sábado, 11 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- — ¡Tierra! ¡tierra!

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
ESPAÑA
1889 
Pocos momentos después retumbó un cañonazo, 
y desde las bordas de la Pinta gritaba su tripulación 
con delirante entusiasmo: 
— ¡Tierra! ¡tierra! 
. Con efecto, transcurridas dos horas, empezó á ad- 
vertirse el crepúsculo matutino, yá sus pálidos refle- 
jos advirtieron la presencia de una isla. 
Esta vez no podían imaginarse que era un efecto 
óptico. 
Hallábanse demasiado próximos, y la hora no era 
oportuna para semejantes refracciones. 
El almirante. Pinzón y Vicente Yáñez, mandaron 
acortar las velas, comprendiendo que era convenien- 
te esperar la aurora. 
340 EL JURAMENTO 
Es indescriptible la alegría que brotó en todos los 
corazones. 
El genovés no los había engañado. 
Tras un viaje tan largo como penoso, descubrían 
países que, sin duda alguna, eran centros de riquezas 
que explotarían, colmando su ambición. 
Las lágrimas se convirtieron en sonrisas. 
Todos estaban radiantes de alegría. 
— ¿Qué decís ahora? — preguntó Garcés á Fabricio. 
— Pues os sostengo — respondió con gran sereni- 
dad — que la empresa ofrecía muchas dificultades, 
pero que nunca dudé que se realizase. 
— ¿Tenéis el atrevimiento de decir ahora lo contra- 
rio que tantas veces habéis sostenido? , 
¿No motejabais de loco al almirante? 
— Guárdeme Dios de haber cometido semejante 
imprudencia al tratarse de una persona tan sabia. 
El paje se sonrió. 
Era imposible discutir con el lego. 
Cuando se encontraba muy apurado por las chan- 
zas de los marineros, concluía sus discursos con es-
tas palabras favoritas: 
— Señores, ya os he dicho más de una vez que de 
sabios es cambiar de ideas. 
Los cárdenos rayos del sol se encargaron de con- 
vencer á los tripulantes que la isla no era ilusoria. 
Tenía algunas leguas de circuito, era muy llana, y 
hallábase cubierta de una rica alfombra de verdura. 
Sus árboles, cuajados de frutos desconocidos, exci- 
taban la codicia de los que los contemplaban. 
DE DOS HÉROES. 341 
De sus espesos bosques salieron multitud de seres 
humanos. 
Estos hallábanse completamente desnudos, y fija- 
ban con asombro sus ojos en las carabelas. 
Millones de pintadas avecillas posábanse sobre los 
árboles. Parecían piedras preciosas al sentirse heri- 
das por los rayos del sol. 
¡Qué dulce alegría la que experimentaron los ma- 
rineros! 
Hacía dos meses y medio que no se presentaban 
ante sus ojos más que las monótonas perspectivas 
del agua y el cielo. 
Iban, por fin, á posar su planta en aquellas regio- 
nes vírgenes. 
¡América! 
Parecía una perla engarzada en un manto de za- 
firos. 
Se botaron las lanchas. 
Colón, al saltar en tierra, hincó la rodilla en el 
suelo y oró. 
Los marineros le imitaron. 
Terminada la oración, el genovés clavó en la are- 
na de la playa el estandarte de Castilla. 
Aquella isla recibió el nombre de San Salvador. 
El almirante cambiaba sus abrazos con D. Diego 
y los Pinzones, que se hallaban llenos de gozo. 
También el paje Garcés recibió la honra de que 
estrechase su mano entre las suyas, como deferencia 
á la fidelidad que, contra su costumbre, le había 
guardado. 
Aquellos que, como Pablo, trataron de servir de 
remora para el buen éxito de la empresa, pidiéronle 
perdón. 
— No hablemos más de ese asunto — respondióles 
el almirante; — desde este momento, ya sabéis que soy 
 el virrey de la isla en que nos encontramos; procu- 
rad cumplir con vuestros deberes, y echemos un 
velo sobre el pasado. 
Vuestra desconfianza era natural; sin embargo, 
ahora que estáis convencidos de la verdad, os exijo 
que todos caminemos á un mismo fin. 
Este debe ser el engrandecimiento de nuestros 
monarcas y el propio nuestro. 
