jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-94

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Moro hubo que, haciendo inaudito alarde de valor 
y de buen jinete, salió de Granada, y cruzando las- 
filas del ejército adversario, clavó su lanza junto á la 
tienda de la reina, sin que le hirieran los dardos nr 
el plomo de sus enemigos; pero cansado Hernán Pé- 
rez de estas demostraciones que acusaban un cora- 
zón mejor templado que el acero, dirigióse una no- 
che favorecido por las sombras á los muros de la 
ciudad, y asaltándolos con unos cuantos valientes^ 
llegó hasta la mezquita mayor, en una de cuyas puer- 
tas dejó clavado un pergamino con su puñal, en eí 
que se leía escrito con gruesos caracteres la siguiente 
enseña: 
¡Ave María! 
Algunos caudillos sarracenos medíanse con los ca- 
balleros cristianos en lucha personal, pero la verdad 
es que todavía no se habían roto las hostilidades de- 
finitivamente. 
Sólo algunos exaltados lanzábanse fuera de los 
muros, no pudiendo tolerar la proximidad de sus 
enemigos en la vega, ó éstos decidíanse á acercarse 
para ver las risueñas perspectivas de aquella ciu- 
dad de jardines, cuyas flores embalsamaban el am- 
biente. 
La reina, que había oído ponderar sus encantos, 
sintió deseos de apreciarlos por sí misma, y los ma- 
nifestó al marqués de Cádiz. 

