lunes, 30 de noviembre de 2015

Conmovedora historia ADIOS, VOYAGEUR! Por Gerald Movius1954



ADIOS, VOYAGEUR!

Por Gerald Movius
Condensado de « Nature' Magazine»

1954


































EN su vuelo primaveral rumbo al norte, al cruzar el cielo de nuestra granja, las ocas canadienses hacían recordar a Voyageur, mi ganso salvaje, lugares remotos que yo esperaba hubiese olvidado, porque Voyageur no podía volar y me dolía ver que lo intentase inútilmente.
El otoño anterior me lo había encontrado caído en la maleza, patas arriba en la orilla de una hondonada. Estaba malherido, pero un mes de descanso en la leñera y una dieta .de alimento para pollos le devolvieron la salud, aunque arrastraba un ala y caminaba ladeado.

  Al oir el concierto de graznidos en el cielo, se subía hasta lo alto del montón de paja, batía el ala sana y graznaba anheloso de que sus hermanos lo vieran. 

 Por lo general las voces de la bandada apagaban las llamadas de Voyageur. En cierta ocasión, sin embargo, las ocas efectuaron un viraje y destacaron una escuadrilla de reconocimiento para ver las cosas más de cerca. Descendió la escuadrilla; pero vio solamente a Voyageur, en compañía de un muchachito con gorro de lana y chaquetón de tela gruesa, ansioso de que las grandes aves grises hallasen medio de ayudar a su hermano encadenado a la tierra.
Volvieron a remontar el vuelo porque nada podían hacer, y Voyageur se quedó silencioso. Al ver cómo la oscura madeja se perdía en la luz oro y rosa de la aurora, bajó la cabeza y continuó batiendo el ala, pero cada vez con menor fuerza. A partir de aquel día no prestó mayor atención al paso de los gansos salvajes que la que le prestaban nuestras gallinas. Parecía haberse decidido a sacar el mejor partido posible de la situación.
Dicen los libros que los gansos canadienses son altivos y huraños, pero Voyageur era tan sociable como un perrito faldero y tan charlatán como una vieja cotorra. En las horas de faena me seguía los pasos, se restregaba el cuello contra mis pantalones o, en súbitas manifestaciones de afecto, arrimaba el pico a mis manos haciendo como que me picaba. ` -
Voyageur hacía amistades con todo el mundo, especialmente con las crías que alegraban la granja. Los polluelos utilizaban su dorso para tomar el sol o para saltar sobre él en sus carreras de obstáculos. Los polluelo abandonados por sus aturdidas mamás a los rigores de un chaparrón repentino, podían contar con un refugio de urgencia bajo las alas de Voyageur. Cuando Vinagre y Mostaza se ausentaban para cultivar sus importantes relaciones sociales, Voyageur cuidaba de sus gatitos; y lloró la muerte accidental de la cría de Mostaza mucho más que la madre misma. Lo encontré junto al flácido despojo con el largo, cuello extendido como para protegerlo y emitiendo hondos sonidos guturales muy parecidos a sollozos.
El ganso salvaje es monógamo y muy exigente en la selección de compañera, pero nosotros esperábamos que Voyageur se aparease con una de nuestras ocas domésticas. Las crías de un ánsar y una gansa de corral son el mejor bocado que nadie haya comido, como no sea en los grandes banquetes del Olimpo, y en aquellos tiempos los hoteles las compraban a precios fantásticos.
Pensé que si Voyageur quisiera cooperar, mi fortuna estaba hecha. Nuestras gansas vírgenes estaban muy bien dispuestas al enlace. Ante el porte esbelto y elegante de Voyageur, nuestros gansos de Tolosa parecian zafios aldeanos; en cambio él era una sinfonía en negro, gris y blanco y daba la impresión de un mozo aristócrata vestido de tiros largos para la boda.
Tulipa esperaba solamente una leve insinuación para rendírsele. Puntilla le seguía los pasos con aire lánguido. Teresa ahuecaba todas las plumas con sólo que el buen mozo acertase a rozarla al azar..Voyageur no prestaba atención alguna a tales carantoñas.
Cuando ya parecía haberse decidido a abrazar una vida de recogimiento monástico, sorprendió a todo el mundo presentándose un día en el corral doméstico con una novia de su propia elección. Era una gansita de una granja vecina, situada un par de kilómetros carretera arriba. Parecía ruborizada de la situación, pero Voyageur la hacía marchar adelante a suaves golpes de pico, con graznidos que trataban de tranquilizarla.
Voyageur debió de haberla enamorado en la hondonada, que era el lugar de reunión avícola de la vecindad, y su elección había sido buena. La gansa era esbelta y recatada; su abrigo de plumas blancas y grises evocaba el atuendo de una doncella colonial. Los vecinos me trocaron la gansa por cinco nidadas de huevos de gallina. La bauticé con el nombre de Priscilia.
