sábado, 27 de febrero de 2016

"MASADA NO VOLVERÁ A CAER"_-Por Paul Friggens 1968

 Estando sentados  en la cumbre del Monte Masada, en Noviembre de 2006, el guia nos dió una charla...y dijo: Saben, ¿Por qué los judios españoles prefirieron ser  quemados en la inquisición española y no luchar?--Porque el Templo de Jerusalén habíia sido  quemado,  y ellos preferían compartir igual suerte. .
En ese momento sentí en mi corazón unos deseos de llorar por la suerte de aquellos judíos españoles..
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"Masadá
no volverá a caer"

POR PAUL FRIGGENS

  Las ruinas de esta antigua fortaleza judía,
recientemente excavadas, evocan el recuerdo de una de las
resistencias más heroicas y sublimes que registra la
historia en sus anales, y son fuente de renovada
inspiración para los amantes de la libertad.

DESPUÉS de escalar, bajo el tórrido sol del desierto, la cumbre rocosa en que se asentaba una altiva fortaleza que dominaba el yermo de Judea y el mar Muerto, puse mi planta en el lugar donde se verificó el hallazgo arqueológico más importante de los tiempos modernos: Masadá. Este peñón de cerca de 500 metros de altitud es, ciertamente, uno de los sitios de la Tierra en que con más fuerza late el corazón de los seres humanos.
"Aquí mismo, hace casi 2000 años", dijo mi guía, "un puñado de héroes ofreció la más vigorosa resistencia de que hay memoria".
Y, mientras me acompañaba por entre las ruinas, me contó la siguiente epopeya:
La historia de Masadá remonta a la era pre-cristiana. Allá por el año 35 antes de J. C., Herodes el Grande, rey de Judea, erigió aquí una enorme fortaleza. Despótico y suspicaz, Herodes temía la rebelión de su pueblo, y más aun a que Marco Antonio, soberano de Judea, pudiera entregar esta provincia a Cleopatra, reina de Egipto. Hizo, pues, que su ejército levantase una elevada muralla, con 37 torres, alrededor de la cima, de nueve hectáreas de superficie. Aquel nido de águilas era un palacio semicircular de tres plantas, excavado en el precipicio norte de Masadá. Con sus lujosos baños cubiertos de azulejos, sus cámaras de techo apoyado en suntuosas columnas y sus paredes ricamente adornadas de frescos de vivos colores, proporcionaba al monarca comodidades sin fin y protección contra el viento del desierto y el candente sol. Allí, en gustoso aislamiento y completa seguridad, gozó de una existencia regalada hasta su inuerte, ocurrida cuatro años antes del nacimiento de Cristo. Legó su ciudadela a una serie de guarniciones romanas.

