maestra, en el momento en que salía rumbo a la escuela.
—Pues ... ¡Hola!, aquí estoy —fue el saludo del adolescente.
—¿Sabes qué? No me sorprende verte.
—¿Puedo llevarle sus libros? —Sí, gracias, Bob.
Caminaron juntos unos cuantos minutos. Ella vio de reojo lo tranquilo que él se mostraba, lo feliz que parecía. Al llegar a las inmediaciones de la escuela, Bob propuso:
—Más vale que la deje aquí. Los muchachos no lo entenderían.
—Bueno ... creo que yo tampoco lo entiendo —respondió la señorita Taylor.
—¡Vaya, somos amigos! —agregó Bob, muy serio, como si fuera lo más natural del mundo.
La maestra empezó a decir: —Bob —pero se interrumpió—: No . . . nada —y se alejó.
Y allí estuvo el muchacho en clase, y después de clases, las dos semanas siguientes, siempre sin decir palabra, limpiando el pizarrón mientras ella trabajaba. Y allí estaban el silencio del Sol poniente en el cielo Tenso, y el leve ruido de los papeles y el rasgueo de la pluma. En ocasiones el silencio se prolongaba casi hasta las 5, cuando la señorita Taylor levantaba la vista y lo veía en el último asiento, contemplándola en silencio, esperando.
—Bueno, es hora de ir a casa —anunciaba la maestra.
Entonces, el chico iba corriendo por el sombrero y el abrigo de la joven. Caminaban lado a lado por el patio desierto y hablaban de todo lo habido y por haber.
Por ejemplo:
—Bob, ¿a qué piensas dedicarte cuando seas mayor?
—Seré escritor.
—¡Ah! ¡Ese es un sueño muy alto!
—Sí; lo sé. Pero voy a intentar realizarlo. He leído mucho, y ... Se quedó pensativo un momento, y luego le preguntó:
—¿Podría hacerme un favor, señorita Taylor?
—Depende ...
—Todos los sábados paseo por el río, hasta el lago. Hay allí muchas mariposas y cangrejos. ¿Le gustaría ir conmigo?
—No; no podré ir. Tengo que hacer .. .
El chico estuvo a punto de preguntarle qué, mas no se atrevió. —Llevo emparedados de jamón y pepinillos y refrescos, y regreso a casa alrededor de las 3. Me gustaría que usted fuera allí conmigo este sábado.
—No, Bob; gracias. Quizá en otra ocasión.
—No debí pedírselo, ¿verdad? —Tienes todo el derecho a pedirme lo que quieras.
Pocos días después, la joven le
dio un ejemplar de Grandes esperanzas, de Charles Dickens. Él pasó toda la noche leyéndolo, y a la mañana siguiente comentaron la obra.
Cada día, Bob esperaba a la maestra. Muchas veces, la señorita Taylor estuvo a punto de ordenarle que ya no fuera a esperarla, pero no tuvo el valor de hacerlo.
Hablaban de Dickens, de Kipling y de Poe, camino de la escuela y de regreso. Pero le era imposible intetrogarlo en el aula. Vacilaba y pronunciaba otro nombre. Tampoco le dirigía la mirada cuando caminaban. Pero varios atardeceres, mientras él movía los brazos ante el pizarrón, borrando, los símbolos aritméticos, la maestra, inadvertidamente, lo contemplaba breves segundos.
Luego, un sábado por la mañana, Bob se hallaba en mitad del arroyo, con el pantalón remangado hasta las rodillas, inclinándose para atrapar un cangrejo, cuando alzó la vista y la vio.
Bueno, aquí estoy —dijo Ann, riendo.
—¿Sabe qué? No me sorprende...
 —Enséñame los cangrejos y las mariposas.
Bajaron hacia el lago y se sentaron en la arena, mientras una brisa tibia soplaba suavemente, agitando los cabellos de ella y su blusa; el muchacho se acomodó a unos cuantos metros y comieron los bocadillos de jamón y pepinillos y bebieron en actitud solemne el refresco de naranja.
—Nunca pensé que vendría a un día de campo como este ...
__¿...con un muchacho de mi edad?
Hablaron muy poco el resto del paseo.
—Todo esto está mal —comentó el chico poco después—. Y no entiendo por qué. Sólo caminamos juntos y atrapamos mariposas y cangrejos. Pero mis padres se burlarían de mí sí se enteraran, y los muchachos también. Y los otros maestros se reirían de usted, ¿verdad?
—Creo que sí. No me explico exactamente por qué vine.
Y eso fue todo lo que hubo en la reunión de la señorita Ann Taylor y Bob Spaulding: dos o tres mariposas monarca, un libro de Dickens, doce cangrejos, cuatro emparedados y dos refrescos de naranja.
El lunes siguiente, aunque esperó largo rato, Bob no la acompañó a la escuela. Ella se le había adelantado. Aquel día, por la tarde, la maestra se ausentó más temprano, pues le dolía la cabeza.
Pero al día siguiente, después de clases, volvieron a encontrarse en el aula silenciosa: él lavando el pizarrón apaciblemente, y ella afanada con sus papeles, cuando de pronto el reloj del tribunal dio las 5. Su gran clamor de bronce hacía estremecer a quienes lo oían, y todo el mundo sentía haber envejecido en un minuto. La señorita Taylor dejó la pluma en el escritorio y dijo:
—Bob, ven aquí.
—Sí, señorita —el muchacho dejó el  borrador y se le acercó.
Ami lo miró fijamente hasta que él apartó la mirada de  ella.
—Bob, no sé si sepas de qué quiero hablar contigo.
—Sí —repuso el discípulo, luego de breve reflexión—: acerca de nosotros.
—¿Cuántos años tienes, Bob?
—Voy a cumplir catorce.
—¿Sabes cuántos tengo yo?
—Sí, señorita Taylor: he oído decir que tiene usted veinticuatro. Yo tendré veinticuatro dentro de diez. A veces, me siento como de veinticuatro años.
—Sí; y a veces actúas como si los tuvieras.
—¿De veras?
—Ahora, siéntate y escúchame. Es muy importante que entendamos lo que está ocurriendo. Primero, reconozcamos que somos los mejores amigos del mundo. Nunca he tenido un alumno como tú, ni jamás he sentido tanto afecto por ningún muchacho.
Se ruborizó al oír esto. Ella continuó:
—Y déjame hablar por ti: me consideras la maestra más simpática que hayas tenido.
—i Ah! Más que eso ...
—Quizá más que eso. Pero hay hechos a los que debemos enfrentarnos: el pueblo y su gente,,y tú y yo. He pensado mucho en esto, Bob. No creas que no sé lo que siento. En ciertas circunstancias, nuestra amistad sería extraña. Pero tú no eres un muchacho común, y sé que yo no estoy enferma, ni mental ni físicamente; que lo ocurrido aquí se debe a una justa apreciación de tu carácter y de tu bondad. Pero estas cosas no ocurren en este mundo, a menos que se refieran a un hombre de cierta edad. No sé si estoy expresándome bien .. .
—Si yó tuviera diez años más y cuarenta centímetros más de estatura, todo sería distinto.
—Ya sé que todo esto parece tonto. Te sientes ya mayor, actúas con rectitud y no tienes nada de qué avergonzarte. Quizá llegue el día en que la gente juzgue a la persona por su intelecto, tan bien, que diga: "Este es un hombre, aunque su cuerpo sólo tiene trece años, y como todo un hombre, conoce sus responsabilidades". Pero, hasta entonces, hemos de seguir viviendo según las edades y estaturas, en un mundo ordinario. —Eso no me gusta nada.
—Tal vez tampoco a mí, pero de verdad no hay nada que podamos hacer al respecto.
—Sí; ya lo sé.
—Debemos decidir qué hacer. Puedo solicitar que me cambien de esta escuela a otra ...
—No es necesario que lo haga. Pronto nos mudaremos. Mi familia y yo iremos a vivir a otra parte. 
—No tendrá que ver con todo esto, ¿verdad?
– No; no. Mi padre tiene un nuevo empleo allá. Queda sólo a unos ochenta kilómetros de aquí. ¿Me
visitarla cuando venga al pueblo?

