domingo, 25 de septiembre de 2016

TESORO DE MONEDAS ESPAÑOLAS-Huehuetenango

En mi niñez esuchaba contar de algunos albañiles que trabajando en casas antiguas de la ciudad  de Huehuetenango habían encontrado enterradas en las paredes monedas de oro y de plata de tiempo de los españoles o después de esa época.
Hace más de un año platiqué con una señora que me mostró  unas monedas para saber si eran de plata. tenía en su poder en ese momento unas  30 monedas méxicanas del año 1843 o 1845, igualmente me mostró de 2 a 4  monedas españolas del año 1806-1821.
Platicando brevemente y por supuesto con la debida prudencia tanto de parte de ella como mía supe algo de donde procedían dichan monedas.

Teniendo necesidad de construir un drenaje que conectará con su vivienda, fue a pagar ese servicio a la Municipalidad.luego un tractorista fue a excavarle una zanja en su terreno.. El primer día o el segundo de trabajo la señora salió al atardecer a examinar el trabajo, ocupada esta en esto cuándo vió  entre la tierra excavada aparecían semienterradas 2 0 3 monedas grandes. Al recogerlas  se dió cuenta que había más y más en los alrededores.esa tarde recogíó como 50 monedas mexicanas de tamaño grande. Además recogió entre la tierra suelta más de 30 monedas españolas de los años 1806 y  1821.y pudo ver que había muchas mas en toda la tierra.

Parece ser que el tractorista ya había terminado la excación de la zanja para los drenajes, lo cuál no impidio que regresará al otro día tan solamente para ir a recoger más monedas. La señora al ver que estaba dentro de su terreno le ´preguntó que estaba haciendo allí. El tractorista le contestó qué "recogiendo monedas". La señora a su vez le dijo más o menos: __Usted recogió ayer  muchas monedas y no me avisó de ello. conformese con ellas, y salga de mi propiedad...-"

Según me contó la ahora dueña de esa monedas,que ya tenía un comprador que a su vez las iría a vender a México donde las pagarían muy bien.

Por razones más que obvias no le pregunté donde vivía, cuál era su nombre. etc solamente me contó que las había encontrado en lo que ahora es un lugar principal de la entrada de la ciudad de Huehuetenango. 
¿Quién enterraria ese tesoro de monedas?. Por lo que sé de historia huehueteca s habitaron mayormente allí  familias de apellido Samayoa, López, Castillo, Palacios... y problamente el antiguo dueño las enterró después del año 1846 en adelante.




ANTIGUA GUATEMALA JUNIO 2016 FUENTE -CONVENTOS

 

MANUEL BAUTISTA PEREZ- LOS JUDIOS BAJO LA INQUISICION EN HISPANOAMERICA

  LOS JUDIOS BAJO LA INQUISICION EN HISPANOAMERICA
BOLESLAO LEWIN 
 
Capítulo V 

SINGULAR FIDELIDAD A LA FE JUDIA Y UN 
EXTRAORDINARIO CASO DE CONVERSION 
A LA CATOLICA 
1. — La figura principal de la "complicidad grande" 
peruana 

