domingo, 30 de octubre de 2016

REGALO DE AMOR- De esposa y hermano- Por George Kent

REGALO DE AMOR

Conmovedor relato de un gran amor: lo engendró el sufrimiento,
lo acendró la ausencia ... y lo salvó el afecto fraternal.
 

Por George Kent

EL ARBOL DE NAVIDAD una rama de abeto de dos palmos incrustada en una grieta de la mesa. Las luces: un cabito de vela. El banquete: nueve rebanadas de salchichón y ensalada de patatas. Los regalos: una naranja para él, que si hubiera sido de oro puro no la miraría con tal codicia. Y para ella, una caja de lata y una cuchara de aluminio, que la hicieron llorar de emoción.

Corría el año de 1947. El sitio: Vorkuta, un campo de horror de la Rusia ártica. Allí estaban presos el Dr. Alejandro Thomsen, danés, y Olita Priede, médica letona. A pesar de su triste condición, el hecho de estar juntos hizo de aquella Nochebuena una de las más felices de su vida.
Mas la felicidad se truncó de pronto, meses después, cuando destinaron al Dr. Thomsen a trabajos forzados en el campamento de Stalino, distante unos 3200 kilómetros. Partir, dicen los franceses, es morir un poco. Para los dos enamorados era el acabamiento y remate de todo: ambos sollozaron sin tapujos cuando se alejaba el tren entre la nieve.

Esta historia es navideña no por aquella plácida cena sino por lo que les aconteció ocho años después en otra Nochebuena. Fue preciso que ocurriera un pequeño milagro para volverlos a juntar, y el prodigio ocurrió en esos días milagrosos.
Estamos en víspera de Navidad de 1955. Alejandro Thomsen había regresado a Dinamarca pocos meses antes, puesto al fin en libertad por los rusos después de 10 años de tortura. Las imputaciones que le hacían eran falsas. Pero en Copenhague el hecho de haber sido prisionero de los Soviets se consideraba como prueba de que había trabajado con los nazis contra su patria. Los periódicos lo catilaogarol, como un colaborador nazi. Era un hombre en desgracia.
No tenía dinero. Se le prohibió ejercer laprofesión Sus viejos amigos al encontrarlo en la calle le negaban el saludo. En vano apeló a los tribunales, en busca de justicia. Desesperado, gastó sus últimas coronas en un billete de ferrocarril que lo llevara a Augustemburgo, en el sur de Jutlandia, a la casa de su familia, en donde seguramente encontraría el revólver que fue de su padre.
La víspera de Navidad ardía una lámpara en la vieja casona. Alejandro revolvía las gavetas del escritorio buscando el revólver, cuando de pronto se abrió un cajón atascado ... y allí estaba ¡el regalo de los Reyes Magos! Mejor dicho, el regalo de un inmenso amor fraternal: un gran cartapacio de documentos, declaraciones juradas y cartas que daban testimonio del patriotismo y la bondad del Dr. Alejandro Thomsen. Eran más que suficientes para refutar las calumnias de los periódicos.
Su hermano, Hans Peter, había dedicado los últimos años de su vida a recoger esas pruebas. Encima del mamotreto había una tarjeta de navidad de Hans que decía así:
"Querido hermanito: En esta Nochebuena pensaré mucho en ti; he recordado los buenos tiempos en que jugábamos en el jardín, y a la orilla del mar, cuando aún vivía la tía Katinka. Quiera Dios que algún día volvamos a vernos para que hablemos de los dichosos días de nuestra infancia. Felices Pascuas. Hans"
HANS y Alejandro eran pequeñuelos cuando perdieron a sus padres. Durante algún tiempo una tía veló por ellos. La tía murió pronto y en su lugar vinieron extraños. Solos en el mundo crecieron en una intimidad poco común entre hermanos. Hans se fue a los Estados Unidos y trabajó durante algún tiempo en granjas del Oeste del país y más tarde, como barbero, cortó cabellos y rapó barbas por todo el Oeste Medio hasta que fue a parar a Winsconsin en donde estudió zoología en la Universidad de ese estado. Se convirtió en un científico de renombre y se casó con una muchacha de origen noruego. Como sabía varias lenguas, se alistó en el Servicio de Contraespionaje al estallar la guerra.
Alejandro, que ya  entonces era médico, marchó a Lubeck (Alemania) en los últimos días drl conflicto, a uxiliar a los desplazados. Al terminar  la guerra pasó a Berlín como, representante de la Cruz Roja con credenciales del consulado sueco en Hamburgo. Allí se consumió  trabajando 14 y 15 horas al día día, curando y confortando a los refugiados.
Cierto día los rusos llamaron a su puerta ... y poco después se halló en la cárcel Butirski en Moscú. Supo que una pandilla se estaba enriqueciendo ayudando a los nazis atrapados en Berlín a escapar de la ciudad en ambulancias. Con ese fin se utilizaba la insignia de la Cruz Roja; entre los implicados había choferes de ambulancias, ordenanzas y oficiales de la Cruz Roja local. Cooperaba con ellos un empleado del Consulado sueco en en hamburgo que ignoraba que la pandilla operaba con fines lucrativos. Como este empleado era el mismo que le había concedido a al  Dr. Thomsen las credenciales que le permitieron ira Berlín, los rusos creyeron  que él era miembro de  la pandilla.
Durante más de un año se prolongaron en Moscú los interrogatorios diarios —y las palizas— a que sometieron al Dr. Thomsen para que confesara su culpa. Le daban tan poco de comer que se le secaron las carnes. Por fin le informaron que sólo le quedaban algunas horas de vida. Pero era una farsa: poco después salía a bordo de un tren con destino a Vorkuta, condenado en un juicio secreto que nunca presenció.
Este campamento, donde se albergaban 200.000 prisioneros, no estaba lejos del círculo polar ártico; el termómetro marcaba algunas veces 52° C. bajo cero. Era un lugar desolado de minas de carbón y tundra interminable, de donde pocos intentaban escapar, pues por la helada llanura solamente rondaba la muerte.
El Dr. Thomsen fue nombrado  cirujano del hospital del campamento. Cuando llamó a la puerta del dispensario le respondió una voz femenina: "Pase usted". Era Olita, mujer hermosa y delicada de enormes ojos melancólicos; en ese momento llenaba jeringas hipodérmicas con vitamina C para inyectar a los presos que sufrían de escorbuto. Apenas la vio Thomsen se sintió sobrecogido de una emoción nunca sentida. Así me lo dijo más tarde:
"Después de dos años de indiferencia, sentí de pronto que volvía a ser hombre". La sangre se le subió al rostro. La joven, como dandose cuenta de lo que acontecía, se volvió a él y le dijo: "¿Me hablaba usted, doctor?"
Fue un amor a primera vista para ambos, y el capullo se fue tornando en flor lentamente, día tras día, en las desmanteladas salas del hospital: sus manos se tocaban accidentalmente; cambiaban una sonrisa. Por las tardes solían trabajar juntos en la farmacia. En una ocasión, sin poderse contener, él la rodeó con sus brazos y le dijo: "Aun- que soy un prisionero, como tu, y sé que no hay esperanzas ... te quiero y te querré siempre
Cuando la besaba le pasó la mano por la cabeza y cayó al suelo el pañuelo con que ella siempre la llevaba cubierta. Vio que la tenía afeitada. Ahogando los sollozos, por no llamar la atención del guardián, Olita le contó su historia.
Su padre era herrero en Teremetz (Letonia) cuando los rusos le arrebataron su cortijo. Al terminar la guerra, ella se unió a la Resistencia de su patria y fue apresada por la NKVD. En Leningrado le raparon la cabeza y luego fue enviada a Vorkuta.
Por más que ella lo amaba ... tendrían que resignarse a ser únicamente amigos. "Algún día habrán de separarnos", le dijo. Pero Un año después le confesaba: "He cambiado de parecer: no podría sufrir tu ausencia. Sólo hay un medio de tenerte a mi lado para siempre', ...
El gozoso festín de Navidad siguió poco después.
Más tarde, trasladado al lejano campamento de prisioneros de Sta-ino, el Dr. Thomsen leía a hurtadillas una carta: "Mi adorado: estoy esperando un nene. Soy la mujer más feliz del mundo. Ahora, ni el sufrimiento, ni nadie, podría destruir mi fe en la vida". En diciembre de 1950 Olita dio a luz un niño.
ENTRE TANTO, muy lejos de Vorkuta, Hans Peter Thomsen, que dirigía a la sazón una unidad de contraespionaje norteamericano en Munich, comenzaba a trabajar para redimir a su hermano. Hans no andaba bien de salud: una vieja herida en la cabeza le causaba muchas molestias. Cierto día hubo de suspender el trabajo porque se le paralizó el costado derecho. Pero mejoró y siguió adelante. Disfrazado de obrero se internó en la zona rusa y habló con centenares de gentes que habían conocido al Dr. Thomsen.
Localizó al empleado consular que había cooperado en el escape de los nazis, y obtuvo las pruebas que necesitaba para condenar a los miembros de la pandilla y, al mismo tiempo, para demostrar la inocencia de su hermano. Consiguió una declaración jurada que desvanecía definitivamente los cargos hechos a Alejandro.
Su expediente estaba completo, pero a nadie le interesaba. En diciembre de 1952, Hans visitó la casa de sus padres, y puso los documentos en la gaveta del escritorio. Regresó luego a los Estados Unidos, en donde murió en octubre de 1953.
EL HALLAZGO de los papeles, en esa desesperada Nochebuena de
1955, fue un rayo de esperanza para Alejandro. Era inocente ... y ahora tenía en su poder pruebas convincentes de su inocencia. El primer ministro, H. C. Hansen, se sintió anonadado ante la injusticia resultante de ese error judicial y, como estaba a punto de hacer una visita Oficial a Moscú, prometió tratar el asunto con las autoridades sovíeticas. Thomsen le rogó que interpusiera su influencia para que Olita y su hijo vinieran con él a Dinamarca.
Antes de salir de Rusia, Alejandro  había conseguido hacer llegar una carta a su amada en la que le decía: "Si todavía me quieres, escríbeme estas palabras: te envío mil besos". Pronto llegó la respuesta, con los "mil besos" y con ella la,gran noticia: Los rusos la habían puesto en libertad y vivía con su hermana en Riga. Había padecido de tuberculosis, y estuvo a las puertas de la muerte. El chico también había estado enfermo. Ahora ambos estaban bien.
Gracias a los buenos oficios del primer ministro Hansen, Olita obtuvo el permiso para salir de Letonia. El desenlace de esta historia no pudo ser más afortunado: la prensa rectificó ampliamente sus conceptos adversos; el gobierno danés le hizo a nuestro médico un presente de 10.000 coronas.
El Dr. Alejandro Thomsen y Olita Priede se casaron el 12 de diciembre de 1956 . . . aniversario de su primer encuentro, hacía 10 años, en la sala del hospital de Vorkuta.
Hoy tiene el Dr. Thomsen su consultorio en Augustemburgo, en su vieja casa, donde vive con su mujer y su hijo. El chico, que ha cumplido ya 11 años, juega con sus amigos en el mismo jardín donde Hans y Alejandro jugaron una vez bajo la mirada vigilante de su tía. En cuanto a Olita ... sigue siendo una mujer hermosa y uno de sus mayores atractivos es su abundante y rebelde cabellera negra.
EL Dr. Thomsen ha escrito un libro sobre sus experiencias: En nombre de la humanidad, publicado por la editorial Wangel de Copenhague. Esta obra ha sido aclamada por la prensa danesa y sueca como una autobiografía conmovedora y una historia de amor de belleza inigualable.