¿Crees que  sería conveniente? 
No; supongo que no—concluyó él,
Siguieron sentados un rato, en aquella aula silenciosa.
—¿Cuándo pasó todo esto? —preguntó el muchacho, en tono desconsolado.
—No lo sé. Nadie puede saberlo. Nadie lo ha sabido desde hace miles de años. A veces ocurre que dos personas se gustan, aunque no debieran gustarse. No podría explicarlo.
Por último, añadió:
—No olvides lo que te voy a decir. Existen compensaciones en la vida. En este momento no te sientes bien, y yo tampoco. Pero con el tiempo sucederá algo que nos consolará. ¿De acuerdo?
—Me gustaría creerlo. Y ... ¿si me esperara usted? —musitó. —¿Diez años>
—Para entonces, ya tendré veinticuatro.
—Sí; pero yo tendré 34, y tal vez seré una persona muy diferente. No; no puede ser .. .
Bob permaneció sentado, en silencio, un largo rato; luego sentenció: —Jamás la olvidaré.
Sí; me olvidarás.
Encontraré la manera de recordarla siempre —concluyó el adolescente.
La maestra se levantó y fue a borrar el pizarrón.
—Permítame ayudarla.
—No; no —protestó Ann con firmeza—. ¡Vete a casa!
El muchacho salió de la escuela. Mirando hacia atrás, vio por la ventana a la señorita Taylor borrar lentamente el pizarrón.
A la  semana él se mudó, y estuvo lejos del pueblo dieciséis años. Aunque sólo distaba ochenta kilómetros de allí, jamás volvió hasta que tuvo treinta años y ya estaba casado. Un día de primavera, Bob y su esposa pasaron en auto por el pueblo camino de otra ciudad, y se detuvieron a descansar un día.
Bob instaló a su mujer en el hotel, vagabundeó por el pueblo y, por último, preguntó por la señorita Ann Taylor.
-¡Ah, sí! La maestra bonita. Murió en 1936, no mucho después de que tú te fuiste.
-¿Sabe usted si se casó?
-No, no; recuerdo que murió soltera.