Flechas contra catapultas. El año 66 de nuestra era, después de un siglo de odiada dominación romana, los judíos se levantaron en armas. Roma despachó contra los insurrectos un ejército de 80.000 hombres que, al cabo de cuatro años de combatir con fiereza, aplastó la insurrección. Los romanos saquearon y prendieron fuego por los cuatro costados a Jerusalén, arrojaron los niños a las llamas y embarcaron a los sobrevivientes para Roma, donde los pasearon, encadenados, por las calles.
Es decir, todos, menos un millar de empecinados patriotas —entre hombres, mujeres y niños— que, acaudillados por Eleazar-ben-Ya'ir, se replegaron a la abrupta Judea y ocuparon a Masadá. Convirtiendo las ruinosas estancias de la ciudadela en albergue improvisado, los patriotas resistieron tres años, con increíble y hazañoso denuedo, a las poderosas huestes romanas. Por último, se reforzó a los sitiadores con los 5000 hombres de la famosa Décima Legión, mandada por Flavio Silva, con la consigna terminante de destruir la madriguera de aquellos tenaces rebeldes. Silva mandó rodear la cumbre de una muralla paralela de asedio y asaltó la fortaleza. En vano. Los patriotas se mantuvieron firmes.
Entonces, Silva ordenó un solo asalto en masa desde el oeste y dispuso la construcción de una rampa gigantesca para subir a las alturas de Masadá. Se forzó a millares de judíos hambrientos y enfermos a trabajar en la descomunal obra desde el alba hasta la noche, y con todo el calor del desierto. Los defensores
de Masadá hacían llover piedras y flechas sobre los sitiadores, consiguiendo retrasar el progreso de la obra. Inútil esfuerzo. Los romanos, al abrigo de sus catapultas, remataron la empresa. Silva emplazó un enorme ariete y principió a martillar implacablemente las defensas de Masadá. Por una brecha penetra- ron, tea en mano, los asaltantes para pegar fuego a la fortaleza. juzgando inminente su victoria, se retiraron a su campamento a preparar el asalto final y decisivo del dia siguiente.
El relato de los últimos días de Masadá está descrito con vívidos colores en las páginas del historiador judío Flavio Josefo, que, a la caída de Jerusalén en poder de los romanos el año 70 de nuestra era, se pasó al enemigo y llegó a ser un opulento ciudadano de la soberbia urbe. La suya es la única narración contemporánea de lo que aconteció en aquella funesta noche de primavera del año 73.
Muerte por sorteo. Cuando el fuego comenzó a propagarse por los baluartes de Masadá, Eleazar-benYa'ir reunió a sus compañeros y les dijo: "Las primeras luces del día alumbrarán nuestra derrota, pero nos queda la libertad de elegir una muerte honrosa en unión (le nuestros seres queridos. Salgamos de este mundo, no como esclavos, sino como hombres libres, junto con nuestras mujeres y nuestros hijos.
"Mas antes de morir", ordenó Eleazar, "que el fuego consuma toda la fortaleza. Será un golpe terrible para los romanos, que hallarán nuestros cuerpos a salvo de sus cadenas y no cogerán un solo adarme de botín. Dejemos intacta una sola cosa: nuestras provisiones de boca, pues darán testimonio de que no hemos perecido por falta de alimentos, sino porque hemos preferido la muerte a la esclavitud".
Conmovidos por las ardientes palabras de Eleazar, sus compañeros se juramentaron para suicidarse en masa con los 960 patriotas sitiados. Cada uno de los hombres se despidió tiernamente de sus familiares y los mató. Entonces hicieron hogueras con sus bienes materiales delante de sus casas. A la temblorosa luz de las-llamas, se prepararon para su hora más trágicamente hermosa. Escuchemos a Josefo:
"Echando a suertes, escogieron diez hombres que habrían de matar a los demás. El resto se acostaron en el suelo, abrazados con sus mujeres y sus hijos, y tendieron el cuello a los encargados de ejecutar la triste misión. Luego que hubieron dado muerte a todos, sortearon el nombre de aquel de ellos que habría de quitar la vida a los otros nueve. Entonces, cuando el que quedó vivo se hubo asegurado de que todos estaban muertos, puso fuego al palacio real y, con todas sus fuerzas, se hundió en el pecho la espada".
A la siguiente mañana, la Décima, al son de las tubas, se lanzó al asalto, confiada en la victoria. Pero en vez de la resistencia que esperaban, los romanos hallaron solo ruinas humeantes y lúgubre silencio. "Entraron en el palacio", continúa Josefo, "y fue entonces cuando se toparon con la muchedumbre de los muertos. No pudieron menos de maravillarse de tan atroz resolución y desprecio a la muerte que habían mostrado".
¿Cómo pudo Josefo trazar un cuadro tan real y crispante de las últimas horas de Masadá? Pues porque hubo testigos presenciales: dos mujeres y cinco niños que se ocultaron en una cisterna durante la matanza y lo contaron después todo a los romanos. Probablemente Josefo escuchó la narración de boca de los romanos, o quizá habló con las mujeres y los niños sobrevivientes.
El sueño de Yadin. Así terminó la gesta de Masadá. Pasaron los siglos, y la fortaleza, abandonada, fue desmoronándose. Su nombre quedó  grabado en la memoria del pueblo judío, como un blasón de gloria. Y así hubiera continuado, remoto y envuelto en reverente misterio, como las ciudades bíblicas de Sodoma y Gomorra, si no hubiese sido por la voluntad indomable de un hombre: del Dr. Yigael Yadin, profesor de arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Yadin, apacible sabio cincuentón, fue cabecilla de guerrilleros en la guerra de independencia de Israel el año 1948 y sirvió como jefe de estado mayor israelí hasta que renunció en 1952. Después de su regreso a la vida civil se le despertó un interés apasionado por Masadá. Inspirado Por los palpitantes relatos de Josefo, escaló el escarpado peñón que se yergue en Judea y comenzó sus nivestigaciones arqueológicas. No tardó en convencerse de que la montaña podría guardar en su seno la codiciada verdad, amén de raros y Preciosos tesoros. Y abrazó con llusión de soñador el propósito de organizar una expedición para desenterrar las ruinas.