Febrero de 1962
Selecciones del Reader´s Digest 

sábado, 29 de octubre de 2016

"TU ESCUCHAS LA ORACIÓN DE AQUELLOS QUE TE BUSCAN"- HISTORIA CONMOVEDORA

Díos sí nos oye
Una viuda joven y solitaria 
descubre cómo Dios ayuda a  sobrevivir y a rehacerse 
 a  los desventurados que han perdido toda esperanza
Por Pamela Hennell



A MENUDO oímos decir a personas afligidas y desilusionadas: "Oré, pero mis ruegos nunca fueron atendidos". Yo también me expresé así cuándo una profunda pena trastornó mi vida, y me alejé de Dios. Sin embargo, largos meses después mi desilusión terminó de una manera extraña y maravillosa.
En los días felices y activos de mi matrimonio, pocas veces pensé en rezar. Durante los diez años que pasamos juntos, mi esposo y yo vivimos absorbidos por un amor despreocupado y alegre; nuestra única pena era no tener hijos. De pronto mi marido enfermó de cáncer del pulmón. En mi desesperación me dediqué a orar, esforzándome por recuperar lo perdido, pero la oración, por tanto tiempo relegada al olvido, me parecía vacía. Después de varios meses, largos y angustiosos, Godofredo murió. Entonces mi plegaria constante fue: "¡Ayúdame, Dios mío, a soportar esta soledad y desesperación!"
De nuevo me pareció que sólo el eco devvolvia mis oraciones y, sin atender el bondadoso consejo de nuestro párroco, en mi amargura y desolación traté de marchar sola, pero a cada paso me hundía más profundamente en el egoísmo del dolor reprimido.
A lo largo de mi senda solitaria me encontré con otras personas que también padecían. Aquéllos cuya fe era fuerte recobraron el valor y la esperanza. Pero otros, como yo, seguíamos extraviados, vacilantes. Conocí a un hombre que había perdido su único hijo, a una viuda mucho mayor que yo, a una jovencita cuyos padres perecieron en un incendio. Todos comentábamos que.habíamos pedido ayuda a Dios paró Soportar la separación, sin que nada ocurriera. "¿Por qué escucha Él otras oraciones, pero nunca las nuestras?" nos preguntábamos.
No me di cuenta de cuán grande era mi error hasta una noche helada de diciembre, 16 meses después de la muerte de mi marido. Me encontraba entonces en Londres, adonde había ido a buscar trabajo para escapar de obsesionantes recuerdos. En un principio, la busca de un empleo me tuvo tan ocupada que no me quedó mucho tiempo para pensar en el pasado; pero, dos semanas después de mi llegada, el hecho de haberme encontrado por casualidad con una persona que había mantenido relaciones comerciales con Godofredo renovó todo el antiguo dolor por la pérdida sufrida. Incapaz de soportar la soledad de mi aposento, vagué durante horas por las calles. Comenzaba a anochecer, y con la oscuridad llegó la niebla. Un reloj distante daba las ocho cuando salí de Old Brompton Road y me dirigí hacia Queensgate. Allí, casi oculta por la bruma, descubrí una iglesia cuyas puertas estaban abiertas. La antigua plegaria me volvió a los labios: "¡Ayúdame, Dios mío, ayúdame!" Entré en el templo, sin esperanzas.
La iglesia era pequeña, fria y húmeda, y estaba iluminada tan sólo por tres velas vacilantes. En la penumbra se vislumbraban las filas de bancos. Mientras yo permanecía de pie, indecisa, súbitos  sollozos rompieron el silencio, los sollozos bruscos y atormentados de un hombre.
Mi primera reacción fue de miedo, y me volví para huir. Pero esos sollozos ahogados, tan llenos de dolor, me detuvieron en la puerta. A pesar mío avancé casi a tientas por la oscura nave lateral hacia el sitio de donde provenían, hasta que vi una persona acurrucada en un banco. Poniéndole tímidamente la mano en el hombro, murmuré:
—¿Puedo ayudarle en algo?
El desconocido levantó la cabeza. Era joven; tenía el rostro anguloso y el cabello rubio.
—Ha muerto —dijo con voz dura—. ¡Mi esposa ha muerto! 
Me senté a su lado. Evidentemente no esperaba contestación alguna, pero comenzó a hablarme en un murmullo entrecortado, como si yo fuera una amiga. Unos pocos años antes, había venido de Australia con su esposa. Si bien su salario de empleado era mezquino, y su departamento resultaba demasiado pequeño desde la llegada de un hijo, su vida había estado llena de amor y felicidad hasta que su mujer murió dos meses atrás. Me habló de los interminables días y de las noches de insomnio que había pasado desde entonces.
—No sé cómo seguir viviendo sin ella —repetía angustiado—. Oro para tener valor, mas las cosas empeoran cada día. La gente ha sido amable, pero . .* .
Se interrumpió repentinamente. Mientras yb trataba de extraer del vacío de mi propio corazón algunas frases de aliento, ébló de nuevo, y sus palabras constituyeron una revelación súbita para mí.
—¡Todos han sido tan bondadosos conmigo! El matrimonio que se hizo cargo del bebé, los vecinos a quienes antes no conocía y que insisten en que coma con ellos todas las noches, los compañeros de la oficina Dios ha contestado mi ruego a través de toda esa gente. Pero yo no escuchaba.
Pero yo no escuchaba. Fue como si esas palabras abrieran una puerta en mi espíritu. Yo también había pedido ayuda, mas esperaba alguna solución dramática que borrara milagrosamente el dolor de la pérdida sufrida. Cuando eso no ocurrió (¿ y cómo podría haber ocurrido?) me alejé de Dios, diciéndome que Él no había escuchado mis oraciones. Sin embargo, y no obstante haberle vuelto la espalda, Él había contestado mi súplica, y yo lo habría comprendido así si hubiera sabido escuchar.
Sentada junto a ese desconocido, recorrí con el pensamiento los largos meses anteriores. Mi médico me había enviado a pasar las primeras semanas a la playa para que pudiera descansar. No bien los otros huéspedes del pequeño hotel descubrieron que yo acababa de enviudar, me rodearon como un pequeño ejército de amigos, decididos a no dejarme sola. Me obligaron a nadar, a bucear, a compartir sus paseos en bicicleta. Ni una sola vez se me ocurrió que su cálida amistad podía ser una respuesta a la plegaria que yo elevaba a Dios: "¡Ayúdame a soportar esta soledad y desesperación!"
Durante mi vida de casada nunca desempeñé un empleo, y se me dijo que debido a mi falta de experiencia me sería difícil conseguir uno. Sin embargo, y justamente cuando más lo necesitaba, me encontré con una señora que casual-mente mencionó una vacante que existía en la redacción de una revista. Me presenté y fui aceptada, cosa que yo califiqué de feliz coincidencia.
La primera Navidad sin Godofredo, tres matrimonios que yo apenas conocía me invitaron a pasar ese día con ellos. Mis vecinos observaban con atención mi estado de ánimo, y si advertían signos de que mi depresión aumentaba, me obligaban a compartir sus vidas. La secretaria del editor para el que trabajaba, dedicó parte de su tiempo libre a ponerme al corriente de mis obligaciones, y llegó hasta corregir mi mala ortografía. ¡He hallado tanta gente buena!
Y esa noche el destino había reunido a dos extraños en una pequeña iglesia vacía de Londres, para que ambos descubrieran juntos cuál es en realidad la forma  en que  Dios contesta las oraciones. No se trata de un don milagroso de valor y esperanza, ni de una panacea sobrenatural que cure los males del espíritu. Ese apoyo se advierte en .las pequeñas cosas: en el calor de la amistad que reconforta el ánimo desfalleciente, en el alivio del corazón adolorido al compartir la alegría ajena, en la bondad de un extraño que ilumina un día. Ésta es, pues, la manera como Dios nos ayuda a soportar las desgracias y a rehacernos.
mq

DIARIO DE DAVID BRAINERD - 1742

19 de septiembre
Por la tarde fui a caballo a Bethlehem y prediqué allí. Hubo bastante asistencia, tanto
en la oración como en la predicación. Me sentí sincero, amable y tierno hacia todos, y
deseé que la santidad pudiera florecer mas en la Tierra.

