domingo, 30 de abril de 2017

DOS ANGELES IMPIDEN UN ASALTO

DOS ANGELES IMPIDEN UN ASALTO
Por Samuelsonciudadepaz
La siguiente breve historia es real y sucedió en Huehuetenango   hará cosa de unos 10 años en un local donde funcionaba un negocio propiedad de un familiar muy cercano.
Dos hombres de mal aspecto entraron al negocio. En cierto momento uno de ellos hablo en voz baja al oido del otro, y luego salieron. Al poco tiempo entró un guardia de seguridad que estaba en el pasillo y le preguntó a la empleada-
_Señorita. ¿No la asaltaron esos dos hombres que acaban de salir?
Ella respondió:-No, ¿Por qué pregunta eso?
-Esos hombres al pasar cerca de mí, platicaban lo siguiente_
_¿Por que no sacasté la pistola? ?Qué te pasó?
El otro sujeto respondió_¿ No viste a esos dos hombres altos que estaban detrás de la empleada, cuidando el negocio?
Sin embargo  la empleada  estaba sola en el local, por lo que las palabras de los maleantes frustrados y  lo que oyó el guardia de seguridad no dejan lugar a dudas de que estos dos hombres que estaban detrás de la empleada y que impidieron con su presencia un asalto  eran dos ángeles del Dios Viviente.

MAGNIFICOS VISITANTES- ¿UN DOCTOR O UN ANGEL?

MAGNIFICOS VISITANTES
ANN WEDGEWORTH
LOS ANGELES DE DIOS EN LA TIERRS
VERSION CASTELLANA: ANTONIO VALENCIA
EDITORIAL VIDA
1981
En la Biblia hay muchas referencias a ángeles que aparecieron como hombres. El ángel Gabriel visitó a Daniel: "He aquí se puso delante de mí uno con apariencia de hombre" (Daniel 8:15). Cuando Cristo ascendió al cielo, la Biblia declara: "Se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas" (Hechos 1:10). El apóstol Pablo dice que "hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales" (1 Corintios 15:40). Se sabe que los seres celestiales han realizado una* variedad de tareas, tales como cocer alimentos para el profeta Elías (1 R. 19:5-8) y remover la piedra de la tumba (Mateo 282).
Es fascinante la milagrosa historia de aquella persona extraña que ayudó a Kaleen Ladd en ocasión de un accidente automovilístico y que nunca le fue posible localizarla nuevamente. En aquel entonces el esposo de Kaleen, John Ladd, estaba estudiando en el Biola College. Posteriormente él escribió el siguiente relato, como tarea, mientras estudiaba en un seminario, en Portland,
¿Un doctor o un ángel?
Había transcurrido solamente una semana después del accidente, y sin embargo no podíamos localizar al médico. El había atendido a mi esposa en el lugar mismo del accidente,, le había salvado, la vida, y no obstante, parecía que él simplemente no existía.
Yo me preguntaba: ¿Era ese hombre un médico realmente? Y si lo era, ¿cómo pudo hacer lo que hizó? Y si no, ¿quién era él o... qué era? ¿Qué habría hecho usted en la misma situación? ¿Habría olvidado el asunto, o habría investigado más al respecto? Permítame decirle cómo empezó todo.,
Era septiembre de 1969, y estábamos viviendo en Whittier, California. Yo estudiaba en el Biola College y mi esposa, Kaleen, trabajaba como secretaria del director de la Cruzada de Billy Graham en Anaheim, al sur de California.
La mañana de la primera reunión dominical de la Cruzada, debíamos estar en el estadio para preparar algunos detalles de última hora. Nos sentíamos muy nerviosos con respecto a estas reuniones, ya que eran el resultado de largos meses de duro trabajo y planificación, de modo que nos preparamos rápidamente y salimos de casa. Después de recoger a un amigo, nos dirigimos hacia el estadio.
Ibamos por una calle principal, cuando, de repente un vehículo se interpuso a nuestro paso. Sólo tuve tiempo para poner el pie en 'e1 freno, antes de chocar. Parece que perdí momentáneamente el conocimiento, porque mi siguiente recuerdo del hecho es el de vera Kaleen cubierta de sangre y jadeando. Parece que nuestro amigo que venía sentado en el asiento trasero fue lanzado hacia adelante contra el respaldo del asiento de Kaleen, el cual se desprendió, lanzándola contra el parabrisas. Posteriormente supimos qué ella tenía una severa lesión cerebral. Pero en ese instante sólo reconocí que ella estaba herida de gravedad. Nuevamente perdí' el conocimiento. Pero el 'informe de la policía consigna que uno de los testigos del accidente fue un médico, que se encontraba frente a un pequeño hospital comunitario situado al otro lado de la calle. El corrió hasta el lugar y al notarla condición de Kaleen, la extrajo del vehículo y realizó una traqueotomía, es decir, hizo una incisión  en la garganta de Kaleen de modo que pudiera respirar.