En 1963, tras muchos años de arduo trabajo, Yadin vio, al fin, realizado su sueño. Al frente de una expedición patrocinada por la Universidad Hebrea, el Departamento Israelí de Antigüedades, la Sociedad Israelí de Exploraciones y grupos e individuos particulares, Yadin se lanzó a una titánica empresa en la que consumió once meses, descubrió el 97 por ciento de Masadá, removió más de 40.000 metros cúbicos de tierra y llevó a feliz término una obra que, normalmente, hubiera costado 25 años de labores arqueológicas. El resultado fue revelar a un mundo atónito la historia de los valientes que prefirieron una muerte gloriosa a la vil servidumbre.
Con la ayuda del Cuerpo de Ingenieros del Ejército israelí, Yadin atacó el peñón con todas las reglas del arte militar. Desde helicópteros sus auxiliares fotografiaron y cuadricularon la fortaleza palmo a palmo. Los zapadores abrieron una carretera a través del yermo inhóspito de Judea, construyeron traídas de agua, levantaron un campamento de 50 tiendas y chozas cerca del lugar donde el general romano Silva había sentado sus reales hacía casi 1900 años. Sujetos sobre el abismo por cinturones de cuerdas, los obreros labraron una escalera en el paredón de piedra e instalaron un teleférico para trasportar cargas pesadas hasta la cumbre de Masadá.
Faltándole la mano de obra necesaria, Yadin publicó avisos en la prensa israelí y en The Observer de Londres en solicitud de obreros voluntarios, cuidándose de advertir claramente que el trabajo era rudo y el clima casi insoportable por lo cálido, que las condiciones de vida eran penosas y que los voluntarios tendrían que costearse de su propio peculio el viaje de ida y vuelta a Masadá. Y sucedió lo inesperado: llovieron miles de respuestas de jóvenes y viejos, de pobres y ricos, de judíos y gentiles, de todo el mundo.
Mudos de asombro y emoción. Fueron, en total, unas 5000 las personas de 28 países que acudieron como voluntarias. Yadin las puso a trabajar en turnos de dos meses y en equipos de a 300. Se trabajó, primero, de octubre de 1963 a mayo de 1964; después, de noviembre a abril. A las 4:45 de la madrugada se tocaba la diana, y una hora después ya estaban los voluntarios subiendo la cuesta para dar principio a sus agotadores trabajos, desplazando enormes cantos, cavando, cerniendo tierra. Repentinas y violentas tempestades del desierto obligaron más de una vez a suspender los trabajos, hicieron trizas las tiendas y anegaron el campamento. En varias ocasiones hubo que arrojar la comida a los expedicionarios desde helicópteros, por haberse cortado todos los demás medios de comunicación. El peor de los obstáculos fue, sin duda, el rigor del clima desértico. "De día nos achicharrábamos y de noche nos helábamos", recuerda un voluntario.
Pese a todo, la obra adelantaba con firmeza. Un día, hurgando en las cenizas y escombros, los obreros dieron, al fin, con algo que probaba plenamente la autenticidad de la célebre resistencia.
"Nos quedamos mudos de estupor y de emoción", cuenta Yadin en su libro Masadá, "ante lo que acabábamos de descubrir. Revivimos, pasmados, los postreros y más trágicos instantes del terrible drama. En las gradas que conducían a un estanque de la casa de baños de Herodes había tres esqueletos. Uno era de un hombre de 20 años. A su lado había muchos eslaboncillos de cotas de malla, haces de flechas, un velo litúrgico. Cerca estaba el esqueleto de una joven que conservaba el cuero cabelludo intacto por la extremada sequedad de la atmósfera. El cabello negro, cuidadosamente trenzado, parecía acabado de peinar. El tercer esqueleto era de un niño. No cabía duda: lo que nuestros ojos contemplaban eran los despojos mortales de algunos defensores de Masadá".
Yadin exhumó 25 esqueletos de hombres, niños y mujeres; pero no se han hallado los restos de los demás defensores. Acaso se los llevaron los romanos. Pero el hallazgo más sorprendente de todos fue el de once enigmáticos fragmentos de arcilla cocida, con caracteres hebraicos inscritos. Cada uno de ellos ostentaba un solo nombre o apodo: el de Ben-Ya'ir y el de cada uno de los otros diez caudillos. Los arqueólogos conjeturan que estos tejuelos hayan sido las suertes que se emplearon en la siniestra lotería de hace casi 20 siglos.
 Las excavaciones pusieron al descubierto 10 kilómetros de murallas de la fortaleza, las ruinas de un palacio herodiano con su cisterna y su sala real exornada de frescos, una sinagoga, trozos de ánforas de vino y de trigo, alimentos desecados: dátiles, sal, trigo, huesos de aceitunas y pepitas de granadas. Había también monedas de bronce y plata acuñadas durante la insurrección, pilas de proyectiles arrojados por las catapultas romanas, lámparas de barro, un vasto surtido de cosméticos y de objetos de alfarería, y hasta 14 fragmentos de rollos de cuero y de pergamino semejantes a los descubiertos en 1947, cerca de Qumran, a orillas del mar Muerto, y que tanta celebridad alcanzaron.
"El valor científico de esos hallazgos es inmenso", declara Yadin.
"Pero por grande que sea su importancia, Masadá es, ante todo y por encima de todo, un símbolo. Representa el tesón heroico de unos pocos ,contra muchos, de los débiles contra los fuertes; el postrer combate de los que prefirieron la muerte a la esclavitud y la sumisión oprobiosa".
Todos los años millares de jóvenes israelíes suben a la cima de Masadá en solemne peregrinación. Allí, en una ceremonia nocturna alumbrada por el rojizo flamear de antorchas, los reclutas israelíes juran la bandera a la voz de "¡Masadá no volverá a caer!" Porque Masadá es un santuario donde se rinde culto a la independencia y al heroísmo; es un símbolo augusto para los amantes de la libertad en toda la redondez de la Tierra.