20 de septiembre
Pensé regresar al poblado indio, pero hacia la noche sentí un dolor fuerte en los dientes
y escalofríos; no puede calentarme y sentirme confortable en toda la noche que siguió.
Seguí con mucho dolor toda la noche, y por la mañana tenía mucho dolor toda la
noche, y por la mañana tenía mucha fiebre y dolores por todo el cuerpo
.
Tuve en sentimiento de la bondad divina al hacer que este fuera el lugar de mi
enfermedad, entre amigos, los cuales fueron muy amables conmigo. Probablemente
habría perecido allí si hubiera regresado antes a mí propia casa en los bosques, donde
no tengo oportunidad de estar en relación con nadie mas que con los indios, pobres,
rudos e ignorantes.
Aquí vi que había misericordia en medio de la aflicción. Seguí de
esta manera, casi siempre confinado en la cama, hasta el viernes por la noche, con
fuertes dolores en todo momento,
pero, por la bondad divina sin temer a la muerte.
Entonces se me hizo clara la extrema locura de los que aplazan el entregarse a Dios
hasta hallarse en un lecho de enfermedad.
Sin duda, este no es un momento para
prepararse para la eternidad. Por la tarde del viernes los dolores desaparecieron
súbitamente. Estaba débil en extremo, y casi me desmayé pero me sentí confortable la
noche que siguió Estas palabras del Salmo 118:17 “No moriré sino que viviré” etc. ,
pasaron por mi mente con frecuencia,
y pensé que había que celebrar la continuación
en la vida solo en el caso de que pudiera “mostrar la bondad y la gracia de Dios”.
Día del Señor, 23 de octubre
Por la mañana tuve un poco de consolación que vino de la esperanza de ver días
gloriosos en la Iglesia de Dios; y pude orar con alguna fuerza y ánimo de esperanza por
este día glorioso. Antes del mediodía traté de las glorias del cielo; por la tarde, de las
miserias del infierno y del peligro de ir allá.
3 de noviembre
Pasé el día en ayuno y oración privada, desde la mañana hasta la noche. Temprano por
la mañana tuve algo de ayuda en la oración. Después leí la historia de Elías el profeta:
1ª. De Reyes, capítulos 17, 18 y 19, y también 2ª. De Reyes, capítulos 2 y 4. Mi alma
entonces, exclamó con Eliseo: ¿”Dónde está el Dios de Elías?” Oh, anhelaba tener mas
fe! Mi alma suspiraba por Dios, y le imploré
que una porción doble del espíritu que fue
dado a Elías pudiera descansar sobre mi. Y lo que constituyó un refrigerio y
corroboración divina para mi alma fue ver que Dios era el mismo de los días de Elías.
Me sentí capacitado para luchar con Dios en oración en una forma sentida, ferviente,
humilde, intensa e insistente, mas de lo que he podido en los últimos meses. Nada me
parecía demasiado difícil para que Dios no pudiera hacerlo; nada demasiado grande
para mi que yo no pudiera hacerlo por Él. Había perdido durante muchos meses toda
esperanza de ser un instrumento para hacer algún servicio especial para Dios en el
mundo; me parecía totalmente imposible que alguien tan vil pudiera ser empleado en
esto por Dios
. Pero en aquel momento Dios tuvo a bien reavivar esta esperanza.
Mi alma fue ardiente en la oración fue capacitada para luchar ardientemente por mí
mismo, por los amigos cristianos, por la Iglesia de Dios. Y sentí mas deseos de ver el
poder de Dios en la conversión de almas de lo que había sentido desde hacía ya mucho
tiempo. Bendito sea Dios por esta sesión de ayuno y oración! Que su bondad
permanezca siempre conmigo y atraiga mi alma hacía él!

10 de noviembre
Pase el día en ayuno y oración a solas. Por la mañana estaba abatido y sin vida, triste y
desanimado.
Pero después de un rato, mientras leía 2ª de Reyes 19, mi alma se sintió
conmovida y afectada; después de leer el versículo 14 y siguientes, vi que no había otro
camino para los hijos afligidos de Dios excepto el ir a Dios con sus aflicciones
.
Ezequías,
en gran angustia, fue y derramó su queja ante el Señor.
Me sentí capacitado para ver el gran poder de Dios y mi extrema necesidad de este
poder, y de clamar a Él con fervor y pasión para que su poder y gracia me fueran
concedidos.

 29 de noviembre
Empecé el estudio de la lengua india. Estaba molesto por la necesidad de mas retiro.
Me gustaba vivir solo en mi propia cabaña, donde puedo pasar mucho tiempo en
oración.

(El día siguiente prosiguió el estudio de la lengua, aunque estaba débil
corporalmente. Hay una nota al pie, escrita por su biógrafo, que muestra que
este estudio requería con frecuencia que anduviera a caballo veinticuatro
millas, ida y vuelta, por bosques deshabitados y exponiéndose a las
inclemencias extremas del invierno.
)

viernes, 28 de octubre de 2016

CARTA DE JAELIS BERNAERTS A SU ESPOSA -AÑO DE 1559-AMBERES

EL SACRIFICIO DEL SEÑOR
ANONIMO
 
TESTAMENTO ESCRITO POR JELIS
BERNAERTS A SU ESPOSA, ESTANDO EN
LA PRISIÓN EN AMBERES, DONDE FUE
EJECUTADO A CAUSA DE LA PALABRA
DEL SEÑOR,
1559 d. de J.C.

 

 Gracia y paz te sean multiplicadas, mi querida y amada esposa
y hermana en el Señor, “
como las cosas que pertenecen a la vida
y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el
conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia,
por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas”
(2 Pedro 1.2–4).
Mi amada, por ellas eres participante de la naturaleza divina,
si huyes de la concupiscencia de este mundo, como hasta ahora
lo has hecho al renunciarla y al aceptar la regeneración, la fe y la
manifestación de la obediencia, la cual demostraste por medio del
bautismo, en el cual te vestiste de Cristo, y por medio de ello te
convertiste en participante de la naturaleza divina
. Y esto no fue
hecho por las obras de justicia que hiciste, sino que te salvó por su
misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación
en el Espíritu Santo (Tito 3.5). Si perseveras en esto hasta el fin
y si eres paciente en cualquier cosa que te suceda, tú heredarás lo
que te ha sido prometido.
Alaba a Dios y dale las gracias por todos
los beneficios gloriosos que has recibido. Bendice a Dios el Padre
por medio de Jesucristo, aunque te ha sobrevenido la tribulación
por mi partida a causa del Señor. Y sabe también que según la gran
misericordia de Dios, él nos hizo renacer para una esperanza viva,
por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para ti y para
todos los que están en la misma fe, que sois guardados por el poder
de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada
para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual tú, mi querida
y amada esposa, te alegras,
aunque ahora por un poco de tiempo, si
es necesario, tengas que ser afligida en diversas pruebas. Porque sí,
mi amada, somos probados de diversas formas a fin de que se haga
manifiesto si realmente amamos al Señor (1 Pedro 1.3–6).
El sacrificio del Señor 281
Por tanto, esfuérzate, mi amada, aunque te sobrevengan aun
más tribulaciones; porque es por medio de mucha tribulación y
aflicción que entramos en el reino de Dios. Y, como también dice
Eclesiástico en el capítulo 2, versículos 1 al 5: “Hijo mío, si tratas
de servir al Señor, prepárate para la prueba. Fortalece tu voluntad
y sé valiente, para no acobardarte cuando llegue la calamidad.
Aférrate al Señor, y no te apartes de él. (…) Porque el valor del
oro se prueba en el fuego, y el valor de los hombres en el horno
del sufrimiento”.
No obstante, mi amada, es así que Santiago escribe en su primer
capítulo: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis
en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce
paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis
perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”; porque cuando
enfrentamos la tribulación, necesitamos mucha paciencia. Por tanto,
te suplico desde lo más profundo del corazón y del alma, que tengas
buen ánimo y con paciencia permitas que la prueba de tu fe se haga
manifiesta, como dice Pedro: “Para que sometida a prueba vuestra
fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se
prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando
sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien
creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable
y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de
vuestras almas” (1 Pedro 1.7–9). Entonces ya no habrá más aflicción,
tribulación, oprobio, persecución, gemido, llanto ni lamento (Apocalipsis
21.4). Por tanto, esfuérzate y ten en cuenta que el sufrimiento
que experimentemos aquí pasará, y toda la gloria y los placeres de
este mundo quedarán reducidos a nada.
Pero fíjate constantemente
en las gloriosas promesas del futuro que nos han sido hechas y que
se cumplirán para los que creen, si perseveramos, ya que fiel es el
que promete, porque el Señor no retarda su promesa (Mateo 24.13;
Hebreos 10.23; 2 Pedro 3.9). Pero esfuérzate y confía en él, porque él
no te dejará. Echa toda tu ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado
de ti; por cuanto el que te ha llamado y te ha elegido es un Dios de
toda gracia,
como dice Pablo.
Mas el Dios de toda gracia, que te llamó a su gloria eterna en
Jesucristo, después que hayas padecido un poco de tiempo (nota,
282 El sacrificio del Señor
él dice: “un poco de tiempo”), te perfeccione, afirme, fortalezca
y establezca en lo que has aceptado, o sea, en la fe en él y en su
Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor. “A él sea la gloria y el
imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pedro 5.10–11).
 

