jueves, 9 de febrero de 2017

EL JURAMENTO 2-102

 EL JURAMENTO 
DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑ
1889
Horrible fué la lucha. 
Gonzalo vibraba su lanza en todas direcciones. 
Mas de un muslim mordió el polvo por su destreza. 
Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles. 
En sustitución de cada adversario derrotado, pre- 
sentábase un nuevo grupo que parecía surgir de la 
tierra. 
Fatigado el noble cordobés, rota su lanza contra 
los arneses enemigos y dispersos ó muertos casi to- 
dos sus soldados, vióse en la triste necesidad de ape- 
lar á la fuga. 
DE DOS HÓROES. 95 
Entonces, confiando en el poder y ligereza de su 
potro, corrió las espuelas, lo animó con el acento, é 
inclinándose sobre las crines para evitar los golpes 
que trataban de asestarle, partió con la rapidez del 
rayo cuando desciende á la tierra desde las nubes. 
Varios sarracenos lanzáronse en su persecución, 
resueltos á darle alcance. 
Las sombras de la noche, el choque de las armas 
y los selváticos gritos de los abencerrajes, hicieron 
que el negro corcel de Gonzalo se desbocase. 
Ya no era el impetuoso jinete que huía, sino el re- 
molino del viento, la centella asoladora, la flecha 
que se escapa del arco. 
Fugitivo y perseguidores, más que corrían volaban. 
El caballo del paladín con las crines esparcidas, la 
nariz dilatada y cubierta la boca de torrentes de es- 
puma, lanzaba espantosos resoplidos, arrancando 
las chispas de los pedernales, ó levantando nubes de 
polvo al pasar sobre la movible arena. 
Una gran ventaja había conseguido sobre la pe- 
queña falange que le perseguía, cuando á su caballo 
le faltó terreno, cayendo en una acequia. 
El cordobés se consideró perdido. 
El pobre animal recibió graves lesiones que le in- 
capacitaban para levantarse. 
El peso del casco y la armadura impedían al pa- 
ladín hacer la menor tentativa de evasión. 
Sin embargo. Dios, que siempre es justo y bueno, 
no quiso que Gonzalo de Córdoba muriese á manos 
de sus perseguidores. 
Oíanse muy próximos los feroces gritos de los 
muslimes, y preparábase el paladín á vender cara su 
existencia, cuando advirtió que la puerta del cercano 
castillo se abría pausadamente. 
Una mujer vestida de blanco, que más parecía un 
hada misteriosa de las que nos describen las leyendas, 
que una criatura humana, apareció en el dintel. 
Sus cabellos rubios como el oro hallábanse espar- 
cidos por su espalda. 
Sus ojos eran azules como el cielo. 
Aquella mujer, ó mejor dicho, aquel ángel, hizo 
una seña al cordobés para que se aproximase. 
Este obedeció. 
Entonces la joven le atrajo dulcemente hacia ella, 
y obligándole á entrar en el castillo cerró la puerta. 
Ya era tiempo de hacerlo así. 
No habían transcurrido dos minutos cuando los 
jinetes sarracenos ayudaron con la rienda á sus cor- 
celes para que saltasen la acequia. 
Dos de ellos que encontraron tendido al potro que 
montaba el paladín, se detuvieron. 
Tras un detenido examen de aquellos sitios, com- 
prendieron que Gonzalo de Córdoba se había ocul- 
tado en el castillo, y después de una breve vacilación 
decidiéronse á llamar. 
El paladín cordobés quería abrir y habérselas con 
ellos, pero la joven le detuvo. 
Al llamamiento presentóse en el zaguán tm robus- 
to moro que, á pesar de hallarse encanecido, descu- 
bríase en sus facciones el valor y la energía. 
DE DOS HÉROES. 97 
Al ver á Gonzalo con la joven hizo ademán de 
desnudar su cimitarra, pero ésta le contuvo dicién- 
dole: 
— No le infiráis el menor daño; este mancebo me 
salvó en una ocasión de la deshonra, y quizás de la 
muerte. 