Bob se dirigió al cementerio y encontró su tumba, en cuya lápida leyó:"Ann Taylor. Nació en 1910.Falleció en 1936". Y pensó: Veintiséis años de edad. ¡Vaya! Ahora tengo cuatro años más que usted, señorita Taylor.
Más tarde, aquel mismo día, los pueblerinos vieron a la esposa de Bob caminar por las calles para reunirse con él bajo los olmos y los robles. Era una mujer como los más lozanos duraznos del estío en las nieves del invierno; como leche fresca para el cereal del desayuno en una cálida mañana del principio del verano. Y fue uno de los raros días en que el clima estuvo equilibrado como una hoja entre gratos vientos que soplan con benevolencia; uno de esos días que deberían llamarse —todos estuvieron de acuerdo—como la esposa de Robert Spaulding.
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST ABRIL DE 1983
CONDENSADO DEL LIBRO "A STORY OF LOVE"    1951











Y EL RUISEÑOR EMPEZÓ A CANTAR


En reciente libro, The Iron Wolf and Other Stories ("El lobo de hierro y otros cuentos") , Richard Adams nos relata de nuevo esta encantadora fábula sobre el ruiseñor y el secreto de su canto de oro puro. "Una fábula es mejor cuando se dice en voz alta y espontáneamente", escribe Adams. Así pues, el escritor imagina una cálida tarde en la campiña y tina madre que le dice a su hijito: Y EL RUISEÑOR EMPEZÓ A CANTAR
POR RICHARD ADAMS
CUENTAN que hace muchísimo, poco después del nacimiento del mundo, todas las Aves se parecían unas a otras, exceplo en sus tamaños. Eran de un color pardusco por arriba y de tono blanco grisáceo, o como las piedras, por abajo; y tenían el pico de la misma forma: corto y recto.
Pues bien, un día, Dios recorría el mundo contemplando las maravillas que había hecho; de pronto se le ocurrió que el aspecto de las aves era un tanto monótono, y pensó en mejorarlas con un toque especial. Llamó entonces al arcángel Gabriel y le ordenó hacer los preparativos para que convocara cierto día a las aves a una reunión, porque las haría lucir diferentes y, en verdad, espléndidas.
Al llegar el día señalado se congregaron parvadas y más parvadas de pájaros: todas las aves del mundo. El
punto de reunión fue una gran montaña verde, y a Gabriel le costó mucho trabajo mantenerlas quietas mien-
tras las contaba y ponía una señal en su lista para estar seguro de que no faltara ninguna. Lugo, la bromista
urraca le robó la lista, y cuando Gabriel la recuperó la halló enlodada y llena de borrones.
Por fin, el arcángel resolvió que todas habían acudido a la cita (si bien se equivocaba, como veremos),
y fue a informarle al Señor que sus órdenes quedaban cumplidas.
Dios se presentó llevando un saco enorme lleno de diferentes picos, y su caja de pinturas. Los colores que venían en la caja eran autorrenovables y sempiternos; tan maravillosos y extraordinarios, que ni el mismo Creador sería capaz de hacerlos otra vez. Pidió cortésmente al grajo que guardara silencio y a continuación explicó a los pájaros que había decidido sería estupendo pintarlos; cada Uno, añadió, podría elegir sus propios colores y forma de pico. Las aves lanzaron gritos de gozo, llenas de emoción, y en seguida se sentaron o se echaron a volar de un lado a otro, mientras les llegaba el turno.
El primero de los seres alados en presentarse fue el papagayo, y se engalanó primorosamente. Nadie ha contemplado nunca nada tan bello desde entonces. El Señor y Gabriel contuvieron la risa, pero no podían menos que intercambiar una mirada cada vez que el papagayo pedía un poco más de rojo y luego un poco más de brillante azul. Cuando termínó de pintarrajearse, escogió un pico fuerte y ganchudo con el que podría cascar nueces y, satisfecho, voló de regreso a Sudamérica, más alegre que unas Pascuas y graznando de orgullo.
Después del papagayo llegó el mirlo, el cual todavía no se llamaba así. Había estado atento mientras aquel recibía sus colores y vio que las otras aves se burlaban, aunque disimulaban sus risas cubriéndose la cabeza con las alas. Por tanto, eligió un hermoso tono negro, sencillo y lustroso. Pero no pudo resistir el atractivo de un pico de vivo color amarillo que descubrió en el saco, y los pájaros convinieron en que hacía juego con el negro. Antes de partir, voló a posarse en la rama de un roble y lanzó al aire un hermoso canto de acción de gracias.