Manuel Bautista Pérez es titulado en los documen- 
tos de la Inquisición Capitán grande, es decir, jefe es- 
piritual, rabino, de los judíos peruanos de la primera 
mitad del siglo XVII. En qué se basan los documentos 
para hacer esa afirmación no es sabido, porque el incen- 
dio de la Biblioteca Nacional de Lima, en 1943, convir- 
tió en cenizas las actas del más grande proceso inquisito- 
rial en el Virreinato del Perú, el de la llamada "com- 
plicidad grande", cuya figura principal justamente fué 
Manuel Bautista Pérez. 
Pérez nació en 1593 en Sevilla, ciudad vecina del 
reino portugués, donde existía el más importante foco 
de criptojudíos. Su padre fué español y su madre lusi- 
tana. Cosa muy frecuente en las familias marranas, 
sobre todo en la época de la unificación de ambos reinos 
ibéricos (1580-1641). También el doctor Francisco Mal- 
donado de Silva, criollo, y el conquistador Luis de Car- 
vajal, portugués, estaban casados con sevillanas. Manuel 
Bautista Pérez cuando tenía seis años de edad fué lleva- 
do a Portugal; cuando se hizo mozo se trasladó a las 
Indias, donde llegara a amasar una gran fortuna. Ya 
en 1622 era un personaje vastamente conocido en el 
Perú y muy vinculado a los dignatarios civiles y ecle- 
siásticos. 
Pérez era un hombre de amplia cultura y de pro- 
fundas inquietudes espirituales. En las muy escuetas 
noticias de la Inquisición, se dice de él que "tenía mu- 
chos libros espirituales y trataba con teólogos descen- 
dientes de portugueses de varias materias teológicas". 
Fué también un verdadero mecenas, y según los mismos 
documentos, la famosa Universidad limeña de San Mar- 
cos le consagró actos literarios "con dedicatorias llenas 
de adulación y encomios, dándole los primeros asientos". 
Pese a haber demostrado que era de cuna sevillana, 
tanto la Inquisición como las gentes lo consideraban por- 
tugués, no sólo por sospecharlo judío, sino también por- 
que empleaba mayormente este idioma y porque todas 
sus relaciones íntimas eran de esa procedencia. Cuando 
fué detenido por el Santo Oficio, el pueblo limeño tejió 
en torno a su persona una leyenda que pasó de genera- 
ción en generación y que el notable tradicionalista pe- 
ruano, don Ricardo Palma, refiere en los términos si- 
guientes: 
"Cuenta el pueblo que por agosto de 1635, y cuando 
la casa [llamada después de Pilatos] estaba arrendada 
a mineros y comerciantes portugueses, pasó por ella, un 
viernes a medianoche, cierto mozo truhán que llevaba 
alcoholizados los aposentos de la cabeza. El portero ha- 
bría olvidado probablemente echar cerrojo, pues el pos- 
tigo de la puerta estaba entornado. Vió el borrachín 
luces en los .altos, sintió algún ruido o murmullo de 
gentes, y confiando hallar allí jarana o moscorrafio, 
atrevióse a subir la escalera de piedra, que es, dicho sea 
de paso, otra de las curiosidades que el edificio ofrece. 
El intruso adelantó por los corredores hasta llegar 
a una ventana, tras cuya celosía se colocó y pudo a sus 
anchas examinar un espacioso salón profusamente ilus- 
trado y cuyas paredes estaban cubiertas por tapices de 
género negro. 
"Bajo un dosel vió sentado a uno de los hombres 
más acaudalados de la ciudad, el portugués Manuel Bau- 
tista Pérez, y hasta cien compatriotas de éste en escaños, 
escuchando con reverente silencio el discurso que les 
dirigía Pérez y cuyos conceptos no alcanzaba a percibir 
con claridad el espía. 
Frente al dosel, y entre blandones de cera, había 
un hermoso crucifijo de tamaño natural. 
"Cuando terminó de hablar Pérez, todos los cir- 
cunstantes, menos éste, fueron por riguroso turno le- 
vantándose del asiento, avanzaron hacia el Cristo y des- 
cargaron sobre él un fuerte ramalazo. 
"Pérez, como Pilatos, autorizaba con su impasible 
presencia el escarnecedor castigo. 
"El espía no quiso ver más profanaciones; escapó 
como pudo y fué con el chisme a la Inquisición, que 
pocas horas después echó la zarpa encima de más de 
cien judíos portugueses. 
"Al judío Manuel Bautista Pérez le pusieron los 
católicos limeños el apodo de Pilatos, y la casa quedó 
bautizada con el nombre de Casa de Pilatos. 
"Tal es la leyenda que el pueblo cuenta. 
"En la Biblioteca Nacional existe el original del pro- 
ceso de los portugueses, y de él sólo parece que en la calle 
del Milagro existió la sinagoga de los judíos, cuyo ra- 
bino o capitán grande (como dice el fiscal del Santo 
Oficio) era Manuel Bautista Pérez. El fiscal habla de 
profanación de imágenes; pero ninguna minuciosidad 
refiere en armonía con la conseja popular." 
Según se ve, don Ricardo Palma duda de la vera- 
cidad de la tradición popular que en forma tan amena 
transcribe. También otros autores desconfían de su exac- 
titud. Señalan que en la Córdoba hispana existe asimis- 
mo una casa de ese nombre, y el gran parecido con ella 
de la limeña podría ser el origen del nombre de esta 
última. 
No creemos oportuno debatir . aquí este aspecto, 
aunque también nosotros tenemos graves dudas sobre el 
particular. Nos parece que se trata de un producto del 
medio ambiente mojigato de la época colonial, lleno de 
los más absurdos prejuicios antisemitas y conmovido 
periódicamente por las revelaciones inquisitoriales en 
torno de las cuales se tejían las leyendas más inverosí- 
miles. 
No sólo esa leyenda circulaba en Lima sobre Ma- 
nuel Bautista Pérez. Su ofrecimiento al virrey del Perú, 
conde de Chinchón (1629-1639), de hacerse cargo de la 
custodia y manutención de la Sala de Armas fué inter- 
pretado, después de su aprehensión, como deseo de ob- 
tener el contralor del arsenal de la ciudad, a fin de en- 
trar en tratos con los enemigos de España, los protes- 
tantes holandeses que en aquel entonces dominaban en 
el norte del Brasil, y entregarles la llave del inmenso 
Virreinato. . . 
La recia personalidad de Manuel Bautista Pérez, su 
notable cultura y grandes riquezas, se prestaban muy 
bien para crear una atmósfera de curiosidad en torno a 
su persona. Contribuyó a aumentar el misterio que lo 
rodeaba el hecho de que haya negado los cargos in- 
quisitoriales, por más que lo habían denunciado treinta 
de sus correligionarios. Ni siquiera mediante horribles 
y repetidas torturas la Inquisición logró arrancarle la 
más insignificante confesión acerca de sus presuntos de- 
litos o los de sus relaciones. Esto constituye una prueba 
cabal de gran fuerza psíquica y física, rara — por cier- 
to — en los anales del Santo Oficio. Porque una cosa es 
rezar y otra soportar el inhumano dolor de los huesos 
triturados y de los miembros descoyuntados. 
Sin embargo, Manuel Bautista Pérez no pudo evi- 
tar que de sus voluminosos legajos comerciales la In- 
quisición sacara la nómina de sus representantes comer- 
ciales en el territorio peruano sometido al tribunal in- 
quisitorial de Nueva Granada y confirmase las sospe- 
chas acerca de su condición judaica. Esto, junto con las 
testificaciones arrancadas en la cámara de tormento, fué 
lo que condujo al gran auto de fe en Cartagena, en 
1638. 
Curiosa y comprometedora es la correspondencia 
— aún inédita — de Pérez. No obstante estar redactada 
bajo el acecho de la Inquisición, y a pesar de hacer muy 
frecuentes invocaciones del Todopoderoso, del Señor de 
los Cielos, de la Divina Providencia y de Dios a secas, 
jamás se cita en ella a Jesucristo, a la Trinidad y a los 
santos católicos, lo que fué otro comprobante de su cul- 
pabilidad y de la de sus agentes comerciales. 
Manuel Bautista Pérez, que había caído por pri- 
mera vez en las garras inquisitoriales, habría podido sal- 
var su vida si estuviese dispuesto a hacer el papel de 
humilde pecador y expresase el deseo de someterse a 
las penalidades y vejámenes que implicaba la llamada 
"reconciliación con la Iglesia". Pero él, orgullosamente, 
eligió el camino del desafío del temible tribunal. En ta- 
les casos, éste no sólo no mostraba su "benignidad", si- 
no, por el contrario, castigaba con extremo rigor. El des- 
pecho de los inquisidores frente a la negativa de Pérez 
de atender sus razones ''piadosas", incluso en el momen- 
to en que se hallaba a un paso del quemadero, les hizo 
estampar las siguientes observaciones acerca de los úl- 
timos instantes de su existencia terrena: 
"Dió muestras de su depravado ánimo y de disimu- 
lado judío en el ósculo de paz que dió a su cuñado Se- 
bastián Duarte, relajado en el cadalso, y de las demos- 
traciones de ira que con los ojos hacía contra aquellos 
de su casa y familia que habían confesado y estaban 
allí con sambenitos; oyó su sentencia con mucha seve- 
ridad, pidiendo al verdugo hiciera su oficio." 