Después de este afectuoso y cariñoso saludo a ti, mi querida,
elegida y amada esposa
y querida hermana en el Señor,
quiero
decirte que he recibido tu carta, en la que me escribes que te escriba
un testamento.
No me negaré, si el Señor me da la oportunidad;
porque si pudiera ayudarte con mi sangre, lo haría. Mas ahora no
puedo ayudarte, a no ser escribiéndote. Lo hago para tu consuelo,
por un verdadero amor fraternal y desde lo profundo del corazón,
tratando de terminar esto con la ayuda y la gracia del Señor, con la
misma opinión con la que lo comencé. Sabe, por tanto, mi querida
esposa y hermana en el Señor
, que nuestro Dios visitó a su pueblo
en la antigüedad, cuando ellos estaban en Egipto bajo la esclavitud
del rey Faraón, a quien tuvieron que servir durante casi quinientos
años. Y cuando fue su voluntad librarlos, levantó a Moisés como su
líder. Por él, Dios los libró de la esclavitud de Egipto y los condujo
al Mar Rojo, en donde ahogó y redujo a nada al rey Faraón y a todo
su ejército (con el cual los siguió), librándolos de sus manos. Así
fue como llegaron al desierto, para continuar hacia la tierra que les
había sido prometida. Y Jehová Dios, mediante Moisés su líder,
les dio leyes y costumbres que ellos debían cumplir. Mas ellos no
siguieron en su ley, por lo que Dios se enojó y juró en su ira que no
entrarían en su reposo.
¿Con relación a quién juró? ¡Con relación a
los incrédulos! Y vemos que ellos no entraron allí, y esto a causa de
su incredulidad. Después de haber pasado esto, el Señor habló por
medio del profeta, y dijo: “He aquí que vienen días, dice Jehová,
en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de
Judá.
No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su
mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi
pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es
el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice
Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo
seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo
. Y no enseñará más
ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a
Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos
El sacrificio del Señor 283
hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de
ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31.31–35).
Ahora en estos días postreros, él ha revelado este pacto, dado por
medio de su Hijo Jesucristo nuestro Señor. Él es el verdadero
Moisés,
que nos ha tomado de la mano
y nos ha sacado de Egipto,
donde todos nos sentábamos y servíamos al diabólico rey Faraón,
bajo quien fuimos cautivos por el pecado. Somos redimidos de sus
cadenas y esclavitud por Cristo, que por medio de su muerte y el
derramamiento de su sangre nos redimió y nos reconcilió. Nos libró
del diabólico rey Faraón, a quien él destruyó y ahogó en su sangre,
cumpliendo así el Antiguo Testamento. Porque todo lo que estaba
escrito en la ley y en los profetas tenía que cumplirse (Hebreos 1.2;
Mateo 5.17; Lucas 24.44). Así se cumplió, y el Nuevo Testamento se
confirmó con su sangre. Como ya he dicho, él había prometido este
cumplimiento mediante los profetas; ha sido proclamado a nosotros
por medio del evangelio, y fue confirmado con señales y prodigios
hechos por él y sus santos apóstoles. Después de su resurrección,
él los envió a predicar a todas las naciones para que todo aquel que
crea y sea bautizado, sea salvo. También les mandó enseñar a guardar
todas las cosas que él había mandado (Hebreos 2.4; Mateo 28.20).
Y ahora, mi amada esposa, somos el pueblo que Dios eligió
antes de la fundación del mundo
. Él hizo un mejor pacto con
nosotros que el que hizo con Israel, quienes diariamente tenían que
ofrecer sacrificios por sus pecados, con los cuales, sin embargo,
no pudieron expiarse (Efesios 1.4; Hebreos 7.22, 27). Por cuanto
ofrendas y holocaustos y expiaciones por el pecado no quiso, ni le
agradaron, las cuales se ofrecían según la ley. Entonces él (Cristo),
dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita
lo primero para establecer esto último. En esa voluntad somos
santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha
una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras
día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios,
que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido
una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se
ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta
que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con
una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y
284 El sacrificio del Señor
nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber
dicho [como está escrito en Jeremías 31.31]: Este es el pacto que
haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré
mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré, añade:
Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues
donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado”
(Hebreos 10.8–18).
Así que, mi querida y amada esposa, tenemos libertad (versículo
19) “para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,

por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo,
esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de
Dios”, que es la iglesia, habiéndola purificado con su sangre, para
que fuese santa, sin mancha ni arruga; de la cual eres un miembro,
porque ella es el cuerpo de Cristo y nosotros los miembros del
mismo cuerpo, y Cristo es la cabeza y el sacerdote de la casa de
Dios (como aparece en Efesios 5.26–27; 1.22). Por tanto, mi muy
amada, “
acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre
de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los
cuerpos con agua pura”. Es decir, desechemos toda inmundicia
de corazón y de espíritu, perfeccionando la justicia y la santidad.
“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza,
porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a
otros [esto te lo suplico, mi muy amada] para estimularnos al amor
y a las buenas obras” (Hebreos 10.22–24; 2 Corintios 7.1).
Teniendo en cuenta que eres hija del Nuevo Testamento, te
escribo la presente como un testamento según tu petición.
Por tanto,
es mi petición a ti, mi querida oveja, (despreciada de los hombres
pero elegida de Dios, y llamada a su Testamento) que ya que él
nos dejó este Testamento, recordemos su muerte, o sea, la partición
del pan. Mostramos así que él fue quebrantado por nosotros en la
cruz, y de esta manera también recordamos que somos librados
por él de las manos de nuestros enemigos. Esto él nos dejó como
un Testamento eterno para cumplirlo, así como se les mandó a
los hijos de Israel que comieran la pascua y que la cumplieran
anualmente como memoria de haber sido librados del rey Faraón.
Todo eso fue un ejemplo y una sombra de lo que ahora tenemos,
la verdadera sustancia, en el verdadero cumplimiento de nuestra
El sacrificio del Señor 285
redención mediante el verdadero Cristo pascual. Lo tenemos también
en su comunión, en la cual, sin duda, estás incluida, ya que
hace poco tiempo nos lo demostramos los unos a los otros al partir
el pan y beber el vino
. Así demostramos que somos partícipes del
Nuevo Testamento y de las gloriosas promesas dadas a los hijos
del Nuevo Testamento. Por tanto, es mi petición que perseveres
con toda diligencia hasta el fin, para que puedas heredar todas
las promesas,
porque el que venciere heredará todas las cosas.
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono. El
que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su
nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi
Padre”; y le daré otras promesas hermosas que, como bien sabes,
son prometidas a todos los que vencen (Apocalipsis 21.7; 3.5, 21).
Por tanto, mi amada, procura seguir fiel, porque aún estás en el
desierto donde tendrás que ser probada
, así como Israel fue probado
cuarenta años para que Dios pudiera manifestar lo que había en
su corazón. Así que todos los que no permanecieron firmes perecieron
y no pudieron heredar las promesas, como mencionamos
anteriormente. Pero ahora tenemos un mejor pacto, el cual es para
siempre, y no es como el de Israel que fue escrito en tablas de
piedra, sino que éste ha sido escrito en tablas de carne de nuestro
corazón
(Hebreos 8.6).
Así que, mi amada, como ahora tenemos un mejor pacto, anda en
él mejor y continúa firme en la fe. Deja que esta fe se manifieste por
los frutos de la fe, y que la ley, que ahora está escrita en tu corazón
por el Espíritu de Dios, sea leída en ti, al cumplir tú las obras del
Espíritu Santo.
Así serás una carta de Cristo, que a su vez pueda ser
leída por todos
a quienes te manifiestas, como Pablo testifica de los
corintios (2 Corintios 3.3). Pablo dice que ellos fueron la carta de
Cristo expedida por ellos, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu
del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.
Por cuanto, Cristo también dice (Mateo 5.16): “Así alumbre
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas
obras, y glorifiquen a vuestro Padre”. Porque si ahora tenemos un
nuevo pacto dado por Cristo, quien es nuestro líder y dador de la ley,
tenemos que guardar sus mandamientos, seguirlo (como te escribí
en las otras dos cartas)
y manifestar su imagen, así como la imagen
286 El sacrificio del Señor
del Padre fue manifestada por él. Él le dijo a Felipe: “El que me
ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos
el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las
palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino
que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14.9–10).
Ahora bien, mi amada, has escuchado el evangelio por la gracia
de Dios, el cual ha sido predicado en todo el mundo. Lo crees,
y has sido obediente a él, y yo confío por la gracia del Señor
en que aún lo eres.
Estás revestida de Cristo, así que, permítele
manifestarse en ti, así como la imagen del Padre se manifiesta en
Cristo.
Él la manifiesta por medio de las palabras y los milagros,
tal y como tú siempre manifiestas a Cristo por medio de un puro
caminar cristiano; y así sigues verdaderamente a Cristo. Él es el
verdadero Moisés
, que fue primero que nosotros. Síguelo con valor,
sin importar con lo que te enfrentes en este desierto, ya sea tribulación
o aflicción, sufrimiento o persecución. Esfuérzate; Cristo está
delante de nosotros. Síguelo audazmente, porque el siervo no es
más que su señor; ni el discípulo es sobre su maestro, ni la esposa
a su marido, ni la criada a su ama. Basta con que el discípulo sea
como su maestro, y el siervo como su señor, y la esposa como su
esposo, y la criada como su ama.
Por tanto, amada hermana en el Señor, esfuérzate, y considera
la aflicción y la paciencia de Cristo y de todos los testigos piadosos
que desde el principio hasta ahora han seguido a Cristo (Santiago
5.10). Él no los dejó sin consuelo, como tampoco nos dejará a nosotros
sin consuelo, los que estamos encarcelados aquí por causa del
mismo testimonio,
sino que nos da abundante consuelo y fortaleza
por el poder de su Espíritu Santo; eternas alabanzas a él por esto.
Así que, esfuérzate, persevera sin cesar en la oración y la
súplica. Demuestra así que eres hija del Nuevo Testamento, que
la ley del Señor está escrita en tu corazón
y que, por tanto, en ti
es manifiesta. Que el Dios misericordioso te fortalezca con este
fin, por medio de su Hijo y el poder de su Espíritu Santo. Con esto
(ya que no tengo más papel), te encomiendo, mi querida esposa,
al Señor y a la palabra de su gracia.

