sábado, 11 de febrero de 2017

UNA MUJER EN SHANGRI´LA-(3) Los Salvajes-

 UNA MJUJER EN SHANGRI´LA
MARGARET HASTINGS
Sellecciones del Readers Digest
1946
Al mediodía estábamos exhaustos y con el cuerpo entumecido por el frío. Oíamos pasar y repasar los aeroplanos, pero mientras estuviésemos en aquel arroyo al que los árboles formaban tupida techumbre, no teníamos esperanza. Necesitábamos llegar a un sitio descubierto donde pudieran vernos.
Nuestro desayuno de la mañana siguiente consistió otra vez en un sorbo de agua y unos pocos caramelos. Yo hubiese dado cualquier cosa de este mundo por una taza de café. Tenía ya, entonces, infectados los pies, las piernas y una mano. Sentía que iba a caer desfallecida en cualquier momento, y caminaba casi ciega por las lágrimas que no quería enjugar para que los hombres no se enterasen de que estaba llorando. En una ocasión, cuando McCollom se adelantó a Decker y a mí, me tiré al suelo, y empecé a gritar como loca: «¡McCollom nos ha abandonado llevándose toda la comida! ¡Vamos a morir de hambre!»
Al ver y oír aquello, Decker asumió la actitud del más desalmado sargento. Él estaba más enfermo que yo, pero acudió a esa farsa para sostenerme el ánimo. Lo menos que me llamó fue cobarde y desertora. Yo estaba tan furiosa que quería matarlo. Pero me puse en pie y seguí andando a trancos arroyo abajo. Yo sé muy bien que debo la vida a McCollom, y me avergüenza hasta lo más profundo haber dudado de él por un instante, aunque ello fuera impulsada por aquel loco arrebato.
Más o menos a las once de aquella mañana, después de haber estado cinco horas en el agua, llegamos a un sitio descubierto. MeCollorri, trepó a la orilla del zanjón que tenía casi tres metros de altura. Desde allí nos gritó: «¡Suban! ¡Ya dimos con eso!»
Decker trepó. primero, y luego me levantó a mí en vilo. Al llegar arriba me tendí en el suelo, incapaz de moverme. Allí permanecimos jadeantes, adoloridos,tratando de darle un poquito de calor a nuestros cuerpos que tiritaban de frío.
A eso del mediodía oímos los motores de un avión que se aproximaba. A mí me parecía que no acabábamos de tender los encerados en el suelo para indicar nuestra presencia. El avión, después de pasar por encima de nosotros, regresó y se puso a dar vueltas en torno al espacio descubierto. Pocos momentos después, el piloto apagó los motores. Luego dobló las alas. ¡Era la señal de que nos había visto!
Nosotros, que diez minutos antes no podíamos tenernos en pie, empezamos a saltar, agitando los brazos y dando gritos de alegría.
Hasta para cambiar bromas tuvimos ánimo entonces. Decker,. poniendo cara de gran aflicción, dijo: "Supongo que ahora uno de los dos tendrá que casarse con Margaret para dar a esta aventura el debido final romántico».
McCollom, después de mirarme con ojos críticos, repuso:
—Tendría que engordar unos cuantos kilos para que yo me resolviera.
¡No me casaría contigo—respondí a miturno--aunque fueras el único hombre del mundo! ¡Con quien voy a casarme es con Decker!
Y el pobre Decker, mirándome muy alarmado,se apresuró a exclamar: —¡Al diablo contigo!
Pero a pesar de que dos hombres acababan de darme calabazas, aquél seguía siendo para mí el más bello de los días. Pasado el primer arrebato de júbilo, nos sentamos a calcular cuánto tardaría el ejército en enviarnos las primeras provisiones. Estábamos en ello cuando Decker preguntó de pronto: « ¿No oyen ustedes algo raro?» Paramos el oído, y, en efecto, se sentía  un ruido muy semejante  al de una Jauría de perros que se acercara aullando. No tardamos mucho en saber de qué se trataba... eran los indígenas.
Todas las cosas que de ellos nos habían contado pasaron rápidas y asustadoras por nuestra imaginación: medían tres metros y pico de estatura... celebraban sacrificios humanos... eran antropófagos y feroces guerreros. ¡Y nosotros tres sin más arma que un cortaplumas!
—Lo único que podemos hacer es recibirlos amigablemente—dijo McCollom. 
Nos ordenó que tuviésemos listo para ofrecércelo nuestro único alimento, los caramelos, agregó a tan pobre dádiva su cortaplumas.
—¡Pónganse en pie—mandó McCollom—y sonrían!:
Una tras otra, varias cabezas negras empezaron a surgir de entre los árboles. Sonreírnos. Era una sonrisa en que nos iba la vida. Extendimos con mano temblorosa nuestros regalos... y aguardamos.
Eran cerca de 100 hombres, con horripilantes hachas de piedra al hombro. El jefe abría la marcha. Para ese entones la sonrisa se nos había petrificado en el rostro. A cinco o seis metros de nosotros pararon, formando apretado grupo. El jefe empezó a hablar con una velocidad de sesenta palabras por segundo. Y luego su horrible faz se contrajo en una placentera sonrisa... Aquella era la condonación de nuestra sentencia. Era amistad. Era la vida.
El jefe avanzó hacia McCollom y le extendió la mano. McCollom, agitado por la emoción de vernos a salvo, se la estrechó efusivamente. El hombre negro que nunca había visto a un blanco, y el hombre blanco que jamás se había encontrado con un salvaje en sus propios dominios, se comprendieron el uno al otro. Las sonrisas habían hecho el milagro.
« ¿Cómo está usted?... Encantado de verlo»... repetía McCollom una y otra vez. « ¡Vengan acá!... ¡Tengo el gusto depresentarle a la cabo Hastings y al sargento Decker! »
Poco a poco fuimos comprendiendo que los indígenas nos tenían más miedo a nosotros que nosotros a ellos. No había tal que midieran tres pies y pico de estatura: los más altos apenas llegaban a metro y medio. Y ciertamente no tenían aspecto muy feroz. Su vestido, si así puede llamarse, consistía en una faja atada a la cintura, de la cual pendían, por delante, una calabaza seca, y por detrás, a modo de cola, una enorme hoja tropical. Todos, menos el jefe, a quien McCollom apodó desde el principio, Pete, llevaban, sujeta a la frente con cintillo, una bolsa hecha de malla burda que les caía Basta la mitad de la espalda. En aquella bolsa cargaban todo cuanto podían necesitar—hasta su tabaco, unas toscas hojas nativas con las que hacían rollos cortos y verdes semejantes a cigarros.
Pete y sus compañeros tenían los pies más grandes y más achatados que he visto en mi vida. Algunos de los hombres se embadurnaban el cuerpo y la cara con una pomada negra, de olor penetrante, para oscurecerse más la piel.
Ya entablada nuestra amistad, tratamos de hacerles recibir los presentes. Me acordé de mi polvera de bolsillo, y resolví sacrificarla también. Les causó un desenfrenado deleite, y al ver su propia cara reflejada en el espejillo, prorrumpieron en gorgoteos y chillidos como una bandada de urracas.

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