jueves, 19 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES - 893

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 DE DOS HÉROES. 893 
— Te aflige nuestra posición, que no puede ser más 
humilde. 
¿No es verdad que algunas veces, sobre todo cuan- 
do te quedas sola, te acuerdas del palacio de tus 
padres, aquella encantadora mansión arrullada por 
las ondas del Adriático? 
¿No es cierto que echas de menos tus pasadas 
grandezas? 
— Calla, Pedro, yo te lo suplico. 
¿Pueden compararse esas grandezas con la del ge- 
nio que Dios concedió á tus cinceles? 
— ¿Entonces por qué has llorado? 
— Pues bien, te lo diré para que no hagas inter- 
pretaciones que me acusan el desconocimiento que 
tienes de mí. 
He estado hablando con Esther y el enfermo. 
Mañana levantan la venda que cubre los ojos del 
segundo. 
Las risueñas esperanzas, y su fe en recuperar la 
vista, me han hecho llorar, pero mis lágrimas han 
sido de alegría. 
Torrigiano abrazó á su esposa. 
— ¡Qué buena eres! — exclamó. 
Y luego acercóse á una pequeña mesa, sobre la 
que tenía los instrumentos de su arte, y le dijo: 
— Mañana me traerán la piedra, es preciso por lo 
tanto que madruguemos para empezar los trabajos. 
— ¿Insistes en labrar la Concepción? 
— Desde luego. 
— ¿Y que yo sea tu modelo? 
894 ÉL JURAMENTO 
—¿Acaso han germinado de nuevo en tu mente tus 
pasadas manías? 
— Sí, Torrigiano, si es que me amas, yo te ruego 
que me complazcas. 
Será un capricho, pero... 
— ¿Pero no comprendes que es un capricho que 
nos cuesta muy caro? Reflexiona que no podemos 
desperdiciar los encargos que me hacen. Nos pesaría 
después. 
— No lo creas. 
Dios no desampara nunca á los hombres, y si re- 
nuncias á hacer ese trabajo, otros más lucrativos se 
presentarán. 
— María, no puedo complacerte. 
He dado mi palabra, y fuerza es cumplirla si he 
de seguir pasando por honrado y formal. 
La veneciana inclinó la cabeza sobre el pecho con 
gran tristeza. 
Comprendió que no era oportuno insistir en una 
negativa que podía despertar en el artista sospechas 
de lo que en realidad había ocurrido. 
— ¡Santo Dios! — exclamó en voz baja — bien sabes 
tú lo que he tratado de evitar que ese hombre tuvie- 
se un pretexto para venir á esta casa. 
¡Ahora cúmplase tu voluntad divina! 
A la siguiente mañana, apenas brillaron los pri- 
meros albores del día, Pedro abandonó el lecho para 
empezar la escultura que D. Juan le había encargado. 
Nunca pudo encontrar el artista un modelo más 
sublime que su mujer. 
DE DOS HÉROES. 895 
Las facciones de la veneciana recordaban en aque- 
llos instantes las de la Madre de Cristo cuando le 
contemplaba sobre el sagrado leño. 
Torrigiano estaba alegre. 
Su alma noble no podía sospechar las causas 
que habían inducido á su joven esposa á pedirle que 
no reprodujese sus facciones en la escultura que el 
sobrino del arzobispo le había encargado. 
CAPITULO XCI. 
Un día feliz. 
Dejemos por ahora al escultor trabajando en su 
taller, y pasemos á la vivienda del viejo Jacob. 
Garcés no había podido conciliar el sueño en toda 
la noche. 
La impaciencia de que llegase la hora prefijada 
por el doctor rayaba en locura. 
Unas veces quedábase serio y meditabundo, te- 
miendo que se disipasen sus más queridas ilusiones. 
Parecíale otras que, á través del lienzo que cubría 
sus ojos, contemplaba vivas fosforescencias ó rutilan- 
tes destellos del sol. 
Habíale recomendado mucho el médico que aquel 
día le aguardase en el lecho. 
Garcés tuvo que desplegar toda su fuerza de volun- 
tad para cumplir esta prescripción. 
— ¡Ah!— exclamaba. — Los hombres de ciencia son 
inexorables y crueles con los enfermos. 
¡Es tan distinto marcar un régimen que ha de 
cumplir otro, á ponerlo en práctica para sí mismo! 
113 
898 EL JURAMENTO 
Estas consideraciones se hacía el paje, cuando es- 
cuchó el leve rumor que producían los pasos de 
Esther. 
La joven se aproximó al enfermo. 
— ¿Cómo estás? — le preguntó con su voz dulce co- 
mo las vibraciones de un arpa. 
— Desesperado — respondió el paje. 
— Pues cómo, ¿acaso vas á perder la paciencia 
cuando tan pocos instantes quedan para que llegues 
á la cumbre de tus deseos? 
— ¿Pero y si no llego á escalarla? 
— Qué desconfiado eres. 
¿No te ha dicho mi padre que el médico asegura 
que los resultados han de ser satisfactorios? 
—¿Y si el médico se equivocase? 
— No es posible; mis oraciones han sido tan fer- 
vientes, que de seguro han llegado á Dios. 
— Es verdad; tú eres un ángel, y las habrá oído. 
— Quizás tengo yo mayores motivos para estar 
triste. 
— ¡Tú, Esther! 
¿Qué motivos pueden apenarte? 
— Muchos — respondió la joven. 