Escrito por mí en prisión el lunes,
Jelis Bernaerts, tu querido esposo.

jueves, 27 de octubre de 2016

AUTOBIOGRAFIA- MADAME GUYON- Pag. 23

Oh, Dios Tú de amor, ¡cuántas veces has llamado a la puerta de
mi corazón!
¡Cuántas veces me has aterrorizado con simulacros de
una muerte repentina! Todos estos sólo dejaron una impresión
pasajera. En breve regresaba otra vez a mis infidelidades. Mas esta
24
vez te llevabas y raptabas mi corazón. ¡Ay, que pena tenía ahora por
haberte desagradado! ¡Qué lamentos, qué suspiros, qué sollozos!

¿Quién hubiera pensado al verme que mi conversión habría de durar
toda mi vida? ¿Por qué no, mi Dios, tomaste por completo este
corazón para Ti, cuando te lo entregué tan plenamente? O, si fue
entonces cuando lo tomaste, ¿por qué lo sublevaste de nuevo? Seguro
que eras lo suficientemente fuerte como para dominarlo, pero quizás
Tú, al dejarme a mi aire, expusiste tu misericordia para que la
profundidad de mi iniquidad pudiera servir como trofeo a tu bondad.
Me apliqué de inmediato a todas mis obligaciones. Hice una
confesión general con gran contrición de corazón. Confesé con
franqueza y con muchas lágrimas todo lo que sabía. Tanto cambié
que a duras penas me reconocían. Nunca hubiera incurrido de forma
voluntaria ni en el más mínimo desliz. No encontraron nada de qué
absolverme cuando me confesaba. Descubrí los más pequeños
defectos y Dios me hizo el favor de capacitarme para conquistarme a
mí misma en muchas cosas. Sólo quedaron algunas trazas de pasión
que me dieron algunos problemas para conquistarlas. Pero tan pronto
como daba algún disgusto, por cualquier motivo, incluso a los
empleados domésticos, imploraba su perdón con el propósito de
subyugar mi ira y orgullo; porque la ira es hija del orgullo. Una
persona de veras humillada no permite que nada le ponga furiosa
. Al
igual que el orgullo es lo último que se muere en el alma,
la pasión es
lo último destruido en la conducta externa. Un alma totalmente
muerta a sí misma no encuentra furor alguno dentro de ella.

Hay personas que, sobreabundando en gracia y en paz, a la
puerta misma de la senda resignada de la luz y del amor, dicen que
hasta allí han llegado. Pero están muy equivocadas al ver así su
condición. Si están dispuestas a examinar de corazón dos cosas,
pronto descubrirán esto. Primero, que si su naturaleza es vivaz,
encendida e impulsiva (no estoy hablando de temperamentos necios),
encontrarán que de vez en cuando cometen deslices en los que la
emoción y la angustia juegan su parte. Incluso entonces aquellos
deslices son útiles para humillarles y aniquilarles. (Pero cuando la
aniquilación ha sido perfeccionada, toda pasión ha huido, y ya no son
compatibles con este ulterior estado). Se enfrentarán al hecho de que
con frecuencia surge una moción interna a la ira, pero la dulzura de
la gracia tira de la soga. Transgredirían fácilmente si dieran pie de
alguna manera a estos indicios. Hay personas que se consideran muy
mansas porque nada les frustra. No es de tales de los que estoy
25
hablando. La mansedumbre que nunca ha sido puesta a prueba, por
lo general sólo es una falsificación
. Aquellas personas que, cuando
nadie las molesta, parecen santas, en el momento que son
inquietadas por mano de acontecimientos incómodos, se desperezan
en ellos un inusual número de defectos. Pensaban que estaban
muertos, cuando sólo permanecían dormidos porque nada les hacía
despertar.
Continué con mis ejercicios religiosos. Me encerraba todo el día
para leer y orar. Di al pobre todo cuanto tenía, llevando incluso ropa
de lino a sus casas
. Les enseñé el catecismo, y cuando mis padres
cenaban fuera, les hacía comer conmigo y les servía con gran respeto.
Leí las obras de San Francisco de Sales y la vida de Madame de
Chantal.
Allí aprendí por primera vez lo que era la oración mental, y
supliqué a mi confesor me enseñara aquella clase de oración. Como
no lo hizo, utilicé de mi propio esfuerzo para practicarla, aunque sin
éxito pensé entonces, pues no era capaz de ejercitar la imaginación;
me persuadí a mí misma de que la oración no podía hacerse sin
formar en uno mismo ciertas ideas y razonar mucho. Este escollo no
me dio pocos quebraderos de cabeza, durante bastante tiempo. Era
muy diligente y oraba a Dios con fervor para que me concediera el
don de la oración. Todo lo que veía en la vida de Madame de Chantal
me encandilaba.
Era tan niña, que pensé que tenía que hacer todo
cuanto veía en ella. Todos los juramentos que hizo ella, yo también
hice. Un día leí que se había puesto el nombre de Jesús en su
corazón,
obedeciendo al consejo: «Ponme como un sello sobre mi
corazón». Para este propósito había tomado un hierro al rojo vivo,
sobre el que estaba grabado el nombre santo. Me angustié mucho al
ver que yo no podía hacer lo mismo. Decidí escribir aquel sagrado y
adorable nombre en letras grandes, sobre papel, y con lazos y una
aguja me lo pegué a la piel
por cuatro sitios. En esa posición se quedó
durante mucho tiempo.

Tras esto, me empeñé en ser monja. Como el amor que tenía
hacia San Francisco de Sales no me permitía pensar en ninguna otra
comunidad, excepto aquella de la que era él fundador, a menudo me
iba a rogarle a las monjas de allí que me recibieran en su convento.

Con frecuencia me escabullía de la casa de mi padre y solicitaba
reiteradamente mi admisión en aquel lugar.
Aunque era algo que
ellas solícitas anhelaban, siquiera como una ventaja temporal, nunca
se atrevieron a dejarme entrar, porque temían mucho a mi padre
, de
cuyo afecto hacia mí no eran ajenas.

AUTOBIOGRAFIA-MADAME GUYON -PAGS. 22-23

A los ocho meses aproximadamente mi padre me trajo a casa.
Mi madre me tenía más con ella, empezando a tener por mí un mayor
interés que antes. Aún prefería a mi hermano, todo el mundo hablaba
de ello. Incluso cuando estaba enferma y no hubiera nada que yo
quisiera, eso mismo él lo quería para sí. Me lo quitaban a mí de las
manos y se lo daban a él
, aunque gozara de una perfecta salud. Un
día me hizo subir al techo del carruaje, y luego me tiró abajo. Como
consecuencia de la caída me magullé muchísimo. Otras veces me
golpeaba
. Pero hiciera lo que hiciera, aunque fuera incorrecto, se le
guiñaba un ojo, o se le atribuía la más favorable interpretación. Esto
agrió mi carácter. No tenía una gran tendencia a hacer lo bueno, y
empecé a decir que “nunca había sido persona predispuesta a ello”.
No era entonces sólo por Ti, oh Dios, que hacía el bien, pues
dejé de practicarlo al no encontrar en los otros la respuesta que yo
esperaba. Si hubiese sabido hacer buen uso de este tu guiar
mortificante, pudiera haber conseguido un buen avance. Lejos de
desviarme del camino, me habría hecho volver a Ti con mayor anhelo.
Miraba con ojos recelosos a mi hermano, percatándome de la
diferencia entre él y yo. Cualquier cosa que él hiciera se consideraba
correcta; pero si había culpa, recaía sobre mí. Mis hermanastras por
parte de madre ganaban su beneplácito cuidándole a él y
persiguiéndome a mí.
Cierto, yo era mala. Reincidía en mis anteriores
defectos de mentira y enojo. Pero a pesar de todas estas faltas, era
muy cariñosa y benéfica con el pobre. Oraba a Dios asiduamente, me
encantaba oír a quien fuera hablar acerca de Él, y disfrutaba leyendo
buenos libros.

No me cabe duda de que se sorprenda ante una serie así de
inconsistencias; pero lo que viene a continuación le sorprenderá más
todavía, cuando vea que esta forma de actuar gana terreno a medida
que mi edad avanza. Conforme maduraba mi entendimiento, así de
lejos estaba de corregirse en este comportamiento irracional. El
pecado creció con mayor fuerza dentro de mí.

¡Oh mi Dios, tu gracia parecía redundar por dos al aumento de
mi ingratitud! Era conmigo como con una ciudad asediada, rodeando
Tú mi corazón, y yo sólo estudiando como defenderme de tus
ataques. Levanté fortines en rededor del desdichado lugar,
22
acrecentando el número de mis iniquidades para evitar que Tú lo
tomaras. Cuando se daba la apariencia de que Tú estabas siendo en
victoria sobre este desagradecido corazón, inicié un contraataque, y
alcé murallas para mantener a raya tu bondad, y evitar el normal
fluir de tu gracia. Nadie más que Tú podría haber vencido.
No puedo soportar escuchar “no somos libres para resistir la
gracia”. He tenido una experiencia demasiado larga y fatal de mi
libertad. Cerré las avenidas de mi corazón, para que no pudiera oír
esa voz secreta de Dios que me estaba llamando para Sí mismo. En
realidad, desde la más tierna infancia, he sufrido una serie de
agravios, bien en forma de enfermedad o persecución.
La muchacha a
cuyo cuidado me dejó mi madre solía golpearme al arreglarme el pelo,
cosa que sólo hacía con rabia y a tirones.