Priscilia eligió para hogar un barril viejo que yo amueblé con un huevo de vidrio a fin de hacer olvidar a la pareja que yo me llevaba sus huevos, tan pronto como ella los ponía, para colocarlos en nidos de cluecas. Dejé a Priscilia los diez últimos huevos que puso. Mientras duró la incubación, ningún extraño podía acercarse a unos cuantos metros del barril sin suscitar la iracundia de Voyageur. Hasta conmigo mismo se mostraba un tanto incivil.
Fue entonces cuando descubrió que se le había curado el ala. Había marchado a la hondonada para darse una rápida zambullida y, una vez allí, creyó oír que Priscilia lo llamaba. Volvió volando y llegó al corral con tanta facilidad como si nunca hubiera tenido el ala inútil.
Aterrizó de golpe, sacudió sorprendido la cabeza, se miró el ala como si no la hubiera visto en su vida y,rompió a lanzar graznidos de entusiasmo. Los espléndidos ojos destellaban de emoción. Danzó sobre las puntas de los dedos con ambas alas en alto, corrió hasta Priscilia, le hizo caricias en el cuello con el pico y por último se apresuró a llegarse hasta donde yo estaba para darme tirones del pantalón.
Desde aquel día voló por toda la vecindad. Aquellos vuelos presagiaban una sola cosa: Voyageur nos dejaría en otoño. Ciertamente, yo podía cortarle las alas; pero lo vi demasiado feliz. Voyageur había necesitado de mí cuando tenía el ala inútil. Ahora que tenía buenas las dos alas, sólo necesitaba libertad. Vi acercarse el final del verano con tristeza.
Voyageur y yo estábamos juntos en el corral cuando oí el concierto del primer vuelo rumbo al sur. Voyageur observó el cielo para tomar el rumbo. Le tembló todo el cuerpo. Dio una carrerilla y emprendió el vuelo a las alturas. «¡Adiós, Voyageur!—dije para mí-¡Adiós!»
Al principio, Priscilia tomó la cosa con serenidad. En los meses que llevaban juntos, Voyageur se había ausentado en vuelos de varias horas. Pero cuando cayó la noche, se mostró intranquila. Dos días después estaba enferma. Ya habíamos visto enfermar gansos por causa de alguna desgracia ocurrida al compañero; pero Priscilia se encontraba sola en su ansiedad porque no había trabado amistad con nuestras gansas tolosanas y ya sus propias crías se habían emancipado. Se dejó abatir y rechazó la comida.
Sin embargo, tanto Priscilia como yo habíamos interpretado mal la na-tural disposición de Voyageur: a los tres días estaba de regreso, libres los ojos de la alucinadora mirada selvática. El instinto del deber que lo vinculaba a su compañera resultó superior a sus impulsos migratorios. Volvió a ser el mismo de siempre, a enredárseme en los pies mientras trabajaba, a mimar a Priscilia, que recobró la salud en seguida.
Era la temporada de diversión para las aves. Los cuidados de la vida familiar habían terminado por aquel año. El sol del veranillo de San Martín calentaba el agua de la hondonada y allí acudían los gansos y los patos jóvenes a pasarlo en grande y recibir en la cabeza alguno que otro picotazo de sus mayores, si se mostraban demasiado levantiscos.
También era la temporada de caza. Se oían disparos por las  mañanas, muy tempranito. De vez en cuando se veía vacilar un ánsar y abatirse hacia tierra en espiral. Debió de ser así como Voyageur hubo de caer cerca de nuestra granja el año anterior.
Me alegraba ver que Voyageur no abandonaba ahora la seguridad de la hondonada, protegida por carteles que prohibían la caza. Por esa razón, casi no pude dar crédito a mis oídos cuando escuché un disparo de escopeta muy cerca de la granja, seguido del graznido de los gansos aterrorizados. Sentí una náusea helada en el estómago y corrí a ver. Al lado opuesto de la hondonada vi que un hombre corría a toda prisa; sus ropas delataban al lechuguino de la ciudad.
Priscilia estaba muerta y Voyageur ileso, aunque lo probable era que el cazador lo hubiera elegido como blanco. Voyageur estaba tirado en la hierba al lado de Priscilia cuyas plumas  estaban empapadas de sangre. El largo cuello del primero, quieto, los ojos velados por el dolor, descansaba sobre el cuerpo de la compañera.
La enterré con todos los honores ante la mirada atenta de Voyageur. Cuando le eché la última paletada de tierra, Voyageur vino hacia mí y me puso el pico en la mano, quejándose como un perro afligido. Allá arriba se oyeron los graznidos de las ocas y Voyageur miró a lo alto. Ya sabía yo que me estaba diciendo adiós.
¡Adiós, Voyageur!—le dije.
Esta vez era para siempre. Ya no había Priscilia que lo detuviera allí. Quedaban solamente el cielo y las voces distantes de sus hermanos y el viento del norte que les pellizcaba las colas para .apresurar su marcha a los campos apacibles del sur.
Entonces se elevó al cielo para unirse a la remota bandada.
¡Adiós, Voyageur!

