martes, 7 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-49

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Fray Pedro y Colón se dirigieron juntos hacia el 
convento de dominicos de San Esteban, donde debía 
hospedarse el genovés. 
TOMO II 
CAPITULO V. 
El Consejo de SalamarLca. 
Transcurridos algunos días, el salón del convento 
de San Esteban presentaba un soberbio espectáculo. 
Sentados en bancos al rededor de la estancia, 
veíanse hombres encanecidos en el estudio. 
Todos aguardan con impaciencia á Cristóbal Colón 
hablando en voz baja sobre el asunto, y exponiendo 
entre ellos sus opiniones. 
La gran mayoría de aquellos ilustres profesores 
eran teólogos. 
Trazaban los matemáticos sus problemas sobre 
viejos pergaminos, ó los geógrafos examinaban sus 
incompletas cartas geográficas. 
De pronto escuchóse un sordo murmullo. 
Cada cual dejó las operaciones que le abstraían 
para fijar sus ojos en la puerta. 
En el dintel acababa de aparecer un criado. 
Este anunció la llegada de fray Pedro Ribera y 
Cristóbal Colón. 
Tras aquel murmullo siguió un silencio sepulcral. 
44 EL JURAMENTO 
Iban á conocer al sabio, según los unos, al loco, 
según los otros. 
Y aunque tan distintos eran los conceptos, no ha- 
bía ninguno que no sintiera curiosidad por ver al 
hombre que tan atrevidamente se determinaba á 
reunirlos en aquella estancia para un asunto de tal 
interés. 
Colón apareció en el dintel. 
Sus mejillas estaban pálidas. 
Sin embargo, conservábase altiva su cabeza y sus 
ojos fijos en los circunstantes. 
Saludó á los sabios con afectuoso respeto, y luego 
fué á sentarse en el sitio que le habían destinado. 
Fray Pedro se colocó junto al genovés. 
Este ilustrado dominico, que desde luego había 
sentido nacer en su alma una gran simpatía hacia el 
extranjero, tuvo ocasión de comprender que no era 
infundada, en las pocas veces que le había hablado. 
La dulzura de los ojos del marino, su verbosidad 
y sobre todo la modestia con que siempre se presen- 
taba, eran más que suficientes para granjearle la es- 
timación de cuantos le veían. 
Colón, después de un leve exordio dirigido á los 
sabios, expuso con claridad extremada cuáles eran 
las bases en que fundaba su creencia de que existiese 
un dilatado continente más allá de las aguas del 
Océano. 
Cuando terminó de hablar, algunos individuos del 
Consejo usaron de la palabra para rebatir sus teorías. 
Aquellos letrados fundaban su dificultad en abri- 
DE DOS HÉROES. 45 
gar semejante creencia, recordando la posibilidad de 
los antípodas en el hemisferio del Sur, de que habló 
Plinio entre doctos é ignorantes. 
También se hicieron citas de San Aguntín y Lac- 
tancio en contra de las proposiciones del genovés. 
Colón no se desconcertó por la desconfianza de 
aquellos doctores, y rebatió con firmeza á sus adver- 
sarios, fundándose principalmente en la figura esféri- 
ca de la tierra. 
Entonces los teólogos le recordaron los textos de 
la sagrada Escritura, alegando que en los salmos se 
dice que los cielos se hallan extendidos sobre la tie- 
rra como una cortina ó como la cubierta de una tien- 
da de campaña, y remontándose á más antiguos 
tiempos, le recordaron la descripción que de los cie- 
los hacía San Pablo en su epístola, comparándole á 
un tabernáculo ó lienzo suspendido sobre la tierra. 
En este caso el mundo debía ser necesariamente 
plano. 
Los geógrafos tampoco se hallaban muy confor- 
mes con la opinión del genovés. 
 Verdad, que no conociendo más que la cosmogra- 
fía de Ptolomeo, mal podían dar crédito á lo que el 
marino aseguraba. 
Hubo, sin embargo, en la reunión, quien sintién- 
dose inflamado por las teorías del genovés, no dudó 
en hacerse solidario de ellas, y atrevióse á decir que 
quizás el célebre astrólogo se hubiese equivocado^ al 
suponer que la tierra estaba fija, y que fuese el sol 
quien girase en su órbita. 
46 BL JURAMENTO 
Estos ilustres filósofos, tal vez presentían que el 
célebre Copérnico iba á derramar algunos años 
después la luz sobre un asunto que tan grandes di- 
sensiones promovía entonces. 
Terminada la primera conferencia, retiráronse 
sucesivamente Colón y los sabios, quedando de 
acuerdo para reunirse tres días después. 
Fray Pedro Ribera rogó á su nuevo amigo que le 
acompañase á su celda. 
— Colón — le dijo cuando se encontraron en ella; — 
no tengo duda de que vuestras teorías son una ver- 
dad susceptible de llevarse al terreno de la práctica. 
Es necesario pues que á toda costa se realice el 
proyecto. 
— Creo que todo depende del informe que den á 
los reyes los miembros del Consejo. 
