viernes, 12 de mayo de 2017

INDIANOS CACEREÑOS DE LA ALTA EXTREMADURA

 INDIANOS CACEREÑOS 
INDIANOS CACERENOS 
NOTAS BIOGRÁFICAS 
DE LOSHIJOS DE LA ALTA EXTREMADURA
QUE SIRVIERON EN AMÉRICA 
DURANTE EL PRIMER SIGLO DE SU CONQUISTA 
escritas con motivo del 
CUARTO CENTENAHIO DE SU DESCUBRIMIENTO 
POR 
D. PUBLIO HURTADO 
Correspondiente de las Reales Academias de la Historia 
y Bellas Artes de San Fernando. 
BARCELONA 
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO 
ARCO DEL TEATRO, NUMS. 21 Y 23 
1892 
 
Y llegó el 3 de agosto de 1492, y el alba sor- 
prendió desierto el pequeño puerto de Palos, cuyo& 
habitantes se habían trasladado á la arenosa playa. 
Un centenar de hombres con aprestos de guerra, 
estrechaba entre sus brazos á madres, hijas, espo- 
sas y hermanas, que entre lágrimas y sollozos les 
daban el postrer adiós, en la persuasión de no tor- 
nar á verlos, maldiciendo de callada al ignoto al- 
mirante que con tal tenacidad conducía á un sacri- 
ficio tan sin galardón como seguro á aquellos seres 
adorados. 
Por fin llegó la hora designada, y las tres mal- 
trechas caravelas, acometiendo la empresa más 
gigante que registraba la historia, levaron anclas, 
y bogando, bogando, se perdieron á la vista de la 
inmota y contristada muchedumbre, que no cesaba 
de agitar manos y pañuelos desde el húmedo es- 
tuario. 
Pasaron días... trascurrieron meses... y ¡ni una 
mala nueva de los intrépidos viajeros! 
Mas si eran días de prueba para los que espe- 
raban á pie firme, cuántos de temor y de amar- 
gura no fueron para aquéllos? 
El recuerdo del hogar que no volverían á ver, 
era su constante pesadilla. 
Las promesas de Colón, que conseguían por el 
pronto disipar sus cuitas, en breve perdían su en- 
canto ante la avasalladora realidad. 
¡Agua y siempre agua!... Más allá, el inevitable 
cataclismo. 
Varias veces quisieron inmolar al impertérrito 
marino, único obstáculo á su retorno á la abando- 
nada patria; mas éste, que adivinaba el peligro, 
recurría á su persuasiva elocuencia y á la superio- 
ridad de su genio para conjurarlo. 
Y comunicándose de continuo con la ciencia en 
sus cartas y con Dios en sus oraciones; velando de 
noche y reanimando á la tripulación durante el día; 
luchando con las imponentes bravuras del Océano, 
falto de víveres y hasta burlado por la brújula, no 
dejaba de sentir un solo instante en su alma la ju- 
ventud de la esperanza y el porvenir de la inmor- 
talidad. 
Por fin en la madrugada del 12 de octubre el 
grito de ¡tierra! lanzado desde la Pinta, después 
de estremecer de júbilo el pecho de los expedicio- 
narios, vino rodando por la inmensa planicie de 
los mares á espirar en las costas españolas, y á 
vindicar á Colón de las punzantes diatribas de sus 
detractores, dando patente de sabio sobre los sa- 
bios al afrentado loco. 
Los recelos y pesadumbres que la contrariada 
empresa había concitado contra sí, tornáronse de 
súbito en un sentimiento general de admiración 
hacia el errante geógrafo, — más grande cuanto me- 
nos comprendido, — que al implantar el estandarte 
de Castilla en aquel mundo ignorado, no sólo abría 
un campo inmenso á la religión, á la ciencia y a las 
artes, sino que llevaba á cabo la tarea, más ardua 
aun, de completar el globo. 
Mas para quien aquel grito fué el eureka caba- 
lístico, el fiat lux de la creación, fué para aquellos 
matachines y perdonavidas á que antes hemos alu- 
dido, que después de la contienda musulmana, sin 
rencillas señoriales en que tomar parte, ni parcia- 
