viernes, 3 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1050

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 
1889 
— Ahora es necesario que cambies tu traje por el 
de cualquiera de las criadas de Samuel. 
De otro modo nos comprometeríamos ambos. 
Esther salió de la habitación caminando sobre la 
punta de los pies, con objeto de hacer el menor rui- 
do posible. 
Entró en la estancia de la joven que había sido 
portadora de la carta dirigida al paje, y tomó su ves- 
tido, que ésta había colocado junto á su lecho. 
DE DOS HÉROES. 1043 
Pocos momentos después, Esther se hallaba dis- 
puesta para la fuga. 
La hebrea habíase convertido en una hija del pue- 
blo de Sevilla. 
Garcés, al verla le dirigió una cariñosa sonrisa. 
— Vamos, no se puede perder un solo minuto. 
— Todavía es muy temprano. 
— Ten en cuenta que necesito arreglar muchas co- 
sas antes del amanecer. 
Tu padre sabe que estoy hospedado en la hostería, 
y es seguro que vaya á buscarnos. 
— ¡Ah, santo Dios, me moriría de vergüenza si 
volviese á verle! 
— No le verás. 
Por el pronto te llevaré allí, pero antes de dos 
horas te habré instalado en donde seguramente no 
ha de encontrarte. 
La hebrea salió de la estancia con paso temblo- 
roso. 
Al pasar por delante de la habitación en que sus 
padres dormían, se detuvo, pero Garcés, rodeando 
su talle dulcemente, la obligó á seguir. 
El astuto gavilán había vencido á la casta palo- 
ma. 
CAPITULO CVI. 
Remordimientos 
Esther, apoyada en el brazo de su amante, dejá- 
base conducir por las desiertas calles de Sevilla. 
Este detúvose delante de la hostería, y penetró 
después de decir á la joven que le aguardase un mo- 
mento. 
Su objeto era que el hostelero abriese la pequeña 
puerta que conducía al patio, evitando de este modo 
que la hebrea pasase por el establecimiento, donde 
algunos trasnochadores jugaban ó bebían. 
Esta operación fué realizada inmediatamente. 
Garcés pagaba su hospedaje con largueza, y ei 
dueño de la hostería imaginábase que el antiguo pa- 
je de D. Beltrán de Meneses era algún príncipe dis- 
frazado, ó por lo menos un magnate perteneciente á 
la más altiva nobleza. 
Esther penetró en la hostería, sin que ninguno de 
los parroquianos pudiese advertirlo. 
Cuando estuvo instalada en la habitación de Gar- 
cés, éste le dijo. 
1046 EL JURAMENTO 
— Ahora es preciso que yo te deje sola un mo- 
mento. 
— ¿Adonde vas? 
— Ya te he dicho que no conviene que permanez- 
cas aquí. 
Tu padre no se determinará á salir de su casa, 
porque esa imprudencia pudiera costarle muy cara; 
pero es seguro que me envíe al viejo Samuel. 
Yo no me negaré. 
Mi deseo es que comprenda lo inútiles que serán 
sus esfuerzos, y mi resolución de que no te hallen. 
De esta manera, tus padres partirán á África. 
— ¿Y dónde piensas ocultarme? 
— Ya lo sabrás. 
El paje cambió un beso con su amada y salió de 
la habitación. 
Antes de abandonar la hostería, quiso recomendar 
al dueño del establecimiento que negara en absoluto 
que ninguna mujer hubiese entrado allí. 
De este modo evitaba cualquier eventualidad, aun- 
que no era probable á semejantes horas que los he- 
breos hubiesen advertido la ausencia de su hija. 
Garcés se aventuró por las oscuras callejas de la 
ciudad, encaminándose al palacio de D. Juan Man- 
rique. 
En el zaguán esperaban, como de costumbre, algu- 
nos criados. 
— ¿Ha venido vuestro amo? — preguntó el paje, 
— No, señor. 
— En ese caso le aguardaré. 
DE DOS HÉROES. 1047 
Y el joven se sentó en uno de los bancos del za- 
guán. 
Media hora después, el sobrino del arzobispo en- 
traba por las puertas de su palacio. 
Garcés se aproximó. 
— ¿Qué te trae por aquí á semejantes horas? 
— Deseo hablaros reservadamente. 
— Pasemos, pues, á mi estancia. 
Uno de los criados alumbró con su linterna para 
que su señor y el paje se orientasen por la magnífica 
escalera que conducía á la planta principal del edi- 
ficio. 
Don Juan quitóse la capa y, desciñéndose la tizona, 
sentóse en un sillón brindando á su joven amigo pa- 
ra que le imitase. 
— Puedes decirme lo que quieras. 
Ya sabes que estoy dispuesto á corresponder á los 
servicios que me has prestado. 
— No pensaba recordaros semejante cosa, pero ya 
que vos los evocáis, quiero pediros un favor que no 
ha de originaros muchas molestias. 
— Dilo, pues. 
— Noches pasadas, hablando vos con algunos ami- 
gos , les referisteis la singular aventura de Pedro 
Torrigiano. 
— Es verdad. 
— Precisamente uno de los jóvenes que se halla- 
ban allí era conocido del viejo Samuel, hebreo que 
en apariencia abjuró de sus doctrinas, aunque en el 
fondo de su alma respeta las exigencias de su rito. 