Este apresuróse á complacerla, pues si bien no ig- 
noraba que el deseo de la noble señora podía dar 
origen á que las hostilidades se rompiesen de un 
modo franco, no era esto lo que menos deseaba. 
Púsose en movimiento una parte del ejército para 
acompañarla á la Zubia, pueblo que se hallaba si- 
tuado sobre una colina. 
Los abencerrajes ya no pudieron contener por más 
tiempo el rencor que devoraba sus corazones, y sa- 
lieron de la ciudad con algunas pequeñas piezas de 
artillería. 
Sus disparos fueron certeros, ocasionando algunas 
bajas en los cristianos. 
Entonces el marqués de Cádiz, no pudiendo con- 
tener su indignación, lanzóse al valle seguido de los 
suyos y de la valerosa hueste de Gonzalo de Cór- 
doba. 
Por pronto que quisieron huir los muslimes, las 
armas cristianas se cebaron en ellos, y quedaron en 
aquellos verdes valles multitud de cadáveres. 
Los que pudieron escapar acogiéronse nuevamente 
en Granada. 
Entonces el de Cádiz dio orden á las tropas para 
volver al campamento, pero Gonzalo de Córdoba se 
aproximó y le dijo: 
— Tengo que pediros un señalado favor. 
— ¿Qué puedo negarle al más bravo de mis capi- 
tanes? 
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90 EL JWRAMENTO DB DOS HÉROES. 
— Esta noche volverán esos perros á este sitio con 
objeto de recoger los cadáveres de sus compañeros y 
darles sepultura. 
— Seguramente. 
— Deseo quedarme en emboscada para completar 
su derrota. 
— Gonzalo, no seáis loco, 
¿No os halláis satisfecho con la victoria obtenida? 
— Esas cosas no satisfacen nunca hasta el punto 
de llenar el alma. 
— Sea como queráis, pero... 
— No temáis por mí. 
— ¿Y si los enemigos os superan en número? 
— Poco importa si no exceden en valor. 
El marqués estrechó la mano del joven paladín, y 
transcurrido un instante volvióse hacia el campamen- 
to, adonde los reyes habían regresado. 
CAPITULO XI. 
Favor con favor se paga. 
Dos horas después ocultábase el sol tras los eleva- 
dos picos de la sierra. 
Después de una breve lucha de la luz y la sombra 
combinadas en un misterioso crepúsculo, extendió la 
noche sus negras alas. 
Nad tan imponente como su fatídico capuz. 
Los árboles perdieron sus contornos semejando 
misteriosos espectros, y las montañas, ennegrecidas 
fpor las sombras, parecían gigantes que amenazaban al 
mundo con sus empinadas crestas. 
A la tibia claridad de algunas estrellas que se aso- 
maron en las nubes, descubríanse en la llanura los 
cadáveres de los moros. 
No tardaron en cernerse sobre ellos las negras aves 
de rapiña, mientras oíase en la serranía el estridente 
aullido dú lobo que venteaba el olor de la carne 
muerta. 
En lo más recóndito del bosque permanecía Gon- 
92 BL JURAMENTO 
zalo de Córdoba y un centenar de sus valerosos sol- 
dados. 
El paladín había cubierto la cabeza de su corcel pa- 
ra que no relinchara al descubrir los caballos de los 
enemigos. 
Extrañas ideas pasaban por su mente en medio de 
aquellas pavorosas soledades, y ya empezaba á arre- 
pentirse de no haber seguido los prudentes consejos- 
del marqués de Cádiz. 
Confiaba, sin embargo, en su valor y en los efectos 
de la sorpresa que preparaba á los sarracenos. 
Cien veces peor hubiese sido dirigirse al campa- 
mento á semejantes horas, pues entonces lo probable 
era que tropezaran con la hueste enemiga, que nece- 
sariamente tenía que dirigirse á los alrededores de 
la Zubia por la vasta extensión de la vega. 
Gonzalo calóse la visera de su casco, preparó su 
lanza y, acariciando las crines de su bruto cordobés 
decidióse á aguardar á sus adversarios. 
El más pequeño rumor hacíales presentir la lle- 
gada de éstos. 
Verdad es que durante el silencio de la noche toda 
tomó proporciones gigantescas. 
La más ligera proyección adquiere la figura de un 
espectro, el tenue rumor que produce en el aire el 
ala de un insecto, parécenos el de un águila. 
Es la hora de los trasgos y los vestiglos, en que 
recordamos esas misteriosas consejas con que nues- 
tras madres entretenían nuestras infantiles imagina- 
ciones.- 
DB DOS HÉROES. 93 
Sin embargo, de pronto llegaron á sus oídos ecos 
que no podían confundirse. 
Eran ocasionados por la proximidad de la hueste 
muslímica. 
El ruido de los cascos, el crujido de los arneses y el 
eco de las voces que llegaban confusamente hasta el 
bosque, les anunciaron que el momento de obrar era 
llegado. 
En un castillo que se hallaba próximo brilló una 
luz, y á través de la celosía de la ojiva dibujóse el 
vago contorno de una mujer. 
Acosada indudablemente por la curiosidad, había 
querido ver desde su mansión la hueste sarrace- 
na que iba en busca de los cadáveres de sus her- 
manos. 
Gonzalo de Córdoba la contempló un instante, 
aunque el espeso enrejado y la distancia le impedían 
apreciar las facciones de la joven. 
Muchos debían ser los que se aproximaban, á juz- 
gar por el ruido que hacían. 
Un momento después pudieron convencerse de 
que no se engañaron en esta apreciación. 
 Aparecieron unos cien jinetes que semejaban otros 
tantos fantasmas, dando pábulo á este efecto los 
blancos alquiceles que flotaban al viento. 
Todos dirigieron sus siniestras miradas hacia los 
cadáveres que se hallaban sobre la verde extensión 
de los valles. 
Estos parecían un ejército dormido que iba á le- 
vantarse á la llegada de aquellos caritativos abence- 
94 BL JURAMENTO 
rrajes que, aventurándose entre las sombras, trata- 
ban de darles honrosa sepultura. 
Gonzalo de Córdoba, aunque comprendía la su- 
perioridad del número de sus enemigos, no vaciló en 
acometerlos. 
Era demasiado pundonoroso para no preferir la 
muerte á la mofa que de él harían sus compañeros 
cuando supieran que había estado muy próximo á 
los moros sin atacarlos. 
Aseguróse en la silla, aflojó las riendas, y clavando 
las espuelas en los ijares del corcel, salió al llano se- 
guido de los suyos. 
Confiaba, como ya hemos dicho, en sorprender á 
sus enemigos, pero esto no se verificó. 
Don Beltrán de Meneses, que acaudillaba á aquella 
hueste mora, sospechando que los cristianos pudie- 
ran haberle preparado una emboscada, dispuso que 
una parte de su fuerza quedase como de reserva para 
acudir en su socorro en caso necesario. 
Horrible fué la lucha. 

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