Un unánime grito de aclamación fué la respuesta 
que los marineros dieron al almirante. 
CAPITULO XXXV. 
Deserción de la Pinta. 
En tanto que Colón y sus compañeros llevaban á 
cabo el acto de toma de posesión, á nombre de los re- 
yes de Castilla, de la isla en que acababan de desem- 
barcar, los habitantes de aquella recién descubierta 
región, ocultos en las espesuras de la selva, sentíanse 
llenos del mayor cuidado. 
Al divisar los buques, tomáronlos por monstruos 
marinos abortados del seno de las aguas, creyendo 
que sus blancas velas eran poderosas alas que des- 
plegaban ó recogían á su antojo. 
En esta creencia, cuando vieron á Colón y sus 
compañeros dirigirse hacia tierra en los botes de la 
escuadra, acogiéronse llenos del mayor estupor al 
resguardo de sus bosques. 
Pero pasadas las primeras impresiones del miedo 
y al ver que ni les molestaban ni les perseguían, los 
más curiosos y los más osados empezaron á dejarse 
ver desechando gradualmente su terror, después em- 
pezaron á acercarse á ios españoles haciendo grandes 
344 EL JURAMENTO 
reverencias y arrodillándose delante de ellos en señal 
de adoración. 
Cuando se disipó por completo su miedo, aproxi- 
máronse á los expedicionarios y, llenos de la mayor 
admiración, les tocaban las barbas y las manos 
asombrados de su blancura. 
Los colores de los trajes y, sobre todo, el brillo de 
los arneses y de las armas, hirió tan poderosamente 
la imaginación de aquellos sencillos habitantes, que 
creyeron que los expedicionarios eran seres maravi- 
llosos bajados del cielo. 
Si grande era la curiosidad de los indios, no era 
menos la que ellos despertaban en los españoles. 
Estos admirábanse de ver á los isleños, cuya raza 
era diferente en todo á las de los demás hombres 
que ellos conocían. 
Su apariencia no revelaba ni civilización ni rique- 
zas, pues iban enteramente en cueros y pintados de 
varios colores. 
Algunos teñíanse sólo una parte de la cara, la na- 
riz ó los parpados, y otros extendían este ornato por 
todo su cuerpo, adquiriendo con él un aspecto fan- 
tástico y salvaje. 
Su color era cobrizo y sus rostros encontrábanse 
enteramente desprovistos de barbas. 
Sus cabellos eran lisos y ordinarios, cortados por 
cima de las orejas, dejando algunos mechones por 
detrás, que les caían por los hombros y espaldas. 
Sus facciones eran regulares, sus frentes elevadas 
y sus ojos negros y hermosos. 
DE DOS HÉROES. 345 
Su estatura era mediana, pero bien formados. 
La mayor parte de ellos parecían de menos de 
treinta años, encontrándose sólo una hembra desnuda 
como los hombres, pero más joven y de bellísimas 
formas. 
Colón supuso que había desembarcado en una isla 
de la extremidad de la India, y por este motivo nom- 
bró á los naturales de aquella región con el califica- 
tivo de indianos, que fué adoptado generalmente an- 
tes de conocerse la verdadera naturaleza del des- 
cubrimiento.
 Aquellos isleños eran de carácter pacífico, no usan- 
do más armas que unos bastones que les servían de 
ianzas, con una de sus puntas endurecida al fuego. 
El uso del hierro les era desconocido. 
Colón distribuyó entre ellos gorros de colores, 
cuentas de vidrio, cascabeles y otras bagatelas. 
Estos dones recibíanlos como joyas inestimables, 
poniéndose las cuentas al cuello y quedándose absor- 
tos de placer con el sonido de los cascabeles. 
Durante todo el día permanecieron los españoles 
en la costa, descansando de su penoso y dilatado viaje 
á la sombra de las frescas arboledas. 
Cuando empezó á declinar la tarde, Colón mandó 
recogerse á bordo, lo que hicieron todos llenos de ale- 
gría y satisfechos de todo lo que habían visto. 
Al amanecer del día siguiente, la playa encontrá- 
base llena de indios. 
El miedo que sintieron en un principio había des- 
aparecido por completo, y hubo muchos que, im- 
pacientes por ver á los expedicionarios, arrojáronse 
al mar nadando en dirección á los bajeles. 

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