miércoles, 1 de febrero de 2017

EL JURAMENTO- 1036

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889 
Su esposa, desesperada por el infortunio de Torri- 
giano, consignó ante el familiar y los alguaciles que 
era judaizante. 
¿Cómo quieres que yo trate de arrancarlos del pa- 
tíbulo? 
Conseguiría tal vez la ruina de D. Juan, pero no la 
salvación de sus víctimas. 
Aparte de esto, debes recapacitar que Manrique 
está emparentado con la nobleza de Sevilla. 
¿Sabes lo que conseguiría con tu consejo? 
Tal vez que me declarasen impostor y sufriera ios 
tormentos más horribles en una mazmorra inquisi- 
torial. 
— ¿De modo que no hay remedio para ellos? 
Garcés movió la cabeza negativamente. 
— Creo que no pueden esperar más que en el am- 
paro de Dios. 
Esther quedó pensativa. 
Luego prosiguió: 
— Ahora voy á hacerte una súplica, aunque creo 
que no es necesaria. 
DE DOS HÉBOBS. 1033 
— ¿Qué deseas? 
— He tenido estas noticias por el viejo Samuel, que 
inconscientemente pronunció tu nombre en presen- 
cia de mi padre. 
— ¿Luego tu padre sabe que estoy complicado en 
la perdición del artista? 
— Sí. 
Garcés se mordió los labios. 
— Se lo han dicho, pero no ha dado crédito á estas 
palabras. 
Deseo sin embargo que nada le digas. 
El no te ama como yo, y esto pudiera ser una tra- 
ba para nuestras relaciones. 
— No lo creas, si accedes á lo que voy á proponer- 
te, no lo será. 
¿Cuándo piensa salir de Sevilla el viejo Jacob? 
— Pasado mañana, como esta tarde te dije. 
— Perfectamente. 
— ¿Tú vendrás con nosotros? 
— No — respondió el paje con firmeza. 
Esther clavó sus negros ojos en el joven. 
— Ha llegado el momento crítico de hablar con 
franqueza y de que me demuestres tu cariño, añadió 
Garcés. 
— ¿Acaso no has recibido de él suficientes pruebas? 
— Necesito una más. 
Como comprendes, tu padre es hombre de expe- 
riencia, y ha de informarse si son ciertas las sospe- 
chas que hoy recaen sobre mí. 
Nada más fácil que convencerse de la verdad, su- 
puesto que ese hidalgo tiene á gala narrar su aven- 
tura. 
Una vez que haya adquirido la certidumbre de 
que contribuí más ó menos directamente á la dela- 
ción de Torrigiano, no consentirá en nuestra boda. 
—¿Y qué piensas hacer para contrarrestar esta des- 
gracia? 
— Deseo quedarme en Sevilla. 
—¿Y yo? 
—Tú permanecerás á mi lado. 
— Garcés, eso sería decretar la muerte de mis pa- 
dres. 
— No lo creas. 
— Y tal vez la mía. 
— ¿Por qué? 
—Porque no ignoras los peligros que aquí me ro- 
dean. 
—Esos peligros desaparecerán desde el momento 
en que cambies tu característico traje de hebrea. 
Cuento además con las influencias de D. Juan. 
— No, eso no puede ser. 
No quiero ser el verdugo de mis padres. 
 —En ese caso, parte con ellos. 
— ¡Ingrato!— respondió la joven entre sollozos; — tú 
ya no me amas, de otro modo no me tratarías con 
tanta crueldad.
 —Te propongo los medios de no separarnos, y no 
los aceptas. 
—¿Cómo aceptarlos, si en ellos va envuelta la 
muerte de aquellos á quienes debola vida? 
Rídeme el mayor de los sacrificios, pero no me 
exijas que sea ingrata con esos infelices ancianos que 
me dieron el ser. 
— ¿No me exiges tú que por seguirte vaya á sufrir 
los desprecios y las vejaciones de una familia que ha 
de echarme en cara mis crímenes? 
Esther lanzó un prolongado suspiro. 
No sabía qué partido tomar. 
Fluctuaba entre sus deberes y su amor. 
Vio, sin embargo, en su imaginación el rostro ma- 
cilento del viejo Jacob, y desasiéndose de los brazos- 
del paje: 
— Nunca, nunca — le dijo; — prefiero morir deses- 
perada. 
— ¿De modo que has formado la firme resolución 
de partir? 
— Sí, yo no sería dichosa pensando en su desgracia. 
— Sea como quieras —respondió el paje. 
Y poniéndose en pie embozóse en su capa, y se 
caló la gorra disponiéndose á salir de la estancia. 
— ¡Ingrato! ¡Ingrato! — exclamaba la hebrea, sin- 
tiendo que las lágrimas la ahogaban. 
Y cayó desvanecida. 
Garcés la contempló. 
— ¡Cuánto me ama! — se dijo: — me cuesta trabajo 
no acceder á sus pretensiones, pero esto sería la base 
de mi ruina. 
Ellos no conseguirán sus propósitos. 
De seguro que los sorprenden en el camino y no 
realizarán su fuga. 
1036 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Entonces, pobres de ellos, y desgraciado de mí si 
los acompañase. 
 Torquemada es un hombre inflexible, y no me 
bastarían las influencias que interpusiese D. Juan. 
Si Esther me ama, ella variará de resolución. 
Y el paje, después de dirigir á la joven una com- 
pasiva mirada, salió de la estancia. 

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