Todo parecía castigarme, más esto, en vez de volverme a Ti, oh
Dios mío, sólo servía para afligir y amargar mi mente.
Mi padre no sabía nada de esto; su amor hacia mí era tal que no
lo habría consentido. Yo le quería mucho, pero al mismo tiempo le
temía, por lo que no le dije nada. A menudo mi madre le hostigaba
quejándose de mí, a lo cual él no daba más respuesta que “hay doce
horas al día; ya madurará”. Este riguroso proceder no fue lo peor
para mi alma, aunque agrió mi temperamento, que por lo demás era
manso y tranquilo
. Pero lo que causó mi mayor daño, era que yo
eligiera estar entre los que me mimaban, para terminar de
corromperme y estropearme.

 Mi padre, al ver que ahora estaba más crecidita, me dispuso
entre las Ursulinas en la Cuaresma, para recibir mi primera
comunión en la Pascua de Resurrección, pues para entonces ya
habría cumplido mis once años. Y en esto que mi más querida
hermana, bajo cuya inspección me puso mi padre, triplicó sus
cuidados con el propósito de prepararme lo mejor posible para este
acto de devoción. Ahora pensaba entregarme a Dios en serio. A
menudo percibía una lucha entre mis buenas inclinaciones y mis
malos hábitos. Llegué incluso a hacer algunas penitencias. Como casi
siempre estaba con mi hermana, y las internas de su clase (que
además era la mejor) eran bastante razonables y cívicas, yo también
me hice así mientras estuve con ellas. Había sido cruel malcriarme,
pues mi propia naturaleza estaba fuertemente inclinada a la bondad.
Con algo de afabilidad se me ganaba enseguida, y con gusto hacía lo
23
que fuera que mi buena hermana deseara. Por fin llegó la Pascua;
recibí la comunión con mucho gozo y devoción, y permanecí en esta
casa hasta el Pentecostés. Pero como mi otra hermana era la maestra
de la segunda clase, exigió que durante su semana estuviera con ella
en esa clase. Gracias a sus modales, tan opuestos a los de su otra
hermana, me relajé en mi anterior piedad. Ya no sentía más ese
delicioso y nuevo ardor que había arrebatado mi corazón en mi
primera comunión. ¡Ay!, no duró más que un poco. Mis defectos y mis
caídas pronto se hicieron reiterados y me alejaron del cuidado y
obligaciones de la religión.
Siendo más alta de lo normal para una chica de mi edad, y esto
redundando a un mayor gusto por parte de mi madre, ahora se
encargaba de arreglarme y de vestirme, de buscarme la compañía de
otros, y de llevarme al extranjero. Tomó un orgullo fuera de lo normal
de esa belleza con la que Dios me había formado
para bendecirle y
alabarle. Pero yo la pervertí en una fuente de orgullo y vanidad.
Varios pretendientes vinieron a mí, pero como todavía no había
cumplido doce años, mi padre no escuchó ninguna proposición.
Me
encantaba leer y me encerraba a solas todos los días para leer sin
interrupciones.

Lo que tuvo el efecto de entregarme por completo a Dios, al
menos durante algún tiempo, fue el que un sobrino de mi padre
pasara por nuestra casa en una misión hacia Cochin China. Resultó
que en aquel momento yo estaba dando un paseo con mis damas de
compañía,
cosa que raras veces hacía. Cuando regresé ya se había
marchado. Me contaron acerca de su santidad, y de las cosas que
había dicho. Me tocó tanto que me invadió la tristeza. Lloré el resto
del día y de la noche. A la mañana siguiente, temprano, fui a buscar
a mi confesor muy angustiada. Le dije: “¡Qué, señor padre! ¿Voy a ser
la única persona de mi familia que va a perderse? Ay, ayúdeme en mi
salvación”. Se sorprendió en gran manera al verme tan afligida y me
consoló lo mejor que pudo, sin llegar a creerse que fuera tan mala
como parecía. En mis tropiezos era dócil, puntual en la obediencia,
cuidadosa de confesarme a menudo. Desde que acudía a él, mi vida
era más regular.

miércoles, 26 de octubre de 2016

EL PRINCIPE KABOO- HISTORIA REAL

Peripecias a bordo
Cuando subió a bordo, Samuel se encontró con un muchacho tirado en la cubierta. Era el camarero del capitán. Se hallaba tan malherido que ni siquiera podía incorporarse. Samuel se arrodilló junto a él y oró. El muchacho se levantó de inmediato, totalmente restablecido.
Poco más tarde, cuando el capitán quiso deshacerse de Samuel, al comprobar que no sabía trabajar, el camarero intercedió por él.
—Por favor, capitán, llévelo. ¡Mire lo que hizo por mí!
La vida a bordo era cruel. Casi cada palabra era acompañada por una blasfemia, un puntapié o un bofetón. La tripulación se hallaba compuesta por hombres de distinta procedencia. Samuel era el único negro a bordo, y todos le rechazaban. Los golpes y los insultos llovían sobre su cabeza.
Al tercer día se desató una tormenta. A Samuel lo amarraron a uno de los mástiles para que ayudara a recoger las velas. Allí enfermó gravemente, debido al feroz azote de las olas. Entonces Samuel oró:
— Padre, tú sabes que he prometido a este hombre trabajar todos los días hasta llegar a América. Yo no puedo trabajar si estoy enfermo. Por favor, quita esta enfermedad.
Luego se levantó y retomó sus tareas. Nunca más estuvo enfermo en el barco.
Al día siguiente, el camarero lo relevó de su trabajo, así que Samuel se dirigió a la cabina del capitán. Éste, que estaba ebrio, golpeó a Samuel hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Al recuperar el conocimiento, Samuel se levantó y siguió con sus tareas, tan animadamente, como si nada hubiera pasado. Le preguntó al capitán si conocía a Jesús. Luego, se arrodilló y oró con tanta sinceridad y fervor por él, que éste inclinó la cabeza, conmovido.
Un día, azuzados los hombres por el alcohol, comenzó una pelea sobre cubierta. Era una disputa sin sentido por prejuicios raciales. Un malayo muy corpulento, que pocos días antes había amenazado con matar al “negro”, se sintió insultado, tomó un machete y se abalanzó sobre los demás, con ansias de matar. De pronto, Samuel se interpuso en su camino y comenzó a decirle, con su modo calmo:
—No mates, no mates.
El hombre levantó el arma contra él y le miró con ojos centelleantes. Samuel, a su vez, le miró a los ojos, sin hacer movimiento alguno para defenderse. El malayo se detuvo y, lentamente, bajó su arma y se volvió a su litera.
Cuando el capitán supo esto pensó que Samuel tenía un poder misterioso. Bajó al camarote con Samuel y éste oró por él y por toda la tripulación. Por primera vez el capitán se unió a la oración. En aquel momento el capitán entregó su vida al Señor. Fue el primero de muchos convertidos a Cristo allí en el buque.
A partir de entonces, Samuel se ganó por completo el corazón del capitán, quien ya no pagó más a su gente con ron. Las peleas se acabaron. Ahora el capitán llamaba a sus hombres al puente de popa para orar. Samuel dirigía esas oraciones y cantaba los himnos que había aprendido en Liberia. En sus momentos libres pasaron horas escuchándole cantar. Así, ellos comenzaban a sentir la obra de la gracia de Dios en sus corazones.
Poco después del incidente, el malayo cayó gravemente enfermo. Samuel oró por él y recibió inmediata sanidad. Esto produjo una nueva impresión en el corazón de esos duros hombres de mar. Desde entonces todos comenzaron a orar y cantar con Samuel Morris.
Todos a bordo se convirtieron en sus amigos. Más de la mitad de ellos habían recibido al Señor. Las discriminaciones raciales habían sido olvidadas. Un embajador de Dios había navegado con ellos por un tiempo y les había enseñado con su ejemplo que hay un Dios personal, que contesta la oración y que no hace acepción de razas o color.