jueves, 25 de febrero de 2016

LA ENFERMERA QUE SE OLVIDO DEL MIEDO- Korea- Por Karl Detzer



La enfermera

que se olvido del miedo

Por Karl Detzer
Condensado de
«Everywoman's Magazine» 
 

EL 25 DE SETIEMBRE de 1950 hacía una noche desapacible y nublada en la Isla de Kyushu, la más meridional del archipiélago japonés. Soplaba un viento borrascoso y amenazaba lluvia. A las 3 de la madrugada el repiqueteo de un despertador rompió el silencio del alojamiento de las enfermeras en el aeródromo estadunidense de Ashiya, y Jonita Ruth Bonham empezó a vestirse apresuradamente.
Jonita Bonham es tenienta del Cuerpo de Enfermeras de la Fuerza Aérea estadunidense; tiene 28 años, cabellera cobriza, ojos azules muy separados y nariz respingona, todo lo cual hace de ella una linda muchacha. Ya vestida, fue a la cocina del alojamiento, calentó café y se bebió dos tazas del líquido cargado y negro.
En seguida, afrontando las arremetidas del viento,se hundió en las tinieblas y avanzó a buen paso hasta la oficina del aeródromo.Media docena de grandes  aeroplanos de trasporte con los motores en marcha trepidaban formados en fila para emprender el vuelo hacia Corea. Centenares de soldados, en su mayoría reemplazos recién llegados de los lejanos campos de instrucción, esperaban en pie junto a sus paquetes y sacos cuarteleros la llamada para su primer viaje al frente de batalla.
Para la tenienta Bonham aquel vuelo era rutinario. Llevaba tres meses en el puesto, como enfermera del Comando de Trasporte de Tropas. Volaba casi diariamente a Corea, donde ayudaba a llenar los aviones de heridos, a quienes hacía la primera cura y administraba plasma y morfina en el viaje de vuelta. En las últimas dos semanas había permanecido en el aire 245 horas y trasportado más de 600 bajas, a razón de unos 36 heridos por viaje. No había tenido días libres ni otro reposo que las tres horas de descanso nominal entre vuelo y vuelo.
En la oficina de operaciones Jonitá se reunió con sus compañeros, la capitana Vera Brown del Cuerpo de Enfermeras y un técnico de la sanidad militar. El avión que habría de conducirlos, un gran C-54 pilotado por el teniente Ward, estaba ya cargado de tropas y sus cuatro motores trepidaban suavemente.
¿Por qué no echan un sueño, muchachas?—preguntó Ward, a tiempo que señalaba a las mujeres dos literas situadas inmediatamente detrás del puente de vuelo. La capitana Brown se acostó en seguida. Jonita Bonham y el sanitario se sentaron en la litera baja. Los motores bramaron y el gran aeroplano se lanzó velozmente pista adelante. Llevaba a bordo 52 hombres y las dos mujeres.
A unos tres cuartos de kilómetro más allá de la pista, ya sobre las aguas profundas de la bahía, ocurrió algo que nadie ha podido precisar porque el piloto murió a los pocos segundos.
«El avión chocó violentamente contra el agua—dice Jonita—. No hubo tiempo para pensar . . . sonó un ruido espantoso y el aeroplano se sumergió en seguida. Me dicen que se partió en dos. Me encontré debajo del agua, luchando por subir a la superficie. No sé cómo acerté a salir. Sentí que alguien pasaba junto a mí y me dejaba atrás.en la ascensión. Y de pronto me vi nadando . . . no teníamos puestos los salvavidas. Encontré flotando un saco cuartelero y me agarré a él. Cerca de mí nadaban unos cuantos hombres; otros flotaban, terriblemente rígidos. Todo estaba oscuro, y durante el primer medio minuto, silencioso.»
Luego empezaron a oírse gritos de hombres en las aguas revueltas y negras que rodeaban a Jonita. El viento se llevaba sus voces roncas de miedo y dolor.
—¡Aquí hay una balsa salvavidas!
—gritó un hombre que estaba cerca de ella— ¿Cómo se infla ?
—Sácala de la funda—gritó a su vez Jonita—. Se infla por sí sola.
Un momento después la muchacha vio la silueta de la balsa bamboleándose en la cresta de una enorme ola. Nadó hacia ella y lo mismo hicieron una docena de hombre; uno que pasó junto a Jonita gritó: «¡Aquí está una de las enfermeras!» Y la muchacha sintió que un brazo la empujaba, hacia la balsa. Luego se agarró firmemente a una cuerda que colgaba de uno de los costados. Se sacudió el agua de los ojos y vio la negra superficie salpicada' de cabezas de nadadores. Se aproximó al más cercano, lo tiró hacia ella y le guió la mano a la cuerda. Después hizo lo mismo con otro y otro y muchos más.
—No recuerdo nada con claridad
—dice Jonita—. Sólo me acuerdo deque alguien me ayudó a alcanzar la balsa. No creo que pude ayudar a nadie.
Pero Percy Johnson, soldado de infantería curtido en el campo de batalla, que regresaba al frente, contó algo muy distinto en su informe oficial. «La tenienta Bonham asumió el mando—dice el informe—. Ninguno de nosotros llegó ni siquiera a imaginar que estaba gravemente herida. No dio la menor señal de turbación y dispuso las cosas con la mayor sangre fría. Todos los hombres obedecieron sus órdenes sin discutir. Ciertamente son muchos los que le deben la vida.»
Distinguió en las tinieblas otra balsa como a 20 metros de distancia y vio que varios hombres estaban trepándose a ella. Al fin, cuando se cercioró de que ya no quedaba nadando ningún soldado, permitió que la sacaran del agua fría y la izaran a la balsa.
No había rastro de Vera Brown ni del joven sanitario que había estado sentado con Jonita en la litera. Habían muerto instantáneamente en el choque. Cuando Jonita se tendió de espaldas en la atestada balsa, sintió dolor en la cabeza y el pecho, y náuseas. También el brazo izquierdo le dolía y al levantarlo le pareció observar que la muñeca se doblaba hacia un lado.
—Comprendí que estaba rotadice—pero ni siquiera tuve tiempo para pensarlo. Porque en aquel preciso instante uno de los hombres empezó a gritar: «¡Voy a nadar hasta la orilla a ver si consigo ayuda!»
Jonita sabía que tal cosa era imposible; el hombre estaba cegado por el pánico.
¡No te muevas de la balsa!— ordenó—. Estas aguas están llenas de tiburones. Además serías arrastrado mar adentro. Tranquilízate. Pronto llegarán los botes de salvamento.
Pero los botes no llegaban. Pasó una hora. Desde la costa nadie había visto la caída del avión en el agua. Otro aeroplanos despegaron después y pasaron zumbando por encima de las balsas flotantes pero sus pilotos no podían verlas en la oscura superficie del mar.
Los hombres de la balsa donde iba Jonita eran 17, en su mayor parte malheridos. Pero aun hacerles la primera cura resultaba imposible a causa del constante azote de las olas. Jonita, olvidando su propio dolor, procuró confortar a los heridos y, tener ocupados a los sanos en dar gritos a los de la otra balsa para no perder el contacto. De vez en cuando algunos náufragos impulsados por el miedo trataban de lanzarse al agua pero Jonita les hablaba hasta sentir que se le desgarraba la garganta, y mantenía así su valor y su determinación.
El avión había despegado a eso de las cuatro. Poco después de las seis uno de los náufragos de la otra balsa gritó: «¡ Veo una luz!»
Cuando su propia balsa subió a la cresta de una ola, Jonita vio en el agua el resplandor fugaz de una lucecilla amarillenta, muy lejana.¡Griten con todas sus fuerzas! —vociferó—    —¡Griten todos! ¡Todos a la vez! ¡Todos los de las dos balsas! ¡Griten sin descanso!»
Los que podían hacerlo aunaron sus voces en un potente grito que atravesó la oscuridad. La luz desapareció, volvió a brillar. Luego lanzó un gran destello en la dirección de las balsas.
La tenienta Bonham distinguió entonces la forma de un barco de pesca japonés con un proyector pequeño en la proa. Cuando el barco se aproximaba, unos cuantos hombres de la balsa se revolvieron confusamente para disponerse a saltar al barco salvador. Jonita los detuvo.
¡Nos van a volcar!—gritó¡Permanezcan quietos donden están! ¡Tiren este cabo al barco! ¡Muéstrenles dónde está la otra balsa! ¡Hagan que remolquen las dos balsas a tierra!
Jonita vio cómo los cabos de las dos balsas quedaban amarrados a la popa del barco y sintió el tirón cuando los pescadores arrancaron hacia tierra. Luego todo lo vio confuso. Cuando llegaron a la playa todavía conservaba el conocimiento aunque ya no podía sentarse.
Siguieron muchos meses de hospital. Jonita estuvo varias veces a las puertas de la muerte. Tenía una grave fractura del cráneo, un pómulo partido, un hombro roto, seis costillas fracturadas y algunos huesos rotos en la muñeca izquierda. Los cirujanos tuvieron que abrirle el cráneo tres veces para aliviar la peligrosa presión. Toda la vida llevará una cicatriz de tres centímetros en la mejilla.
—Me fue relativamente bien—comenta. Veintiséis de sus compañeros perecieron. Pero muchos de los otros 27 están con vida gracias a Jonita Bonham, la enfermera que se olvidó del miedo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

DOÑA FRANCISCA LETO-PORRES ROXAS ESPAÑOLES/AS HUEHUETENANGO 1813

Doña Francisca Leto         Española Viuda  76 años
1737_
Doña Juaquina Porres Leto   Española         34 años
1779_
Don Miguel Porres Leto      Español  Casado  32 años
1781_
Doña Petrona Roxas          Española         30 años
1783_
Doña Francisca Porres Roxas Española         10 años
1803_
Doña Longina Porres Roxas   Española          9 años
1804
Doña Biviana Porres Roxas   Española          7 años
1806
Doña Rosa Porres Roxas      Española          5 años
1808
Don Bernabe Porres Roxas    Español            1 año

martes, 23 de febrero de 2016

EL AVIÓN FANTASMA Por el coronel Robert L. Scott, Ir. Autor de God Is My Co-Pilot Abril de1945



Un piloto estadounidense con su  viejo avión ataca valientemente una base japonesa,después malherido es trágicamente  confundido y abatido por aviones norteamericanos.
  