Una por una, las aves se fueron acercando a elegir sus colores, y el tordo se mantuvo erguido e inmóvil mientras le cubrían el pecho con manchas de color castaño; en cuanto al pavo real, ya te imaginarás cuántos remilgos tuvo antes de quedár satisfecho. Ni siquiera se paró a cantar de agradecimiento, pero el Señor Dios no se disgustó. Siguió pintando, porque amaba mucho y por igual a todos sus pájaros: a los pratíncolas y paros carboneros, aguzanieves, picoteras y golondrinas de pecho rojo. Encontró un pico enorme y, pensando que lo había hecho por error, ya se disponía a arrojarlo lejos de allí, cuando el pelícano le rogó: "Un momento, Señor, me parece que a mí me vendría muy bien". Y así ha sido, porque esta ave marina lo ha conservado hasta la fecha.
Era un hermoso día de verano, idéntico al de hoy, y ni los colibríes sentían frío. Por fin, al caer la noche, Dios observó que ya sólo quedaban unos cuantos pájaros, y les dijo que los dejaba en libertad para usar la pintura restante, pues había hecho la mezcla especialmente aquella mañana, y no se conservaría. Así pues, el martín pescador, el jilguero, el carpintero, la abubilla y la oropéndola, así como una o dos avecillas más, le tomaron la palabra, y se hicieron cubrir de tonos azules, verdes, rosas y amarillos esplendorosos.
Todas y cada una de las aves ya se habían hecho presentes y partido; se habían agotado los picos y también los maravillosos colores. Dios y el arcángel Gabriel descendieron juntos de la montaña, muy cansados, sin duda, pero muy contentos de su labor cumplida en esa larga jornada.
"Con esto el mundo ha mejorado muchísimo, Señor", comentó el arcángel al llegar ambos al pie de la montaña.
En aquel momento, Dios y Gabriel oyeron un batir de alas y cierto alboroto en el bosque. Algo se aproximaba por entre las malezas, y con gran prisa, pues las frondas se agitaban y se oía un crujir de ramas; sin embargo, no alcanzaban a ver nada. Los dos se detuvieron a averiguar qué era aquello, pero ya casi anochecía y no distinguían gran cosa. Dios se volvía para reanudar su marcha cuando, de repente, un pajarillo castaño y gris salió aleteando de entre los espinos "¡Señor! ¡Señor!"; chilló. Era el ruiseñor. Dios extendió el brazo; el ave llegó y se posó en la muñeca del Creador.
—Me dijeron ... digo, el mirlo me acaba de comunicar que habías invitado ... sí, que nos habías invitado para hacernos pintar —explicó, jadeante—. Me dijo que debí enterarme antes, pero vivo entre lo más espeso del bosque y nadie se acordó de ir a informarme. Me di prisa en acudir aquí en cuanto lo supe. Espero no haber llegado demasiada tarde, ¿eh, Señor?
Dios echó una mirada a su maravillosa caja de pinturas y vio que estaba vacía. No quedaba ningún color: se habían terminado. También la avecilla miró en la caja y, al advertir que ya no contenía nada, no pudo reprimir un gemido de amargo desencanto. Segura de que la culpa era suya, se disponía a remontar el vuelo, cuando el Señor buscó entre los pinceles, a un lado de la caja. En la punta de uno de ellos quedaba una reluciente manchita de oro.
—Vuelve aquí. Pósate un momento en mi dedo —indicó Dios al ruiseñor—. Quédate quieto y abre el pico. '
El pajarito color castaño obedeció; el Señor tomó el pincel y tocó suavemente la lengua de la avecilla con la punta de oro. Este le trajo un gusto áspero y ardiente, y el ruiseñor emprendió raudo vuelo por los matorrales. Y a poco, de súbito, se puso a cantar. Nadie había oído cantar a un pájaro de aquel modo. El campesino que pasaba por ahí, cónduciendo a sus vacas a la alquería para ordeñarlas, se detuvo al momento, alelado. En la montaña, el pastor que cuidaba de sus ovejas se olvidó de ellas y clavó la mirada en la luz crepuscular, maravillado, mientras su esposa, que arropaba a su hijito en la cama, fue hasta la ventana y aguzó el oído, como si escuchara el canto de un ángel.
Dios y el arcángel Gabriel lo escucharon también un largo rato; y luego se encaminaron a casa. No tuvieron que preguntarle al ruiseñor si era feliz. Hacía una noche apacible y, a más de un kilómetro de distancia, seguían escuchando aquel canto.
CONDENSADO DE THE IRON WOLF AND OTHER STORIES 1980 POR RICHARD ADAMS
Selecciones del Reader´s Digest Mayo 1983

