viernes, 10 de febrero de 2017

UNA MUJER EN SHANGRI-LA- 1 -MARGARET HASTINGS

 UNA MUJER EN SHANGRI-LA- 
 -MARGARET HASTINGS
Selecciones del Readerñs Digest
Febrero de 1946
Aun en los primeros meses de 1945, cuando la guerra estaba en su período de mayor interés, el salvamento de una cabo del cuerpo auxiliar femenino y dos miembros del ejército norteamericano, que habían caído en una de las más remotas selvas de la Nueva Guinea cuando su avión se estrelló, fue una noticia de excepcional sensación a la que dieron puesto de preferencia todos los periódicos. La historia del trágico accidente y de los 47 días en el misterioso Valle escondido, es relatada aquí por la heroína de esta aventura que supera a la más extraña y dramática de las ficciones.
 UNA MUJER EN SHANGRI-LA

El domingo 13 de Emayo de 1945, fue un  día muy    especial para la escuadrilla aérea del lejano oriente que estaba prestando servicio en la Nueva Guinea holandesa. Ocho de las que pertenecíamos al cuerpo auxiliar femenino, íbamos a dar un vistazo desde el aire al Valle escondido, una especie de Shangri-La, situado en el remoto corazón de la selva, y al que mon-tañas enormes aislaban por completo del mundo. Todos los aviadores que habían volado sobre aquel misterioso paraje contaban de él cosas fantásticas. Sus moradores tenían talla de gigantes. Eran cazadores de cabezas y antropófagos. Sus tierras, cuidadosamente cultivadas, estaban cubiertas, por una vasta red de canales de riego. Todas las mujeres eran beldades de piel oscura.
Yo fui la primera persona que subió al enorme avión C-47 que iba a llevarnos.
Avancé a lo largo del pasillo y fui a ocupar el asiento delantero immediato a la cabina de los pilotos. Pero como desde allí no veía muy bien a través de la ventanilla, resolví cambiarme a la parte de atrás, y me senté junto a la portezuela, en el último asiento. Este simple capricho fue indudablemente lo que me salvó la vida. Momentos después, la sargento Laura Besley, ocupó el asiento fronterizo al mío. La saludé con un guiño. Era una excelente camarada—morena y bonita—con la que habíamos salido varias veces, cada una acompañada por un amigo. Eleanor Hanna, soldado de primera clase, vino a sentarse, presurosa y alegre, junto a ella. «¡Lo que vamos a divertirnos!», gritó tratando de dominar el trueno de los motores.
Entre los hombres que empezaron a llenar el avión—muchos de los cuales me eran extraños—reconocí al sargento Kenneth Decker. Pocas semanas antes había rehusado salir con él una tarde. (Nunca dejó de recordarme aquel desaire, ni siquiera cuando estábamos presos en el valle.) Los dos últimos en entrar fueron el teniente John S. McCollom de veintiséis años, y su hermano gemelo, Robert, teniente también, a quienes llamaban «los inseparables». Para entonces el avión estaba ya cargado hasta su máxima capacidad con ocho mujeres del cuerpo auxiliar y 16 hombres, incluyendo la dotación. Uno de los gemelos. Roben, encontró asiento adelante. Pero John no pudo acomodarse allí.
Podría compartir esa ventanilla con usted? preguntó.
—Seguro  que sí—le contesté compla-
Dios lo tomó de la mano, lo mismo que me había tomado a mí.
ASCENDIMOS RÁPIDAMENTE hasta pasar  por sobre los montes Oranje, una imponente cadena cubierta de tupidos bosques. El día era bello y claro. Abajo, las copas de los árboles fingían un mullido edredónde plumas verdes. Si uno cayera allí—iba pensando yo—no se haría daño. En 55 minutos llegamos al Valle escondido, y el avión empezó a descender hasta que estuvimos a no más de 91 metros sobre los ricos campos primorosamente cultivados. Pasamos por sobre un grupo de chozas redondas con techo de paja, y empezamos luego a subir de nuevo, con rumbo hacia el paso de las montañas.
De pronto sentí que John McCollom daba un salto violento. Miré hacia abajo. El avión iba rozando la copa de los empinados árboIrs.
—¡Dele altura y salgamos de aquí!— gritó McCollom con toda la fuerza de sus pulmones.
Yo pensé que estaba bromeando. Niremotamente me pasó por la imaginación el pensamiento de que nos hallábamos en peligro. Pero un segundo después, el avión, con espantoso estrépito, chocó contra la ladera de la montaña.