Tierna historia deLA GANSA DE DOBLE PERSONALIDAD Por Charles Drummond 1959



La gansa
de doble
personalidad

Por Charles Drummond
1959

JUANA era una gansa canadiense. Su nombre completo, Juana Calamidades, tuvo origen en su nacimiento extraño e infausto ... pues vino a este pícaro mundo en el asiento trasero de un automóvil prematuramente, a consecuencia del choque del vehículo con un árbol del camino.
Me había quedado dormido sobre el volante al regreso de una expedición en que había recogido huevos de ganso arrastrados por las inundaciones. Al súbito remolino de vidrios rotos, nieve y lodo, siguió el silencio; oí entonces un insistente «pío, pío» que salía del asiento trasero. Me acerqué y vi un huevo roto y un polluelo todavía húmedo recién salido del cascarón. Para protegerlo contra el intenso frío, metí la felpuda bolita dentro de mi camisa, en contacto directo con la piel. Poco a poco se fueron acallando los píos y aquel cuerpecillo viscoso y desagradable se fue secando y entrando en calor hasta hacerse imperceptible.
El auto aún podía andar y así regresé renqueando a casa. Coloqué el gansito en una caja de cartón y empecé a alimentarlo con purés y picadillos de verduras.
Juana pelechó y bien pronto la pasamos a un corralillo exterior hecho de malla de alambre. Cuando algo se le ofrecía, piaba roncamente; pero una vez satisfecha, calmados ya el frío o el hambre, sus broncos chillidos se trocaban en ese aflautado chirr de los ansarones canadienses, uno de los sonidos más agradables con que nos ha regalado la Naturaleza. Se aficionó a mi mujer y a mí con toda la lealtad peculiar de su raza. Ya libre de su encierro, nos seguía dondequiera que fuésemos; parecía una bola de felpa amarilla-aceituna haciendo pinitos sobre sus patitas negras como tinta china.
Cuando estuvo ya crecidita comenzamos a llevarla a paseo en la camioneta y le permitíamos pastar eh el césped mientras revisábamos las cercas, o atendíamos al ganado o a los riegos de la finca. Mi esposa la llevaba a bañarse en el arroyo, que pasaba por un cercado que ofrecía protección a 20 o 30 ánsares lisiados de diferentes especies (nuestra finca ha sido siempre algo así como un refugio privado de animales silvestres) ; pero la volantona, acostumbrada a vivir entre la gente, no hacía caso de ellos; creía, sin duda, que no eran sus iguales.
Llegó el día en que Juana había crecido tanto que no cabía ya con nosotros en el asiento de la camioneta. Resolvimos dejarle comida suficiente y salimos sin ella.
—¡Allá viene! —gritó de pronto mi esposa.
La alcancé a ver en el espejo; corría desatinadamente tras la camioneta, abiertas las alas no bien emplumadas aún. En su loca carrera se levantó en vilo y voló un corto trecho. Tan extraña experiencia la desconcertó por un instante, que aprovechamos para perdernos de vista tras unos árboles, pero a poco la vimos venir a campo traviesa, corriendo y volando, y haciendo una algarabía casi histérica. La metimos dentro y estuvimos a punto de llorar de emoción al ver los arrumacos que hacía con el cuello para festejarnos.
La segunda vez que pretendimos escabullirnos, Juana levantó el vuelo, no muy seguro todavía, y adelantándosenos fue a posarse en medio del caminó. No hubo más remedio que parar y recogerla.
Al cabo de pocos días ya volaba al lado de nuestra camioneta acompañándonos a todas partes sin dejar de parlotear amigablemente todo el camino. Unos 25 kilómetros por hora era la velocidad que parecía convenirle más.
En el verano la dejamos que volará libremente, pero al acercarse la estación de la caza nos pareció que la más as segura con sus semejantes en el cercado junto al arroyo. Le recortamos el ala derecha y una tarde la llevamos andando hasta el estanque de los gansos y los patos a la hora de llevarles el alimento. Al ver a sus congéneres se pegaba a nuestras piernas como el niño a quien se lleva por primera vez a la escuela.
La levanté del suelo y la arrojé por encima de la malla de alambre: la pobre se puso a andar de arriba abajo tratando de volver al lado de sus amigos humanos. Por fin se instaló muy contenta con los otros ánsares y pasó el invierno entre ellos. Sin embargo, era la primera en saludarnos cuando íbamos a darles de comer y nunca dejó de graznar con desconsuelo cuando nos veía subir la colina de regreso hacia la que habla sido su casa.
