miércoles, 8 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-66

 EL JURAMENTO DE DOS HEROERS
JULIAN CASTELLANOS Y VELASCO
TOMO SEGUNDO
MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE ALVAREZ HERMANOS 
ESPAÑA
1889 
 
Apenas penetraron en la angosta vereda, cayó so- 
bre ellos un diluvio de piedras y saetas, mientras los 
cañones vomitaban desde el castillo sus enormes pro- 
yectiles de roca y de hierro. 
Los castellanos no retrocedían sin embargo, y ca- 
minaban impávidos hacia las alturas que ocupaban 
las huestes sarracenas. 
Llegó un momento en que los enemigos se jun- 
taron. 
ntonces el combate fué espantoso. 
Los hombres luchaban cuerpo á cuerpo y brazo á 
brazo. 
Tan rudas eran las embestidas de la hueste del 
marqués de Cádiz, que los sarracenos, á pesar de 
sus buenos propósitos, se vieron en la necesidad de 
ampararse en el castillo. 
Entonces empezaron á funcionar las gruesas lom- 
bardas de los cristianos, que consiguieron abrir una 
brecha en uno de los muros del arrabal. 
Arrojáronse á ella algunos valerosos caudillos, pe- 
ro con tan desgraciada suerte, que no sólo fueron 
rechazados, sino que saliendo tras ellos una pequeña 
62 EL JURAMENTO 
taifa de montañeses, dieron fin con sus vidas, dego- 
llándolos sin piedad. 
Otros cuantos cristianos, que se decidieron á asal- 
tar uno de los torreones, fueron víctimas por la ex- 
plosión de una mina que con este objeto había pre- 
parado el astuto Zegrí. 
El rey y el marqués de Cádiz comprendieron 
que no se habían equivocado al suponer que Málaga 
había de ofrecerles grandes dificultades para su ren- 
dición. 
Las tropas cristianas empezaban á desalentarse, y 
hubo algunos soldados que se pasaron al ejército del 
islamismo. 
A este estado llegaban las cosas y ya pensaba el 
monarca en desistir de aquella conquista, cuando 
vieron que unos cuantos jinetes se aproximaban. 
Los recién venidos pertenecían á la más elevada 
nobleza de Córdoba, y habíanse quedado junto á la 
reina en el campamento de Modín. 
Supieron todos con sorpresa y satisfacción, que 
doña Isabel, abandonando aquellos tranquilos para- 
jes, llegaría dentro de algunos momentos al teatro 
de la guerra. 
Con efecto, una hora después estrechaba la mano 
de su esposo y saludaba á los valientes paladines 
que se hallaban junto á los muros de Málaga. 
— ¡Viva la reina! — exclamaron los soldados al des- 
cubrirla. 
Colón fué indudablemente uno de los que más ce- 
lebró la llegada de la noble señora. 
DE DOS HÉROES. 63 
Desde luego pensó hablarle de su asunto si se 
conseguía la victoria. 
La presencia de la magnánima señora hizo que 
volviese el brío á aquellos corazones, angustiados por 
las dificultades que ofrecía el asalto. 
Mientras esto acontecía en el campamento de los 
cristianos, un santón, lleno de entusiasmo por la 
bravura con que se había obstinado Hamet en no 
aceptar la capitulación que le ofrecían, comprome- 
tióse seriamente, no sólo á decidir la victoria en fa- 
vor de los moros, sino á terminar la guerra. 
Los fanáticos aplaudieron sus propósitos, no te- 
niendo inconveniente en asociarse á su idea. 
Salieron tras él unos cuatrocientos muslimes en 
dirección al campo enemigo. 
Una de las numerosas avanzadas del marqués de 
Cádiz hizo la señal de alarma, é inmediatamente 
pusiéronse todos sobre las armas. 
La noche había tendido sobre la tierra sus negros 
crespones. 
Gonzalo de Córdoba y y su hueste se encargaron 
de contener á los acometedores. 