Puede que usted diga ahora que todo eso está muy bien y es maravilloso. ¿Acaso no fue Dios bueno como para tener un médico justamente en la escena del accidente? Ciertamente que Dios fue bueno. Pero fue más que bueno, porque ese hombre era más que un médico.
Como usted ve, el médico realizó una operación muy complicada, o por lo menos una operacíón muy arriesgada. Esa operación requiere un instrumental especial y un gran cuidado. El la realizó con tanta pericia y finura, que todos los médicos y enfermeras que posteriormente atendieron a Kaleen, destacan la belleza de lo que a menudo es una fea cicatriz. ¡Y realizó todo eso en cosa de dos minutos! Quedó consignado en el  informe. que el primer oficial de policía llegó al lugar de la escena dos minutos después de ocurrido el accidente,  y ese "doctor" ya había terminado su trabajo.
Ese "doctor" permaneció en el lugar lo suficiente como para identificarse ante el policía y ver que Kaleen era llevada en una ambulancia, y entonces desapareció.
Dos días más tarde traté de encontrarlo en el pequeño hospital comunitario, pero allí nunca habían oído ni hablar de él. Más adelante traté de localizarlo en el Registro Médico del Estado de California, pero sin resultado. Hasta donde nosotros podíamos determinar, ese hombre no existía.
Si ese hombre era un médico ¿cómo pudo haber hecho lo que profesionalmente es imposible? ¿Cómo consiguió su instrumental tan rápidamente, sin mencionar el efectuar la operación en plena calle en tan corto tiempo y con tanta pericia?
Pero, por otra parte, si ese "hombre" era un ángel, todas estas preguntas tienen respuesta. Para Dios ','nada es imposible", y como su representante en aquella situación, el ángel meramente usó el poder de Dios para realizar la cirugía. ¿Y qué es el tiempo para Dios? Acaso El, que existe eternamente, ¿no pudo capacitar a su ángel para hacer en minutos lo que para un ser finito toma mucho más tiempo?, ¿Y acaso no pudo el Dios que todo lo sabe, equipar a su ángel con los instrumentos adecuados, con los cuales pudiese realizar esa tarea tan perita?
 No abrigamos duda alguna en nuestra mente ni en nuestro corazón, de que Dios consideró apropiado salvar la vida de Kaleen enviando un' ángel para hacer lo que ningún ser humano podía haber hecho en ese caso. No  obstante, no importa cómo veamos ese incidente, Dios estaba en ello, haciendo lo milagroso, ya sea mediante un hombre o un ángel. ¡Alabado sea Su Nombre!
La madre de Kaleen, Wanda Cummings (quien, con su esposo Ken, sirvió muchos años como misionera bautista), añade unos comentarios interesantes a la historia de Jim. Ella dice que cuando llegaron al hospital, se les dijo que Kaleen tenía un electroencefalograma plano, o sea, una lectura plana de la prueba de onda cerebral. Los doctores dijeron que su condición era tan grave, que ella no podría vivir o, si vivía, sería un vegetal.
Ken y Wanda aseguraron al neurocirujano que Kaleen estaba en las manos de Dios y lo que Dios escogiera hacer, ya fuera llevársela o dejarla, ellos lo aceptaban como la voluntad de Dios para su vida. Le dijeron que mucha gente estaba orando por ella y por sus médicos para que el Señor les diera sabiduría a ellos para tratarla. Este neurocirujano simplemente meneó la cabeza y les dio las gracias. A la noche siguiente se les acercó otra vez, después de ver ellos a su hija y la condición en que ella se encontraba, y les dijo: —Saben, sus oraciones deben de estar dando resultado.
Ellos habían creído que el doctor que había  operado a Kaleen era de aquel pequeño hospital particular frente al que había ocurrido el accidente, hasta que Jim, Ken Cummings, y su hijo Kenny fueron allí a dar gracias al médico. Sin embargo, la  recepcionista insistió en que no tenían médico alguno con ese nombre. En realidád, no habla médico alguno de turno esa mañana, ya que fue un domingo por la mañana cuando ocurrió el accidente.
Kaleen y Jim fueron posteriormente a la policía con el fin de encontrar al doctor, para darle las gracias. Por la policía supieron que no existía médico alguno con ese nombre en toda la región de Los Angeles.
Algún tiempo después, Kaleen volvió al hospital para hacerse un examen. El neurocirujano la llevó a una sala donde había varios médicos, neurpcirujanos y especialistas, y les dijo:quiero que miren a esta joven! Sabemos que vino al hospital con un electroencefalograma plano, y nosotros le hemos tomado muchos electroencefalogramas. El último que tomamos era perfectamente normal. Deseo que la observen. Ella es un caso extraordinario, y no lo podemos explicar facultativamente.
Todos los que conocen a Kaleen declaran que ella es un milagro caminante. Un milagro de la gracia, misericordia y protección de Dios

