lunes, 6 de febrero de 2017

EL JURAMENTO-1081

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de 
comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- 
doos como apóstata ó contaminado por los judai- 
zantes. 
Garcés comprendió que había dado un paso en 
falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas 
ideas que le habían impulsado á delatar á los he- 
breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en 
un calabozo. 
1074 EL JURAMENTO 
No atrevióse, por lo tanto, á reclamar la más in- 
significante parte de la riqueza de los hebreos. 
orquemada hizo sonar el timbre que tenía sobre 
la mesa. 
Un fraile dominico se presentó inmediatamente 
en la habitación. 
Acompañad á este joven á la estancia del familiar 
Pedro, y decidle que se ponga de acuerdo con él 
respecto al asunto que aquí le ha conducido. 
Deseos tuvo Garcés de apelar á la fuga, pero com- 
prendiendo que de este modo se exponía al enojo del 
inflexible inquisidor, no tuvo más remedio que se- 
guir al fraile. 
El familiar, tan pronto como supo, que se trataba 
de apoderarse de unos judíos que poseían riquezas, 
tomó su vara, y dando orden á varios alguaciles para 
que le siguiesen, encaminóse con Garcés á la morada 
de la esposa de Jacob. 
— Por lo menos — se decía el paje —habré consegui- 
do librarme de mis enemigos. 
La desdichada Sara y el joven Ezequiel fueron 
presos. 
Sus bienes pasaron al fisco. 
Este fué el desastroso fin de aquella caritativa fa- 
milia que, con tanta honradez y laboriosidad, habíase 
enriquecido con el sudor de su frente. 
Ocho días después, eran conducidos al Quemade- 
ro, entre otros, cuarenta israelitas que fueron ha- 
llados, y que no habían querido obedecer las cláusu- 
las del edicto de expatriación. 
DE DOS HÉROES. 1075 
De todas maneras hubieran tenido una muerte 
desastrosa. 
Aquellos que huyeron de España para acogerse en 
las costas de África, fueron degollados por sus bár- 
baros y feroces moradores. 
Como había llegado á sus oídos que algunos he- 
breos, con objeto de salvar parte de sus riquezas, ha- 
bíanse tragado monedas de oro ó piedras preciosas 
•de gran valor, diéronles la muerte abriéndoles el 
abdomen para buscar lo que en él ocultaran. 
La mortandad fué horrible. 
Parecía que todas las naciones habíanse puesto de 
acuerdo para extirpar de la tierra aquella desventu- 
rada raza. 
Sin embargo, en aquellos pueblos donde se con- 
tentaron con imponerles crecidas contribuciones, no 
tardaron en comprender que aquella raza, que tan 
ignominiosamente había sido expulsada por los re- 
yes de Castilla, era la base de la riqueza. 
Por donde pasaron prosperó la industria, se fo- 
mentó la agricultura y resplandecieron las artes. 
De la desventurada familia de Jacob sólo había 
quedado Esther. 
La pobre joven era la única á quien el paje no 
trató de arrojar á la hoguera, siempre humeante y 
siempre preparada para los infelices hebreos. 
CAPITULO CX. 
¡Pobre Esther»! 
¿Quién dudará que el amor en sus primeras im- 
presiones es el sentimiento que más contribuye á 
perturbar nuestras facultades intelectuales? 
De otro modo no se comprendería que bajo su im- 
pulso haya cometido la humanidad tantas locuras, 
algunas de las cuales han tomado caracteres de crí- 
menes. 
Si bien es cierto que muchas veces contribuye á 
ennoblecernos, elevándonos á grandes empresas, no 
lo es menos que en otras ocasiones ha dado origen á 
todo lo contrario. 
Esther, pasado algún tiempo, comprendió sus 
errores. 
De su mente no se apartaba el recuerdo de sus 
desgraciados padres, y aunque ignoraba el desastro- 
so fin que éstos tuvieron, figurábase verlos transidos 
de dolor deplorando su deshonra y sus desgracias en 
el septentrión de África. 
1078 EL JURAMENTO 
Dice un poeta, que el amor es la esencia que antes 
se evapora. 
Sus ilusiones pueden compararse con los brillan- 
tes colores del arco-iris. 
Son muy hermosos, pero se desvanecen con una 
rapidez incomprensible. 
La hebrea amaba á Garcés, pero sin ocultársele 
que el joven no era digno de que hubiese hecho tan- 
tos sacrificios por él. 