A la siguiente primavera un gigantesco ganso canadiense comenzó a bajar diariamente al marjal, indiscutiblemente atraído por algo que había visto dentro del encierro de malla. Era un magnífico ejemplar que, al principio, se contentaba con pavonearse majestuosamente por el pantano dando graznidos estentóreos. Después lo descubrimos dentro del cercado (que tenía una hectárea de extensión) muy amartelado con una hembra. ¡Juana, nada menos, era su compañera! A pesar de ser ésta demasiado jdven para compartir el honor y las responsabilidades de su nuevo estado, nosotros, sus padres adoptivos, brindamos esa tarde por la eterna buenaventura de aquel matrimonio un tanto prematuro.
Desvergonzadamente nos dimos a espiar la pareja de recién casados, primero con los gemelos, luego aproximándonos cuanto podíamos para verlos bien de cerca. Juana, echada en su nido, bajaba la cabeza cuando nos acercábamos, pero no tanto como lo hacen los gansos salvajes. El ganso se retiraba al rincón más apartado sin dejar de mirarnos, el cuello extendido, con aquellos ojillos que semejaban cuentas de vidrio.
Una tarde sorprendimos a la pareja echada a considerable distancia del nido y presentimos un desastre. Efectivamente, el sitio donde había estado el nido se hallaba cubierto de cascarones rotos y plumas esparcidas: un desbarajuste total. Ningún pajarraco hubiera sido capaz de atropello semejante; el ganso era un aventajado contrincante para cualquier osado plumífero de la tribu. Algún animal rapaz debió saltar la cerca y destrozar el nido. «¡Pobre Juana!» exclamamos ambos a una. Pero ella nos miró calmadamente, erguida sobre una pata, con filosófica resignación.
Juana y «el salvaje» siguieron juntos (los gansos canadienses generalmente se aparean de por vida) y cuando mudó y le crecieron las plumas del ala recortada, su consorte la incitaba a volar por los más remotos rincones de la finca. Nosotros los veíamos frecuentemente y, al divisarnos, Juana graznaba y se acercaba anadeando hasta nosotros. El ganso, en cambio, emitía gritos de
alarma y se alejaba en dirección opuesta. Por no causarles disgustos domésticos, preferíamos seguir nuestro humano camino.
Con Ja llegada de la primavera notamos que Juana se conducía de una manera extraña. Después de comerse el grano que le dábamos en el patio, y mientras el ganso la miraba receloso desde lejos, ella daba vueltas en torno a la casa, paso a paso, mirándola con curiosidad; y una mañana, al salir el sol, mi mujer y yo despertamos al ruido de pasos mesurados sobre el tejado.
—¿Qué puede ser,eso?— dijo ella sorprendida. Saltó de la cama y salió—. ¡Es Juana! — me gritó desde fuera.
Aquella tarde, sentados en la sala, nos sorprendió ver la cabeza y en seguida el pescuezo de Juana que asomaban por el borde del tejado. La mirada de sus ojos oscuros no se dirigía precisamente a nosotros, sino al espacio que había debajo del alero.
Al fin caímos en la cuenta. Su antiguo nido, construido en el corral de los gansos y los patos, había resultado demasiado vulnerable. Buscaba un lugar más protegido y ¿qué podría ser más seguro que el techo de la casa donde vivía su familia? La idea no pareció gustarle mucho al «salvaje,» porque mientras ella se dedicaba a buscar casa, él se mantenía a respetable distancia sin dejar de reprocharla con sus graznidos; la esposa se contentaba con responderle en tono alegre y confiado.
—Si es que quiere anidar en la techumbre ¿por qué no le arreglamos un sitio? —preguntó mi mujer.
Conseguí un cajón, lo rellené de musgo y lo aseguré en el ángulo donde se juntan los aleros, lugar bien protegido contra el viento y el sol. A la mañana siguiente nos despertó el ruido que hacía Juana al posarse sobre el tejado. La gansa iba y venía graznando para sus adentros. De repente cesó el movimiento y el ruido.
—Ya encontró el cajón — nos dijimos al tiempo.
Al cabo de unos instantes Juana bajó volando y fue a encontrarse con su compañero. Parlotearon seriamente, se sobaron los cuellos y volaron ambos hacia el riachuelo.
De ahí en adelante la pareja de gansos se posaba todos los días en la ladera cercana a la casa; el ánsar se quedaba haciendo la guardia en tanto que la gansa volaba al alero, entraba en el cajón y allí se quedaba una hora más o menos. Después de cada visita, subía yo por una escalera y encontraba un huevo. Cuando hubo cuatro, Juana enloqueció. Durante cuatro semanas no le vimos sino la cabeza y parte del cuello que sobresalían por encima del cajón-nido. El ganso anduvo todo ese tiempo por las cabeceras del riachuelo.