jueves, 27 de abril de 2017

TORTURADO POR CRISTO- BUSCANDO LA LUZ

 Torturado por Cristo

Richard Wurmbrand


Una relación de los sufrimientos y testimonio

 de la Iglesia Subterránea en los países tras la Cortina de Hierro.




Traducido y adaptado por
                                                                    CARLOS A. MORRIS

Cada una de las circunstancias que vivía con los rusos estaban llenas de poesía y de profundo significado.
 Una hermana que difundía el Evangelio en las estaciones del ferrocarril, dio mi dirección a un oficial que demostró interés.
Una tarde llego a mi casa. Era un teniente ruso, alto y de buen parecer.
Le pregunte: “¿En que puedo servirle?”
Me contesto: “He venido buscando la luz”
Comencé a leerle las partes mas esenciales de las Sagradas Escrituras y entonces coloco su mano sobre la mía y dijo: “Le ruego con todo mi corazón no me conduzca al error. Pertenezco a un pueblo mantenido en la oscuridad. Por favor, dígame. ¿Es esta la autentica Palabra de Dios?” Le asegure que si era. Me escucho por horas – y acepto al Señor Jesús como su Salvador.
En materia de religión no hay nada de superficial en los rusos. Ya sea que luchen en contra de ella o estén a su favor, buscando a Cristo, ponen siempre toda su alma en ello. Por esta razón en Rusia cada cristiano es un misionero, ganador de almas. A esto se debe que no haya en el mundo otro país tan maduro y fructífero para el evangelio. Los rusos son por naturaleza uno de los pueblos mas religiosos de la tierra. El curso del mundo puede ser cambiado radicalmente si nos ocupamos activamente de darles el Evangelio.
Es trágico que esta tierra de Rusia y su pueblo estén tan hambrientos de la Palabra de Dios y que sin embargo parezca como si todos los hayan olvidado o descartado.
En un tren un oficial ruso iba sentado frente a mí. Le había hablado de Cristo solo unos pocos minutos, cuando el me interrumpió con una verdadera ola de argumentos ateos. Marx, Stalin, Voltaire, Darwin, y otras citas contrarias a la Biblia fluyeron de su boca. No me daba oportunidad para contradecirle. Hablo durante casi una hora para convencerme que no había Dios. Cuando termino le pregunte: “Si no hay Dios, ¿Por qué reza Ud. cuando tiene problemas?” Reacciono como un ladrón sorprendido robando y me contesto: “¿Cómo sabe que rezo?” No le permití que se escapara. “Yo le hice una pregunta a Ud. primero. Le pregunte ¿Por qué reza? Por favor, ¡contésteme!” Inclino su cabeza y reconoció: “En el frente de batalla, cuando los alemanes nos rodeaban todos rezábamos. No sabíamos como hacerlo, solo atinábamos a decir: “Dios y espíritu maternal”” – en realidad, ante los ojos de Aquel que escudriña los corazones, estoy seguro que era esa una buena oración.
Nuestro ministerio con los rusos ha dado mucho fruto.
Recuerdo a Piotr (Pedro). Nadie sabe en que prisión rusa murió. ¡Era tan Joven! Tendría quizás unos 20 años. Llego a Rumania con el ejército ruso. Se convirtió en una reunión secreta y me pidió que lo bautizara.
Después del bautismo le pregunte cual era el versículo de la Biblia que mas le había impresionado y había influido en el para venir a Cristo.
Dijo que había escuchado atentamente cuando en una de nuestras reuniones secretas yo había leído en el capitulo 24 de Lucas la historia de Jesús que encontró a los dos discípulos que iban hacia Emaus. Cuando estaban cerca del pueblo, “Hizo como que iba mas lejos”. Piotr dijo: “Me pregunto por que Jesús dijo eso. No había duda que deseaba estar con sus discípulos. ¿Por qué, pues, dijo que deseba ir mas lejos? Le explique que Jesús es cortes. Quería tener la seguridad de ser bien recibido. Al darse cuenta que así era, entro gozosamente en la casa de ellos. Los comunistas son descorteses. Procuran penetrar por la violencia dentro de nuestros corazones y mentes. Nos obligan a escucharles desde la mañana hasta la noche. Lo hacen a través e sus escuelas, radioemisoras, periódicos, revistas, carteles, películas, reuniones ateas. Hay que escuchar continuamente su propaganda atea, quiérase o no. Jesús, en cambio respeta nuestra libertad. Golpea suavemente la puerta. “Jesús me ha ganado por su cortesía”, dijo Piotr. Este evidente contraste entre el comunismo y Cristo lo había convencido.
El no ha sido el único ruso que se impresiono por esta faceta del carácter de Jesús (Yo, como pastor, jamás había pensado en ello de esa manera).
Después de su conversión, Piotr arriesgo muchas veces su libertad y aun su vida, por pasar de contrabando literatura y ayuda de la Iglesia Subterránea rumana y rusa. Finalmente fue apresado. Se que en 1959 todavía estaba en la cárcel. ¿Ha muerto? ¿Esta hoy en el cielo o continua la buena batalla en la tierra? No lo se. Solo Dios sabe donde se encuentra hoy.
Al igual que el, muchos otros no solo se convirtieron. Nunca deberíamos detenernos en nuestra obra, al ganar un alma para Cristo. Solo hemos hecho la mitad del trabajo. Cada alma ganada para Cristo debe ser transformada en un ganador de almas. Los rusos no solamente se convertían, sino que llegaban a ser “misioneros” en la Iglesia Subterránea. En su trabajo por Cristo, actuaban con valor y temeridad, siempre aclarando que era tan poco lo que podían hacer por Cristo, en vista de que El murió por ellos.

miércoles, 26 de abril de 2017

PREDICANDO EN LOS CUARTELES DEL EJERCITO RUSO- WURMBRAND

Torturado por Cristo

Richard Wurmbrand


Una relación de los sufrimientos y testimonio

 de la Iglesia Subterránea en los países tras la Cortina de Hierro.




Traducido y adaptado por
                                                                    CARLOS A. MORRIS

Los rusos un pueblo de almas “sedientas”

 Para mi, el predicar el Evangelio a los rusos es el cielo en la tierra. Yo he predicado el Evangelio a hombres de muchas naciones, pero nunca he visto a un pueblo tan sediento del Evangelio como los rusos.
 Un sacerdote ortodoxo amigo mío me telefoneo un día para comunicarme que un oficial ruso había acudido a el para confesarse. Como el no sabia ruso, y yo en cambio si, le había dado mi dirección. El hombre vino a verme al día siguiente. El amaba a Dios, aunque nunca había visto una Biblia, ni jamás había asistido a ningún servicio religioso (pues existen muy pocas iglesias en Rusia). No tenía la menor instrucción religiosa, pero amaba a Dios a pesar de no tener ni el más elemental conocimiento de El.
 Comencé a leerle el Sermón de la Montaña y las parábolas de Jesús. Después de escucharlas, en un arranque de alegría se puso a danzar por todo el cuarto, exclamando: “¡Que maravillosa belleza! ¡Como pude vivir sin saber nada de este Cristo!” fue la primera vez que vi a alguien tan cautivado por la persona de Cristo.