EL PRINCIPE KABOO, ESTEBAN MERRITT Y EL ESPIRITU SANTO

Una extraña luz
Sin embargo, su suerte habría de ser muy diferente a partir de entonces. Una gran luz, como un rayo, irrumpió sobre él. Una voz audible que parecía venir de lo alto le ordenó levantarse y huir. Los que le rodeaban oyeron la voz y vieron la luz pero no entendieron de qué se trataba.
En un abrir y cerrar de ojos, Kaboo recobró sus fuerzas y, saltando, huyó hacia la selva con la velocidad de un ciervo. ¿A dónde ir? No podía huir hacia su tribu, porque atraería sobre ella la peor de las venganzas.
Algo sobrenatural volvió a ocurrir. La misma extraña luz que le había salvado le comenzó a guiar por los intrincados vericuetos de la selva. Kaboo se limitó a seguirla. Durante el día se ocultaba en el hueco de los árboles, y durante la noche continuaba su marcha. La noche era para él lo suficientemente clara como para juntar frutas y raíces y alimentarse. Cruzó lagos y ríos. A su alrededor, toda la fauna salvaje enmudeció, y dejó el paso libre al muchacho que huía.
Después de días llegó a una plantación en las afueras de Monrovia (Liberia). Grande fue su sorpresa cuando supo que había llegado a otro país. La primera persona que vio fue un hombre de su propia tribu, quien le contó que ese no era un lugar de esclavizadores, sino de liberadores de esclavos. ¡Dios le había guiado al único lugar donde estaría a salvo!
Allí encontró empleo y fue invitado a una reunión cristiana. Al oír la historia de la conversión de Saulo, pudo ver que Dios le había salvado de la misma forma. Una misionera lo condujo al Señor y le enseñó los rudimentos de la fe. También le enseñó a leer y escribir en inglés.
Muy luego, Kaboo fue cautivado por el Señor y sintió deseos de prepararse para ir a dar testimonio a su tribu. Sin embargo, sentía que tal vez nunca estaría en condiciones. Para él fue un gran descubrimiento el saber que el Espíritu había sido enviado para capacitar al cristiano. Comenzó a buscarle con gran insistencia, a tal punto que sus compañeros se cansaban de oírlo orar por las noches.
Un día tuvo la experiencia de la llenura del Espíritu. El no sabía nada de la doctrina sobre el Espíritu Santo, pero ese día fue lleno de Él.
Poco después fue bautizado en las aguas y su nombre fue cambiado por el de Samuel Morris.
Samuel estaba tan cautivado por su relación con Dios, que pronto llegó a ser conocido como el nativo más consagrado y fervoroso de esa región de Liberia.
Un día, con la ayuda de un misionero, descubrió Juan 14. Al saber que el Espíritu Santo obra aquí en la tierra, que es una Persona Viviente, no tuvo palabras para expresar su asombro y felicidad. Supo que Él fue quien lo liberó y lo condujo hasta allí. Desde ese día, Samuel hizo largos viajes para conversar con los misioneros acerca del Espíritu Santo. Les hacía tantas preguntas difíciles que, por fin, una misionera se vio obligada a confesar:
—Samuel, ya te he dicho todo lo que sé acerca del Espíritu Santo.
Samuel insistió:
—¿Y quién le dijo a usted todo lo que sabe acerca del Espíritu Santo?
Ella respondió que todo su conocimiento acerca de este tema lo debía a Esteban Merritt.
—¿Dónde está Esteban Merritt?
En Nueva York.
Pues iré a verlo – fue la respuesta de Samuel.

martes, 25 de octubre de 2016

CAMINANTE Por GINO IAFRANCISO

 CAMINANTE
  Por GINO IAFRANCISO

Más o menos 4 o 5 días después de estar en Encarnación esa primera
vez, partí en raid rumbo a Asunción la capital. Mi intención era seguir
de paso al Brasil, pero quería conocer Asunción; además debía retirar en
la embajada colombiana las cartas llegadas a mi nombre. Un belga me
llevó hasta Carmen del Paraná y de allí un joven en un jeep recién
recibido me trajo hasta Asunción. Antes de llegar a la ciudad me
preguntó a qué dirección iba yo a llegar. Le dije que no conocía ninguna
y si por si acaso él no conocía alguna casa de beneficencia donde
pudiera pernoctar de paso algunas noches. Entonces me llevó a la
Misión de Amistad de la denominación Discípulos de Cristo. Allí el
director, don Víctor Vaca, me dijo que podía ocupar la pieza de
huéspedes, al fondo de uno de los edificios, hasta el lunes próximo. Ese
día era sábado. En aquella pieza de huéspedes, el domingo 10 de
octubre del año 1971, me encontré con Jesús Cristo. Me es inolvidable.

_______________________________

Capítulo 8
El Encuentro
Yo no había pensado demorarme mucho en Asunción; simplemente
quería conocerla y recoger mis cartas de paso hacia el Brasil. Dios, en
cambio, tenía otra cosa preparada para mí. Él había planeado que
tuviera un encuentro que cambiaría definitivamente toda mi vida.
Se me habían dado las llaves de la pieza de huéspedes de la Misión
de Amistad para que la ocupara por ese fin de semana. A la noche
regresaba allí a pernoctar. El permiso, sin embargo, me fue extendido
por un tiempo más. Pero algo me sucedía al llegar por las noches a
dormir. Yo estaba solo y al llegar notaba que se apoderaba de mí un
temor extraño. Era como si en aquel lugar algunas fuerzas malignas
invisibles me oprimían y luchaban contra mí. Como si se opusieran a
que yo pudiera estar tranquilamente a solas para orar, meditar y leer.
Tenía que hacer un gran esfuerzo para poder sobreponerme al temor y
vencer. Cada vez que me acercaba con la llave para abrir la pieza y
entrar, era como si me esperase adentro una gran lucha espiritual, una
agonía. Pero tomaba valor sin dejarme amedrentar y entraba. Cerraba
la puerta y encendía la luz. Entonces procuraba descansar. A veces
apagaba la luz, pero las fuerzas invisibles se acercaban y tenía que
levantarme para arrodillarme en el suelo a orar. Entonces oraba al
Señor intensamente hasta sentirme libre, fuerte y en paz. El Señor me
daba confianza y valor y entonces me entregaba agradecido al
descanso.
Fue en una de aquellas ocasiones de victoria, tras una lucha en la
que había sudado en oración y había vencido, que el cuarto se llenó de
la Presencia del Señor y Su fragancia embargó de tal manera mi corazón
que me postré en el suelo llorando de alegría y gratitud en adoración.
Entonces le ofrecí todo mi ser definitivamente
. Él me habló, se me reveló
en el espíritu directamente.
Me senté en la cama y abrí la Biblia en el
Evangelio según Juan capítulo 14. Muchas veces yo lo había leído,
también a solas, y me había impresionado, especialmente aquella
porción más adelante donde Jesús ruega al Padre para que seamos uno
en Él y con el Padre. Pero esta vez fue diferente. Ahora, mientras leía,
Jesucristo mismo me decía a mi directamente aquello que estaba allí
escrito. Ya no era la lectura de una historia del pasado; no, sino que Él
mismo resucitado y presente allí en espíritu me decía a mí
personalmente: ”No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed
también en mí”1 y así continuaba todo el capítulo 14, el 15, el 16 y el 17.

Cada palabra, cada versículo, me fue dicho a mí personalmente y lo
supe con tal seguridad que no puedo explicarlo. Entonces vi todo Su
amor
;
descubrí que Él me amaba a mí en particular; Él mismo me lo dijo;
me dijo que Él estaría en mí y yo en Él y el Padre en Él y en mí y que
seríamos uno
. Entonces esas palabras de las cuales yo había meditado,
calculado mentalmente, imaginado, comparado, explicado, discutido,
ahora cobraban su verdadero significado y yo las entendía, y las
entendía porque Él mismo me las decía directamente en el espíritu, y en
el espíritu yo entendía claramente lo que querían decir.
Él mismo me
invitaba al seno de Su gloria excelsa e inefable. ¡Qué diferente es
imaginárselo o explicarlo a experimentarlo! Estaba con Él mismo y Él
mismo conmigo y me lo dijo, me lo reveló. Entonces lloré y le adoraba
.
Todas las compuertas de mi ser se abrieron y se derramaron a Sus pies
a borbotones. Y Él me amaba y yo le amaba, y era para siempre.

 Hoy guardo este depósito en mi corazón. Le encontré a Jesús mismo
y Él me encontró y me llenó de Sí. Lo supe porque lo gusté. Fui lleno de
Él mismo y no lo puedo explicar. Cuánto lloraba y me reía. Mi ser había
sido desatado y libertado y llevado al seno del amor trascendental de
Dios por mí, sí, por mí en especial. Sí, entonces conocí la fragancia de
los cielos. ¿Cómo podré olvidarlo?
”No os dejaré huérfanos; vendré a
vosotros”;2 y helo allí cumpliendo Su promesa conmigo particularmente.
Así ya entonces yo no estaba huérfano; Él estaba conmigo desde
ahora y para siempre y evidente por sí mismo.
Una cosa es hablar de Él, tener Su imagen en nuestra mente,
memoria, el recuerdo de su sentimiento; pero otra cosa es conocerle en
la evidencia misma de Su Presencia manifiesta y perfectamente
discernible e inigualable, tan específica y propia de Él que es
inconfundible. ”En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y
vosotros en mí, y yo en vosotros”.3 ”Como el Padre me ha amado, así
también yo os he amado; permaneced en mi amor”. ”26En aquel día
pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
1Juan 14:1
2Juan 14:18
3Juan 14:20
27pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y
habéis creído que yo salí de Dios”.4 ”El que me ama, mi palabra
guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con
él”.5 ””El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me
ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me
manifestaré a él”.6
He allí la promesa que Él estaba comenzando a cumplir conmigo.
Entonces le pedí perdón por lo poco de mi amor y le dije que quería
amarle intensamente.
De allí en adelante viviríamos siempre juntos. Yo
le amaría y Él a mí. Entonces Él me ayudaría a servirle. Me sentí
perfectamente comprendido
.
Supe lo que quería decir. ”Ya no os
hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del
Padre”.7 Y helo allí tan verdadera y consistentemente como lo más
seguro y estable. El que le conoce, ¿cómo podrá olvidarlo? Él es
inigualable, inconfundible. Sólo Él es así; es Jesús Cristo mismo.
Entonces me fueron abiertas de par en par las puertas de la libertad,
de la verdad, de la amistad y del amor, la eternidad
. Jesús Cristo la
sustancia y no tan sólo el ejemplo, la presencia y no tan sólo el ideal,
Jesús Cristo la virtud, el medio y el método, Jesucristo el vehículo y la
meta, el camino y el fin, la estatura plena, la síntesis perfecta del abrazo
perfecto de Dios y la humanidad.
Y exaltarlo todavía es poco porque
explicarlo es rebajarlo. Abrir la boca es imposible. Idealizarlo y
mitificarlo es imposible. Cuando Él se descubre, nos asombra más allá
de lo excelso imaginado. Ningún mito sería suficiente. Las palabras no
pueden hacerse mito porque las supera. Yo le conozco y no lo puedo
explicar. Moverme es profanarle. Contemplarlo anonadado para
siempre es todavía poco; es como el borde entre la luz indescriptible
que te absorbe de la nada al ser; que te llama de las tinieblas de la nada
a comparecer ante Él y para Él, cuyo sentido nos es Él, perenne e
inalcanzable que nos hinche y desbordamos sin aún completar el
servicio, porque no hay servicio que pueda descansar, sino que la deuda
se acrecienta con la eternidad, y desaparecer en Él adorándole es
todavía poco y nada. Al día siguiente de encontrarle a Él, encontré a mis
hermanos. Ellos me bautizaron.