La rutina se interrumpía una vez al día: a eso de media mañana la gansa comenzaba a graznar e, inmediatamente, desde un kilómetro de distancia, le contestaba el macho. Observamos que en ese mismo instante él alzaba el vuelo, Juana dejaba el nido y ambos volaban hacia el marjal, adonde llegaban casi simultáneamente. El encuentro era realmente feliz: graznaban, cotorreaban, se acariciaban con el cuello y con el pico como un par de melosos enamorados. En seguida Juana se daba un chapuzón, aleteaba sobre el agua y, conn unos  minutos más de dulce compañía, mientras ella se espulgaba y acicalaba el plumaje con el pico, concluía la reunión de la mañana.
Entre tanto, nosotros íbamos marcando los días en el calendario. Los huevos debían reventar a los 28 o 30 días después de comenzada la incubación. Juana tendría que bajar entonces a sus bebés del tejado, desde una a altura de cuatro metros poco mas o menos, y no queríamos perdernos el espectáculo. Aunque no es raro que los gansos canadienses aniden en los árboles, casi nadie ha presenciado el descenso de sus polluelos.
Al amanecer del vigésimo noveno día oímos que Juana emitía suaves graznidos. Era algo distinto de la rutina cotidiana: aquello debía significar algo especial. Salí corriendo a ver y, efectivamente, sobre la espalda de la gansa había trepado un gansito chiquirritín. Me quedé atisbando mientras mi mujer preparaba el desayuno, que tomamos cada cual pegado a una ventana. Apareció otro polluelo y luego otro. Pronto vi cuatro ansarones traveseando en el nido.
De pronto Juana se irguió y dio un fuerte graznido. Su consorte le respondió desde el prado y muy pronto aterrizó como a 15 metros de la casa. Al ver a su esposa y sus hijos al borde del tejado, prorrumpió en fuertes graznidos, Juana le contestó en el mismo tono y se armó, tremenda algazara.
La gansa voló al suelo y luego ambos se acercaron a la casa sin quitar los ojos de sus polluelos. Éstos, que parecían bolitas de terciopelo, corrían algo desconcertados, pero uno, el más decidido, caminó hasta el borde del alero y saltó. Dio en tierra sin que se produjera choque alguno; pesaba tan poco y era tan mullido su plumón que no debió, sentir el impacto. En seguida se escurrió bajo las alas de la madre sin mayor novedad.
Quedaban tres. Uno se acercó al borde, miró hacia abajo y retrocedió. Repitió la tentativa dos o tres veces, hasta que uno de los compañeritos lo empujó inadvertidamente y se vino abajo sin haberse preparado para el salto. Llegó a tierra de cabeza, más pronto se puso en pie y corrió hacia la madre. El tercero pisó en falso y se cayó. El cuarto y último procedió de una manera espectacular: se colocó bien atrás, hizo una pausa para tomar impulso y corrió para precipitarse al abismo en una auténtica «zambullida de cisne,» con la cabeza en alto y moviendo las alitas extendidas; aterrizó en debida forma y siguió caminando con paso firme hasta reunirse con el resto de la familia.
La cosa estaba hecha. Juana comenzó' a bajar la cuesta rumbo al agua; Papá Ganso cerraba la marcha y entre ellos desfilaba la velluda prole en fila` india. Hacían un cuadro conmovedor.Durante el verano vimos a Juana, al «salvaje» y a sus cuatro retoños con alguna frecuencia en los lagos. Hacia el otoño los vimos volar juntos muchas veces. Después, llegaron los ánades del norte y por varios meses no pudimos distinguir a nuestros amigos entre tantas aves.
Pasó la estación de caza y Juana no volvió a aparecer. En el invierno el «salvaje» llegó solo. Se pasó una semana entera con la cabeza bajo el ala, o bien encaramado en alguna altura dando tristes graznidos. Un día lo encontramos muerto; muerto sin señales de violencia, cerca del primer nido que hicieron en el marjal.
Su muerte no es fácil de explicar; pudo haber sido asunto del corazón. En cuanto a Juana, estamos seguros de que halló su triste fin por causa de su doble personalidad. Se había acostumbrado a mirar a los hombres como amigos y protectores y es posible que imprudentemente se pusiera al alcance de la escopeta de algún cazador.
Desde que conocía Juana, jamás he vuelto a disparar contra un ganso canadiense.
No harán mal ni dañarán
 en todo mi santo monte;..