¡Ah! ese dulce período de miradas y de sonrisas,, 
en que con dos pronombres personales y un verbo 
pueden dos amantes conversar todo un día, es tan efí- 
mero como la tenue luz del crepúsculo. 
Tai vez, porque la felicidad absoluta no puede 
subsistir en el mundo, es por lo que tan poco tiempo 
duran las gratas ilusiones de que hablamos. 
Esther, pobre flor que había sido marchitada por 
el huracán de las pasiones apenas se columpió en 
su esbelto talle, no podía ser dichosa. 
Ella había sido arrebatada por un instante de de- 
mencia, que de otro modo no se explica que dejase 
abandonados á sus ancianos padres y á su querido 
hermano. 
En cuanto á Garcés, más que amor, siempre había 
sentido hacia ella un deseo. 
Éste fué satisfecho; ¿qué tiene de extraño que á un 
hombre de sus malas inclinaciones no le detuviera 
el respeto que debía inspirarle aquella pobre mujer  
y que la despreciara como desprecia el niño el ju- 
guete que labró su felicidad al verlo tras los vidrios 
DE DOS HÉROES. 1079 
del escaparate, y que después de poseerlo lo arroja 
ó lo relega al olvido? 
Los primeros días para Garcés hubo sin embargo 
un incentivo. 
El apuesto D. Juan Manrique pensó que añadi- 
ría una nueva hoja á su corona de conquistador, 
si conseguía hacerse dueño del corazón de la he- 
brea. 
No alcanzó, sin embargo, su objeto.
 Esta hallábase entonces vivamente impresionada 
con su amante. 
Recordando la joven los funestos resultados que 
tuvo la esposa del escultor florentino, por guardar 
silencio respecto á la conducta del hidalgo, no dudó 
en descubrirle las pretensiones de D. Juan. 
El paje llevóse en seguida á la joven lejos de aque- 
lla magnífica vivienda; se hospedó en una modesta 
casa de Triana, censurando agriamente la conducía 
de su desleal amigo. 
Esto dio origen á que ambos rompieran para siem- 
pre los vínculos de amistad que entre ellos habían 
existido. 
No contribuyó poco á las desgracias de Esther la 
situación en que se encontraron algún tiempo des- 
pués. 
El paje, que todavía conservaba alguna cantidad 
de las que le entregó D. Juan como recompensa de 
sus infamias, hubiera podido servirle de base para 
emprender cualquier negocio; pero el aturdido jo- 
ven pasábase las horas del día jugando y bebiendo, 
1080 EL JURAMENTO 
y con este motivo perdió la escasa aptitud que para 
el trabajo tenía. 
Cuando sé agotó su pequeño capital, su carácter se 
hizo más irascible que de costumbre. 
No se ocupaba de sostener las obligaciones que ha- 
bía contraído, y frecuentemente echaba en cara á la 
joven hebrea que hubiese abandonado la casa pater- 
na sin apoderarse de las riquezas de Jacob. 
La pobre Esther oía estas acriminaciones con lá- 
grimas en los ojos, pero sin proferir una sola queja. 
Más de una vez pasó por su imaginación la terri- 
ble idea del suicidio. 
Detúvose sin embargo, comprendiendo que llevaba 
en su pecho el germen de la muerte, y que sus días 
serían contados sin necesidad de apelar á medios ex- 
tremos. 
Con efecto, las afecciones morales que sentía, uni- 
das á la pobreza en que se hallaba, la condujeron á 
la tisis. 
Tal vez la tranquilidad, tan esencial á esta horri- 
ble dolencia, como pueden serlo los mismos recons- 
tituyentes que contra ella se emplean, hubiese con- 
tribuido á prolongar su vida; pero Garcés, aquel 
hombre egoísta y malvado, comprendiendo que la 
infeliz enferma era una traba para cualquiera de sus 
proyectos, apenas se ocupaba de la joven. 
Esta entregó su alma á Dios algunos meses des- 
pués de hallarse junto al paje. 
Con los últimos recursos que había en la casa se 
la enterró en una humilde sepultura. 
DE DOS HÉROES. 1081 
Así terminó el último individuo de la desgraciada 
familia del viejo mercader que, á cambio de sus be- 
neficios, no obtuvo más que la negra ingratitud del 
antiguo paje de D. Beltrán de Meneses. 
Dejemos por ahora á Garcés haciendo una vida li- 
cenciosa en la ciudad, á expensas del juego y de otros 
recursos todavía menos dignos, y digamos á nuestros 
lectores lo que había hecho entretanto Cristóbal Co- 
lón. 

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