CAMINANTE Por GINO FRANCESCO

 CAMINANTE
  Por  GINO FRANCESCO

Hasta Buenos Aires yo tenía mis propios planes. En Bogotá había
tomado un mapamundi y había trazado un recorrido que abarcaba casi
todos los países del mundo, con excepción de uno que otro donde
pensaba que sería difícil el raid. Durante el viaje ya había querido
embarcarme. También en Buenos Aires fui al puerto buscando la
posibilidad de irme en barco. Mis planes eran pasar de Sudamérica al
África, de allí al Medio Oriente y Europa, y desde el norte de ésta pasar
al Asia, Oceanía, Japón, Norteamérica y Centroamérica. También había
planeado fundar en algún país, quizás en Italia en la casa de los abuelos,
una comunidad
. Pero al leer el libro de Elena G. de White en el parque
Palermo de Buenos Aires, comprendí que de allí en adelante Jesús Cristo
debería ser quien planease toda mi vida y dirigiese todos mis pasos.
Entonces renuncié a mis planes e ilusiones y me decidí allí en Palermo
rendir mi voluntad y mi yo al Señor Jesús Cristo
. Allí en el parque estuve
orando e hice mi pacto con el Señor. Fue algo definitivo que he
procurado guardar hasta hoy.

Me levanté sin saber a dónde ir. Ahora sabía que Jesús Cristo era mi
amigo; aquel que yo tanto había buscado y deseado, y que Él me guiaría
a donde quisiera.
Me confié completamente a Él. Salí del parque y
esperaba que el Señor me dijese qué calle había de tomar. Deambulaba
por Buenos Aires esperando Su guía. Me imaginaba que Él me hablaría
de alguna manera extraña. Ahora había entregado a Él mi vida y Él era
responsable por mí. Todavía no entendía que Su guianza no requiere
que yo deje de ser responsable
. Caminé por las calles, y como todo
parecía continuar igual, excepto la certeza de Su presencia y la
convicción de Su amistad, ahora mascullaba por las calles en un
continuo diálogo con Él. Entonces pensé: -quizá debo continuar mi ruta
hasta que Él haga algo. Esperaré en Él continuando normalmente hasta
que Él mismo cambie la situación. Entonces partí de Buenos Aires
rumbo al Uruguay.

_____
 Asistimos a una reunión. Al llegar al templo nos sentamos en la
banca de atrás a la derecha. Un coro cantaba hermosas canciones. El
predicador habló luego de un recorrido que había hecho llevando la
palabra y como traía saludos de los hermanos. Hablaba muy
entusiasmado, y mientras hablaba, él y la congregación exclamaban:
¡gloria a Dios! ¡aleluya! Parecían muy contentos. Hablaba casi
gritando, y como tenía micrófono, su voz retumbaba por todo el
edificio hasta la calle. Cualquiera que pasara podía escuchar. Él hablaba
valientemente dando a entender que no debemos avergonzarnos de
confesar públicamente a Cristo
. Hacia el final, en medio de los vivas y el
entusiasmo con que la congregación respondía a sus declaraciones,
entonces dijo que harían otro viaje, otro recorrido. Entonces noté en el
rostro del predicador cierta duda, como si algo interior le dijera que no
se entusiasmara tanto haciendo planes. El entusiasmo de la
congregación decayó un poco también con cierta dubitación. Entonces
el predicador dijo que tuvieran el asunto en oración para ver si era la
voluntad de Dios.
T
erminó la reunión y la gente se despedía muy
contenta saludándose unos a otros.

Un hombre se acercó al predicador cuando este bajaba del púlpito
y parece que le pidió oración. Entonces el predicador le abrazó como
lleno de un gran amor y oró por él. Levantó los ojos al cielo y oró en otra
lengua; me parecía una lengua oriental, hebreo, sánscrito o algo así
. Yo
veía en sus ojos un destello de júbilo celestial. Aquel incidente impactó
mucho en mí; ese fulgor, ese abrazo, esa intercesión sobrenatural. Yo
no recuerdo lo que cantaron, ni el sermón, pero aquel detalle al bajar el
predicador del púlpito quedó como sellado en mi corazón.
Me hizo
recordar como sería que se amaban los apóstoles. Me parecía como si
ese júbilo era por causa de una conexión interior con un mundo
maravilloso e inefable que dejaba escapar sus destellos a través de las
sonrisas limpias, los abrazos francos, las miradas encendidas, los gestos
suaves y delicados. Lucían como si fuesen una hermandad fundida con
la pasión de una misión importantísima y urgente,
y era el vislumbre de
ese mundo maravilloso, como velado en hombres y mujeres sencillos, lo
que me cautivaba. Eran una fragancia del Cristo que yo tan
ardientemente deseaba.

Entonces un joven se nos acercó muy contento y amable. Me
preguntó si éramos creyentes. Le dije que yo creía en Jesús Cristo y que
les había estado hablando de Él a los otros dos muchachos. Se alegró
y me dijo que continuara en ese camino. Entonces me preguntó si ya
había sido bautizado y había recibido al Espíritu Santo. No supe que
contestarle. Él me contó que había recibido el don de lenguas allí, y me
indicó el lugar al frente de los asientos donde de rodillas había recibido
gozoso tal experiencia. Aquella pregunta por el bautismo me dejó
pensativo. Él me preguntó si quería bautizarme allí. Entonces le dije que
tenía que meditarlo bien. Él me deseó que siguiera en las pisadas de
Cristo. La verdad es que una de las razones por las cuales no me animé
a bautizarme allí era porque creía que quedaría atrapado en alguna
organización y yo no quería ser identificado con ninguna clase de secta
particular. Sin embargo, la pregunta por mi bautismo me hizo
reconsiderar aquellos pasajes donde Jesús mismo hablaba del
bautismo.

CAMINANTE Por GINO LAFRANCESCO- B.N.

CAMINANTE 
Por GINO LAFRANCESCO

_______________________
Yo recorría la ciudad buscando lugares donde meditar, leer e incluso
descansar. Estaba casi sin dinero. Una vez tuve el deseo de comerme
una zanahoria. El Señor lo leyó en mi corazón. Entonces, andando por
una de las principales avenidas de Buenos Aires, aquella del obelisco, en
plena calle una camioneta que transportaba verduras dejó caer
accidentalmente frente a mí una grande y hermosa zanahoria. Dios me
la proveyó; aunque yo de vergüenza no me atreví a recogerla. Pero
mucho me alegré con el Señor al ver que aunque Él ya sabía que yo no
la iba a recoger, aun así la puso delante de mí; Él sabe que a veces no
vamos a aprovechar lo que nos provee, sin embargo no deja de
proveerlo, sino que se asegura de que su amor sea manifiesto delante
de nosotros, aunque sabe que a veces no lo vamos a ver o a aprovechar.
¡Qué dulce honor! ¡qué exquisita delicadeza!

____________________________
En la ciudad de Buenos Aires me fui a los subterráneos del metro y
allí con mi Biblia empecé a estudiar con la guía de los estudios en hojitas
de los adventistas. Ellos hablaban de muchas cosas, de la ley, del
sábado, pero lo que verdaderamente me fue útil y que fue aquello que
el Señor utilizó en mi vida fue la concatenación de preguntas con
respuestas bíblicas acerca del perdón. Recuerdo que me senté en un
puesto de sandwiches y gaseosas del subterráneo metropolitano y
seguí verso a verso ese importante tema de la gracia. ¡Y qué paradoja!
Dios usó los escritos de los ”legalistas adventistas” para llevarme al
conocimiento de la gracia.
Recuerdo aquella memorable ocasión en el
subte de Buenos Aires. Casi lloraba de emoción, pero me retenía por
causa de las gentes a mi alrededor. ”Si vuestros pecados fueren como
la grana, como la nieve serán emblanquecidos”.3 ”La sangre de
Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado
”.4 Entonces comencé a
3Isaías 1:18
41 Juan 1:7
comprender el carácter expiatorio y sustitutivo de la muerte de Jesús
Cristo. Ahora, en esta parte del viaje, el Maestro comenzaba a
convertirse en Salvador,
para luego comenzar a ser Señor.

Yo leía la Biblia, pero Dios utilizó aquella guía para iluminarme.
Había usado mi experiencia con alucinógenos para llevarme a pensar en
Dios. Luego utilizó el misticismo oriental y el yoga para llevarme a la
figura de Jesús el Maestro. Entonces usó a los a sí llamados testigos de
Jehová para llamar mi atención a la Biblia. Y ahora usaba a los
adventistas para que me asegurara del perdón de mis pecados por los
méritos de la sangre derramada de Jesús Cristo. La gracia de Dios
pasaba por encima de todas las herejías y necedades para alcanzarme
.
En aquel subterráneo de Buenos Aires yo estaba embargado de gratitud
hasta lagrimear. Tenía que esconderme para ocultar la emoción de ese
descubrimiento. Yo lo había leído antes, pero allí lo comprendí
espiritualmente y lo creí con el corazón.
No basta con un mero
asentimiento intelectual; tiene que aplicarse con fe en ese reino del
espíritu.
Entonces me fui al parque Palermo de Buenos Aires y allí me
acomodé en un paraje solitario sobre la grama y leí el libro de Elena G.
de White y una cosa iluminó mi corazón. Allí ella hablaba de entregar
nuestra voluntad y morir a nuestro yo; renunciar a nosotros mismos
para que Cristo fuera nuestro gobernante y guía en todas las cosas
.