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 Poco después de lo de Pearl Harbor, el piloto Robert Lee Scott solicitó el traslado a una unidad de cazas. Se denegó su solicitud. Era demasiado viejo, según se le comunicó, para tripular un caza. ¡Tenía treinta y cuatro años! Destinado al servicio de transporte en el Lejano Oriente, logró que el general Chennault le diese un P-40. En 1942, el coronel Scott, famoso ya por sus hazañas aviatorias, tomó el mando de los primeros cazas del ejército norteamericano en China. Aparte de numerosas condecoraciones y menciones en la orden del día, tenía el honor de ser el piloto del ejército que más aeroplanos enemigos había derribado.
El Times de Nueva York, dijo de su libro God Is My Co-Pilot «que era la narración individual más interesante de toda la guerra». Damned to Glory es una colección de relatos poco conocidos, compilados en homenaje a sus valientes camaradas y a sus incansables aeroplanos. El título está tomado un verso de una composición que el propio Scott escribió sobre el P-40: «Damned by words but flown to glory ».
EL AVIÓN FANTASMA
 Condensado del libro «Danined to Glory »)
Por el coronel Robert L. Scott, Ir.
Autor de
God Is My Co-Pilot
 Abril de1945
               En el minúsculo campo de aterrizaje de Kienow está lloviendo sin parar. Falta todavía una hora para que cierre la noche. A través de la bruma se ven, puntiagudas cual hocico de tiburón, las proas de ocho aviones P-40. Johnny Hampshire jefe de escuadrilla, se asoma a la boca de la curva en que se halla instalada la comandancia. le echa un vistazo al cielo anubarrado. Su escuadrilla perteneciente a la escuadra área de operaciones de China, procede de Kunming. Le asignaron aquel campo como base para realizar incursiones. Pero la peertinaz cerrazón los tiene a él y a su gente desde hace una semana mano sobre mano, en forzada ociosidad, sirviendo de pasto a una epidemia de gripe.
En, aquel momento se dio la alarma. Campanillearon los teléfonos.
—    ¿Qué rayos ocurre, capitán Chow? El oficial chino fijó una banderita roja en el mapa.
No lo sé. Del R-15 avisan la presencia de un aparato desconocido que viene hacia acá volando muy bajo.
Japonés no era con seguridad. Los japoneses no se aventuraban tan adentro con aquel tiempo de perros. ¡Y un avión solo! Tampoco arriesgaban ellos así un aparato solo. Estaban harto escarmentados. De sobra sabían que lo enviaban a una destrucción segura.
Sin embargo... ¿si fuese un ardid? Por .si acaso, Johnny dio la orden: «Todo el mundo alerta. A Costello que se prepare a salir conmigo. Los otros que se queden en tierra. Que despeguen únicamente si los llamo ».
Dos aviones rodaron por la pista levantando a un lado y otro grandes salpicaduras de fango rojizo. Desaparecieron como tragados por las oscuras nubes que chorreban agua.
En la sala de radio se oyó a Johnny preguntando por la situación del aeroplano desconocido. Avisaban que se hallaba a unos 16 kilómetros al este.
Johnny contó después lo ocurrido. EStaba a unos 16 kilómetros del campo cuando avistó el aeroplano a unos 6o metros debajo del suyo. Maniobró en seguida para atacarlo. Era un aparato desconocido que venía de territorio enemigo. Las órdenes eran terminantes: debían derribarlo.
Johnny y Costello dispararon a la vez. Se acercaron tanto, que pudieron ver las insignias del aeroplano. Costello le gritó al otro por la radio: «¡Tiene la insignia norteamericana... es un P-40! ». No importaba. Ambos sospecharon un engaño. Era la insignia norteamericana, sí; pero la antigua: una estrella blanca en medio de un redondel rojo sobre fondo azul. Hacía un año casi que los Estados Unidos no la empleaban, porque el redondel rojo se confundía fácilmente con el sol naciente japonés.
Según Johnny, entre el y  Costello y él acribillaron el avión con su buen centenar de descargas antes de caer en la cuenta de que era inútil seguir disparando. El P-40 estaba ya literalmente hecho pedazos desde antes de lanzar ellos la primera ráfaga. La carlinga estaba casi desprendida a fuerza de balas. El cuerpo del avión era una criba. Al acercarse más aún, vieron que las concavidades en que entra el tren de aterrizaje retráctil, estaban vacías. Y no por obra de los proyectiles. El aparato no había tenido ruedas nunca.
Johnny y Costello, volando casi pegados al P-40, atisbaron al piloto detrás del cristal astillado del parabrisas. Tenía la cabeza caída sobre el pecho. Pudieron verle el pelo negro largo, la cara ensangrentada. Costello sostuvo después que el piloto llevaba ya un buen rato de muerto.
Al cabo de unos segundos vieron como el aeroplano fantasma se estrellaba contra el suelo y reventaba. Se fijaron bien en el lugar.
Después, acompañados del médico, orillando los arrozales, se dirigieron en un camión al aeroplano siniestrado. EL P-4o estaba materialmente deshecho por los balazos. Había recibido proyectiles de arriba, de abajo, del frente, de detrás. Se veía que habían hecho blanco en él no sólo otros aeroplanos, sino los antiaéreos también. Nadie atinaba a explicarse cómo el piloto pudo sobrevivir a aquel fuego graneado lo bastante para gobernar el aeroplano hasta allí.
Hubiera resultado imposible identificar al piloto, casi carbonizado, de no ser por unas cartas que se le hallaron en la cazadora de cuero con algunos fragmentos legibles, y por un diario chamuscado.
Sus amigos lo llamaban «Whiskey » Sherrill.*- *Este nombre es imaginario, lo mismo que en algunos casos, los de lugares, por motivos de seguridad militar.-Parece ser que había sido muy aficionado a esa bebida allá en sus buenos tiempos en la Carolina del Sur. Fue a Manila en 1937. Lo destinaron en una escuadrilla de caza. Lo pusieron después al frente del personal encargado de hacer una red de campos auxiliares. «Whiskey» era un aviador de cuerpo entero. No había lugar, por remoto y recóndito, en tódo el archipiélago, adonde él no supiese ir con rumbo certero. Nada más que con mirar el color del agua, sabía, al surgir de entre las nubes, si estaba sobre el mar de Sulú, o sobre el de Bisayas. Construyó campos de aviación por todas partes del archipiélago y se sabía de memoria la situación de cada uno. Así que hubo concluido aquella tarea, lo hicieron subcomandante de escuadrilla.