1048 EL JURAMENTO 
Lo cierto es, que el padre de Esther ha sabido que 
yo había cooperado á la denuncia, lo cual ha hecho 
que me profese la más acendrada de las antipatías. 
— ¡Es posible! 
¿Luego ese viejo hebreo se atreve á tratar des- 
consideradamente á un cristiano? 
— Yo, que amo todavía á Esther, la he hecho salir 
de su casa. 
— ¡Bravo, Garcés! 
Te admiro, porque siempre te hallas á la altura 
que tu reputación merece. 
Eso es lo que deben hacer los hombres. 
Y D. Juan lanzó una ruidosa carcajada. 
El paje continuó : 
— Como comprenderéis, el viejo Jacob ha de hacer 
cuanto sea posible para recuperar á su hija, y esto es 
lo que necesito que no llegue á vías de realización. 
— Es lógico. 
— Vengo por lo tanto á pediros una estancia en 
vuestro palacio. 
— Perfectamente. 
Puedes disponer de ella. 
— Me guían dos móviles al reclamar este favor. 
El primero, que nadie ha de atreverse á sospechar 
que se halle aquí la hija del hebreo, y aunque lo 
sospecharan no se determinarán á buscarla. 
Y además... 
— Prosigue.
 — Que como Esther es hebrea, no sufrirá las per- 
secuciones del Santo Tribunal hallándose bajo el 
DE DOS HÉROES. 1049 
mismo techo del sobrino del arzobispo de la ciudad. 
— ¿Cuándo quieres traerla? 
— En cuanto me concedáis vuestra autorización. 
— En ese caso, no te detengas. 
Conviene que la joven entre sin ser vista, y esto 
puede verificarse á estas horas. 
Puedes utilizar mi silla de manos. 
— Aprecio vuestros favores. 
— Es la justa devolución de los que me has pres- 
tado tú. 
Garcés dio de nuevo las gracias á D. Juan, y salió 
de la estancia. 
El hidalgo encargó á uno de sus servidores que 
respetase las ordenes del paje. 
Éste dispuso que le preparasen la silla de manos y 
que le siguiesen. 
Media hora después llegaban junto á la puerta de 
la hostería. 
Garcés subió á la habitación de la hebrea. 
La joven se hallaba bajo los efectos más anorma- 
les que puedan describirse. 
No se daba cuenta de su situación. 
Parecíale que todo lo que á su alrededor ocurría 
era un sueño, del que iba á despertar de un momento 
á otro. 
Dejóse conducir por su amante hasta la puerta de 
la calle. 
Garcés la ayudó á subir á la silla de manos. 
— ¿Dónde me llevas? le preguntó en voz baja. 
— Ya lo sabrás, ahora no es ocasión de detenerse. 
1050 EL JURAMENTO 
Guando llegaron al palacio de D. Juan, empezaban 
á advertirse en el cielo los primeros destellos de la 
aurora. 
Esther subió la escalera y cruzó algunos de aque- 
llos magníficos salones sin darse cuenta de las belle- 
zas de aquel paraje. 
No podía alejar de su memoria el recuerdo de sus 
padres. 
— Ahora, mi querida Esther — le dijo el joven — es 
preciso que descanses. 
Acuéstate. 
Yo entretanto voy á terminar mis negocios y vol- 
veré lo antes posible. 
— No te marches. 
Tengo miedo. 
Me parece que me falta aire para respirar. 
— ¿Por qué, amada mía? 
— Mira, ya empiezan á advertirse en los vidrios de 
las ventanas los albores del día; pronto despertarán 
mis padres. 
¡Ay Garcés! ¿no es verdad que mi conducta ha 
sido infame? 
Yo no debí abandonarlos. 
— Hubieras tenido que renunciar á mi amor. 
— Eso me hubiese costado la existencia; ¿pero aca- 
so no la he recibido de ellos? 
Es imposible que seamos dichosos. 
La hija que deshonra á los que le dieron el ser, y 
no satisfecha con esto los abandona, tiene que su- 
frir los más espantosos castigos. 
DE DOS HÉROES. 1051 
— No lo creas, el tiempo se encargará de cicatrizar 
sus heridas. 
— ¡Pobres ancianos! 
Ambos no hemos recibido de ellos más que favo- 
res, que hoy les pagamos con la más negra ingratitud. 
— Duerme, mi querida Esther, los sufrimientos y 
la lobreguez de la noche te infunden pavor; yo te 
aseguro que algunos momentos de descanso te serán 
provechosos. 
— Pero si no puedo. 
¿Cómo quieres que goce del beneficio  del sueño, 
que es el patrimonio de las almas tranquilas? 
No, Garcés, yo he cometido un crimen horrible, y el 
sueño huye de mis párpados como huye la felicidad 
de mi corazón. 
El paje, depositando un beso en la pálida frente de 
la hebrea, salió de la estancia. 
Cuando hubo cerrado la puerta, echó la llave guar- 
dándola en su escarcela. 
— Conveniente es tomar estas precauciones, se 
dijo. Don Juan Manrique pudiera querer jugarme una 
mala partida, bajo el pretexto de hacerme un favor 
como el que me ha prestado. 
Y Garcés salió del palacio. 

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