 Fue entonces que cometí un error. Le leí acerca de la pasión y crucifixión de Jesús, sin haberlo preparado para ello. El no la esperaba, pues cuando escucho como Cristo fue abofeteado, como fue crucificado y al fin murió, cayo en un sillón y comenzó a llorar amargamente. ¡Había creído en un SalVador y ahora su Salvador estaba muerto!
Al observarle me sentí avergonzado de llamarme cristiano y pastor, de ser un maestro para los demás y, sin embargo, jamás haber compartido los sufrimientos de Cristo en la forma que este oficial ruso ahora los compartía. Mirándole, me pareció volver a ver a Maria Magdalena llorando al pie de la cruz; llorando fielmente aun cuando Jesús yacía en la tumba.
 Luego le leí la historia de la resurrección. El no sabía que su Salvador había resucitado de la tumba. Cuando escucho estas maravillosas nuevas, se golpeo las rodillas profiriendo una palabra bastante grosera, aunque en ese momento la considere aceptable, y aun quizás “sana”. Era su cruda manera de expresarse. Nuevamente se regocijaba, gritando de alegría: “¡El vive! ¡El vive!”, y danzaba, dominado por la felicidad.
 “Oremos”, le dije, pero el no sabia orar, a nuestra manera por lo menos. Cayo de rodillas junto a mi, y las palabras que brotaron de sus labios fueron: “¡Oh Dios, que magnifico eres!. Si Tú fueras yo y yo fuese tú, nunca te habría perdonado Tus pecados. ¡Eres en realidad magnifico y yo te amo de todo corazón!”

 Pienso que todos los àngeles en el cielo se detuvieron en cielo para escuchar esta sublime oración de un oficial ruso. ¡El hombre había sido ganado para Cristo!
 En un negocio encontré a un capitán ruso con una dama que era también oficial del ejercito; compraban una gran cantidad de cosas, pero tenían dificultades para hacerse entender con el vendedor, ya que el no entendía ruso. Me ofrecí para actuar de intérprete para ellos, y trabamos amistad. Los invite a casa par almorzar, y antes de comenzar a comer les dije: “Uds. están en una casa cristiana y nosotros tenemos por costumbre orar”. Ore en ruso. Entonces dejaron los cubiertos sobre la mesa y perdieron el interes en la comida. Comenzaron a hacer pregunta tras pregunta acerca de Dios, de Jesucristo y la Biblia. Ellos no sabían nada.
 No fue fácil hablarles. Les narre la parábola de un hombre que tenia cien ovejas y perdió una; pero no me entendieron, porque me preguntaron: “¿Cómo es posible que tenga cien ovejas y que no se las haya quitado la granja colectiva comunista?” Entonces les dije que Jesús es un rey. A esto me contestaron: Todos los reyes han sido hombres malos que tiranizaban a su pueblo, y Jesús por lo tanto tiene que haber sido un tirano también”. Cuando les narre la parábola de los obreros de la viña, ellos dijeron: “Bueno, esos hombres hicieron muy bien en rebelarse contra el propietario de la viña. La viña tiene que pertenecer a la granja colectiva”. Todo era nuevo para ellos. Al relatarles el nacimiento de Jesús, sus preguntas podrían parecer, en labios de un occidental, una blasfemia: “¿Era Maria la esposa de Dios?” Fue entonces que comprendí, al discutir con ellos y muchos otros, que para predicarles el Evangelio a los rusos, después de tantos años de comunismo, tendríamos que usar un idioma totalmente nuevo.
 Los misioneros que fueron a África Central tuvieron dificultades para traducir las palabras del profeta Isaías: “Si tus pecados fueron rojos como la grana, como la nieve serán emblanquecidos”. Nadie, en esa parte de África Central, había visto la nieve. Ni siquiera existía la palabra “nieve”. Por lo tanto tuvieron que traducir: “Tus pecados serán blancos como la pulpa del coco”.
 Así también tuvimos que traducir el Evangelio al lenguaje marxista para hacerlo comprensible a ellos. Era algo que no podíamos hacer solos, mas el Espíritu Santo lo hizo a través nuestro.
 En ese mismo día se convirtieron el capitán y el oficial. Después, ellos nos ayudaron mucho en nuestro ministerio clandestino con los rusos.
 Imprimimos y distribuimos en forma secreta muchos miles de Evangelios y otra literatura cristiana entre los rusos. A través de los soldados rusos convertidos pudimos introducir de contrabando muchas Biblias y porciones bíblicas en Rusia.
 Usamos otra técnica para hacer llegar copias de la palabra de Dios a las manos de los rusos. Los soldados rusos habían estado peleando varios años, y muchos de ellos tenían en su patria hijos que no habían visto en todo ese tiempo (Los rusos tienen un gran cariño por los niños). Mi hijo Mihai y otros pequeños, menores de diez años, iban a las calles y parques llevando con ellos muchas Biblias y Evangelios y otra literatura en los bolsillos. Los soldados rusos los acariciaban en la cabeza y les hablaban cariñosamente, pensando en sus propios hijos que no habían visto por tantos años. Luego les daban chocolates y dulces a los niños, quienes, a su vez, les daban a cambio: Biblias y Evangelios, que eran aceptados gustosamente. A menudo, lo que era peligroso para nosotros hacer abiertamente, podía ser hecho por nuestros hijos sin ningún riesgo. Eran nuestros “pequeños misioneros” para los rusos. Los resultados fueron excelentes. Muchos soldados rusos recibieron de este modo el Evangelio, que de otra manera no hubiéramos podido darles.
