miércoles, 3 de mayo de 2017

EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS Un Episodio de la Roma Antigua



EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS 
Un Episodio de la

Roma Antigua
Por Richards L. Roberts
 
PREFACIO
HACE MUCHOS AÑOS que fue publicada una historia anónima titulada El Mártir

de las Catacumbas: Un episodio de la Roma antigua. Un ejemplar fue

providencialmente rescatado de un barco de vela americano y encuentra en poder del

hijo del Capitán Richard Roberts, quien comandaba aquella nave y tuvo que

abandonarla en alta mar como consecuencia del desastroso huracán ocurrido en enero

de 1876.
Cuidadosamente reimpresa, presentamos aquí aquella obra, habiendo sido

celosamente fieles al original aun en su título. Sacamos a la luz esta edición, animados
de la viva esperanza de que el Señor la haya de emplear para hacerles ver a los fieles
que reflexionan, como también a los descuidados y desprevenidos y a sus
descendientes en estos últimos días malos, este palpitante cuadro de cómo sufrieron
los santos de los primeros tiempos por su fe en nuestro Señor Jesucristo, bajo una de
las persecuciones más crueles de la Roma pagana, y que en un futuro no lejano se

pueden repetir con la misma intensidad de la ira satánica, mediante el mismo Imperio

Romano de inminente renacimiento.
Ojalá pueda despertar nuestra conciencia al hecho de que, si el Señor tarda en
su venida, hemos de vernos en el imperativo de sufrir por El que voluntariamente tanto
sufrió por nosotros.
La Biblia ya no ocupa el legítimo lugar que le corresponde en nuestros colegios y

universidades; la oración familiar es un hábito perdido; nuestro Señor Jesucristo, el
unigénito y bienamado Hijo del Dios viviente, es desacreditado y deshonrado

precisamente en casa de aquellos que profesan ser sus amigos; el testimonio en
corporación ha desaparecido de la tierra; no se obedece el llamado a Laodicea al
arrepentimiento; y es así que la promesa del Señor de la comunión con El está librada
sólo al individuo.
Y aun a nosotros en estos días puede alcanzarnos la promesa, a Smirna: "Sé fiel
hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida.
La sangre de los mártires de Rusia y Alemania clama desde la tierra, cual admonición a los cristianos de todos los países.
Pero aún podemos arrancar de nuestras almas el clamor anhelante: "Ven, Señor
Jesús; ven pronto."
Hartsdale, N. Y. Richard L. Roberts

 EL COLISEO
Cruel carnicería para diversión de los romanos.
ERA UNO DE LOS GRANDES DÍAS de fiesta en Roma. De todos los extremos
del país las gentes convergían hacia un destino común. Recorrían el Monte Capitolino,
el Foro, el Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile
interminable hasta llegar al Coliseo, en el que penetraban por las innumerables
puertas, desapareciendo en el interior.
Allí se encontraban frente a un escenario maravilloso: en la parte inferior la
arena interminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se
elevaban hasta el tope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros. Aquella
enorme extensión se hallaba totalmente cubierta por seres humanos de todas las
edades y clases sociales. Una reunión tan vasta, concentrada de tal modo, en la que
sólo se podían distinguir largas filas de rostros fieros, que se iban extendiendo
sucesivamente, constituía un formidable espectáculo que en ninguna parte del mundo
ha podido igualarse, y que había sido ideado, sobre todo, para aterrorizar e infundir
sumisión en el alma del espectador. Más de cien mil almas se habían reunido aquí,
animadas de un sentimiento común, e incitadas por una sola pasión. Pues lo que les
había atraído a este lugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes. Jamás
se hallará un comentario más triste de esta alardeada civilización de la antigua Roma,
que este macabro espectáculo creado por ella.
Allí se hallaban presentes guerreros que habían combatido en lejanos campos
de batalla, y que estaban bien enterados de lo que constituían actos de valor; sin
embargo, no sentían la menor indignación ante las escenas de cobarde opresión que
se desplegaban ante sus ojos.
Nobles de antiguas familias se hallaban presentes allí,
pero no tenían ojos para ver en estas exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre
el honor de su patria.
A su vez los filósofos, los poetas, los sacerdotes, los
gobernadores, los encumbrados, como también los humildes de la tierra, atestaban los
asientos; pero los aplausos de los patricios eran tan sonoros y ávidos como los de los
plebeyos. ¿Qué esperanza había para Roma cuando los corazones de sus hijos se
hallaban íntegramente dados a la crueldad y a la opresión más brutal que se puede
imaginar?
El sillón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se
hallaba ocupado por el Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los
romanos. Entre éstos se podía contar un grupo de la guardia pretoriana, que