viernes, 23 de septiembre de 2016

MANUEL ARGUETA PROMOVIÓ INDEPENDENCIA DE HUEHUETENANGO 1821

-SUSCRIBIÓ ACTA DE INDEPENDENCIA DE HUEHUETENANGO´ 20 DE SEPTIEMBRE DE 1821-

MANUEL ARGUETA –ESPAÑOL- CASADO
1783 30 AÑOS
VITA (VICTORIA) DE AVILA ESPAÑOLA
1787 26 AÑOS

Fuente de datos: 
 PADRON GENERAL DEL CURATO DE GUEGUETENANGO
POR EL MRO. DON JOSE MARIA PEREZ CURA POR S.M. DE ESTE PARTIDO POR ORDEN DEL YLLMO. Y RMO. SR. DN. Y MRO. DN. FR. RAMON CASAUS DGMO. ARZOBISPO DE ESA DIOCESIS AÑO DE 1813
ESPAÑOLES, MESTIZOS Y DEMAS CASTAS

martes, 20 de septiembre de 2016

LOS PRIMEROS APELLIDOS PALACIOS EN HUEHUETENANGO -1803

PEDRO PALACIOS, JULIAN PALACIOS Y RAMON PALACIOS (Posiblemente hermanos)  perpetuaron el apellido Palacios en la cabecera departamental de Huehuetenango.
Curiosamente sus respectivas esposas  eran todas del apellido López. probablemente ellas era hermnas entre sí.
 PEDRO PALACIOS CASADO CON FELIPA LOPEZ
JULIAN PALACIOS CASADO CON GREGORIA LOPEZ
RAMON PALACIOS CASADO CON MARIA MATIAS LOPEZ RIOS
LOS TRES APARECEN CON TIERRAS PROPIAS en el censo de 1803 en HUEHUETENANGO
CENSO DE 1803