Después de la fecha luctuosa del 8 de diciembre de 1941, «Whiskey» Sherrill tomó parte en operaciones de reconocimiento y en vuelos rasantes ofensivos. Mermaban los efectivos de aviación a ojos vistas. Le tocó ir replegándose palmo a palmo, atacando y defendiéndose, hacia aquellos mismos aeródromos auxiliares que había construido en la selva.
El 5 de mayo lo halló, con unos cuantos compañeros, en Miramag, en Mindanao, aislado del resto del mundo. Batán se había rendido. Hasta donde llegaban sus noticias, Sherrill calculaba que todo el Poderío militar norteamericano, se reducía por aquellas fechas a once mecánicos que lograron escapar a las islas meridionales dando infinitos rodeos y a un P-40 inservible.
Pensaron que con su aeroplano, hecho de piezas sacadas de otros que se habían estrellado por aquellos parajes, podrían proseguir la guerra por algún tiempo. Fuera de una hélice doblada y un fuselaje medio desvencijado, el aparato, por lo demás, estaba todavía utilizable. Se pasaron dos semanas recorriendo los alrededores a caza de cuanto de aprovechable hubiera en los otros aviones. Por fin, a cosa de siete kilómetros de la base dieron con un P-4o que tenia el fuselaje en bastante buen estado. Con cuerdas y rodillos, ayudados por cuarenta indígenas, fueron llevándolo, metro a metro, hasta Miramag. ¡Pesaba una tonelada!, Cada vez que veían un aeroplano enemigo se apresuraban a tapar el fuselaje con hojas de palma.
Para el mes de agosto ya habían conseguido ajustar el ala útil del primitivo avión al fuselaje. Levantaron una cabria y pudieron izar el motor para colocarlo en su lugar. Sustituyeron el depósito de una de las alas, que se salía. Quitaron el radio y el dinamotor y pusieron un depósito de 5O galones en el compartimiento de equipajes. La gasoliNA la la hallaron en los tanques de un B-17 destrozado. Enderezaron la hélice a martillazos, con una maza pesada sobre el tocón de un árbol de madera dura.
Sólo faltaba por resolver lo del tren retráctil de aterrizaje. A uno de los sargentos se le ocurrió decir bromeando: «Si nevara, podríamos emplear esquíes». Al oírlo, Sherrill se acordó de la vez que había despegado y aterrizado en un P-6 con esquíes en un campo de yerba húmeda.
Cuanto más pensaban él y sus compañeros en los esquíes, más ganas les entraban de hacer la prueba.
Discurrieron el modo de ajustar al avión unos esquíes de bambú, y también el modo de «retraerlos»... el cual no era otro que dejarlos caer, después del despegue, tirando de un alambre. Por supuesto, una vez en el aire, no habría modo de volver a aterrizar. Y a bordo sólo podía ir un hombre.
Sacaron sus mapas y se pusieron a buscar el sitio en que podrían hacer más daño a los japoneses, con ese su único aeroplano. Se decidieron por Formosa. Había 1600 kilómetros hasta el gran apostadero naval japonés de Taihokú. En la costa china, 400 kilómetros más allá, estaba el aeródromo de Kienow. Aprovechando bien la gasolina, el piloto podría llegar allí.
El 6 de diciembre ya habían segado con cuchillos la hierba de la que debía ser la pista. Todo estaba preparado para el despegue. El P-4o hacía una extraña figura sobre sus esquíes. Tenía a bordo cuatro bombas de a 125 kilos y seis ametralladoras de calibre 5O.
Fue Sherrill el que propuso: « Qué les parece a ustedes la idea de celebrar el aniversario del día en que esos canallas nos atacaron, dándoles un susto? Saldré de aquí el 8 de diciembre por la mañana».
A las nueve dee ese día sacaron el avión de su esconditey lo llevaron al extremo alto de la pista. Quedó con la proa enfilada cuesta abajo. La pista, abierta en la yerba, remataba por el otro extremo en cl borde de una roca.
Sherrill fue estrechando la mano a todos. Al subir a la carlinga, notó que había lágrimas en los ojos de sus compañeros. Comprendió que los veía por última vez. Por encima del zumbido del motor, les gritó que arrojaría las bombas donde más daño hiciesen a los japoneses.
El caza arrancó. Fue dando tumbos por la pista, sobre sus esquíes de bambú. Con cada salto cobraba más velocidad. A poco dio un salto mayor, zumbó con más fuerza y se elevó en el aire.
A unos 300 metros de altura Sherrill enderezó el avión, dejó caer los esquíes, volvió a pasar sobre el campo para que sus compañeros, que le daban vítores, pudieran contemplar el fruto de tantos meses de trabajo; y puso rumbo a Formosa.
CINCO HORAS TARDÓ Sherrill en llegar a la isla japonesa, según ha contado después el propio enemigo. Los japoneses alardeaban de que hacía cuarenta años que ningún occidental  había podido echarle la vista encima a Formosa. Bueno, pues allí tenían ahora a uno que, paseando los ojos por aquella tierra vedada, los detenía en el espectáculo tentador de un aeródromo con hileras de bombarderos y cazas aparcados con perfecta simetría.
El teniente Sherrill voló sobre una y otra hilera vaciando cargador tras cargador de sus ametralladoras. Con el borde del ala cortó la bandera japonesa que ondeaba en el edificio de la jefatura. Arrojó la primera bomba en. el pabellón de las oficinas. Los aviones japoneses  empezaron a echar humo, a arder, a estallar.
Las descargas de los antiaéreo estremecían el aeroplano. Todo lo que Sherrill podía hacer era volar bajo para no ofrecer blanco seguido a los artilleros. Y siguió ametrallando cuanto aeroplano fue apareciendo en su mira.
Remontaron el vuelo unos cuantos zeros. Sherrill arrojó su última bomba en el cobertizo. Se lanzó sobre los cazas enemigos haciendo fuego para abrirse paso por entre ellos. Y no se sabe por qué prodigiosa alianza de la intrepidez serena de Sherrill y la insospechada resistencia del P-4o a las balas enemigas, pudo el aviador norteamericano remontarse hasta las nubes y desaparecer de la vista de sus perseguidgres rumbo a China. ¿Cómo halló, sin instrumentos, la derrota exacta? Fue volando derecho como un águila de Taihokú a Fuchau, a Kienow, como se comprobó por la red de puestos de escucha de los chinos que iban dando cuenta de su paso.
De la bruma emergió primero un aeroplano. Luego otros dos. Un tableteo de ametralladoras. Un avión y un piloto ya mortalmente heridos, que son otra vez, blanco de una granizada de proyectiles. Sherrill volvió la cara ensangrentada para dirigir una última mirada a través de la cúpula destrozada de su carlinga a aquel Caza norteamericano de afilada proa que volaba tan cerca de él. ¡Así es la vida! Ya estaba de vuelta. ¡Presente! ¡Cumplida la orden ...!