 criticaban los diferentes actos de la escena que
se desenvolvía en su presencia con aire de expertos. Sus carcajadas estridentes, su
alborozo y su espléndida vestimenta los hacían objeto de especial atención de parte de
sus vecinos.
Ya se habían presentado varios espectáculos preliminares, y era hora de que
empezaran los combates. Se presentaron varios combates mano a mano, la mayoría
de los cuales tuvo resultados fatales, despertando diferentes grados de interés, según
el valor y habilidad que derrochaban los combatientes. Todo ello lograba el efecto de
aguzar el apetito de los espectadores, aumentando su vehemencia, llenándoles del
más ávido deseo por los eventos aun más emocionantes que habían de seguir.
Un hombre en particular había despertado la admiración y el frenético aplauso
de la multitud. Se trataba de un africano de Mauritania, cuya complexión fortaleza eran
de gigante. P
ero su habilidad igualaba a su fortaleza. Sabía blandir su corta espada
con destreza maravillosa, y cada uno de los contrincantes que hasta el momento había
tenido yacía muerto.
Llegó el momento en que había de medirse con un gladiador de Batavia, hombre
al cual solamente él le igualaba en fuerza y en estatura. Pero los separaba un contraste
sumamente notable. El africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos
chispeantes;
el de Batavia era de tez ligera, de cabello rubio y de ojos vivísimos de
color gris. Era difícil decir cuál de ellos llevaba ventaja; tan acertado había sido el cotejo
en todo sentido.
Pero, como el primero había ya estado luchando por algún tiempo, se
pensaba que él tenía esto como una desventaja. Llegó, pues, el momento en que se
trabó la contienda con gran vehemencia y actividad de ambas partes. El de Batavia
asestó tremendos golpes a su contrincante, que fueron parados gracias a la viva
destreza de éste. El africano era ágil y estaba furioso, pero nada podía hacer contra la
fría y sagaz defensa de su vigilante adversario.

Finalmente, a una señal dada, se suspendió el combate, y los gladiadores fueron
retirados, pero de ninguna manera ante la admiración o conmiseración de los
espectadores, sino simplemente por el sutil entendimiento de que era el mejor modo de
agradar al público romano.
Todos entendían, naturalmente, que los gladiadores volverían.
Llegó ahora el momento en que un gran número de hombres fue conducido a la
arena. Estos todavía estaban armados de espadas cortas. No bien pasó un momento,
cuando ya ellos habían empezado el ataque. No era un conflicto de dos bandos
opuestos, sino una contienda general, en la cual cada uno atacaba a su vecino. Tales
escenas llegaban a ser las más sangrien- tas, y por lo tanto las que más emocionaban
a los espectadores. Un conflicto de este tipo siempre destruiría el mayor número en el
menor tiempo. La arena presentaba el escenario de confusión más horrible.
Quinientos
hombres en la flor de la vida y la fortaleza, armados de espadas luchaban en ciega
confusión unos contra otros
. Algunas veces se trenzaban en una masa densa y
enorme; otras veces se separaban violentamente, ocupando todo el espacio disponible,
rodeando un rimero de muertos en el centro del campo. Pero, a la distancia, se
asaltaban de nuevo con indeclinable y sedienta furia, llegando a trabarse combates
separados en todo el rededor del macabro escenario; el victorioso en cada uno corría
presuroso a tomar parte en los otros, hasta que los últimos sobrevivientes se hallarían
nuevamente empeñados en un ciego combate masivo. A la larga las luchas agónicas
por la vida o la muerte se tornaban cada vez más débiles. Solamente unos cien
quedaban de los quinientos que empezaron, a cual más agotados y heridos.



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