De tal manera lo hicieron, que les obligaron á 
apelar á la fuga. 
Sin embargo detuviéronse en presencia del santón, 
que permanecía arrodillado junto á una roca, con 
las manos cruzadas y los ojos fijos en el cielo. 
—¿Qué haces ahí, perro?— le preguntó Gonzalo. 
04 EL JURAMENTO 
Respondióle el moro que acababa de tener revela- 
ciones de Alá, y que antes de morir deseaba hablar 
un momento con los augustos monarcas cristianos. 
El caudillo cordobés, cuya imaginación ardiente y 
fantástica no dejaba de ser un tanto supersticiosa, 
dio órdenes á sus tropas para que le respetaran la 
vida, y le condujo al campamento. 
Grande fué la sorpresa de todos al ver al joven en 
compañía de aquel anciano, cuyas barbas sucias y 
desgreñadas le llegaban hasta la cintura. 
Gonzalo refirió al marqués de Cádiz lo que le ha- 
bía impulsado á respetar la existencia del muslim. 
Este dirigió una mirada á su alrededor, llamando 
desde luego su atención una de las tiendas más lu- 
josas donde doña Beatriz de Bobadilla jugaba á las 
damas con D. Alvaro de Portugal, hijo del duque 
de Braganza, que estaba emparentado con los reyes 
de Castilla. 
El santón creyó que aquel ilustre caballero era 
el rey y que doña Beatriz era la reina. 
Como si el juego le inspirase curiosidad, se fué 
aproximando poco á poco, y sacando de repente 
un puñal, infirió á D. Alvaro una herida en la ca- 
beza. 
Doña Beatriz de Bobadilla lanzó un grito, que fué 
ahogado por el terror que le produjo verse también 
acometida por el sarraceno. 
 Afortunadamente los bordados de su traje impi- 
dieron que el puñal del asesino la hiriera. 
Su muerte hubiese sido segura á no acudir á la 
exclamación de la dama varios nobles, que arrebata- 
ron la existencia de aquel miserable. 
Al siguiente día emprendióse nuevamente el asalto. 
El Zegrí no dejaba de comprender que la resisten- 
cia se hacía muy difícil. 
Los vívers iban escaseando, hasta el punto que 
las madres se veían obligadas á mantener á sus tier- 
nos hijos con hojas de parra y aceite
 Sin embargo, aun persistía Hamet en no rendirse. 
Sabedor el Zagal, que vagaba á la ventura, de la 
triste situación en que se encontraban los malague- 
ños, acudió en su auxilo, pero con tan mala fortuna, 
que su hueste fué destrozada por las tropas de Boab- 
dil, que no perdonaban medio de desprestigiarle, sin 
comprender que de este modo iba á pasos agiganta- 
dos hacia su propia ruina. 
Hamet, no pudiendo soportar las reclamaciones de 
sus vasallos, que llegaban al extremo de caerse muer- 
tos de hambre por las calles, vióse obligado á refu- 
giarse en el castillo de la Alcazaba. 
Entonces las huestes cristianas penetraron en aque- 
lla ciudad que parecía inexpugnable, pero que tuvo 
que ceder al valor de sus escaladores. 
Los reyes no quisieron penetrar en Málaga hasta 
que se hubiese bendecido la mezquita principal, 
donde se cantó un Te-Deum en loor de la victoria 
obtenida. 
— Ha llegado el momento oportuno de tratar de 
66 BL JURAMBNTO DB DOS HBROBS. 
vuestro asunto — dijo el cardenal Mendoza al ge- 
noves. 
— Con efecto — respondió Colón; — no puede encon- 
trarse un día más propicio. 
El ánimo de los reyes debe hallarse satisfecho. 
Han conquistado una de las plazas más fuertes del 
territorio del islamismo. 
Mendoza y Colón quedaron conformes en que 
aquella noche hablarían á doña Isabel del asunto que 
tanto les preocupaba. 

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