 Ramon Palacios y Maria Matias Lopez Ríos ( Aquí aparece como Matiana) fueron padres de Guadalupe Palacios López
 Guadalupe casó con Bernabela  Sosa Gutierrez hija de Anastacio sosa y de Michaela Gutierrez (López)
Guadalupe y Bernabela fueron padres de Matías Palacios
Matías Palacios y  Julia Samayoa Morales  fueron padres de Francisco Palacios Samayoa y de varios varones y mujeres.

Francisco Palacios Samayoa con Coronada Samayoa López 
y    Eugenio Palacios Samayoa con  Margarita Samayoa Lopez

 Francisco Palacios Samayoa y Coronada Samayoa López fueron padres de María Luisa, Alberto, Sofia, Sabina, Rosa y Augusto . todos de apellidos Palacios Samayoa
María Luisa Palacios Samayoa /mi abuela materna
 Marta lopez palacios/Mi madre
 
AUGUSTO PALACIOS SAMAYOA

AUGUSTO PALACIOS SAMAYOA-AÑOS 40S

ALBERTO PALACIOS AÑOS 30-40S

REINA ISABEL  LOPEZ PALACIOS- Mi tia

CÁNDIDA MARTA LOPEZ PALACIOS-Madre


FOTOS 20 SEPTIEMBRE INDEPENDENCIA HUEHUETENANGO

 