  Predicando en los cuarteles del ejército ruso
 Nuestra labor entre los rusos no solo se limito a la obra personal, sino que también tuvimos la oportunidad de realizar reuniones con grupos pequeños.
 A los rusos les gustan mucho los relojes. Se los robaban a cuanta persona encontraban. Aun detenían a las personas en la calle con ese fin, y había que entregárselo. Se les podía ver usando varios relojes al mismo tiempo, preferentemente en los brazos; y aun en las mujeres oficiales con relojes despertadores colgando de sus cuellos. Ellos nunca habían tenido relojes antes, y por eso les parecía que nunca tendrían los suficientes. El rumano que deseara tener un reloj tenía que ir a los cuarteles del Ejercito Soviético para comprar uno robado; a menudo adquiría su propio reloj. Así pues era común ver a los rumanos entrar en los cuarteles rusos; y esto nos proporciono a nosotros, los de la Iglesia Subterránea, un excelente pretexto para ir allí también – a comprar relojes.
 Elegí la festividad ortodoxa de San Pablo y San Pedro como la primera fecha para ir a los cuarteles rusos. Pretextando querer adquirir un reloj fui a la base militar. Con el fin de ganar tiempo, simulaba rechazar uno por encontrarlo muy caro; otro, por ser muy chico y otro mas grande. Como lógica consecuencia, se junto a mi alrededor un grupo de soldados que me ofrecieron algo para comprar. En son de broma les pregunte: “¿Alguno de Uds. se llama Pablo o Pedro?” Algunos respondieron afirmativamente. Entontes les dije: “¿Sabían Uds. que hoy es el día en que vuestra Iglesia Ortodoxa honra a San Pablo y San Pedro?” (Algunos de los más viejos lo sabían). Continué: “¿Saben Uds. quienes eran Pedro y Pablo?” Nadie lo sabia, así es que comencé a contarles acerca de ellos. Uno de los soldados rusos me interrumpió para decirme: “Tu no has venido a comprar relojes. Has venido para hablarnos de la fe. ¡Siéntate aquí y háblanos!, pero ¡Ten cuidado! Sabemos de quienes tenemos que cuidarnos. Cuando coloque mi mano en tu rodilla deberas hablar solamente de relojes. Cuando la retire puedes continuar con tu mensaje.”  Tenía ya junto a mí a un grupo bastante numeroso de soldados, a los que seguí contándoles acerca de Pablo y Pedro, y en especial acerca de Cristo por quien ellos murieron. Al acercarse de cuando en cuando alguno en quien no tenía confianza, el soldado ponía su mano sobre mi rodilla y de inmediato comenzaba a hablar acerca de los relojes. Tan pronto se alejaba, volvía a predicarles de Cristo.
 Con ayuda de soldados rusos cristianos, pude repetir esta visita muchas veces. Muchos de sus camaradas encontraron a Jesús, y miles de Evangelios fueron repartidos secretamente.
 Lamentablemente, muchos de nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia Subterránea que fueron sorprendidos en estas actividades, fueron brutalmente flagelados. No obstante, jamás traicionaron nuestra organización.
 Durante esta labor, tuvimos el gozo de conocer a hermanos de la Iglesia Subterránea rusa, como también escuchar sus experiencias. En primer lugar, pudimos apreciar en ellos lo que convierte a los hombres en grandes santos. Habían pasado a través de tantos años de adoctrinamiento comunista. Algunos incluso habían estado en las universidades comunistas; sin embargo, al igual que el pez que vive en aguas saladas pero que mantiene dulce su carne, así también ellos habían pasado a través de las escuelas comunistas manteniendo sus almas limpias y puras para Jesucristo.
 ¡Estos rusos cristianos tenían almas tan preciosas! Nos manifestaban: “Sabemos que la estrella con la hoz y el martillo que usamos en nuestras gorras es la estrella del Anticristo”, y lo decían con gran tristeza. Su ayuda nos fue inapreciable para poder extender el evangelio entre otros soldados rusos.
 Ellos poseían todas las virtudes cristianas, menos el gozo. Lo demostraban solamente en el momento de la conversión, pero luego desaparecía. Como esto no dejaba de extrañarme, un día le pregunte a uno de ellos, un bautista: “¿Cómo es posible que Uds. no conozcan el gozo?” Me contesto: ¿Cómo puedo yo estar gozoso cuando tengo que esconder del pastor de mi iglesia el hecho de ser un ferviente cristiano, que dedico tiempo a la oración y trato de ganar almas para Cristo? El pastor de mi iglesia es un delator de la Policía Secreta. Somos espiados el uno por el otro, y son los pastores quienes traicionan a sus rebaños. El gozo de la salvación existe en lo mas profundo de nuestro corazón, pero esa manifestación externa del gozo que Uds. poseen no podemos mostrarla nunca mas.”
 “El cristianismo ha llegado a ser dramático para nosotros. Cuando Uds., que son cristianos libres, ganan un alma para Cristo, ganan un miembro para sus iglesias, que lleva una placida existencia. Pero cuando nosotros ganamos a un hombre sabemos que este puede ser encarcelado y que sus hijos pueden quedar huérfanos. El gozo de conquistar un alma para Cristo se mezcla con el sentimiento de que hay un precio que es necesario pagar.”
 Habíamos encontrado un tipo de cristiano enteramente diferente: el cristiano de la Iglesia Subterránea.