domingo, 29 de noviembre de 2015

PABLO BURGESS- FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO Por Anna Marie Dahiquist



 FIEL AL LLAMAMIENTO DIVINO
Por Anna Marie Dahiquist
Capítulo once
En la Cárcel
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Los misioneros sentían renovadas sus fuerzas, pero la situación internacional había empeorado. Incluso la familia de Pablo fue afectada, pues el esposo de Anita, su hermana, murió en el frente de batalla, al otro lado del Atlántico. Fallecieron también en la guerra varios compañeros de estudio, un primo llamado Alberto Hertz; y quince jóvenes de la congregación alemana de Quezaltenango fueron llama­dos a filas y a batalla en ultramar.
"Ya estamos cansados de la guerra," escribió Pablo en sus apuntes.
Al poco tiempo, Guatemala rompió relaciones diplomáti­cas con Alemania, y reclutó tropas para enviarlas a la fron­tera mexicana. Alemania procuraba que México se pusiera de su lado.
Pablo estaba dedicando una capilla nueva en el frío pueblo de Sija, cuando entraron unos policías, agarraron a dos jóvenes que hasta entonces se habían escondido, y los reclu­taron en el instante.
¡Cómo había sufrido la iglesia de Sija! Primero había sido azotada por la persecusión religiosa; y ahora, cuando los creyentes al fin habían logrado construir una capilla propia, el pueblo quedaba reducido a mujeres y niños indefensos. ¿Quiénes se encargarían de trabajar en las siembras y las cosechas?
¿Cuándo se acabará este militarismo alemán?— se pre­guntaba Pablo una y otra vez.
¡Tanto dolor que han causado los alemanes!— agregó Dora. —Sin embargo, tengo muchas amigas alemanas; y seguirán siendo mis amigas, pase lo que pase.
¡Bravo! Sigue invitándolas a tomar té. Yo seguiré predi­cando en los servicios en alemán. Debemos ser fieles a nues­tras responsabilidades, aunque no sea popular tener amis­tad con ellos— replicó Pablo.
Tenían muchos amigos alemanes. Uno de ellos vivía en una enorme mansión sobre una colina; tenía quince sirvien­tes solo para la casa, y empleaba a mil hombres para traba­jar en sus sembríos de café. Sin embargo, Pablo decía que no se sentía inferior al finquero, pues le había ganado en ajedrez.
Pero no todos los alemanes eran amigables. Cierto día, se había ido a trabajar en la finca El -Reposo. Se fue a pie. Había dejado de viajar a caballo, desde que se dio cuenta de que al ir a pie tenía más oportunidades para evangelizar en el camino.
Como a mediodía Pablo llegó a la finca. Se acercó con cautela a la puerta de hierro. Una mujer delgada, de largas trenzas, le abrió la puerta.
Cuando la señora se enteró del propósito que traía al misionero, sonrió y dijo: —¡Yo conozco a esa familia! Yo también soy creyente. Pero le advierto que el patrón es muy raro, y que no le gustan las visitas. Pase usted adelante.
Pablo la siguió hasta la casa de hacienda. Dos inmensos perros salieron ladrando furiosamente, seguidos por un hombre corpulento y rubio.