Es el valeroso Gonzalo de Córdoba. 
Al oir esto Gonzalo clavó sus ojos en la joven. 
Ésta, como habrán comprendido nuestros lectores, 
era Zoraya, el Lucero de la mañana como la llamaba 
Muley-Hacén. 
 El musulmán que acudió al llamamiento de los 
abencerrajes, no era otro que su tío Abul-Cazín Ve- 
negas, que habíase retirado á vivir con su sobrina y 
don Pedro de Solís, su hermano, después de las des- 
gracias del Zagal. 
El caballero dirigió á la jovenuna mirada de agra- 
decimiento. 
— Ahora — dijo ésta— venid conmigo, mientras rni 
tío se encarga de disuadir á los que llaman, para que 
no crean que habéis entrado aquí. 
Gonzalo siguió á Zoraya. 
Entonces el antiguo vazzir abrió la puerta de par 
en par. 
— ¿Qué queréis? — preguntó á los dos muslimes, 
clavando en ellos sus rasgados ojos negros, que con- 
servaban el fuego de la juventud. 
— Buscamos á Gonzalo de Córdoba, al alcaide 
de los Donceles, que ha debido ampararse en tu 
casa. 
 98 EL JURAMENTO DB DOS HÉROBS. 
— Os engañáis; en mi castillo no se amparan los 
cristianos. 
— Entonces, ¿dónde se halla? 
— Aunque no sois dignos de que os preste mi ayu- 
da, pues sabéis que pertenezco á la hueste del Zagal, 
á quien tan ignominiosamente negasteis la entrada 
en la corte mora, voy á ayudaros á buscar á ese pa- 
ladín. 
Y esto dicho, salió del castillo cerrando tras sí la 
puerta. 
De este modo consiguió Venegas alejar á los obs- 
tinados sarracenos. 
 CAPITULO XII. 
Donde se ve la alegría con que fue recibido Gonzalo de Cordova
en el campamento cristiano.
Gonzalo de Córdoba siguió á Zoraya. 
Esta cruzó una larga galería, penetrando después 
en una estancia adornada con todo ese espléndido 
lujo de los árabes. 
Ricos pebeteros esparcían deliciosos aromas com- 
pitiendo con los de las flores más delicadas. 
Zoraya sentóse en un diván é invitó al cordobés 
para que hiciese lo propio. 
Este obedeció. 
AI ver la hermosura de la hija de Solís aumentada 
por el sello melancólico que sus facciones habían 
adquirido desde la muerte de Mulcy, dudó si todo lo 
que le sucedía era real, ó si se hallaba bajo la fan- 
tástica influencia de un sueño. 
— Gracias, Zoraya — dijo al ñn. 
— Es en vano que me las deis, yo no he hecho más 
que devolveros un servicio que en otro tiempo me 
prestasteis. 
loo EL JURAMENTO 
— Pero no es posible que me hubieseis conocido» 
Confesad que vuestros instintos generosos os han 
impulsado á esta obra. 
— Con efecto, no os había conocido. 
¿Pero cómo queréis que no sea humana y caritati- 
va con aquellos que profesan las propias ideas que 
me inculcaron desde la cuna? 
Como cordobés, debéis mejor que ninguno estar 
enterado de que pasé mi infancia y mi juventud en 
la sierra que limita la antigua corte de los califas. 
— Con efecto, Zoraya. 
¿Y ahora qué hacéis? 
— Desde que murió mi esposo, permanezco en 
estos alijares, que tienen para mí gratos recuerdos. 
En este castillo pasé los primeros días de mi 
amor. 
Y la joven inclinó la cabeza como si se sintiese 
agobiada por sus recuerdos. 
— ¿No habéis vuelto á ver al infame que os con- 
dujo al castillo en vez de llevaros á Mondújar? 
— No, afortunadamente no he vuelto á verle. 
Vivo muy retirada. 