¿TIENEN ALMA LAS PLANTAS?

¿TIENEN ALMA LAS PLANTAS?
  POR JAMES LINCOLN COLLIER
Condensado del "Sunday Sun", de Baltimore
¿ Que es absurdo pensarlo? Sí ; tal vez. Sin embargo ...

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TENCO en mi estudio un cacto de escasa altura que mi esposa me regaló, quizá para recordarme que la vida es un desierto y que más me vale trabajar con empeño si no quiero que a mí y a los míos nos falte el pan. Nunca me he preocupado por el cacto, pues pensé que, si lo dejaba en paz, él tampoco se metería conmigo. Pero a juzgar por lo que me ocurrió recientemente con un filodendro, deberé cuidarme mucho de lo que piense en presencia de esta planta.
Si el lector se cuenta entre las personas que siempre han tenido la sensación de que las plantas son más "humanas" de lo que la mayoría de la gente imagina, aceptará sin mayor reparo lo que aquí voy a relatar. Sin embargo, si forma parte de los escépticos, como yo, sin duda se llevará una sorpresa mayúscula.
El lance que corrí con el filodendro comenzó al visitar a un amigo mío, hombre de muy buena mano para la horticultura. Las jardineras de Carlitos están siempre más verdes que las de los demás; sus tulipanes son siempre más brillantes; sus tomates, más suculentos. No hace mucho le pregunté cuál era su secreto, y me dijo con toda naturalidad: "Pues sabrás que yo les hablo a mis plantas. No podría decirte por qué, pero al parecer se nota en ellas cierta diferencia cuando uno les hace sentir que les tiene cariño".
Las burlas de que le hice blanco lo enfurecieron durante varias semanas y poco faltó para que dejara de hablarme. Así pues, me asombró que cierta mañana llamara a mi puerta. Llevaba un periódico en las manos temblorosas, y al verme exclamó: "¡Mira! ¡Aquí está un tipo que ha demostrado la verdad de lo que yo te decía!"
El tipo resultó ser Cleve Backster, hombre que anda ya por los 50 años de edad, aficionado a la vida al aire libre y muy sensato. Es un perito en el manejo del detector de mentiras, y, según se decía en el periódico, tiene algunas ideas verdaderamente inquietantes.
Escéptico como ha de serlo todo periodista, no tardé en ir a la oficina de Backster, en Nueva York, y allí me vi ante un detector de mentiras (o "polígrafo", como Backster prefiere llamarlo) y un filodendro que crecía modestamente en su tiesto. Backster conectó el aparato al filodendro (a la planta, observe el lector: no a mi persona) y me dirigió varias preguntas.
—¿En qué año nació usted?
—En 1931 —contesté.
La aguja del polígrafo empezó a bailar.
—El filodendro dice que está usted mintiendo —comentó al momento Backster.
Confesé que así era. Y antes de que esa tarde abandonara yo el despacho de Backster, mi escepticismo había recibido un golpe tremendo. En efecto, de comprobarse la veracidad de algunos experimentos practicados por él, parece ser que cualquier persona que asegure entenderse con las plantas (y entre esas personas debo contar a mi amigo Carlitos), muy bien puede estar en lo cierto. Backster está convencido de que las plantas "sienten"; de que saben distinguir entre sus amigos y sus enemigos; de que reaccionan a las amenazas . . . , y esto a tal punto, que "se desmayan" en presencia de alguna persona peligrosa para ellas.
Pero dejemos que el mismo Cleve Backster nos lo cuente. Un día de febrero de 1966 decidí(') regar una de sus plantas. "Al hacerlo", dice, "me pregunté si sería posible medir la velocidad con que el agua subía de las raíces a las hojas. El polígrafo mide, entre otras cosas, la resistencia eléctrica,* y deduje que, al subir, el agua alteraría la resistencia de las hojas. Por tanto, conecté el aparato a una de las hojas de la planta. Con gran sorpresa mía, los trazos de la pluma de la máquina comenzaron a seguir la línea característica de la respuesta que se obtiene cuando se somete a un ser humano a algún estímulo emotivo de corta duración". En otras palabras, el detector de mentiras reaccionaba exactamente de la misma manera que lo habría hecho si estuviera conectado a una persona, en vez de estarlo a una planta.
Afirma Backster:
"Aquellos trazos despertaron mi curiosidad, naturalmente, y a fin de provocar nuevas reacciones en la planta resolví prender fuego a la hoja que estaba yo sometiendo a prueba. En el preciso instante en que tomé tal decisión, observé que los trazos seguían de pronto una prolongada línea ascendente. No moví la planta; ni siquiera la toqué.
*La resistencia eléctrica que opone cualquier parte del organismo humano —la palma de la mano, por ejemplo—, cambia cuando el individuo sufre una tensión emocional.
¿ Cómo explicar lo que acababa de ocurrir ? "
Backster está hoy seguro de que, en efecto, asustó a la planta al decidir quemarla. Si tiene razón (y no le faltan pruebas de ello, muy interesantes), las plantas no sólo son capaces de sentir, sino que también pueden captar verdaderamente el pensamiento de los humanos. Es decir, según la teoría de Backster, si nos preocupamos realmente por nuestro jardín, ello puede contribuir en forma vital a conservarlo verde y próspero.
Posteriormente descubrió Backster que sus plantas reaccionaban a él en especial, sin duda porque era él quien las cuidaba. Por ejemplo, comprobó que si en su ausencia dejaba las plantas conectadas a un polígrafo, reaccionaban a él, incluso a distancia. "Si estoy lejos de mi despacho y de pronto decido regresar, noto que la aguja del aparato saltó en el momento en que resolví hacerlo, como he podido comprobar con ayuda de mi cronógrafo. O bien, si me he visto en peligro de ser arrollado por un automóvil, la gráfica del polígrafo acusa considerables oscilaciones".
Tal vez el escéptico incurable deseche con desdén estas versiones. Pero invito al lector a ponderar el pequeño experimento que describo a continuación: Backster colocó dos plantas en una habitación. En seguida, seis personas que se ofrecieron como voluntarios y a quienes se les vendaron los ojos, sacaron de un sombrero otros tantos trozos de papel, y pasaron una por una a otro aposento, donde desdoblaron los papeles. En uno de éstos se ordenaba a su tenedor que diera muerte a una de las plantas; es decir, que la arrancara de cuajo, la hiciera trizas y la aplastara con el pie. El que recibió esta orden le dio cumplimiento, pero nadie sabía quién era el "asesino". . . salvo la otra planta. Luego Backster conectó un polígrafo a la segunda planta, que había sido "testigo del crimen", y fue presentado a la planta cada uno de los seis voluntarios. Sin vacilar, la aguja del polígrafo saltó cuando el "asesino" fue llevado ante la planta.
Sería fácil hacer burla de las ideas de Backster acerca de la facultad que tienen las plantas para comunicarse con otras formas de vida, pero sucede que otros hombres de ciencia dicen que quizá Backster haya descubierto algo importante. Entre ellos hay que citar al Dr. Aristide Esser, siquiatra del Hospital del Estado en Rockland, de Orangeburg (Nueva York). El Dr. Esser y sus colaboradores, Thomas Etter, físico, y Douglas Dean, químico del Colegio de Ingeniería de Newark (Nueva Jersey), llamaron a una señora con quíen venían haciendo experimentos. La señora llegó con un filodendro que ella misma había plantado y al que había regado y cultivado con solícita atención. Los científicos conectaron un polígrafo a la planta e hicieron a la mujer una serie de preguntas, a algunas de las cuales ella respondió con mentiras. Como en los experimentos practicados antes por Backster, el polígrafo reaccionó como si estuviese conectado a la persona objeto del estudio. "Desde luego,- no queremos precipitarnos a formular conclusión científica alguna", dice Dean, "pero la planta parece responder a la persona que la cultivó con esmero". Esser, por su parte, añade: "Cuando oí hablar por primera vez de los experimentos de Backster, me hicieron reír; pero he tenido que cambiar de opinión".
Muchos científicos no están de acuerdo en que Backster haya hecho un descubrimiento importante. Insisten en que los resultados que ha obtenido con su polígrafo se pueden explicar de otras maneras menos fantásticas. Yo, en lo personal, no sé qué pensar. Por las dudas, sin embargo, me propongo abrir bien los ojos al ver esos letreros que dicen: "No pise el césped". ;Cómo saber si no estaría yo hiriendo los sentimientos de alguna criatura?