sábado, 17 de septiembre de 2016

"TU ESTARÁS CONMIGO"-A ORILLAS DEL RIO KWAI Por Ernest Gordon

 TU ESTARÁS CONMIGO"-
A ORILLAS DEL RIO KWAI 
Por Ernest Gordon
Un día un sargento australiano a quien yo no había visto antes, vino a verme. Nos sentamos en cuclillas frente a mi choza, y hablamos de varias cosas. Se veía que tenía algo que decirme pero le llevó algún tiempo para decidirse a hablar.
Finalmente dijo:
— Mis compañeros y yo hemos estado charlando acerca de algunas cosas. Nos pusimos a pensar si, después de todo, no habrá algo que no habíamos entendido correctamente hasta ahora en esta cuestión del cristianismo.
— ¿Cómo sucedió esto? — le pregunté. El sargento arrugó la frente.
— Estamos hartos de todo lo que vemos a nuestro alrededor — continuó —. Hombres que le patean los dientes al caído, que se roban mutuamente y que roban a los muertos, que se arrastran como ratas hasta las cocinas de los japoneses para recoger restos de los baldes de desperdicios ... — No, no puede ser así, — le temblaba la voz por la emoción —, por cualquier lado que se lo mire. , . Está todo muy podrido, podrido. . . — haciendo un esfuerzo volvió a cobrar dominio de sí.
—Sí, señor. Mis compañeros y yo lo hemos meditado bastante. Todos hemos podido conocer el lado peor de la vida ¿no es así? y pensamos que debe de haber algo mejor en alguna parte. De modo que queremos intentar una vez más con el cristianismo. . . descubrir si es de valor, o no.
¿Y qué pasa si descubren que no lo es?
El sargento se rascó el mentón pensativamente.
— Entonces sabremos que no sirve. Eso puede ser importante también.
— ¿Y qué tiene esto que ver conmigo? —pregunté.
El sargento me miró fijamente.
—    Mis compañeros, ... ellos ... bueno, me pidieron que le preguntara si usted estaría dispuesto a encontrarse con ellos, y ... bueno, dirigir las charlas.
— Pero ¿por qué yo? Seguramente hay otros que podrían hacer esa tarea mejor.
—    Ellos piensan que usted es la persona adecuada — contestó con calmosa tozudez —. En primer lugar porque saben que usted es un hombre de lucha, un soldado. Por otra parte han oído que usted asistió a la universidad, de modo que debe de saber algo del cristianismo.
Quedé pasmado con el pedido. Quise rehusar la propuesta de inmediato. Pero cuanto más hablábamos, tanto más me sentía atraído por este hombre. Nos podíamos comunicar sin ningún esfuerzo. ¿Sería tal vez porque había pasado por una experiencia similar a la mía?
Para ganar tiempo mientras tomaba una decisión, le pregunté acerca de su vida. Me dijo que había pasado la niñez en las minas de cobre de Nueva Gales del Sur, en donde creció acostumbrado al rigor y al peligro. No había tenido una educación formal, pero tenía, por naturaleza, inteligencia y fuerza de espíritu.
No le había dado la respuesta todavía cuando mencionó de paso que debido a su experiencia en atletismo, estaba organizando un equipo para devolverle vida a las piernas de los paralíticos. Ya que él se entregaba a los demás ¿tenía yo derecho a rehusar su pedido? Más aun, el interés de sus compañeros debía de ser genuino porque de lo contrario no lo habrían enviado a verme.
—    Y si acepto — le dije, tratando de dilatar la cosa — ¿crees que podré ser de alguna ayuda? — Por supuesto, no me cabe la menor dud- repuso enseguida —, pero debo aclararle algo. Los muchachos no van a aguantar una clasecita de Escuela Dominical. Quieren la cosa en serio.
— Está bien — le dije sonriendo —. Trataré de darles "la cosa en serio". Pero, entiéndame bien, no puedo asegurar que lo que yo diga llegue a tener significado para ellos.
— ¡Gracias! Se levantó del suelo, y me extendió la mano.
—    ¿Dónde nos reuniremos? — le pregunté. Pensó un momento.
—    ¿Conoce ese lugar pasando el hospital, donde crecen muchas cañas?
— Creo que sí.
— Un poco más arriba de las letrinas. Creo que allí estaremos tranquilos.
— ¿No es ese el lugar junto a la Casa de la Muerte?
— Sí, ¿por qué?
Me reí.
—    Es todo parte de mi pasado. ¿Cuándo nos encontramos?
— ¿Es muy pronto mañana por la noche?
—    En absoluto. Estaré allí.
Me dio las buenas noches y se fue.
 Hice un inventario de mis posibilidades. Una cosa sabía con certeza: En una situación tan real como un campo de concentración, no era cuestión de discutir conceptos filosóficos abstractos. Y, sin embargo, tenía muy poco en mi experiencia anterior a la guerra que prometiera ser significativo.
Había pasado por los típicos entusiasmos idealistas de la juventud. David Livingstone había sido uno de mis héroes de la niñez. La vida y la obra de Albert Schweitzer habían sido una inspiración para mí. En algún momento pensé en ser un misionero en algún país lejano pero gradualmente le fui dando la espalda a esa meta, y al mismo tiempo, la espalda al cristianismo. Sus doctrinas prácticas parecían irrelevantes y para el "otro mundo" en comparación con las de mis amigos"- racionalistas.