 Aquí también hallamos muchas sorpresas

lunes, 24 de abril de 2017

-1-AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY-"Bula Matari"

AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY
 Selecciones del Reader´Digest
1943

LOS AÑOS han ido convirtiendo en lejano recuerdo el nombre de David Livingstone, que era, hace unos tres cuartos de siglo, la actualidad palpitante.
No menos olvidado se halla el de Henry M. Stanley, el arriesgado explorador que se internó en el África central, hasta dar con Livingstone. Y con todo, pocas vidas tan llenas de interés como la de Stanley; ya por sus aventuras, que rayan en lo fantástico; ya, en fin, por sus hechos notables.
Los viajes que este periodista-explorador llevó a cabo en África, lo colocan entre los descubridores que han ensanchado los límites del mundo conocido.
La vida de Stanley que damos aquí comprende dos partes: la primera, es un resumen completo de su autobiografía; la segunda, de Bula Matari, el libro en que narra Jacob Wassermann la expedición de Stanley en busca de Livingstone.

AUTOBIOGRAFÍA DE HENRY M. STANLEY
A MUERTE de mi padre, acaecida a las pocas semanas de haber venido  yo a este mundo, me dejó sin hogar. Pasé los doce primeros años de mi existencia sin haber sospechado siquiera que todo niño necesita de la ternura y de los cuidados de una madre. Hasta los cuatro, viví bajo el techo de parientes que me acogían de mala gana, o bajo el de extraños a quienes ellos, de mala gana también, les pagaban para que cuidasen de mí. En 1847, me mandaron al hospicio. Era éste un enorme edificio de sillería. Cuando su pesada puerta se cerró a mis espaldas con resonante golpe, me sobrecogió una sensación de angustioso desamparo nunca experimentada hasta entonces.
La disciplina a que sometían a los niños en aquel hospicio de St. Asaph era iinmisericorde. Los muros que los separaban del resto del mundo, altos y sombríos; las puertas que les cerraban el paso, recias y provistas de cerrojos. Mis compañeros y yo teníamos que saltar de la cama a las seis de la mañana. A las ocho de la noche, estábamos ya encerrados en el dormitorio. La ración diaria se componía de pan, avena cocida en agua, y papas: todo ello muv tasado.
Fueron menester varios días para que yo cayese en la cuenta de la ninguna importancia que le conceden en un hospicio al llanto de un niño. James Francis, el maestro bajo cuya férula me habían puestoun manco de carácter brutal, agriado por el infortunio—, era hombre incapaz de entender las penas de la infancia, y al cual no le importaba entenderlas. Su manera de enseñar consistía en golpear una vez, con la pesada regla de ébano que nunca dejaba de la mano, al que incurriese en la más leve equivocacíón; y en darle una paliza al que se equivocara varias veces. Era caso diario verlo derribar a empellones a los pobres chiquitines que, acurrucados en el duero suelo, quedaban allí temblorosos; o que, después de levantarse, permanecían de pie, cegados por las lágrimas, encorvados, en espera del reglazo cruel o del puntapié canallesco. Entre nuestras obligaciones, se contaban las de barrer el patio de recreo, valiéndonos de escobas más propias para gigantes que para niños; manejar la azada, para desembarazar la tierra de la capa de hielo que la cubría; y aprendernos todas las noches de memoria páginas enteras de los libros de texto.
Pese a todo esto, hay dos cosas que debo agradecerle a esa extraña institución de St. Asaph. Aun cuando el afectó y la dicha del hogar faltaban por completo, fué allí donde aprendí a conocer a Dios y a tener fe en El, y donde aprendí a leer. Nos enseñaban religión; había a nuestro alcance una copiosa colección de libros, como las memorias de Wesley, las vidas de Bunyan, Fox y MilTon, variedad de sermones y comentarios. Gran consuelo era para mí saber que, aun cuando huérfano y falto de amigos a quienes volver los ojos, tenía un Padre en los cielos ante quien podía sentirme igual al más poderoso de los hombres.
Por la época en que contaba yo once años, era el príncipe entre mis condiscípulos, por su apostura y por su simpatía, un chico de mi edad, llamado Willie Roberts. Cierto día caí enfermo, y cuando pude abandonar el lecho semanas más tarde, convaleciente aún, me impresionó mucho el rumor de que Willie había muerto de repente. Como la enfermería y la sala donde depositaban los cadáveres daban al mismo patio, algunos muchachos propusieron que fuéramos a ver a Willie. Impulsados, pues, por una curiosidad no exenta de terror, nos introdujimos a hurtadillas en el medroso lugar. El cuerpo de nuestro compañero yacía en un féretro negro. Uno de los más atrevidos levantó una punta del sudario, y a la vista de ese rostro de cera en donde se destacaba la fijeza de los ojos abiertos, todos retrocedimos mudos de espanto. No obstante, pasado un momento, recobrando su imperio la curiosidad, alguien retiró completamente el lienzo y quedaron a la vista multitud De negros verdugones sobre el lívido cadáver. Volvimos a cubrir apresuradamente el cuerpo con el paño mortuorio. Había bastado una mirada para confirmar la opinión unánime de que Francis era el culpable de la muerte de Willie.
Un suceso ocurrido en mayo de 1856 vino a determinar un cambio en el curso de mi vIda. Se descubrió que alguien había hecho cortes con una navaja en una flamante mesa que acababa de ponerse en uso. Era ésa, sin duda, la obra de algún pilluelo desconsiderado. Francis tornó en la mano la vara de abedul de que se servía para castigar, y yendo coléricamente de clase en clase, exigió el nombre del criminal. Mas acontecía que nadie lo sabía, de modo que así hubimos de contestar todos.
—Está bien—nos dijo entonces—voy a azotar a toda la clase. ¡Desabotónense todos!
Cumplió el hombre su amenaza empezando por los últimos de la clase. Una vez más presenciábamos los gritos y lamentos, las contorsiones y las lágrimas. Por esa época había llegado yo a ocupar el primer puesto entre los muchachos de la escuela, cosa que me calificaba para reemplazar al maestro cuando él se ausentaba. Esto me había infundido, aunque por un proceso inconsciente, cierto sentido de dignidad v de orgullo, de suerte que cuando me llegó el turno de compartir la humillación de mis compañeros, opuse una obstinada resistencia.
jCómo es eso ?—gruñó el hombre coléricamente—. ¿Por qué no está usted listo? ¡Quítese esa ropa inmediatamente!
—¡Basta ya!—grité asombrado de mi propia audacia.
No había acabado de decirlo cuando sentí que me asían por el cuello, me levantaban en vilo, me tendían en una de las bancas, me daban repetidos golpes en la barriga, volvían a levantarme, me zarandeaban y me lanzaban de nuevo contra la banca, y con tal violencia, que a poco me rompen el espinazo. Al ver que el maestro se inclinaba hacia mí, para asirme por segunda vez, le lancé una fuerte patada que, alcanzándole en mitad de las cejas, le hizo añicos los lentes y lo dejó medio ciego. Retrocedió él unos pasos, tropezó en una banca, tambaleó, y yéndose de espaldas, dió con la cabeza contra el suelo. Fuímele encima, me apoderé de la vara y empecé a golpearlo hasta que, notando que permanecía inmóvil, caí en la cuenta de lo que estaba haciendo.
No sabía qué partido tomar. La cólera que me dominaba se había desvanecido. Ayudado por algunos compañeros, llevé al maestro a su habitación. En cuanto cerramos la puerta después de dejarlo allí, mi amigo Moisés me preguntó con voz apenas perceptible si estaba muerto Francis. El solo pensamien-to de que pudiera estarlo, me infundió pavor, y decidí, a indicación de, Moisés, huir y ocultarnos. Pero, antes de poner por obra el proyecto, enviamos a otros dos muchachos a averiguar en qué situación se hallaba el maestro. Para tranquilidad de mi conciencia, supimos pronto que lo habían visto lavándose la cara.
Sin perder un segundo, Moisés y yo nos pusimos en marcha; escalamos la tapia del jardín y echamos a correr.

