martes, 7 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2- 37

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
— Aguarda— le dijo con voz tan dulce que parecía 
el grato murmullo que produce la brisa primaveral 
al columpiar las flores. 
Doña Beatriz, caminando sobre la punta de los 
pies para hacer el menos ruido posible, dirigióse á la 
estancia de D. Lope. 
El noble anciano dormía profundamente. 
La joven le observó un instante, y posando sus 
labios sobre su frente exclamó: 
— Padre mío, perdóname si me falta fuerza de vo- 
luntad para resistir á su amor. 
Y esto dicho salió de la estancia, bajó por la esca- 
lera y abrió la puerta. 
Colón aguardaba junto á ella. 
Había comprendido los propósitos de Beatriz. 
El gozo no cabía en su alma. 
Era la vez primera que podía conversar con aque- 
lla mujer, sin que la distancia ó la presencia de algún 
importuno testigo fuera una traba para sus dulces 
expansiones. 
Beatriz llevóse el índice á la boca para indicarle 
que guardase silencio. 
32 BL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Luego condujo al genovés por un espacioso salón, 
en que su padre había colocado multitud de pano- 
plias, donde las armas de todas clases formaban ca- 
prichosas combinaciones con las rotas banderas y los 
brillantes arneses. 
Doña Beatriz estaba trémula. 
Hubiera sido difícil describir el estado en que se 
hallaba. 
Temía y gozaba. 
En cuanto á Colón, bendecía su fortuna. 
Pronto descubriría el vasto continente, que era la 
más dulce ilusión de su existencia, y se hallaba junto 
á la mujer á quien había rendido su alma entera. 
CAPITULO IV. 
Sueño de amor 
La estancia de doña Beatriz era verdaderamente 
encantadora. 
Advertíase en ella el gusto más exquisito. 
La atmósfera estaba embalsamada por las flores 
que, colocadas en bonitas macetas sobre el alféizar, 
recreaban la vista á la par que el olfato. 
Grandes lunas de Venecia suspendidas de las enta- 
pizadas paredes, daban al aposento extraordinaria 
extensión. 
Sobre una mesa, en la que había esa multitud de 
pequeños objetos de arte que constituyen el encanto 
de las mujeres, ardía una lámpara de bronce. 
Doña Beatriz se sentó en un diván. 
El genovés la contempló un instante y luego se 
colocó á su lado. 
Ambos permanecían silenciosos. 
Las primeras palabras que constituyen un diálogo 
de amor, son casi tan difíciles de pronunciar como 
romper las hostilidades de un combate. 
34 EL JURAMENTO 
Los amantes no hallan frases con que explicar lo 
que sienten, así como el guerrero necesita aspirar el 
humo de la pólvora para sentir estímulo, para pre- 
cipitarse sobre el adversario. 
Colón fué el primero que rompió aquel enojoso 
silencio. 
— ¡Qué hermosa eres! — le dijo, apoderándose de 
una de las manos de la joven, que ésta abandonó sin 
resistencia; — cree positivamente, que lo único que 
me ha detenido en España has sido tú. Sin ti hace 
mucho tiempo que me hubiera alejado de ella. 
— ¿Y por qué, Colón? — preguntó doña Beatriz; — 
muchas veces me has dicho que á cuantas naciones 
comunicaste tus propósitos te desoyeron. 
— Es verdad, y ya empezaba á creer que aquí iba 
á sucederme lo propio. 
— Sin embargo te has engañado. 
La reina se ha hecho solidaria de tus propósitos, y 
muy en breve partirás para ese nuevo mundo con 
que soñó tu fantasía. 
La hija de D. Lope, al pronunciar estas últimas 
palabras lanzó un prolongado suspiro. 
— ¿Qué tienes, amor mío? — le preguntó el genovés. 
— ¿Y eres tú quien me hace esa pregunta? 
— ¿Sientes mi partida? 
— ¡No he de sentirla! 