Las dos manifestaciones de doctrina cristiana con las que estaba familiarizado no me impresionaban en absoluto. La primera de ellas mantenía que la Biblia había sido inspirada literalmente, había sido dictada palabra por palabra y entregada al hombre en bandeja de plata. La vida cristiana estaba organizada como una vida de obediencia a una serie de leyes arbitrarias que me parecían negativas, restrictivas y frustrantes. Requerían que uno renunciara al mundo y sus pecados, pasara largo tiempo en interminables oraciones verbales, se dedicara a estudiar la Biblia de una forma muy literal, y considerara cada desastre como una consecuencia del pecado. El énfasis teológico principal se centraba en la muerte de Jesucristo como un sacrificio hecho para aplacar a un Dios iracundo.
Lo que yo encontraba particularmente difícil de aceptar era la actitud de tales cristianos hacia aquellos que estaban fuera de su grupo sectario. Con la vehemencia de quienes se sientan básicamente inseguros se veían a sí mismos como los ungidos de Dios, y por lo tanto criticaban a todos los demás.
Tal como yo veía las cosas, se las arreglaban para quitarle las burbujas a la champaña de la vida, dejándola chata, insípida y sin gusto. A mí me gustaba el mundo y la vida. Me gustaba la buena compañía y la diversión. Cualquier credo que exigiera no ir al teatro, no tomar, no fumar, y no besar a las chicas me parecía, no sólo monótono y aburrido, sino una manera increíblemente fácil de llegar al cielo. Prefería infinitamente un infierno duro a esta gris morada sin sol de los fieles, en donde cada uno estaba enojado con todos los demás.
La otra doctrina parecía sostener que el cristianismo era solamente para la gente decente, criada en casas hermosas, educada en buenas escuelas, en las que habían aprendido a hacer todas las cosas bonitas que se deben hacer. El cielo, para este grupo de personas, era una especie de continua merienda, con bocadillos y té servido en tazas de loza china. Era todo eminentemente respetable, pero bastante duro para los pececitos que estaban fuera del balde.
Nada de esto me atraía. La política o el servicio social — algo de este tipo — me ofrecían una forma más realista de ayudar a resolver los problemas de la humanidad. Y también estaba la ciencia. El rápido progreso que se hacía en ese campo indicaba que el hombre podía cuidar de sí mismo y resolver sus propios dilemas sin ayuda del poder divino, no importa cuán benigno fuera éste.
Muchos "mundos felices` se construían en aquellos días, y el mío era uno de ellos. No teníamos idea de cuán pronto se desmoronarían.
A medida que hacía mi evaluación decidí que prácticamente mi única ventaja era poder empezar a partir de cero. Después de eso lo más obvio era tratar de descubrir lo más posible acerca de jesús.
Una vez, cuando era estudiante, fui a una conferencia donde se anunciaba la primera de una serie de charlas acerca de la persona y las enseñanzas de Jesús. La serie comenzó con el libro de Levítico en el Antiguo Testamento. No me resultaba claro cómo alguien podía aprender gran cosa sobre Jesús en la variedad de sacrificios que allí s( detallaban en abundancia, de modo que no volví a asistir a las otras conferencias. Debido a experíencias de este tipo yo había llegado a la conclusión de que Jesús era un personaje de cuentos de hadas adecuado para niños tal vez, pero no para adultos.
El lugar lógico para comenzar ahora, reflexioné era el Nuevo Testamento, el único registro de si: vida y de sus enseñanzas que teníamos a nuestrc alcance.
Yo tenía una Biblia. Era una ya bastante usada que me había regalado un suboficial que quería aliviar su mochila antes de emprender la marcha hacia el interior del país. Estaba gastada, rota, y remendada, y tenía la tapa forrada con el hule de  una capa. No tenía referencias, ni explicaciones ni anotaciones.
Esa Biblia era todo lo que tenía para usar de base cuando enfrenté el grupo la noche siguiente en el bosquecillo de bambú. Con no poca alarma descubrí que había un grupo grande esperando.
Estaban allí sentados, esperando en respetuoso silencio. Pero sus rostros tenían un aire de advertencia que decía a las claras: "Te toleraremos, compañero, siempre y cuando no te pongas a dr] una perorata."
Comencé por describir mi propio incierto estado de gracia, hablándoles con toda franqueza de mis dudas y conflictos. Cuando les pregunté de frente si estaban dispuestos a acompañarme y enfrentar las cuestiones básicas de la existencia humana, dijeron que sí.
