martes, 7 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-19

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
 1889
 Por intensa que la sombra sea, se disipa con un 
solo rayo de sol. 
DE DOS HÉROES. 13 
Ese es el que quiero derramar, aunque sin conse- 
guirlo. 
Mucha es mi constancia. 
Mucha la seguridad que tengo en mis afirmacio- 
nes. 
Pero esa constancia llegara á concluirse. 
Enríquez procuró alentar de nuevo á su amigo. 
Así transcurrieron algunos días. 
Una mañana se advirtió en el campamento la ac- 
tividad más completa. 
Algunos nobles montaron en sus corceles. 
Colón los vio alejarse, y supo por el hermano de 
doña Beatriz que salían á recibir al cardenal Men- 
doza. 
CAPITULO 11. 
DONDE LOS REYES SOMETEN EL PROYECTO DE COLON
AL EXAMEN DE UN CONSEJO DE SABIOS
 El venerable cardenal Mendoza llevaba grabado 
en el rostro ese sello característico que presta á las 
facciones la inteligencia. 
Cuando llegó al campamento, ya le esperaban jun- 
to á su tienda los reyes de Castilla. 
Mendoza, después de enterarles del estado de su 
salud, que ya era buena, saludó con amable cortesía 
á los nobles paladines. 
Don Diego Enríquez no quiso perder tiempo en 
cumplir la promesa que á Colón había hecho, y le 
pidió audiencia para tratar con él de un asunto im- 
portante. 
El cardenal la señaló para aquella misma noche. 
Sabía que D. Diego, aunque muy joven, no era 
persona que pidiese una conferencia sin razón jus- 
tificada para hacerlo. 
Mendoza pasó el resto del día conversando con 
doña Isabel y la marquesa de Moya, y cuando el 
16 EL JURAMENTO 
crepúsculo entoldó los refulgentes rayos del sol, di- 
rigióse á su tienda, dando órdenes á sus criados para 
que dejasen pasar al joven Enríquez. 
Éste no se hizo esperar. 
Excusado es decir que iba acompañado de Colón. 
La noble fisonomía del genovés y su distinguida 
figura, no contrarrestada por la pobreza de sus ves- 
tidos, hicieron que el cardenal le mirase desde un 
principio bajo los misteriosos lazos de ese sentimien- 
to que une las almas y que se denomina simpatía. 
Mendoza les ofreció un asiento y se dispuso á oir. 
— Antes de nada — dijo D. Diego — deseo conocer si 
ha llegado hasta vuestra eminencia el nombre de este 
amigo que tengo la honra de presentaros. 
Llámase Cristóbal Colón. 
El cardenal frunció las cejas como quien intenta 
registrar el archivo de su memoria, y pasado un ins- 
tante respondió: 
— Si no me engaño, fray Fernando de Talavera 
me ha hablado de vos. 
— Es posible — dijo el genovés — á ese respetable 
prelado fué al que acudí, aunque sin obtener lo que 
reclamaba. 
— Creo que hablasteis de un nuevo mundo, para 
cuyo descubrimiento reclamabais la cooperación de 
nuestros magnánimos reyes. 
— Con efecto, señor, ese es mi deseo. 
—¿En qué bases fundáis vuestra teoría? 
— En muchas — respondió Colón con acento se- 
guro. 
DE DOS HÉROES. 
— Veamos. 
— La más sencilla de mis bases es la forma esfé- 
rica de la tierra. 
Si tiene esta forma, como acreditan los razona- 
mientos de nuestros sabios más respetables, fáltanos 
por conocer un vastísimo continente, que es al que 
quiero dirigirme. 
Colón añadió á este razonamientos de gran peso, 
que hicieron al cardenal permanecer silencioso y pen- 
sativo. 
Cuando terminó de hablar el genovés, Mendoza 
le dirigió una mirada. 
— Al hablarme de vos el reverendo padre Talave- 
ra, me aseguró que le parecisteis un demente; ahora 
que he escuchado vuestras persuasivas razones, más 
que un loco me parecéis un enviado del cielo, á quien 
quiso el Hacedor iluminar su mente para bien de la 
humanidad. 
