jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-105

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Grande era la tristeza que se había esparcido en 
el ejército de Castilla, suponiendo que el más bra- 
vo de los caudillos había muerto en la pasada con- 
tienda. 
Así es que cuando le vieron llegar, todos prorrum- 
pieron en exclamaciones de alegría. 
— No era posible que yo sucumbiese — exclamó — 
aun es necesario mi brazo para pelear en favor de la 
causa que representan mis magnánimos reyes. 
Doña Isabel y D. Fernando manifestaron al joven 
su deseo de que aquella noche los visitase en su tien- 
da para referirles cuanto les hubiese acontecido. 
Gonzalo se consideró muy honrado con aquella 
invitación. 
Hernán Pérez del Pulgar abrazó á su compañero' 
hasta el punto de hacer crujir el arnés que llevaba. 
— ¡Hombres como nosotros — exclamó — no mueren 
aunque se empeñen todos los muslimes de la tierra! 
104 EL JURAMENTO 
— De otro modo, ¿cómo se comprenderían tus he- 
roicidades? 
— ¿Y eres tú quien las celebra? 
¿Acaso las tuyas no valen por lo menos tanto como 
las mías? 
Ambos amigos cambiaron otro estrecho abrazo. 
— Y á propósito — dijo Gonzalo — ¿á que no adivi- 
nas á quién he visto y me ha hablado de ti? 
— No es fácil. 
— ¿Te acuerdas de la joven que salvamos de las 
asechanzas del renegado Meneses, cuando nos diri- 
gíamos á Alhama en busca de las tropas del marqués 
de Cádiz? 
— ¿Que resultó ser la esposa de Muley-Hacén? 
— La misma. 
— ¿No he de acordarme? 
— Pues es la joven que me ha salvado. 
— Mira si es conveniente practicar el bien. 
¡Quién había de decirnos entonces...! 
— La infeliz está desesperada con la muerte del 
emir. 
Yo la he hecho una promesa, á la que espero que 
me ayudes. 
— ¿Cuál? 
— Su tío el Zagal desea rendir vasallaje á los reyes 
de Castilla. 
— Ciertamente que no han de negárselo nuestros 
augustos monarcas. 
—Es uno de los asuntos que esta noche he de tra- 
tar cuando me halle en la tienda de la reina. 
E DOS HÉROES. 105 
— No dudes que ha de servirles de satisfacción que 
un guerrero tan esforzado se acoja á la sombra de 
nuestros estandartes. 
— ¿Lo hará por despecho de la conducta que con 
é\ han observado los suyos? 
— El fin es el mismo. 
¿Y qué pretende? 
— Tan sólo permanecer en su castillo junto á Zo- 
raya y Abul-Cazín. 
— Bien limitadas son sus aspiraciones. 
No creo que te ofrezca dificultades conseguirlo. 
— Es que yo deseo más. 
— ¿Qué solicitas? 
— Solicito que le concedan una de las posesiones 
conquistadas. 
— Si alguno lo logra has de ser tú. 
Bien sabes que eres el caudillo á quien más distin- 
guen nuestros soberanos. - 
— ¿Supongo que esta noche asistirás á la regia 
tienda? 
— ¿Cómo no? 
Quiero conocer tus aventuras hasta en sus meno- 
res detalles. 
Pocos momentos después Gonzalo y Pulgar se se- 
pararon. 
El marqués de Cádiz estrechó también entre sus 
manos las del primero. 
— ¿Os habéis convencido de que muchas veces no 
basta el valor? 
Si hubieseis tomado anoche mis consejos, los in- 
felices no hubieran muerto, ni nosotros hubiésemos, 
estado con tanta inquietud, haciendo tristes interpre- 
taciones sobre vuestra tardanza. 
— Qué queréis, marqués, soy tan avaro de la san- 
gre musulmana, pue por mucha que se vierta siem- 
pre me parece poca. 
— Es necesario, sin embargo, que reprimáis vues- 
tros ímpetus — dijo el anciano. 
Gonzalo se sonrió. 
En los próximos capítulos verán nuestros lectores 
cuan pronto se olvidó el cordobés de sus prudentes, 
consejos. 


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