—¿Y quién es usted?— preguntó a gritos el dueño de la finca.
—Pablo Burgess, a sus órdenes.
Hablaremos después de que yo almuerce,— dijo el fin­quero bruscamente. Con eso cerró la puerta, dejando al misionero afuera. La brisa le traía el aroma de la carne asada y del pan recién horneado. ¡Claro! Era la hora del almuerzo, pero era obvio que no se le iba a ofrecer nada.
Pasado un buen rato, el finquero se asomó de nuevo, pre­guntando ásperamente: —Y bien, ¿qué quiere?
Quisiera pedir permiso para tener un servicio para los evangélicos— respondió Pablo en alemán.
—El finquero frunció el ceño. —La religión católica es mala, pero la protestante es peor. ¿Sabe usted cuál es la religión nuestra? Es el trabajo. No se permite nada de música ni de bulla.
—Pero la gente tiene derecho de adorar a Dios. No pueden estar trabajando todo el tiempo. ¿No cree usted que tienen alma?
El hombre se puso furioso. —Si tienen almas, ¡que las salven por medio del trabajo! No le permitiré ni siquiera que eleve una oración en sus chozas. ¡Fuera!
Pablo retrocedió, y consideró que era mejor retirarse. Desde luego, señor. Esta finca es suya. Buenas tardes._
Saliendo de la finca, el misionero se encaminó hacia el pueblo más cercano. Casi podía saborear las tortillas calien­tos y la deliciosa carne de venado que se vendía en un pequeño comedor allí. Pero antes de que llegara al pueblo, un grupo de soldados armados le salió al paso.
¡Usted está detenido! le dijeron, secamente.
—¿Por qué?— preguntó Pablo, procurando reponerse de la sorpresa.
El dueño de El Reposo nos telegrafió. Lo acusa de ser un norteamericano subversivo, que trata de soliviantar a su gente.
Pablo no tuvo más remedio que seguir a los soldados. Después de varias horas de camino llegaron a la cárcel mili­tar. El misionero miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde, y no había probado bocado desde el desayuno.
—El teniente se fue a Coatepeque a reparar su sable,— le explicó un soldado. —Usted tendrá que pasar la noche aquí, y mañana puede presentarle su caso. A ver qué hace con usted.
Cansado, Pablo se puso de cuclillas en el patio, y sacó del bolsillo su Nuevo Testamento.
Al poco rato, un grupo de presos y de soldados se le acercó, preguntándole con curiosidad: —¿Qué libro es ese?
Es el evangelio de Cristo— respondió el misionero. —Permítanme contarles acerca de El.
Con eso, el misionero pasó dos horas hablándoles del evangelio. Hasta se olvidó del hambre que traía. Por fin los hombres dejaron de hacerle preguntas, y se retiraron.
`Pablo se sentía a punto de desmayarse. —¿Hay algo para comer?— le preguntó a un soldado delgado y nervioso.
—Esa anciana vende comida— dijo el guarda, señalando hacia una mujer encorvada; —si es que usted tiene dinero con qué comprar.
Pablo se sentía mareado. Haciendo un esfuerzo se acercó a la mujer. Ella le sirvió, en una hoja de banano, un poco de yuca hervida. Luego lavó una taza mugrienta en una palan­gana de agua turbia, y le sirvió café negro y espeso.