domingo, 23 de abril de 2017

ILUSTRACIONES-AMOR

 500 ILUSTRACIONES
por Alfredo Lerín
CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES

7.AMOR ES AYUDAR A OTROS
<400546>Mateo 5:46-48; <431303>Juan 13:3-17.
Una maestra de párvulos trataba de explicar a los niñitos de su clase lo que es
el amor; pero no podía, y por saber lo que decían sus pequeños alumnos, les
preguntó qué es el amor. Entonces una niñita de seis años de edad se levantó
de su silla y fue hasta la maestra, la abrazó, la besó y le declaró: “Esto es
amor.” Enseguida la maestra dijo: “Está bien; pero el amor es algo más. ¿Qué
es ese algo?” La misma niña, después de un rato de estar pensando, se levantó
y comenzó a poner en orden las sillitas que estaban fuera del lugar que les
correspondían, limpió bien el pizarrón, levantó los papeles que estaban en el
suelo, arregló los libros que estaban en desorden sobre una mesa; y en seguida,
con aire de satisfacción, dijo a su maestra: “Amor es ayudar a otros.” La niñita
tenía razón. Expositor Bíblico.
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8.PARABOLA
<581301>Hebreos 13:1.
Un alfiler y una aguja encontrándose en una cesta de labores y no teniendo
nada qué hacer, empezaron a reñir, como suele suceder entre gentes ociosas,
entablándose la siguiente disputa:
¿De qué utilidad eres tú? Dijo el alfiler a la aguja; y ¿cómo piensas pasar la vida
sin cabeza?
—Y a ti — respondió la aguja en tono agudo—, ¿de qué te sirve la cabeza si
no tienes ojo?
— Y de qué te sirve un ojo si siempre tienes algo en él?
—Pues yo, con algo en mi ojo, puedo hacer mucho más que tú.
—Sí; pero tu vida será muy corta, pues depende de tu hilo.
Mientras hablaban así el alfiler y la aguja, entró una niña deseando coser, tomó
la aguja y echó mano a la obra por algunos momentos; pero tuvo la mala suerte
de que se rompiera el ojo de la aguja. Después cogió el alfiler, y atándole el hilo
a la cabeza procuró acabar su labor; pero tal fue la fuerza empleada que le
arrancó la cabeza y disgustada lo echó con la aguja en la cesta y se fue.
—Con que aquí estamos de nuevo — se dijeron—, parece que el infortunio
nos ha hecho comprender nuestra pequeñez; no tenemos ya motivo para reñir.
¡Cómo nos asemejamos a los seres humanos que disputan acerca de sus
dones y aptitudes hasta que los pierden, y luego...echados en el polvo, como
nosotros, descubren que son hermanos! —
El Embajador, Poth, Tex.
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9.AMOR PARA LAS BESTIAS Y NO PARA LOS NIÑOS
<050605>Deuteronomio 6:5; <183420>Job 34:20; <192710>Salmo 27:10; <230117>Isaías
1:17, 23; 4:15; <240528>Jeremías 5:28; <280406>Oseas 4:6; 6:6; <330606>Miqueas
6:6-8; <380710>Zacarías 7:10; <400712>Mateo 7:12; 10:42; 18:3; 19:13-15;
25:34-40; <411013>Marcos 10:13-16; 12:30, 31; <420631>Lucas 6:31; 10:27;
10:29-37; 18:15-17; <590122>Santiago 1:22, 27.
Entre los paganos no se toman ningunas precauciones para proteger a los
pobres y a los necesitados. “En un lugar de la India había un indio fanático que
en su taller tenía colgada una caja, en la cual estaban escritas, en su dialecto,
unas palabras que, traducidas, decían esto: “Fondo para alimentar a las vacas.”
El dinero reunido allí se usaba para alimentar a las vacas que por estar
demasiado débiles no podían trabajar, o a las que habían sido compradas de
los carniceros mahometanos. Se le preguntó a ese indio cómo eran atendidos
los niños huérfanos, a lo cual él respondió: ‘¿Por qué hemos de alimentarlos y
sostenerlos? Deben de haber hecho alguna cosa muy mala en su vida anterior.
’”
¿Verdad que mucha gente necesita el evangelio? — J. S.A