Llegan hasta aquí los fragores del combate, pera 
ignoro sus resultados. 
— ¿Qué me importa? 
Lo que yo amaba ha desaparecido para siempre 
de la tierra. 
Mi padre, que el pobre se encuentra muy achaco- 
so, y mi tío Abul, que me profesa un atecto paternal, 
son los únicos á quienes amo. 
DE DOS HÉROES. 101 
Ya comprenderéis que la sultana Aixa ha sido 
conmigo demasiado cruel para que me preocupe áu 
situación. 
Mi único deseo es que el hermano de Muley acep- 
te nuestros consejos, supuesto que tan mal se han 
portado con él los granadinos. 
— ¿Y qué le aconsejáis? 
— Que se presente á los reyes de Castilla y le per- 
mitan considerarse dueño de esta fortaleza, donde vi- 
viremos todos tranquilos sin otras aspiraciones. 
¡Ah Zoraya! Poco he de poder si no consigo de los 
monarcas lo que solicitáis. 
Ellos me aprecian. 
Particularmente la reina me ha dado mil pruebas 
de estimación, y estoy dispuesto á suplicarle que ac- 
ceda á lo que deseáis. 
— Gracias, Gonzalo, Dios os premiará vuestra bue- 
na obra. 
— ¿Acaso no es acreedora á este beneficio la mu- 
jer, ó mejor dicho, el ángel que me ha salvado? 
— No hablemos más de este asunto, ya os he dicho 
que no he hecho más que devolveros el favor que 
hace algunos años me prestasteis. 
Y á propósito de aquella época, ¿qué ha sido de
 vuestro amigo? 
— ¿Hernán Pérez del Pulgar? 
— Sí, he oído referir sus proezas. 
— Pues mi amigo, respondió Gonzalo con orgullo, 
cada día aumenta una nueva hoja á su corona de 
guerrero. 
102 EL JURAMENTO 
Hace poco que entró al asalto en Salobreña, donde 
se había fortificado Boabdil con sus abencerrajes. 
No satisfecho con este alarde de valor, llegó pocos 
días después á los muros de la mezquita mayor de 
Granada, en cuyas puertas dejó clavado su puñal con 
un sagrado lema. 
— ;Eso fué una temeridad! — exclamó la hermosa 
hija de D. Pedro Solís. 
— No os lo niego pero Hernán Pérez quería de- 
mostrar á los valerosos caudillos sarracenos, que si 
hay entre ellos quien se atreve á clavar su lanza en 
el pabellón de la reina cristiana, hay entre nosotros 
quien se determine á llegar á sus mezquitas clavan- 
do en ellas el testimonio de nuestra fe. 
En aquel momento empezaron á advertirse en 
los vidrios de la ojiva los primeros albores de la au- 
rora. 
Gonzalo dirigió una mirada á la verde campiña. 
Divisábase á lo lejos Granada, esa perla de Anda- 
lucía. 
Zoraya lanzó un prolongado suspiro. 
Tal vez evocaba dulces recuerdos que no habían 
de brillar más que á su imaginación. 
Los pájaros levantaron su vuelo. 
Oíanse en el monte los cantos de las aves y en la 
ciudad las agudas notas del gallo, que saludaba al sol 
sacudiendo su roja escarapela. 
Gonzalo se puso en pie. 
— ¿Os vais? preguntó la joven. 
— Sí, ya es de día. 
DB DOS HÉROES. 103 
A estas horas no puedo abrigar el más pequeño 
recelo. 
Zoraya acompañó hasta la puerta al paladín, dando 
orden á un esclavo para que ensillase el mejor corcel 
de los que poseían. 
Agradecióle Gonzalo este favor, pues hubiese te- 
nido necesidad de desembarazarse de su pesada ar- 
madura. 
El joven estrechó entre sus manos las de Zoraya, 
y montando en el bruto emprendió el camino hacia 
el campamento cristiano después de repetirle las gra- 
cias. 

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