Al principio me abrí camino cautelosamente. Les conté algo de lo que había aprendido en la escuela acerca de la cultura griega y romana, del politeísmo y del mitraísmo, de la vida y las costumbres del Antiguo Testamento. No me llevó mucho tiempo recorrer la totalidad de mi superficial erudición. Se hizo un silencio, un silencio incómodo. En mi desesperación pedí que me hicieran preguntas.
Era riesgoso de hacer. Podrían haberme liquidado arrinconándome o forzando una competencia verbal en la que yo resultaría el perdedor. Pero no habían venido por esa razón. Querían hallar el significado de la vida, si es que ese significado existía y podía encontrarse.
Eran muy bondadosos estos muchachos. Cuando comenzaron a hablar acerca de sus interrogantes íntimos, lo hicieron libremente. Expresaron con franqueza sus puntos de vista acerca de la vida en este mundo, su sentido, y de la vida en la eternidad. Estaban buscando una verdad que pudieran percibir tanto con su corazón como con su mente. Cuando la reunión terminó supe que podría seguir adelante.
En los encuentros sucesivos fue creciendo el número. Había caras nuevas, más y más pares de ojos mirando interrogantes a los míos. Les fui exponiendo el Nuevo Testamento en el propio lenguaje de ellos, manteniéndome apenas una lección más adelante que ellos.
Por medio de nuestras lecturas y discusiones, llegamos a conocer a Jesús. El era uno de los nuestros. Entendería nuestros problemas porque era el tipo de problemas que El mismo había enfrentado. Lo mismo que nosotros, a menudo no tuvo donde reclinar su cabeza, ni alimento para su estómago, ni amigos en posiciones encumbradas.
El también sabía lo que era estar muerto de cansancio por exceso de trabajo, conocía el sufri-miento, el rechazo, y las desilusiones que son parte de la trama de la vida. Sin embargo no fue un aguafiestas.
A medida que leíamos y conversábamos, fue cobrando vida. Lo empezamos a ver en la plena dignidad de su hombría. Era un hombre a quien podíamos comprender y admirar; el tipo de amigo que nos hubiera gustado tener a nuestro lado, cuidándonos las espaldas; un líder al que podíamos seguir.
Nos fascinaba su humanidad. Aquí había un trabajador, y sin embargo alguien perfectamente libre, que no se había dejado esclavizar por la sociedad, ni por la economía, la ley, la política o la religión. Fuerzas demoníacas existían entonces como ahora. Habían intentado destruirlo, pero no habían podido tener éxito.
Es verdad, lo habían clavado a una cruz y atormentado con sufrimientos; pero no se había quebrado. El peso de la ley y de los prejuicios cayó sobre él, pero no pudo aplastarlo. Había permanecido libre y vivo, como lo había demostrado la resurreción. Lo que El era, lo que hizo, lo que dijo, todo tenía significado para nosotros. Comprendimos que el amor expresado de forma tan suprema por Jesús era el amor de Dios, el mismo amor que estábamos experimentando nosotros, amor que es apasionada bondad, amor que se centra en los demás en lugar de centrarse en sí mismo, amor más grande que todas las leyes humanas. Era el amor que había inspirado a San Pablo, una vez que experimentó su poder, a escribir:
"El amor es sufrido, es benigno."
Las doctrinas que fuimos extrayendo tenían sentido para nosotros. Nos aproximamos a Dios por medio de Jesús, el carpintero de Nazareth, la palabra encarnada. Una aproximación así la veíamos lógica, pues era la forma en que El había venido hasta nosotros. Se hizo carne, anduvo en medio de los hombres, y se manifestó por sus acciones, como alguien lleno de gracia y de verdad.
Fuimos llegando a nuestra comprensión de los caminos de Dios no uno por uno, sino juntos. En la confraternidad de la libertad y del amor, encontramos la verdad, y con la verdad, un maravilloso sentido de unidad, de armonía y de paz.
Mientras llevábamos a cabo cada noche nuestro encuentro en el bosquecillo de bambú, me uní, tan pronto como pude hacerlo, al equipo de masajes del sargento australiano. A cada uno se nos asignó cuatro o cinco pacientes que cuidar, dispersos en distintas barracas del campamento. Visitábamos diariamente a las personas que teníamos a nuestro cargo. Mientras les dábamos masajes escuchábamos sus penas y sus infortunios. Cuando se presentaba la oportunidad les hablábamos, intentando darles confianza, y estimulándoles la voluntad de vivir.
Casi todos nuestros pacientes eran jóvenes. Algunos de ellos estaban moribundos. Entonces tenía razones para agradecer las verdades eternas que habíamos encontrado durante nuestras reuniones en el bosque de bambú. Casi diariamente me hacían preguntas para las cuales la Razón no tenía respuestas. Casi diariamente me veía frente a frente con los grandes problemas de la existencia humana.
Estos interrogantes tomaban muchas formas. Pero casi todos ellos eran simplemente formas de ocultar la gran pregunta: ¿Cómo puedo enfrentar la muerte? ¿Es posible superar la muerte?

