lunes, 6 de febrero de 2017

EL JURAMENTO -1070

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889 
Y apoyándose en el alféizar, gritó con toda la 
fuerza de sus pulmones: 
— ¡Vecinos, vecinos! ¡Aquí! ¡Un judío acaba de pe- 
netrar en esta casa! 
Jacob se quedó inmóvil. 
Comprendió la infamia del paje, y dejóse caer 
abatido en un sillón. 
Pocos instantes después, algunos alguaciles, segui- 
dos de un pelotón de curiosos, penetraban en la es- 
tancia de Garcés y se apoderaban del infeliz hebreo,, 
gritando como una manada de hambrientos lobos. 
CAPITULO CIX. 
Donde se ve que algunas veces, sembrando beneficios 
se recogen ingratitudes.
 El viejo Jacob fué conducido á las mazmorras de 
la Inquisición. 
entificada su persona, supieron que era uno de 
los hebreos que había permanecido fiel á su dogma, 
oponiéndose á la presentación que el edicto publica- 
do exigía, así es que su proceso sería fallado pronta- 
mente. 
No cabía la menor duda de que el desventurado 
padre de Esther sería pasto de las llamas en el cam- 
po de la Tablada. 
Garcés cuidó mucho de que su nuevo crimen no 
llegase á oídos de Esther, lo que no le fué difícil, 
pues la joven permanecía oculta en el palacio de don 
Juan Manrique, no teniendo la menor comunicación 
con ninguno de los criados. 
No sucedió lo propio á la esposa de Jacob y su 
hijo, los cuales supieron, algunas horas después de 
ocurrir la desgracia, lo que le había pasado al an- 
ciano. 
1070 EL JURAMENTO 
Excusado es que digamos á nuestros lectores la de- 
sesperación experimentada por la madre y el hijo. 
Éste quería abandonar la casa de Samuel y salir 
en busca del paje, pero Sara se opuso temiendo una 
nueva desgracia. 
— Todo es inútil — exclamó con lágrimas en los 
ojos, tu desventurado padre ha caído en manos de 
ese terrible tribunal y su muerte está decretada. 
¿Qué podemos hacer nosotros contra ellos, que 
gozan de la impunidad que les conceden las leyes y 
hasta el Pontífice? 
— Pero al menos, replicaba Ezequiel, conseguiré 
quitar la vida á ese miserable y traerá mi hermana. 
— No, tu hermana no es digna de venir á mis 
brazos. 
Ella, ofuscada por su amor, ha sido el origen de 
todo. 
Aunque mi corazón se haga pedazos, no quiero 
verla jamás. 
— ¿Entonces qué debemos hacer, madre mía? 
— Partir á África en compañía de Samuel. 
Esta ciudad me es odiosa. 
Yo no quiero permanecer en ella un solo instante. 
Si llegasen á mis "oídos los ecos fúnebres de la co- 
mitiva que acompañe á Jacob, me moriría de dolor. 
Poco me importa por mí; pero tú eres muy joven 
y todavía necesitas mis consejos. 
Sara manifestó á Samuel su resolución de salir 
aquella misma noche de Sevilla. 
El anciano aprobó su conducta. 
DE DOS HÉROES. 1071 
Sabía que cuantas gestiones se hiciesen por salvar 
á Jacob serían infructuosas. 
Procuró, pues, tranquilizar el ánimo de Ezequiel, 
que no se avenía á salir de la ciudad sin vengarse del 
paje. 
La partida quedó dispuesta para aquella noche. 
No satisfecho Garcés con las infamias llevadas á 
cabo, y dejándose arrastrar del injusto odio que le 
inspiraban sus protectores, pensó completar su mala 
obra. 
— ¿No es una lastima, se decía, que las riquezas de 
ese viejo marrullero vayan á ser heredadas por una 
vieja imbécil y un joven cuya bondad raya en ton- 
tería? 
Parte de estos tesoros pertenecen legítimamente á 
Esther. 
Además, no puede ocultárseme que su hermano 
no ha de perdonarme jamás las ofensas que les he 
inferido. 
Hoy no puede vengarse; ¿pero quién me asegura 
que el día de mañana no vuelvan los hebreos á Se- 
villa, al convencerse los reyes y los nobles que esta 
raza era el manantial de su riqueza? 
Entonces Ezequiel sería mi enemigo más irrecon- 
ciliable. 
Yo me hallo en aptitud, no sólo de evitar este peli- 
gro, sino de enriquecerme. 
Así pensaba Garcés mientras tomó su capa y su 
birrete, saliendo del palacio de D. Juan. 
Maquinalmente dirigióse á la fortaleza de Triana. 
1072 EL JURAMENTO 
Algunos soldados y alguaciles hallábanse á la 
puerta, como de costumbre. 
Garcés dudó un instante en llevar á cabo sus viles 
propósitos. 
Vio, sin embargo, en lontananza un porvenir de 
riqueza, y aproximándose á uno de los corchetes, le 
preguntó si se hallaba en la fortaleza el inquisidor 
fray Tomás de Torquemada. 
 El interpelado respondió afirmativamente. 
— En ese caso, tened la bondad de decirle que un 
amigo de D. Juan Manrique desea hablarle un mo- 
mento. 
El alguacil se apresuró á cumplir sus órdenes. 
Un instante después volvió á presentarse en el za- 
guán, manifestando al paje que el inquisidor le 
aguardaba en su estancia. 
Garcés cruzó aquellos largos y oscuros pasillos 
acompañado del alguacil, que abrió la mampara de 
la habitación de Torquemada. 
Este hallábase sentado junto á su mesa de escri- 
torio. 
Al sentir el ruido que la mampara produjo al 
abrirse, dejó la pluma con que escribía sobre el tin- 
tero y dirigió una mirada. 
— ¿Qué queréis? — preguntó al paje. 
— Señor, dispensad si os interrumpo un instante 
en vuestras muchas y serias ocupaciones, pero vengo 
á haceros una proposición conveniente para ambos. 
— Hablad — respondió el inquisidor con un laconis- 
mo que raras veces abandonaba. 
DE DOS HÉROES. 1073- 
— Vengo á manifestaros que conozco el paradero 
de la esposa y el hijo de ese anciano hebreo, á quien 
hace pocas horas sorprendieron los alguaciles en la 
hostería de Martínez. 
El inquisidor clavó sus ojos en el paje, y después 
de examinarle de pies á cabeza le dijo. 
— ¿Hace mucho tiempo que teníais noticia del lu- 
gar en que se ocultan? 
— Sí, señor. 
— ¿En ese caso, cómo no lo habéis hecho presente 
al Tribunal? 
¿Ignorabais que este es el deber de todo buen cris- 
tiano? 
— Señor, lo sabía; pero no me he determinado á 
decíroslo antes, porque esa familia me había hecho 
algunos beneficios. 
— Mal hicisteis en aceptarlos. 
Los beneficios de los herejes no pueden merecer 
este nombre. 
— Por haberlo comprendido así, vengo á manifes- 
taros dónde se hallan. 
— Perfectamente; sólo de este modo os libraréis de 
comparecer en el pórtico de San Pablo, considerán- 
doos como apóstata ó contaminado por los judai- 
zantes. 
Garcés comprendió que había dado un paso en 
falso, y que si le decía á Torquemada las interesadas 
ideas que le habían impulsado á delatar á los he- 
breos, exponíase á que el inquisidor le encerrase en 
un calabozo.  

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