lidades concejiles en que inmiscuirse, despojados 
de las manoplas, desencajado el gorjal, y flojos los 
codales y brafoneras, bostezaban de hambre y de 
fastidio en el rincón de sus destartalados caserones 
ó en los escaños de los báquicos tugurios. 
Correr á aquel regazo privilegiado de la creación, 
en donde los rayos del sol eran más brillantes, la 
atmósfera más trasparente, las ondas marinas más 
claras y sonoras, más vivos los colores, más per- 
fumado el ambiente y más puras y armoniosas 
todas las manifestaciones vivas de la naturaleza: 
partir á aquel paraíso en donde el Sumo Hacedor 
había hecho, como en ningún otro, gala de su 
grandeza y poderío, esparciendo en él inconmen- 
surables cordilleras, anchurosos é insondables ríos, 
asombrosas cataratas, terroríficos volcanes, y ár- 
boles giganteos que elevando la copa hasta las 
nubes, parecían las columnas del firmamento; co- 
rrer repetimos, á aquella Jauja virgen, donde, como 
dice el cantor de Átala, ^^no había viejo más que 
los bosques hijos de la tierra y la libertad madre 
de toda sociedad humana...)) redondear en cuatro 
días una fortuna superior á las mayores de las co- 
nocidas en el viejo continente... idormirse Dióge- 
nes para despertar Cresos, era cosa asaz factible! 
Porque allí, según contaban los exploradores, 
el oro puro, reventando en las entrañas de la tie- 
rra, se ofrecía á la avaricia escrutadora de los ad- 
venedizos en filones inagotables. 
Y despoblándose las ciudades al par de las al- 
deas, allá acudió la cuarta parte de los españoles, 
primero los soldados, y tras ellos los menestrales, 
gargoteros y campesinos, todos hidrópicos de 
riquezas. 
Pronto volvieron algunos poderosos, que esta- 
blecieron grandes casas y fundaron pingües ma- 
yorazgos, realizado el general ensueño. 
Pero ccuántos no volvieron?... ^Cuántos lanza- 
dos al insondable fondo del Océano por el airado 
genio de la tempestad, fueron pasto de los voraces 
tiburones) cuántos extenuados de hambre y de 
fatiga, ó heridos por los dardos emponzoñados de 
los indígenas, sucumbieron al cruzar aquellas sel- 
vas sin fin y aquellas montañas escarpadas, sir- 
viendo sus despojos de opíparo festín á los carní- 
voros cuguares ó á los fétidos catartos? 
¡Esos no se contaban! 
El incentivo de los pocos indianos que se rein- 
tegraban ricos á la madre patria, era suficiente 
para mantener abierta la válvula de la emigración. 
Si general fué el movimiento de expatriación ha- 
cia el Nuevo Continente, ninguna región peninsu- 
lar envió á América mas hijos que las provincias 
extremeñas, durante el primer siglo de descubri- 
mientos y conquistas.
 Verdad es que tampoco había otra alguna en 
condiciones tan favorables é incitadoras para ello. 
Como en las comarcas extremeñas era en donde 
más había tardado en apagarse la siniestra tea de 
la guerra civil, en ellas era también en donde ha- 
bía quedado, como reliquias de esas nefastas sa- 
cudidas sociales, mayor número de aquellos bohe- 
mios de la milicia, inservibles para todo lo que no 
fuese ganarse la vida á cintarazos. 
Propicios siempre á volar adonde quiera que 
hubiese ruido y esperanzas de botín, ¿quién hu- 
biera osado detenerlos camino del Nuevo Mundo?- 
Y como por otra parte los principales conquis- 
tadores de tan extensos dominios, eran hijos de 
Extremadura, allá acudieron los deudos, amigos y 
paisanos en bandadas numerosas, procurando me- 
dros á su arrimo. 

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