viernes, 21 de abril de 2017

EL AMOR DE ANTONIO Y LEONOR A JESUCRISTO- REFORMA EN ESPAÑA


HISTORIA DE
LA INQUISICIÓN Y
LA REFORMA EN ESPAÑA

Por SAMUEL VILA
ESPAÑA

4. Antonio Herrezuelo y su esposa Leonor de Cisneros.

Era ciudadano de Toro, Castilla, donde ejercía su cargo de abogado. Su origen era humilde y había alcanzado la posición en que se encontraba gracias a su diligencia y a su talento. Se habla casado con doña Leonor de Cisneros, hija de un hidalgo de la población, cuando ella tenía dieciocho años. El matrimonio fue un modelo de virtudes, distinguiéndose ’especialmente por su espíritu de caridad. Trabó Herrezuelo amistad con don Carlos de Seso, del cual ya sabemos que era corregidor de la ciudad, y como Seso no vivía para otra cosa que para sembrar el mensaje del Evangelio, no se abstuvo de hablar de él a Herrezuelo y a su esposa.
  Esta simiente fue sembrada en tierra abonada, con lo que recibieron los esposos la medida colmada de su felicidad. A través de los años, Herrezuelo se había convertido en un colaborador enérgico y entusiasta de Seso, en cuyos planes, oraciones y peligros participaba.
Cuando a los siete años del matrimonio vino de repente la catástrofe, prendieron al mismo tiempo al abogado y a su esposa. No tembló Herrezuelo ante la consideración de que tendría que sufrir y morir por su Salvador; pero la separación de su esposa le estremecería el corazón. Sabia que era de esperar la muerte de los dos, pero se horrorizaba al pensar que sus enemigos podían, con astucia o con violencia, hacer zozobrar la fe del tierno corazón de ella. Pronto tuvo ocasión de ver confirmados sus temores.
 Cuando victorioso él de las asechanzas y el tormento a que había sido sometido, despreciando la infamia del auto de fe y desafiando la misma hoguera, salió, al fin, de la prisión para ir a la plaza, sólo había en su pecho una angustiosa duda. Buscó en la fila de los que como él se habían mantenido firmes, a su esposa y con dolor comprobó que Leonor no se hallaba allí, sino un poco más alejada, en la compañía de los reconciliados.
 En efecto, Leonor había sufrido la grave prueba con menos valor que su esposo. Ya la separación de él, a los pocos años de casada y a los veinticuatro de edad, había de’ quebrantar gravemente su ánimo. Aparte de los demás sufrimientos, cabe pensar que indujera a Leonor a retractarse la insinuación o la afirmación de que su esposo también lo había hecho, o lo haría ante su ejemplo. Lograron, efectivamente, que Leonor hiciera hablar a su boca un lenguaje distinto del de su corazón, quizá por el mismo afecto que sentía hacia su esposo, pero ¿cuál no habría de ser su sorpresa cuando la infeliz vio aquella mañana que él estaba entre los condenados a muerte,en contra de todas sus esperanzas, y que ella tenia que mostrarse ante sus ojos como incapaz de guardar la fe que había  aprendido de sus labios?
 Al pasar los condenados al suplicio de la hoguera por delante del tendido donde se encontraban los reconciliados, no pudo Herrezuelo decir ni una palabra a su esposa, pues una mordaza oprimía su lengua, pero elevaría, sin duda, en su alma una ardiente oración a Dios para que salvase a su esposa, a pesar de su retractación. Dios contestó plenamente su oración, como veremos en seguida.

 Hemos dicho que Herrezuelo estaba amordazado. Los inquisidores se decidieron a hacerlo por cuanto no cesaba de alentar a sus compañeros, así como de dar valeroso testimonio de su fe, con lo cual inficionaba de herejía a los que lo estaban escuchando. Sin embargo, su entereza predicaba por él con tanta o más elocuencia que sus palabras. Al ser atado a la estaca le fue arrojada una piedra que le dio en la cara, de cuya herida empezó a chorrear la sangre. Un alabardero le pinchó en el vientre con su alabarda. Nada le pudo mover de su decisión.
Gonzalo de Illescas, en su Historia Pontifical, dice: «El bachiller Herrezuelo se dejó quemar vivo con  una fortaleza sin precedentes. Yo estaba tan cerca de él que pude ver, perfectamente, toda su persona y observé todos sus gestos y movimientos. No podía hablar, porque por sus blasfemias tenia una mordaza en la lengua; en todas las cosas pareció duro y empedernido, y por no doblar su brazo quiso antes morir ardiendo que creer lo que otros de sus compañeros. Aunque yo lo observaba de cerca, no pude ver la menor queja o expresión de dolor; con todo eso, murió con la más extraña tristeza en la cara que yo haya visto jamás. Tanto que ponía espanto mirarle el rostro, como aquél que en un momento había de ser en el infierno con su compañero y maestro Luthero.»
 Doña Leonor fue de nuevo conducida a la cárcel. No es posible imaginarse la confusión y la lucha interior que debía haber hecho presa de aquella alma. Poco a poco, sin embargo, se pondría orden en el caos de sus sentimientos y de sus ideas: el esposo amado, por el cual, y para salvar su vida, había llegado a vacilar en su fe, estaba ahora en un lugar donde ningún enemigo podía hacerle daño. Leonor sintió nacer en ella el deseo incontenible de honrar su fe y de honrar la memoria de su esposo muriendo tal como él lo había hecho.
 Despreció resueltamente toda hipocresía y toda condescendencia con la doctrina católica y lloró amargamente la debilidad en que había incurrido, sin cuidarse para nada de las consecuencias. Confesó de nuevo abiertamente la misma fe por la cual su esposo había muerto y todas las tentativas para reconciliarla otra vez se estrellaron ahora ante su firmeza. Relapsa esta vez, no hubo misericordia. A los treinta y tres años de edad, después de nueve años de sufrimiento, fue condenada, como su esposo, a la hoguera.
De qué forma recibió la palma del martirio nos lo dice el testimonio del mismo Illescas, cuya descripción de la muerte de Herrezuelo hemos copiado antes. Illescas, católico fanático y testigo ocular del nuevo auto de fe, dice: «En el año 1568, el 26 de septiembre, se ejecutó la sentencia de Leonor de Cisneros, viuda del bachiller Herrezuelo. Se dejó quemar viva, sin que bastase para convencerla diligencia ninguna de las que con ella se hicieron y que fueron muchas. Pero nada pudo conmover el endurecido corazón de esa obstinada mujer.» Estas palabras, que no hacen mucho honor a Illescas, sí lo hacen a doña Leonor y prueban de un modo indubitable que era digna de su esposo.
 Refiere otro historiador que tanta firmeza mostró en sus sufrimientos el día en que fue quemada en la hoguera, que los mismos verdugos fueron conmovidos a piedad y aumentaron la leña en el fuego para que sufriera menos tiempo.