Colón cayó de rodillas junto á Mendoza, cubrien- 
do su diestra de besos. 
Quizás era el primer hombre que se había conven- 
cido de la verdad ante la fuerza poderosa de sus ra- 
zonamientos. 
Mendoza prometió al marino que influiría en el 
ánimo de los reyes, y muy en particular en el de do- 
ña Isabel, que por la delicadeza de su sexo había de 
ser más susceptible de asimilarse á aquellas ideas, 
que aun conservaban un carácter fantástico. 
Mucho celebró D. Diego el buen recibimiento de 
Mendoza. 
18 EL JURAMENTO 
Habíase puesto la primera piedra en el colosal edi-^ 
ficio de las aspiraciones de Colón. 
Mendoza, vivamente impresionado por las teorías 
del genovés, y comprendiendo la inmensa importan- 
cia que para sus reyes pudiese tener una empresa de 
tal magnitud, aguardó á que llegase el siguiente día, 
y apenas brillaron en el cielo los primeros albores de 
la mañana, se dirigió á la tienda de doña Isabel. 
Ésta, como de costumbre, había abandonado ya su 
lecho. 
Los negocios de la guerra la preocupaban hasta el 
punto de predisponerla al insomnio. 
—Noble señora — le dijo el cardenal — ayer he teni- 
do ocasión de conocer á uno de vuestros más humil- 
des soldados, que desea que le otorguéis una au- 
diencia. 
— ¡Una audiencia! — preguntó doña Isabel algo sor- 
prendida de que un hombre de tan bajo linaje se 
atreviese á demandar semejante favor. 
— Sí, señora, ese soldado es Cristóbal Colón, de 
quien creo que os habló el obispo de Avila, fray Fer- 
nando de Talavera. 
— ^Y qué desea ese soldado, que tan buenos inter- 
medios busca para llegar á mí? 
— Desea haceros dueña de un mundo á cambio de 
pequeños sacrificios. 
Talavera había hablado á doña Isabel con tan poco 
interés de este asunto, que ni siquiera conservaba de 
él un recuerdo. 
— Fúndase en argumentos científicos, y dice que 
no tiene inconveniente en someterlos al fallo de un 
tribunal de doctos astrólogos y experimentados
 Las pupilas de la reina resplandecieron. 
Aquellas palabras, unidas á la sublimidad del pro- 
yecto, interesaron su corazón femenil. 
—¿Qué reclama Colón para emprender su viaje? 
— Tres carabelas. 
— ¿Y qué más? 
— Los víveres necesarios para su tripulación. 
En cuanto á las proposiciones que haga después, 
las ignoro por completo. 
Sólo puedo decir á V. M. que lleva grabados en el 
rostro la honradez, la inteligencia y la energía. 
Doña Isabel deseó conocer al valeroso marino. 
Mientras su paje se dirigía en su busca, la reina 
llamó á su amiga doña Beatriz, á quien comunicó el 
extraordinario propósito de un genovés oscuro que 
peleaba en sus huestes como humilde soldado. 
La marquesa, que como había dicho muy bien 
Enríquez, poseía un alma ansiosa de todo lo noble y 
todo lo grande, acogió con entusiasmo la idea de 
Colón. 
Este presentábase pocos momentos después en la 
regia tienda, acompañado de su inseparable amigo 
don Diego. 
Su actitud era modesta, pero no humilde.
En presencia de la soberana no bajó los ojos.  
Era el hombre que tenía profunda convicción de lo 
que iba á decir. 
Seguramente que la reina, obedeciendo á sus pri- 
meras impresiones, hubiese prometido á Colón pres- 
tarle la ayuda que otros muchos le habían negado; 
pero el cardenal, que era su consejero, le dijo que 
no respondiese nada concreto hasta someter el asun- 
to al juicio de personas competentes. 
Tanto la reina como doña Beatriz de Bobadilla, 
asediaron al genovés con sus preguntas. 
Este respondía á todas ellas con la mayor seguridad. 
No hubo en sus contestaciones ni la menor vacila- 
ción. 
Aquel asunto había constituido el estudio de su 
existencia. 

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