martes, 7 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-31

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
— ¿Y el cardenal acogió con cariño vuestros pro- 
pósito? preguntó doña Beatriz, que no apartaba sus 
hermosos ojos del genovés. 
— Tan bien — respondió éste — que supuso que esa 
idea era una inspiración concedida por el cielo. 
Inmediatamente me facilitó una audiencia con Sus 
Majestades. 
La reina tiene un carácter que me ha satisfecho 
por completo. 
DE DOS HÓROBS. 27 
Ha llenado todas mis aspiraciones. 
Oyó atentamente las bases en que fundo mi teoría, 
y no hubiera dudado en prestarme desde luego su 
apoyo, á no oponerse á ello el cardenal. 
Quiere Mendoza, cediendo á mis indicaciones, so- 
meter mi proyecto al dictamen de una reunión de 
sabios astrólogos y geógrafos. 
Como comprenderéis, esto me satisface y me ha- 
laga. 
Siendo un asunto puramente científico, prefiero 
tratar de él con personas peritas en la materia, á que 
el vulgo insensato siga dándome el calificativo de 
loco. 
— ¿Dónde se reunirá ese tribunal de sabios? 
— En Salamanca. 
Allí me esperan, pero yo no he querido ir á esa 
ciudad sin tener la satisfacción de saludaros antes. 
Al decir ésto, el marino dirigió sus pupilas azules 
a doña Beatriz. 
Esta correspondió á su mirada con una sonrisa. 
Hacía algunos meses que amaba á Colón, pero 
nunca había sentido hacia él tan profundas inclina- 
ciones. 
La joven le contemplaba con cariño mezclado de 
admiración. 
El hombre cuya alma era suya, era el mismo que 
en un breve plazo lanzaría sus carabelas por el in- 
dómito Océano en busca de un continente descono- 
cido hasta entonces. 
¿Quién puede dudar que el amor adquiere más in- 
28 EL JURAMENTO 
tensidad, cuando nos permite las halagadoras ex- 
pansiones del amor propio? 
Beatriz amaba al hombre y admiraba el genio. 
— ¿Cuándo pensáis salir de Córdoba? — preguntó 
al genovés en voz baja, aprovechando un instante ea 
que D. Lope estaba distraído. 
— Aunque lo siento — respondió el interpelado — 
tengo que partir enseguida. 
No debo hacer esperar á esos señores. 
En los ojos de doña Beatriz se dibujó la tristeza. 
— ¿Vendréis esta noche para que hablemos un rato? 
— ¿Estaréis en vuestra reja? 
—Sí. 
— ¡Entonces, cómo dudar que he de venir! 
Enríquez volvió á tomar el hilo de la conversa- 
ción interrumpida, y ésta se hizo de nuevo general. 
El anciano le preguntó después sobre el estado en 
que se hallaba la guerra. 
Encargóse Colón de referirle las proezas de Ten- 
dilla, de Gonzalo de Córdoba y de su hijo D. Diego. 
— Bien se advierte — dijo refiriéndose á este últi- 
mo — que por sus venas circula vuestra propia 
sangre. 
Siempre se halla dispuesto á la lid, nunca le he 
visto volver la espalda al enemigo. 
Es tan caballero y pundonoroso como leal para 
sus compañeros. 
— ¿Dónde le habéis dejado? 
— En las cercanías de Modín, pero, según me ase- 
guró, salía con su hueste hacia Loja. 
DB DOS HÉROES. 29 
Media hora después, Colón estrechaba la mano de 
don Lope Enríquez, y despedíase de su hermosa hija. 
— ¿Supongo que nos veremos antes de que salgáis 
para Salamanca? — preguntó el anciano. 
— No lo sé: como comprenderéis, no puedo dete- 
nerme en esta ciudad. 
Sin embargo, os prometo haceros una visita á mi 
regreso. 
Por bien que el negocio se presente, yo necesitaré 
hablar con los reyes, y éstos no abandonarán por 
ahora el campamento. 
A mi paso vendré á esta casa, de la que tan dulces 
recuerdos llevo siempre. 
Colón se inclinó delante de la joven y le dijo en 
voz baja: 
— Hasta la noche. 
— Hasta la noche — respondió doña Beatriz— diri- 
giendo á su padre una mirada, temerosa de que hu- 
biese oído sus palabras. 
Colón buscó albergue en una hostería para des- 
cansar algunas horas de las molestias que le produjo 
el viaje. 
Cuando despertó, la noche había tendido sus ne- 
gras alas sobre la tierra. 
Tomó su capa, embozóse en ella y salió de la 
hostería. 
Como aun era frecuente el tránsito por las calles, 
anduvo á la ventura por la ciudad, hasta que com- 
prendió que era llegada la hora en que doña Beatriz 
le esperaba.
 ¡Cuántas ilusiones alimentó durante el trayectol 
Aquella noche era preciso olvidarse de la ruda 
campaña que iba á sostener con los mares! 
Debía consagrarla á las dulzuras del amor. 
La noche estaba hermosísima. 
La luna bañaba con su luz los edificios, reflejando 
sus rayos en los vidrios de los balcones. 
La atmósfera estaba impregnada por los aromas 
de las flores de los jardines. 
El genovés dirigíase lentamente hacia la casa de 
doña Beatriz. 
Esta vivía en un precioso edificio al que llegaban 
los perfumes de la tierra, y desde cuyas ventanas 
descubríanse sus elevados picos. 
La casa estaba rodeada por un hermoso jardín, 
uno de esos jardines de Andalucía que tanto predis- 
ponen al amor y á la felicidad. 
Mucho antes de llegar. Colón descubrió en la reja 
la silueta de la joven. 
El genovés se aproximó. 
Doña Beatriz estaba encantadora. 
Su traje blanco se confundía con su epidermis, á 
no tener la segunda el sonrosado que la naturaleza 
le había concedido. 
Sus ojos radiantes brillaban como nunca. 
La boca, entreabierta por una encantadora sonrisa 
dejaba ver sus dientes pequeños é iguales como las 
perlas de un collar. 
Ambos cambiaron una mirada amante. 
— ¡Ah, Dios mío! — dijo Colón — lo propio me pasa 
DE DOS HÉROES. 31 
contigo que con las titánicas empresas que busco; las 
veo, las admiro, pero siempre lejos. 
No sé lo que daría por contemplarte junto á mí, 
no á esta distancia que nos separa. 
Doña Beatriz se sonrió. 
También ella deseaba hallarse junto á Colón, sen- 
tir su mano entre las suyas, beber sus miradas con 
sus ojos. 

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