miércoles, 14 de septiembre de 2016

ONE WORLD SIMULTANEO EN HUEHUETENANGO


 La ciudad de Huehuetenango estará siendo  "estremecida"  en el ambito espiritual  durante  los primeros 10 días del mes de Octubre con las actividades masivas a realizarse por los creyentes en el Señor Jesucristo. Simultaneamente se estarán realizando actividades durante 10 dias en ciudades de España, México, Colombia, Argentina, Chile,...
 https://www.youtube.com/watch?v=55NDDGcZbBY


jueves, 8 de septiembre de 2016

CUCHECOS Y JICAQUES-PALABRAS DE ANTAÑO-HUEHUETENANGO



CASA DE FRANCISCO PALACIOS SAMAYOA  Jumaj zona 6 Huehuetenango

Alguna vez escuché decir a mi abuela materna  Luisa Palacios Samayoa  las siguientes palabras:

Entrañudos :  cuando de niños  entre hermanos o primos nos peleabamos en los juegos ..
Cuchecos:    Por traviesos
"Juicio,Juicio" :  Para que las discuciones infantiles no pasasen a más

Mi tio abuelo materno Augusto Palacios Samayoa decía a veces 
 jicaque:  a una persona intolerable

Maria Luisa , Alberto, Sofia, Sabina, Rosa y Augusto Palacios Samayoa fueron hijos de Francisco Palacios Samayoa y de Coronada Samayoa López
Francisco Palacios Samayoa fue hijo de  Matias Palacios Zosa y de Julia Samayoa Morales
Matias Palacios Zosa fue hijo de Guadalupe Palacios  López y de Michaela Zosa Gutierrez
Guadalupe Palacios Lopez fue hijo de Ramón Palacios y de Maria Mathias López y Rios
______________________________________________________________________________
 
"ESPAÑA E ISRAEL EN MI CORAZON"
Por Samuelson Ciudad dePaz



Francisco Palacios Samayoa. (Mi Bisabuelo)
   Nació el 7 de Octubre de 1885. Hijo de Matías Palacios Sosa y de Julia Samayoa. Tuvo muchos hermanos, de los cuales no recordamos sus nombres según nuestras investigaciones, mas dejaremos anotado el de Eugenio y Andrés Palacios. Sus abuelos paternos  se llamaban  Guadalupe Palacios y Bernabela  Sosa o Soza. (Así aparece escrito en un documento antiguo) Y habían nacido en la época en que los españoles aun dominaban estas tierras 
MI BISABUELO MATERNO FRANCISCO PALACIOS SAMAYOA

MI TIO ABUELO ALBERTO PALACIOS SAMAYOA
    Mi bisabuelo Francisco provenía de una familia de criollos terratenientes medianos, de forma que había heredado  grandes terrenos cerca del camino real (antigua salida) que conducía a la ciudad capital. También poseía terrenos en  San Lorenzo, La Estancia (cerca del anterior), Ojechejel, Las vegas y cambote. Sin contar otras propiedades, y sin nombrar las herencias de sus hermanos, tíos y primos. De sus ancestros también heredo telares del tipo introducido por los españoles. Dedicándose a fabricar colchas y manteles de mesa, que luego se dedicaba a vender en los pueblos de Huehuetenango y en el lado mexicano. Esta actividad  fue tan   rentable para él y su familia, que cuentan  que organizaban grandes fiestas, igualmente  ellos iban a la vanguardia de la compra de novedades, tales como los voluminosos radios de transistores en la época en que fueron inventados, y de otras cosas.
   La familia de mi bisabuelo criaba  ganado, de donde  ellos tomaban una yunta de bueyes para el arado de reja, y así cultivar sus terrenos.
   Los  hijos  e hijas de don Francisco  Palacios fueron: Luisa, Sofía, Sabina, Rosa, Augusto; todos fallecidos; y Alberto que aún vive.
   Varias anécdotas se contaban de don Francisco. Una que contaba a  todos los vecinos que él había heredado de sus ancestros una estatuilla que representaba a la reina Isabel de España. Esto motivo a los ladrones para asaltarlo en busca de la famosa estatua.  Contaban  también que había enterrado ­__en un lugar que solo él sabía__ un tesoro de monedas de plata del tipo colonial.
   De don Guadalupe Palacios, y de sus hijos, especialmente don Matías, descienden muchos huehuetecos que llevan el apellido Palacios. Los varones de esta familia gustaban de vestirse muy elegantes. Con trajes elaborados con casimires importados.
    Mi bisabuela Coronada Samayoa Palacios (familiar y esposa de don Francisco), tuvo por hermanos a: Eugenio. Catalina, Otilia, Margarita. Valentina, Clemencia, Matea, Marcelino (tío gato). Los hermanos Samayoa Palacios eran de físico rubio y ojos verdes.  Doña coronada  era prima de los hermanos Felisa y Marcelo Hernández López;  siendo  nietos de don José María López Herrera y de doña Norberta Castillo.
Expresiones peculiares  de la Familia Palacios Samayoa.
 Luisa de Jesús Palacios  usaba la palabra “Soponcio” (fam. Desmayo. Diccionario de la lengua española. Se emplea todavía en  Caracas, Venezuela)
 Augusto Palacios nombraba. “Tudesco”, “Cárcola”, “Lanzadera”, “Urdimbre”, “Canilla”, “Jicaque”.
Explicaremos estas palabras a continuación.
Tudesco. Nombre que daban los castellanos a los alemanes en época del Emperador Carlos V.     Cárcola. Pedal de los telares.     Lanzadera. f. Instrumento en forma de barquichuelo, con una canilla dentro, que usan los tejedores para tramar.    Urdimbre.  Conjunto de hilos que se colocan en el telar paralelamente unos a otros para formar una tela.     Canilla. Carrete metálico en que se devana la seda o el hilo, y que  va dentro de la lanzadera en las maquinas de tejer o coser.     Diccionario de la lengua española.     Jicaque.   Tribu indígena con gran resistencia al dominio español.