Era lo único disponible, así que Pablo tuvo que confor­marse.
Para cuando terminó de comer, el sol ya se había puesto. Los presos fueron llevados a un cuarto grande y sin venta­nas, para que pasaran la noche. El piso estaba húmedo, y olía mal. No había camas.
Pablo se acostó en el suelo. Tenía la mente turbada. Sesentía confuso. Aquel finquero se había portado muy mal. Por un breve momento le dieron ganas de reunir a los solda­dos y marchar hacia El Reposo para demandar, en nombre de la ley, que el dueño respetara la libertad de culto de los trabajadores.
No obstante, Pablo sabía que nunca lograría nada si tra­taba de vengarse. Sabía que, más bien, debía perdonar al finquero, de la manera como Cristo perdonó a Sus verdugos. Mientras daba vueltas sobre el piso, oró en silencio: "Perdó­nanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Oh, Señor, yo perdono al finquero."
No podía dormir; el piso estaba demasiado húmedo. Entonces se dio cuenta de que se le acercaba alguien que olía a aguardiente. ¿Quién sería? ¿Algún despiadado criminal?
Yo ... yo eshtoy aquí por eshtar borrasho— explicó el hombre con palabras entrecortadas. —No sé por qué eshtá usted aquí, pero veo que no tiene chamarra. Mire, usted puede acoshtarse shobre eshte coshtal que tengo aquí.
—Gracias— murmuró Pablo. —Que Dios le bendiga, amigo.
Con el saco de cáñamo entre su cuerpo y el suelo, Pablo no sentía tanto la humedad; pero ni aun así podía dormir. Miles de pulgas le picaban, y tenía comezón en todo el cuerpo. Parecía que nunca amanecería.
Por fin llegó el amanecer, y también el teniente. Cuando éste se enteró de lo ocurrido, sus negros ojos ardieron en cólera. ¡Esos alemanes creen que Guatemala les pertenece! dijo furioso. —Usted puede salir libre, si promete regresar directamente a Quezaltenango.
Unas semanas más tarde, Pablo estaba conversando en su casa con un amigo. —De paso,— comentó el amigo, —hay un finquero alemán que han puesto preso aquí en la cárcel de Quezaltenango.
¿Quién es?— preguntó Pablo.
Es el dueño de la finca El Reposo. Dicen que insultó a un sargento, y que le dio de bofetadas; así que lo trajeron acá a Quezaltenango, y lo encarcelaron.
Pobre de él; debe tener hambre— dijo Pablo pensativo. Me acuerdo de cómo me sentí yo en la cárcel.
Cuando el amigó se despidió Pablo fue a la cocina. —Dora— dijo, —¿Dónde está aquel pudín de arroz tan deli‑cioso que hiciste? Tengo a un conocido en la cárcel, y quiero llevarle un poco.
El finquero, brusco como siempre, aceptó el pudín sin la menor seña de agradecimiento. El misionero dio media vuelta pora volver a su casa. De pronto, le sobrevino un presentimiento. ¿Cuántas veces estaría él preso detrás de paredes como aquellas? Recordó que Jesús había prometido que todo el que quisiera ser fiel al llamamiento divino, enfrentaría persecusión y sufrimientos.