Si mis días y mis noches han sido amargos duran- 
te tu breve ausencia de ahora, cuando me constaba 
que te hallabas á pocas leguas de aquí, {qué me suce- 
derá cuando ignore dónde te encuentras? 
DB DOS HÉROES. 35 
Vas á emprender un viaje peligroso. 
No se trata ya de cruzar las procelosas extensiones 
del Océano, donde tantas carabelas han naufragado, 
sino de las playas en que arribes. 
¿Qué habrá en el continente que tu imaginación 
ha presentido? 
Tal vez sean incultos parajes habitados por ani- 
males feroces. 
Quizás se halle poblado de tribus que castiguen 
vuestra osadía. 
¡Ay Colón! Yo admiro tu grandeza, yo no seré 
quien trate de disuadirte de tus propósitos de partir; 
pero ¿cómo podrás exigirme que me quede tranquila? 
Esto sería prueba de que no te amaba. 
Te dejo marchar como se deja al ave que aprisio- 
na un momento nuestra mano. 
¡Y sin embargo el ave no vuelve! 
— Yo volveré, Beatriz. 
Dice el cardenal Mendoza que mi inspiración es 
del cielo, y empiezo á creer que no le falta razón. 
Yo volveré á tus brazos. 
No ya pobre, humilde y calificado de loco, sino 
cubiertas las sienes por el inmortal laurel de la 
gloria. 
Entonces arrojaré á tus plantas estos tributos, y 
seremos eternamente dichosos.
 Por lo mismo que te amo es por lo que más deseo 
salir de la enojosa situación en que me encuentro. 
Para ti quiero mis tesoros. 
Por ti sueño que el mundo me venere. 
36 EL JURAMBNTO 
Dices que no tratas de cortar mis vuelos. 
Sí, amada mía; déjame partir, que si hay aves que 
no vuelven á la mano que les otorgó la libertad, 
otras hay que suspenden su nido todos los años en 
el paraje hospitalario donde gozaron de quietud. 
Yo seré la golondrina que vuelva á tu hogar, tan 
cariñoso, tan dulce para mí. 
En cuanto á los peligros que deba correr, los es- 
pero impávido. 
Mi elemento fuera de tu amor es el mar. 
He visto cruzar la mayor parte de mi vida arru- 
llado por sus ondas. 
Esa vasta y líquida extensión es la única que me 
recuerda la grandeza del Ser Supremo. 
El Océano es un fiel trasunto de la existencia hu- 
mana. 
Ora tranquilo como tus plácidas sonrisas. 
Ora potente y desenfrenado como serían mis celos 
si no me amases. 
Yo volveré, amada mía; el corazón me lo asegura. 
Y el genovés, al decir esto rodeó con su brazo el 
esbelto talle de la joven, y la atrajo dulcemente hacia 
su pecho. 
Doña Beatriz no esquivó el abrazo. 
Amaba al marino con toda su alma. 
No podía tampoco impedir aquellas expansiones. 
¡Eran tan anormales sus circunstancias! 
No se trataba de la candorosa virgen que sofoca 
los ímpetus de su amor esperando que un día pue- 
dan santificarse ante el altar, era la esposa de don 
DE DOS HÉROES. 37 
Beltrán de Meneses, la mujer á quien injustamente 
había abandonado su marido después de intentar 
arrebatarle la vida. 
Cuando se había decidido á faltar al juramento 
pronunciado ante el sacerdote, ¿cómo pretender un 
afecto que se siente allagado con una mirada y con 
una frase? 
No, esto era imposible, una mujer casada tiene 
que sentir la voluptuosidad de los deseos satisfechos, 
beber el cáliz de los placeres hasta que se haya apu- 
rado la última gota. 
Fuera por las causas que fuera, ella profanaba el 
apellido de Meneses, y profanos tenían que ser sus 
amores. 
Desde aquel instante el diálogo de Colón y de doña 
Beatriz tomó un carácter más familiar. 

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