— Mucho puede influir en los regios ánimos, pero 
aun suponiendo que ese informe fuese desfavorable, 
estoy dispuesto á ir con vos, ó solo si lo consideráis 
más oportuno, al campamento de Modín. 
Yo hablaré á doña Isabel. Ya sabéis el prestigio 
que tenemos con la noble señora los de mi orden. 
—Creo haberos dicho que el ilustre cardenal Men- 
doza me ha dispensado también su alta protección 
en este asunto. 
— Lo sabía. 
También me honro con su amistad, y ambos nos 
pondremos de acuerdo. 
' Después de todo, ¿qué se exige para el plantea- 
miento de este asunto? 
DE DOS HÉROES, 47 
— Tres embarcaciones y los víveres necesarios. 
— ¿Qué significa eso? 
—Nada, cuando se trata de conquistar un nuevo 
mundo que ha de ser un eterno manantial de rique- 
za para nuestras empobrecidas arcas. 
— Y el más hermoso florón de la corona de nues- 
tros reyes. 
Tanta confianza me inspira el proyecto, que no 
dudo en haceros una oferta para facilitarlo. 
El genovés interrogó á fray Pedro con una mi- 
rada. 
— Decid á los reyes de Castilla, que vos no tenéis 
inconveniente en sufragar la octava parte de los gas- 
tos que se originen. 
— Eso es imposible. 
— ¿Por qué? 
— Porque yo no soy más que un oscuro navegan- 
te, y no poseo medios de fortuna. 
— Yo los buscaré para vos. 
El genovés estrechó entre sus manos las del gene- 
roso fraile. 
— ¿Y os atreveríais á exponer vuestras riquezas 
por mí? 
— Desde luego. 
— ¿Tanta confianza os inspira el asunto? 
— No podéis dudarlo, cuando os hago ofrecimien- 
tos tan sinceros. Esta cláusula del contrato que ha- 
gáis, no sólo facilita el negocio, sino que os concede 
más derechos para exigir mayores recompensas el día 
que descubrieseis el nuevo mundo. 
48 BL JURAMENTO 
— ;Ah! sí, fray Pedro, y yo tendría muy en cuenta 
vuestra generosidad. 
— Creed que no lo hago con la esperanza merce- 
naria de utilizarme de los tesoros que poseáis el día 
de mañana. 
Pero ¿no es digno de que se haga un sacrificio por 
un proyecto de la entidad del vuestro? 
Si yo me hallase en el caso de los monarcas, no 
dudaría. Bien poco exponen. 
En cambio las ventajas pueden ser inmensas. 
Guando emprendieron la guerra contra los musul- 
manes, también estaban las arcas vacías. 
Sin embargo, existieron medios para movilizar un 
poderoso ejército en contra del estandarte de la me- 
dia luna. 
Santa y elevada fué la misión; ^pero qué significa 
al lado de la vuestra? Lo que una gota más de agua 
en las inmensidades del Océano. 
Vos habéis tendido vuestras miradas adonde no 
llegaron las de losdemás hombres. 
No os detuvisteis por las declaraciones de la cos- 
mografía, ni por las frases de la Escritura, ni por ha- 
ber sido la befa del estólido vulgo. 
Colón, vuestra es la gloria. 
Llegaréis al límite de vuestros deseos. 
Os repito lo propio que el cardenal Mendoza. 
Sois uno de esos hombres privilegiados, en cuyo 
cerebro ha hecho penetrar el Hacedor uno de sus 
rayos divinos. 
BB DOS HÉROES. 49 
Pocos instantes después, ambos se separaron. 
Transcurridos los tres días, presentóse de nuevo el 
marino en la sala del convento de San Esteban. 
Habían reflexionado los sabios durante aquel bre- 
ve período sobre las proposiciones de Colón, y el 
debate fué, por lo tanto, más enérgico. 
Sin embargo, muchos de los que en la primera 
entrevista habían discutido más vivamente, acabaron 
por asimilarse á sus ideas. 
 El informe que se envió á los reyes de Castilla fué 
poco concreto. 
Unos afirmaban en él que no debían dudar en 
atender á los deseos del marino; otros muchos opina- 
ban que era perder el tiempo de un modo lastimoso. 
F>ay Pedro supo que Colón pensaba salir de Sa- 
lamanca y dirigirse al campamento. 
Mucho sintió no poder acompañarle, como se ha- 
bía propuesto, pero en aquellos instantes era necesa- 
ria su presencia en la ciudad. 
Prometióle, sin embargo, que no dejaría de ir á 
Córdoba ó al teatro de la guerra, según el sitio en que 
se hallasen los monarcas cuando concluyera sus pe- 
rentorias ocupaciones. 
Colón salió algunos días después de Salamanca. 
Casi todas las personas importantes fueron á des- 
pedirle. 
Su propósito era dirigirse al reino granadino, á 
pesar de la promesa que hizo á doña Beatriz de pa- 
sar primero por la antigua corte de los califas. 


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