No perdí el conocimiento, pero me es muy difícil    recordar de modo exacto lo que pasó luego. Sentí de pronto como si fuera rebotando, rebotando, rebotando. Explosionsn sucesivas que semejaban un rápido cañoneo estremecían el aire. Cuando hube dado el último rebote me apercibí de que alguien me tenía violentamente agarrada por la cintura con ambos brazos. Ya el fuego empezaba a chamuscarme la cara y el cabello. Yo había oído decir que en los trances críticos uno puede sacar fuerzas de donde no las tiene. Ahora sé que eso es cierto. Mi peso no es mayor de 45 kilos, y sin embargo, logré libertarme de aquel cerco poderoso que me sujetaba, Ya gatas o arrastrándome—no sé cómo—huí de las llamas.
Parece increíble, pero entre aquello y el choque del avión no habían alcanzado a transcurrir más de 30 segundos.
—¡Dios santo!... Margaret Hastings!... —gritó alguien cuando conseguí ponerme en pie. Era John McCollom, sin un rasguño en su persona. El hecho de que estuviéramos en la parte de atrás, y que la cola se hubiese separado del resto del fuselaje, nos salvó la vida.
Antes que pudiéramos hablar una palabra más oímos el único grito que salió del avión en llamas: el grito de una mujer pidiendo auxilio. McCollom corrió allí y con arrojado esfuerzo logró sacar a rastras de aquel infierno a una muchacha. En menos de un segundo regresó al avión y trajo a otra. Eran las dos compañeras del cuerpo auxiliar que venían sentadas frente a mí.
En aquel momento, del lado derecho del avión vimos salir a un hombre que avanzó hacia nosotros. Tenía, a través de la frente, una horrible herida que le dejaba descubierto el cráneo. La sangre le había pegado todo el cabello a la cabeza. Era el sargento Deeker. La repentina aparición de un ser sobrenatural no nos hubiese dejado más atónitos. Se detuvo ante nosotros tambaleándose como un ebrio, mientras repetía entre dientes una y otra vez: «Bonito modo de celebrar un cumpleaños». Más tarde supimos que aquel domingo cumplía Decker treinta y seis años.
—Hastings, ¿no puede usted hacer algo por las muchacha
 pregunta de McCollom, que tenía toda la fuerza de un mandato, me rehizo en parte de la conmoción que me había mantenido casi rígida. Las dos muchachas estaban tendidas una al lado de la otra. Aunque yo nunca había visto morir a nadie, me di cuenta de que Eleanor Hanna estaba agonizando. Laura Besley, no parecía tener sino las manifestaciones naturales del choque nervioso.
El fuego estaba extendiéndose y teníamos que llevarlas a otro sitio sin perder un instante. McCollom tomó a Eleanor en los brazos y nos encaminamos hacia un peñasco de poca altura situado a 25 metros de allí—una distancia enorme en la selva—. Avanzamos difícilmente por entre el indescriptible caos de árboles rotos y maleza aplastada que formara el avión al caer ladera abajo. Me di cuenta entonces de que estaba sin zapatos y de que el pie derecho me sangraba por una profunda cortadura. Más adelante descubrí que tenía varias quemaduras en ambas piernas. El fuego me había dejado sin la mitad del cabello, y el lado izquierdo del rostro era una sola ampolla. Pero ni Decker ni yo sentimos dolor alguno hasta que las quemaduras no empezaron a infectársenos.
El sitio en que habíamos caído se hallaba a 2500metros de altura; naturalmente, estábamos ya helados hasta los huesos. Y como si aquello no fuese bastante tormento, la diaria lluvia de Nueva Guinea empezó a caer entonces, empapándonos sin misericordia. McCollom hizo varios viajes al avión para ver si podía salvar algo de las llamas. Ni una sola vez nos habló de la horrible pena que lo afligía. En aquella pira funeral estaba su hermano gemelo, Robert.
Encontró varias balsas de emergencia y las despojó de todo cuanto pudiera sernos útil: enormes encerados amarillos, pequeños botes de agua potable, latas de caramelos y un estuche de señales. Cubrió a las dos muchachas con uno de los encerados, dio a Eleanor una dosis de morfina, y luego, exhausto ya, se metió, casi arrastrándose, debajo de otro encerado, junto con Decker y conmigo. Yo creo que se necesita haber experimentado el horror de un accidente como el nuestro, para comprender con toda exactitud que en tales circunstancias no éramos dos hombres y una mujer. Éramos solamente tres seres humanos a quienes unía una desesperada voluntad de vivir.
Cuando empezaba a romper el día,.McCollom se acercó a las (los muchachas y estuvo arrodillado al pie de una de ellas por breves momentos. Luego se volvió hacia nosotros para decirnos en voz baja: «Eleanor murió». No hablamos, ni pudimos llorar. McCollom la envolvió cuidadosamente en un encerado y la colocó al pie de un árbol. Era todo cuanto se podía hacer.

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