AQUEL BELLO AMOR... SUEÑO DE LA VIDA DE RICARDO Y SUSAN

AQUEL BELLO AMOR...

SUEÑO DE LA VIDA 
DE RICARDO Y SUSAN
CUANDO SE ES CORRESPONDIDO 
AMPLIAMENTE
EN EL AMOR 
EL OLVIDO SERÁ
 AMPLIAMENTE DOLOROSO



Había un hombre conocido como Ricardo que en sus lecturas de la Escritura  Sagrada solía tomar notas de todo aquello que le impactaba en su ser. De los mucho que subrayaba o anotaba un día remarcó los siguientes
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron Salmos 85.10
Besados serán los labios
Del que responde palabras rectas.Proverbios 24.26
 Pasaron algunos años.
   Un día estaba Ricardo platicando con un conocido, cuando vió venir a una mujer a quién nunca había visto. Mirarla avanzar  y sentir una sacudida en su ser fue una misma cosa.
Una mujer alta, de tez blanca . muy hermosa. Unos ojos resplandecientes  color avellana que al día de hoy Ricardo puede recordar  nitidamente esa escena.  Se sintió  tan impactado y sacudido en su ser. Al pasar junto a él miró sus ojos resplandecientes y algo profundo , algo doloroso  de pensar que esos ojos , ese rostro, esa figura podría "ser" de alguién más...Pero lo que más le "dolió", fue que ella ni siquiera le dirigió ni la más minima mirada. En cambió saludo muy cordialmente al conocido que  platicaba con él.Tiempo después cuando él le preguntó a ella porqué motivo   no dió la más minima opotunidad de saludo, ella  le contestó" Porque yo pensaba que usted era casado".
Pasaron días, semanas, quizás un mes, dos meses..El día menos pensado llegaron a su  casa varias mujeres que iban realizar una limpieza de un saloncito que él les había prestado para una actividad. Entre ellas iba la dama. Ricardo al ver que ella estaba en ese grupito sintió una inmensa alegría.Al terminar la actividad de limpieza  la bella mujer se despidió de forma muy amable, no sin antes echarle un vistazo muy rapido a unos libros muy interesantes que Ricardo tenía a la vista. Parón varios días, semanas ...Ricardo. tenía un pequeño negocio..un día entró la ella.  Ricardo sintió que el corazón le daba un vuelco..se dirigió a saludarla y de esa forma se rompió el hielo. Ni lerdo ni perezoso Ricardo. le ofreció compartirle algo muy interesante a Marcela Susana que así se llamaba la joven.
Una tarde el hombre de nuestra historia  fue a buscar a Susan en donde vivía. No sabía como lo iban a recibir. Fue recibido con mucha prudencia. platicaron un breve tiempo. Él se despidió esperando volver.
Al cabo de unos días Ricardo fue a buscarla. Abrió una señora  desconocida.  pregunto por ella . La señora desconocida dijo: "Ella ya no vive aquí". Ricardo sintió que el mundo se abría bajo sus pies. Donde y cuándo podría verla otra vez se pregunto para sus adentros. .La señora desconocida rapidamente le dijo "Vive cerca de aquí", y le indicó donde.
Desde ese día Ricardo visitó a la bella dama muchas veces.Pasaron meses...la amistad creció... soñaba despierto. Ella se comportaba muy seria. la voz de ella sonaba a musica en los oidos de él.
Un sábado por la tarde, Ricardo salió a dar una vuelta. Susan  Venía de la Universidad. Se saludaron y nada pasó. A los ocho o quince  días Ricardo volvió a encontrarla. Serían como  a las cinco  de la tarde de un sábado. Ella traía una bolsa o cartera my bonita con sus apuntes de la universidad.  Además traía una bolsa de pan en la mano. Se detuvieron para saludarse. Ricardo no se atrevió a invitarla a tomar un cafe. Ricardo siguió su camino más su alma se fue tras Marcela Susan.  Mucho tiempo después Marcela reconocía que también deseó en esa oportunidad la compañia de Ricardo.
 Pasó un año de amistad, de compartir muchas cosas...
 Llegó la navidad, luego se aproximaba año nuevo. Ricardo se dijo" Ella me gusta, me atrae tanto que no resisto el pedirle un beso, no sé como lo vaya a tomar, pero le diré en estos días cuánto la aprecio". Faltaban dos día para el 31 de diciembre de año... había tomado un lapicero y papel para escribirle sus razones de amor a la bella, y no se por qué iba a escribirle  los 2 versos de la Escritura que al él le llamabaron la atención un par de años atrás. Resulta que esa mañana del 29 o 30  de Diciembre más o menos su teléfono suena, contesta y escucha una voz muy apreciada que  después de saludarlo le dice:"Hoy en la mañana sentí que usted tiene 2 versos de la Biblia que son  para mí". Él tragó saliva, sintiose en descubierto, y rapidamente le contestó. "Sí es cierto. Por favor tome papel y lapiz y apunte por favor" . Ricardo no tenía mucho valor para decirle por telefóno los 2 versos, sentía que eran muy obvios para ella. Pero se los dijo por telefóno, además la invitó a tomar  cafe o a cenar la tarde del 31 de Diciembre. luego  Le dictó :
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron Salmos 85.10
Besados serán los labios
Del que responde palabras rectas.Proverbios 24.26
 ELLA le le respondió   Voy a estudiar esos 2 versos y me los explica cuando vayamos a tomar el cafe.
El joven de nuestra historia y la dama de sus sueños fueron a tomar un café o bien a cenar el 31 de diciembre de un año que ya se perdió en la lejanía del pasado.
Al llegar al restaurante y después de acomodarse, ella pregunta y dice al caballero : __Ahora, por favor expliqueme bien los 2 versos que usted tiene para mi__ . Ricardo le pregunta a su hermosa amiga : __¿Como supo que yo tenía esos 2 versos para usted?. 
 Ella contesta: _"Ayer , percibí, sentí claramente que usted tenía  que darme 2 versos ".__
Ricardo no salía de su asombro al ver que él  en efecto tenía esos versos citados y escritos ya en una carta que pensaba darsela  más tarde. 
El le dijo.__"Los versos que yo tenía en mente compartirle son :
La misericordia y la verdad se encontraron;
