sábado, 4 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1062

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Multitud de gente se agolpaba en la calle. 
Al propio tiempo llegaron hasta Jacob los fúnebres 
ecos de los rezos de los inquisidores. 
María, la desventurada esposa de Torrigiano, ca- 
minaba entre dos sayones. 
El dolor había dejado sus indelebles huellas en su 
rostro. 
Iba vestida de negro, llevando sobre sus hombros 
el ignominioso sambenito. 
¡Muera la judía! — exclamaron más de mil voces, 
sin que les detuviera el natural espíritu de com- 
pasión. 
En los labios de la veneciana se bosquejó una 
amarga sonrisa. 
Era inocente, y no la espantaba morir. 
Jacob la contempló con lástima y admiración. 
Buscaron después sus ojos al escultor. 
Este no iba entre los sentenciados. 
— ¿Y Torrigiano? — preguntó á uno de los curiosos, 
1058 EL JURAMENTO 
— Torrigiano ha muerto. 
— ¿Ha muerto? 
— Sí, señor. 
— Un suicidio quizás... 
— Ese miserable se ha dejado morir de hambre en 
su calabozo. 
Entonces comprendió Jacob la tranquilidad que se 
advertía en las facciones de la veneciana. 
Muerto su esposo, deseaba el descanso en brazos 
de la muerte. 
Habían sido dos corazones que nacieron para 
amarse, ó para morir juntos. 
El hebreo vio alejarse la lúgubre comitiva. 
Los ecos de los rezos se extinguieron, como iba á 
extinguirse la existencia de la infeliz italiana. 
La muchedumbre, ávida de contemplar el suplicio 
de los reos, dirigióse en confuso tropel hacia el cam- 
po de la Tablada. 
Entonces Jacob siguió su camino hacia la casa del 
seductor de su hija. 
— He aquí otra de sus obras — exclamó; — segura- 
mente que sin su infame cooperación, no hubiera 
conseguido el sobrino del arzobispo penetrar en la 
casa de Torrigiano durante su ausencia. 
Un instante después, Jacob se hallaba junto á la 
puerta de la hostería. 
Preguntó al dueño por el paje. 
— Ese joven vive aquí, pero debe estar descan- 
sando. 
Necesito verle á pesar de eso. 
DE DOS HÉROES. 1059 
Decidle que un antiguo amigo suyo pide autoriza- 
ción para entrar en su estancia. 
Iba el hostelero á cumplir las órdenes del anciano, 
cuando Jacob le llamó de nuevo. 
— Antes que le despertéis, deseo haceros una pre- 
gunta. 
— Cuantas queráis. 
— ¿Ese joven está solo? 
— Absolutamente, la única condición que puso al 
instalarse en mi casa fué que necesitaba una estancia 
para él. 
— ¿Esta noche se ha retirado tarde? 
— Eso no es nuevo. 
Por lo general viene á casa cuando brillan los pri- 
meros rayos del sol. 
— ¿No le acompañaba nadie? 
— Nadie absolutamente. 
Jacob, comprendiendo que aquel hombre había si- 
do advertido por Garcés, no quiso dirigirle ninguna 
nueva pregunta. 
El hostelero se dirigió á la estancia del paje. 
Este habíase echado en el lecho, aunque sin des- 
pojarse de la ropa. 
Cuando- sintió el rumor que produjo la puerta de 
la estancia, incorporóse. 
— Buenos días, señor Garcés. 
— Buenos te los dé Dios. 
¿Qué te ocurre? 
— Un anciano desea veros. 
Yo me oponía á molestaros tan temprano, pero 
1060 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES.' 
me ha dicho que era un antiguo amigo vuestro, y 
que le traen á esta casa asuntos de interés. 
— ¿Es anciano? 
— Sí, señor. 
— Hazle pasar. 
— Me ha preguntado si estabais solo en la estancia,, 
y si os habíais retirado anoche muy tarde. 
— ¿Qué le respondiste? 
— Que nadie os acompaña, y que respecto á vues- 
tra tardanza, no acostumbrabais á venir nunca á 
casa hasta la aurora. 
— Bueno, ahora cumple mis órdenes. 
Garcés comprendió desde luego que el que por él 
preguntaba era Jacob, ó por lo menos un enviado 
suyo.
Acercóse á una mesa, tomó una daga, y después 
de guardársela cuidadosamente, salió al encuentra 
del hebreo. 
CAPITULO CVIU. 
Donde se dice cómo pagó un un infame 
los beneficios recibidos. 
Jacob y Garcés cambiaron una mirada antes de 
que ninguno de los dos pronunciase una sola palabra. 
— Supongo, dijo el anciano con acento trémulo por 
la emoción, que adivinarás el objeto que me obliga á 
venir aquí. 
— Os confieso que no. 
El hebreo había resuelto apelar á la persuasión. 
Era su alma tan noble y tan generosa, que creía 
que por estos medios conseguiría llegar á mejores 
acuerdos. 
— Os confieso que ignoro cuál es el objeto de vues- 
tra visita, respondió el paje, si bien me congratulo 
de ella. 
— ¿Vas á negarme que tu has sido el raptor de mi 
hija? 
— Mucho puedo responderos sobre ese particular. 
No os niego que Esther se halla en mi casa; mai 
podría hacerlo, cuando en la misma carta en que 
1062 EL JURAMENTO 
ella se despedía de vosotros, he puesto unos cuantos 
renglones rogándoos que no os molestaseis por recu- 
perarla. 
En cuanto á lo que me decís, no es cierto. 
Yo no he sido su raptor. 
Vuestra hija ha venido á mi casa por su voluntad. 
— Mientes — exclamó el hebreo poniéndose lívido; — 
por su voluntad, no; tú fuiste quien, abusando de la 
confianza que te concedí, has perturbado su razón. 
— Absteneos de pronunciar palabras inconvenien- 
tes, y recordad que os halláis en mi casa. 
— ¿Osas amenazarme? 
— No, sólo os hago una advertencia. 
— Pues bien, Garcés, á pesar de lo que en tu carta 
me decías, vengo dispuesto á salir de aquí acompa- 
ñado de Esther. 
— Eso es imposible. 
— ¿Por qué? 
— Porque ya comprendéis que la amo y no puedo 
renunciar á ella. 
Vos os oponíais á nuestras relaciones, y ni el uno 
ni el otro estábamos dispuestos á sufrir vuestras exi- 
gencias. 
— ¿De modo que me niegas á Esther? 
— Desde luego. 
— ¿No sabes que el rapto es castigado severamente 
por nuestros tribunales de justicia? 
— Lo sé, ¿pero vos no apelaréis á ellos? 
— ¿En qué te fundas para creerlo? 
— Me fundo— respondió tranquilamente el paje — 
DR DOS HÉROES. 1063 
en que la raza hebrea sufre las persecuciones de la 
Santa Inquisición, y si reclamaseis, no sólo os espo- 
níais á sus rigores, sino que decretabais la muerte 
de vuestra hija. 
— Más la quiero muerta que deshonrada. 
— Eso no deja de ser una frase que no cumpliríais. 
Un padre no puede prescindir del amor que le ins- 
piran sus hijos. 

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