miércoles, 28 de junio de 2017

JOSE HERACLIO DE JESUS ALVARADO LOPEZ- 1859- HUEHUETENANGO

“VISTA PARA SU MATRIMONIO EN ENERO DE 1880”
JOSE HERACLIO DE JESUS  ALVARADO LOPEZ
10 MARZO 1859
HIJA DE ENRIQUE ALVARADO Y DE LEANDRA LOPEZ
PADRINO: CAYETANO PALACIOS
(F) CURA  CIPRIANO MIRALLES
VILLA DE HUEHEUTENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO

RAFAEL CORZO RIOS- 1858- HUEHUETENANGO



RAFAEL CANDIDO CORZO RIOS
EN CUATRO DE OCTUBRE DE MIL OCHOCIENTOS CINCUENTA Y OCHO, YO EL CURA BAUTICE SOLEMNEMENTE A RAFAEL CANDIDO QUE NACIÓ EL DOS, HIJO LEGITIMO DEL SEÑOR DON FELIX CORZO Y  DE LA SEÑORA DOÑA FERMINA RIOS; FUE SU PADRINO EL EXMO. SEÑOR PRESIDENTE DON RAFAEL CARRERA POR PODER QUE DIO AL SEÑOR DON JOSE MARÍA RIOS.
(F) JUAN RAULL
VILLA D EHUEHUETENNAGO
GUATEMALA AMERICA DEL CENTRO

JOSE TRINIDAD MONTEROS - 1858- HUEHUETENANGO



JOSE TRINIDAD MONTEROS
4 SEPTIEMBRE 1858
HIJO DE PRUDENCIA MONTEROS
MADRINA: AGUSTINA GAMARRA
VILLA DE HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO

JUANA ROSA VALDES MONT- 1858-HUEHUETENANGO



“VISTA PARA SU MATRIMONIO JUNIO 2 DE 1877”
JUANA ROSA VALDES MONT
30 AGOSTO 1858
HIJA ”DEL SEÑOR DON FRANCISCO VALDES” DEL LLANO
_DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS, ESPAÑA_
“ Y DE LA SEÑORA DOÑA SUSANA MONT”
PADRINO: “EL MISMO CURA QUE SUSCRIBE”
VILLA DE HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO

JOSE MARIA HERNANDEZ SANTA MARIA-1858-HUEHUETENANGO



JOSE MARIA HERNANDEZ SANTA MARIA
7 julio 1858
HIJO DEL SOR. D. JOSE HERNANDEZ Y DE NATALIA SANTA MARIA
PADRINO: EL SEÑOR . DON CARLOS RIBERA CABEZAS
(F) CURA: JUAN RAULL
HUEHUETENANGO
GUATEMALA
AMERICA DEL CENTRO