lunes, 6 de febrero de 2017

EL JURAMENTO-CRISTOBAL COLON- 6

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 CAPITULO PRIMERO 
Donde un amigo aviva la fe QUE SE APAGA EN EL CORAZÓN DE OTRO.
 . Mientras las huestes cristianas se preparaban con 
entusiasmo á nuevas conquistas, había un solo hon- 
bre entre ellas que no tomaba parte en la alegría ge- 
neral. 
Este era Cristóbal Colón. 
Siempre abstraído en descubrir el Nuevo Mundo, y 
viendo que el tiempo pasaba sin que fray Fernando 
de Talavera hubiese hecho absolutamente nada para 
conseguir la audiencia que reclamó de los augustos 
monarcas, cada instante le parecía un siglo. 
Sólo había un recuerdo que le seguía obligando á 
permanecer en España. 
Eran sus amores con la hermana de D. Diego 
Enríquez. 
Este, que tenía una fe ciega en los proyectos de 
Colón, aunque casi todos le calificaban de loco y vi- 
sionario, procuraba infundirle esperanzas. 
La impaciencia del genovés aumentábase conside- 
rablemente al ver á los reyes. 
6 EL JURAMENTO 
Muchas veces estuvo tentado de acercarse á doña 
Isabel, y prescindiendo de las exigencias de la eti- 
queta, recordarla el asunto que fray Fernando de 
Talavera la había iniciado, aunque con el poco calor 
del hombre que desconfía del éxito. 
Don Diego se opuso á que lo verificara. 
— Lo que pretendéis, le decía, es seguro que diera 
lugar á la censura de los nobles. 
Lo que os conviene es hablar con la reina por los 
trámites legales. 
Cualquier pormenor, por insignificante que pa- 
rezca, puede destruir los nuevos propósitos que os 
guían. 
— ¿De manera que es necesario esperar aún? 
¿No comprendéis que Talavera oyó mi proyecto 
con desdén, y que sus impresiones se reflejarán en 
el ánimo de la soberana? 
No quiero esperar. 
Por mejor decir, ya no puedo. 
Yo sé que más allá del Océano hay un nueva 
mundo. 
Ofrezco su posesión á unos reyes cuyas arcas están 
vacías. 
Les hago dueños de un descubrimiento que cons- 
tituiría el más hermoso florón de su corona. 
Sin embargo, aun permanecen rehacios. 
¿Qué debo hacer? 
Hablarles, decirles las bases en que apoyo mi 
creencia, y si me motejan de loco, como los demás^ 
partir á otra nación. 
DE DOS HÉROES.  
Todo lo admito menos abandonar mis propó- 
sitos. 
He nacido pobre, y por eso reclamó la cooperación 
de los otros. 
Por lo demás, tal confianza me inspirad proyecto, 
que no dudaría en ponerlo en práctica por cuenta 
propia si poseyese recursos para verificarlo. 
Después de todo, ¿qué es lo que exijo? 
Tres naves, una tripulación decidida que tenga 
absoluta fe en mis palabras, y los víveres necesarios. 
A cambio de este pequeño sacrificio yo les entrego 
un mundo después que acepten las condiciones que 
les imponga. 
Estas no han de ser exageradas. 
Yo aspiro á la gloria más que al lucro. 
Don Diego, que escuchaba cuidadoso á su amigo, 
le dijo: 
Colón, yo os prometo que haré en vuestro favor 
cuanto sea posible. 
No dudo que lo que decís es cierto. 
Los cielos no pueden ser un toldo que cubre la 
tierra, como afirman algunos de nuestros astrólogos. 
Es más natural que el mundo sea esférico, como 
sostenéis. 
En ese caso la tierra está incompleta. 
Hay más allá del Océano un vasto continente, al 
que nunca llegaron nuestras miradas. 
La teoría no puede ser mas lógica. 
Ya que fray Fernando de Talavera lo ha conside- 
rado una utopia y se opone á hablar á los monarcas 
8 EL JURAMENTO 
con el fuego que requiere el asunto, yo buscaré per- 
sona que inñuya en sus ánimos. 
— ¿A quién? — preguntó el marino. 
— Según me han asegurado ayer, el cardenal Men- 
doza, arzobispo de Toledo y confesor de la reina, 
debe llegar á aquí en un breve plazo. 
Una pequeña indisposición le impidió acompañar- 
los, como lo hace siempre. 
Ya sabéis el prestigio que tiene este santo varón 
sobre doña Isabel y D. Fernando. 
Es hombre de reconocido talento, y casi me atre- 
vería á deciros que ha de hacerse solidario de vues- 
tras ideas. * 
Si no me equivoco él nos prestará su poderosa 
ayuda. 
Habladle, decidle las razones teóricas en que fun- 
dáis vuestra creencia de que existe un vasto conti- 
nente más allá del Atlántico, y ninguno como él 
puede influir para que los monarcas hagan los sa- 
crificios financieros que se necesitan. 
  ¿Y creéis que el cardenal querrá escucharme? 
 ¡Cómo no! 
Don Pedro González de Mendoza es muy erudito, 
y le place todo aquello que se relaciona con la ciencia. 
—Temo que ese señor tenga alguna susceptibili- 
dad religiosa — dijo el genovés. 
— No os comprendo. 
¿Acaso descubrir ese mundo y hacer que las razas 
que le habiten doblen la rodilla ante el verdadero 
Dios, es un atentado contra el dogma cristiano? 
DB DOS HÉROES. 9 
— Ciertamente que no. 
Pero habéis olvidado que cuantos sabios defienden 
la redondez de la tierra han sido calificados de locos, 
sobre todo por nuestros sacerdotes. 
Mentira parece que esta respetable clase se opon- 
ga á todas las ideas de progreso. 
— Si mi propósito se realiza algún día, el mundo 
será mayor, y cuanto más dilatados sean sus límites, 
más pueden ensancharse nuestras conquistas. 
— Es cierto, Colón — respondió el joven Enríquez, 
dejándose llevar del noble entusiasmo del marino. 
¡Qué gloria no sería para vos descubrir ese conti- 
nente, cuya existencia no sospecharon las pasadas 
generaciones! 
¡ Ah! Ya se me figura vernos en una de las carabe- 
las que constituyan vuestra escuadra, con los ojos 
fijos en el horizonte, mientras las ondas besen el cas- 
co de la nave. 

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