viernes, 10 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- La Niña, La Niña, la Pinta y la Santa María

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
CAPITULO XXVIII. 
Una averia. 
Transcurrieron algunos días. 
La tripulación de las carabelas, á medida que se 
alejaban del país natal, advertía que la desconfianza 
aumentaba en sus corazones. 
Sólo el Almirante, los hermanos Pinzón y Garcés 
conservaban su inalterable sangre fría. 
Tampoco dudaba D. Diego Enríquez de las supo- 
siciones de Colón al creer en la existencia de un 
nuevo mundo, pero sí que aquellos desconfiados ma- 
rineros sufriesen resignadamente tan larga travesía. 
Pocos días debieran faltar para que los buques 
descubriesen las islas Canarias. 
Gómez Rascón y Cristóbal Quintero disponíanse á 
poner en práctica su estratagema. 
Una mañana advirtió Garcés en el horizonte al- 
ft gunas pequeñas nubes rojas. 
Hernando las contemplaba con mirada siniestra. 
— ¿Qué ocurre? — preguntó el paje. 
— Ocurre — respondióle el interpelado — que no han 
272 EL JURAMENTO 
de pasar muchas horas sin que el huracán azote 
nuestras velas con sus poderosas alas. 
— Bien, casi estoy por decirte que lo celebro, em- 
pezaba á cansarme de la monotonía del mar. 
— Claro se advierte que no has presenciado nin- 
guna borrasca, de otro modo no dirías eso. 
— ¡Quién sabe! 
He sabido vencer obstáculos que se oponían á mi 
paso, y éstos eran tan poderosos como puedan serlo 
las ondas irritadas. 
— Mira, mira al almirante cómo dirige su anteojo 
hacia aquel punto del horizonte. 
Con efecto, empezaban á advertirse á largos inter- 
valos algunas rachas huracanadas procedentes del 
Norte. 
Colón cambió algunas palabras con el piloto Ruiz 
y luego dio ordenes para que se tomasen algunos ri- 
zos en las velas. 
Las nubéculas rojas fueron adquiriendo un color 
ceniciento, y se aproximaban extendiéndose por la 
inmensidad. 
El mar, que momentos antes se hallaba tranquilo, 
agitó su seno, y las ondas se precipitaron sobre las 
carabelas como titanes. Al estrellarse contra aquellos 
diques flotantes arrojaban montañas de hirviente es- 
puma. 
Un momento después casi todas las velas estaban 
amainadas. 
El viento gemía en las jarcias. 
El movimiento de las naves era horrible. 
DE DOS HÉROES. 273 
Ilumináronse los palos por el fuego de Santelmo, 
lo que el lego Fabricio consideró como un aviso de 
Dios, y oyóse el eco del trueno repercutido por aque- 
llas vastas soledades. 
Los marineros trepaban por las cuerdas y los 
mástiles con esa agilidad propia de su profesión, que 
sólo es comparable á la que tienen los cuadrumanos. 
El cielo, completamente cubierto por densos nuba- 
rrones, abríase á cortos intervalos y brillaba el rayo^ 
esa firma con que Dios rubricó la gran obra del uni- 
verso, como dice uno de nuestros poetas contem- 
poráneos. 
Todos los marineros estaban sombríos. 
No hay valor que no se sienta avasallado en pre- 
sencia de la Naturaleza irritada. 
La Santa María, que era la que bogaba delante, 
alzábase á veces hasta las nubes, hundíase otras en 
los profundos remolinos de agua. 
Crujía su quilla, estremecíase la obra muerta, pero 
siempre lograba vencer los obstáculos, gracias á los 
rápidos movimientos que imprimía al timón su go-. 
bernante el impávido piloto Sancho Ruiz. 
La Pinta habíase separado á una buena distancia. 
No era posible evitarlo. 
Cada capitán procuraba cuidarse de su buque y 
no de caminar juntos. 
Verdad es que tanto Martín Alonso como su her- 
mano Vicente Yañez, sabían el punto adonde ha- 
bían de dirigirse, y encontrarse por lo tanto cuando 
se restableciese la calma.
 Nada tan imponente como la tempestad en las lí- 
quidas regiones de un mar tan indómito como el 
Océano. 
Es el titán que pugna por romper su dilatada 
cárcel. 
El monstro que, no satisfecho de las vastas exten- 
siones que ocupa, parece estar codicioso de la tierra. 
Hasta el mismo |Garcés sentíase impresionado en 
presencia de aquel espectáculo, que tenía una gran- 
diosidad incomparable. 
De pronto los tripulantes de la Santa María pali- 
decieron. 
La carabela Pinta hacía inequívocas señales recla- 
mando socorro. 
Habíase desencajado y roto su timón. 
¿Fué este accidente debido á la fuerza del tem- 
poral? 
¿Lo habrían preparado sus propietarios Gómez y 
Quintero? 
Esto quedó envuelto en el más profundo misterio. 
Nunca se supo el origen de aquella importante ro- 
tura. 
Soplaba en aquellos instantes el viento de un modo 
tan poderoso, que era completamente imposible acer- 
carse á la Pinta, 
Colón comprendió que exponía su carabela á cho- 
car con la que mandaba el capitán Alonso. 
En cuanto á la Niña, además de estos peligros que 
igualmente la hubiesen amagado, hallábase á una 
distancia considerable. 
DE DOS HÉROES. 275 
Decidióse pues el genovés á hacer señas á la nave 
para que el capitán hiciera esfuerzos y reparase pro- 
visionalmente la rotura. 
No era necesario este consejo; pues Martín Alonso, 
que era un bravo marino, apresuróse á asegurar con 
cuerdas el timón. Sus esfuerzos fueron inútiles al 
principio, pero con tanta fe trabajaba la gente, que 
consiguieron su objeto. 
por fortuna el huracán fué cesando gradualmente 
y la mar quedóse tranquila. 

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