La justicia y la paz se besaron Salmos 85.10
Besados serán los labios
Del que responde palabras rectas.Proverbios 24.26
Ella dijo:__Me puede hacer el favor de explicarmelos"__
El contestó_- "La justicia de Dios venía a cobrarnos nuestras maldades, pero en el camino se le atravesó la misericordía y el amor de Dios y por eso somos perdonados...."Igualmente me llama la atención el haber encontrado este verso que dice que una persona  cuyos labios hablan rectitud sus labios serán besados..."
A esto siguió una larga plática , en medio una cena, cuando ya las ultimas horas del día 31 se aproximaban a su final. 
Ellos habían llegado al restaurante a eso de las cinco o seis  de la tarde, siendo  las ocho y  media o nueve de la noche se dirigieron a acsa de ella. Llegaron, se acomodaron en la sala y siguieron conversando.
10.p.m.--11.pm. 11. 30 .pm...El aspirando profundamente le entrega unos recuerdos y una carta donde entre otras cosas le escribía que la apreciaba demasiado, que ella era muy atractiva y que él con todo el respeto, sabiendo que tanto ella como él eran libres, sin compromisos de amor con terceras personas. Por esto y mucho más el le pedía a ella un beso como recuerdo de amor. Ella en ningún momento accedió a darle ese beso le dió una negativa rotunda. Aunque el insitsió y suplicó ella no cedió ni un ápice. El hombre de uestra histora se sintió muy triste y decidió conformarse.  
 Los minutos y  las horas siguieron corriendo. En algún momento de la noche Susan había invitado a comer  los tradicionales tamales acmpañados de una buena taza de café.  El reloj anunció que el 31 de Diciembre de ----había expirado. Afuera se escuchaban el ruido de la quema de cohetillos y de las luces de colores que estallaban en el cielo anunciando un año nuevo.
  Más adelante  Susan fue a la cocina preparó avena con leche y   trajo dos tazas a la sala donde se encontraba Ricatrdo. Siendo aproximadamente las 12.30 a.m  del nuevo día la dama ella le dice a él __ "Haga oración por mí y por este nuevo  año".__  Minutos después dice ella. __" Tengo mucho calor, estoy sudando, ponga su mano en mi cabeza y lo comprobará".__  Ricardo así lo hace y cuando se acerca a Susan siente la fragancia del cabello de ella.  Ese aroma le sabe a lo más bello y exquisito,podría decir que era el aroma de muchas flores del campo, como el aire que corre entre las copas de los pinares, que juega con el viento entre los arboles frutales. Ricardo  hubiera podido quedarse así, aspirando esa fragancia de ese cabello. Para él era un momento sublime, maravilloso ...de pronto la bella dama empieza a sollozar y exclama __"..Yo estoy enamorada de usted, hace tiempo que estoy enamorada".__
 Ricardo se queda de una pieza, todo podía haberse imaginado menos que esa belleza de mujer este diciendo que está enamorada de él.Es algo que no puede asimilar. porque lo encuentra demasiado bello, irreal quizás...emociones y sentimientos van y vienen dentro de su ser...siente que está viviendo un sueño, que no es cierto...que de pronto  todo se esfumará y despertará a una dura realidad...
Él toma las manos de Susan entre las suyas, y despacio, muy despacio, sin prisa, se realiza su sueño de besar los labios deseados. Fue un beso muy suave, muy dulce...seguido de un abrazo que palabras faltan para describirlo.Después vinieron unos besos maravillosos y se abrazaron con mucho cariño y amor. Seguidamente  Seguidamente abrazados descansan un rato pues la madrugada avanza.
Ricardo  regresa a su casa envuelto caminando sobre una nube de felicidad.
.Él que pretendía solo un único beso de la bella dama ahora se puede decir que ahora tiene besos ilimitados. Los siguientes días   sienten que sus días son esplendorosos. Rick escribe a ella muchas notas, con su nombre le  escribe pensamientos. Un acróstico le llama mucho la atención, decía más o menos así: "Caminado un día por la orilla del oceano.." tanto que ella le escribe unas lineas diciéndole " Nunca había conocido un hombre como usted". Los días que siguen son de un enamoramiento intenso. Hablan por telefóno  y la voz de ella suena a los oídos de él como notas musicales exquisitas. Todas las tardes a las 4.00 o 5.00 p.m. llegaba el enamorado a casa de su amada. Ansiosamente tocaba el timbre, salia la amada a recibirlo. Generalmente intercambiaban pensamientos, comentaban lecturas, Ricardo le  decía y le escribía a su dama lo siguiente:
 " Me gusta mucho,   1) su cabello ,2)Su estatura, 3)Sus cejas, 4)El color bello de sus ojos 5) Su nariz de perfil  5)Su Boca y labios  6) El color blanco de su piel .   Luego  tomaban café,  se daban besos lindos,   transcurrían las horas, cenaban, después se dirigían a la sala a platicar , a mirarse a los ojos. se abrazaban y disfrutaban  sus besos con una plenitud de amor.  

nécdotas y recuerdos..

El día del cumpleaños de Ricardo, Marcela Susan le envía un pastel a su casa.
Un mañana Marcela y Ricardo se encontraban  paseando en un pueblo de la montaña. Un señor del lugar inicia una conversación con Marcela y le pregunta ¿Usted no es de por aquí, verdad?. Ella responde con una pregunta: ¿De donde cree usted que soy?
El dice: _-Usted es como de Holanda?.
Un día de mayo de cierto año...Marcela , Ricardo y un amigo, habían ido a una conferencia dada en la capital de la República. A eso de las doce del mediodía, el amigo tiene que ir a  arreglar una papelería en una oficina. Caminando los tres en una avenida llena de árboles, empieza a llover. La lluvia les cae. ¡Que importa!. Ricardo es inmensamente feliz, a su lado está Marcela Susan la mujer  bella y amadol se deja ver a la par de la lluvia. ¡Lluvia con sol! y la bella a su lado. ¿No es Maravilloso