— ¿Qieres explicármelos? 
— ¿Por qué no? 
¿Acaso no eres mi mejor amigo, y digno por lo 
tanto de toda mi confianza? 
— Habla, pues. 
— Me preocupa una idea. 
Yo no dudo un solo instante que la luz vuelva á 
DE DOS HÉROES. 899 
tus ojos, y temo que al fijarlos en mí no me encuen- 
tres tan hermosa como supone tu imaginación. 
— ¡Qué niña eres! 
— Tantas veces me has ponderado mi 
 mi belleza sin 
haberla visto jamás, que temo que luego te parezca 
un reflejo pálido de lo que suponías. 
— Calla, Esther; tengo la seguridad de que no es 
así. 
Pero ahora voy á hacerte á mi vez una pregunta. 
Cuantas quieras. 
— ¿Por qué sentirías que te hallase fea? 
La joven inclinó la cabeza y no supo qué res- 
ponder. 
Garcés insistió en la pregunta. 
— Lo sentiría — dijo la joven, — porque yo quisiese 
parecerte la más hermosa de las mujeres. 
— ¿A qué ese exclusivismo? 
— Lo ignoro. 
Quizás es que temo que entonces seas más amigo 
de otra que hoy lo eres mío. 
— Calla, pobre Esther, yo no puedo amar á nin- 
guna lo que á ti. 
Las condiciones en que me hallo, la enfermedad 
que me ha postrado en la más profunda tristeza, me 
han impedido demostrarlo; pero yo te juro que si 
recupero la vista, he de ser mucho más cariñoso 
contigo que lo fui hasta hoy. 
— ¿De veras? — preguntó la joven con alegría. 
— Desde luego. 
Entonces podré trabajar y hacerme digno de ti. 
900 EL JURAMENTO 
— ¡Ah, Garcés, no me digas eso! Tú siempre has 
sido digno de poseer un corazón que tanto te adora. 
El paje sentíase transportado á las regiones de la 
felicidad. 
Aquel era tal vez el día más grande de su exis- 
tencia. 
No sólo iba á recuperar la vista, sino que la luz 
del amor penetraba en su alma. 
Extendió sus brazos, y tomando entre ellos la linda 
cabeza de Esther, la oprimió contra su pecho. 
Luego acercó sus labios calenturientos á los de la 
joven, y escuchóse en la estancia el rumor de un 
beso. 
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un pudo- 
roso carmín. 
— Te amo — balbucearon sus labios — y un leve es- 
tremecimiento agitó su ser. 
Una idea súbita, como el rayo que desciende desde 
la nube á las entrañas de la tierra, cruzó por la ima- 
ginación del paje. 
El doctor había dicho que aquel día era el defini- 
tivo para saber los resultados de su curación ó de su 
desgracia. 
¿Qué significaba una hora más ó menos para le- 
vantar el aposito? 
En cambio aquellos sesenta minutos eran un siglo 
para el que aguardaba con la impaciencia que él. 
Había sentido entre los suyos los labios de la he- 
brea, cuyo roce fué tan sutil como el de la brisa pri- 
maveral que apenas columpia las flores, la había es- 
DE DOS HÉROES. 901 
trechado entre sus brazos y no podía contemplarla. 
En una palabra, Garcés sentía la felicidad, pero 
sin verla. 
Rechazó levemente á la joven, y sin cuidarse de 
quitar el nudo del lienzo que cubría sus ojos, se lo 
arrancó con mano trémula. 
Esther lanzó un grito.
 Tan rápido había sido el movimiento, que no 
pudo evitarlo. 
El paje palideció. 
Torrentes de luz se esparcían á su alrededor ahu- 
yentando las densas tinieblas que durante tanto tiem- 
po le habían envuelto. 
Tan brusca fué la sensación, que tuvo necesidad 
de cerrar los ojos. 
— Esther, amada mía — le dijo—bendito sea Dios 
que me permite gozar de nuevo del don más hermo- 
so que poseemos los hombres. 
Un momento después abrió de nuevo los ojos y 
los clavó en la hebrea. 
— ¡Ah! — exclamó sonriéndose, no sé lo que me 
produce más daño, si los resplandores del sol ó los 
destellos de tu hermosura. 
Esther se arrojó en los brazos del paje. 
— ¿De verdad me encuentras bella? 
—Tanto como deben serlo los ángeles. 
No era posible otra cosa. 
Un alma como la tuya tenía que reflejarse en tu 
rostro. 
— Pero oye, amado mío— dijo la hebrea, cautiva 
902 EL JURAMENTO 
con la expresión que habían adquirido las pupilas del 
joven — convendría que te cubrieses de nuevo con esa 
venda. 
— ¿Para qué? 
— Temo que la luz te perjudique. 
— No, Esther, no me prives de la felicidad de 
verte. 
— ¿Y si el doctor se enojase? 
— No lo creas, el doctor es hombre de talento, y 
disculpará mi impaciencia. 
— Ahora voy á llamar á mis padres y á Ezequiel. 
¡Ah! Ya verás cuan inmensa va á ser su alegría! 
¡Han llegado á quererte como si fueses hijo suyo! 
— Dios los bendiga. 
Disponíase la hebrea á salir de la estancia con ob- 
jeto de ser la primera que comunicase la noticia, 
cuando el paje la detuvo. 
— Ven, no te marches. 
— ¿No quieres que haga lo que te he dicho? 
Mis padres van á volverse locos de alegría. 
— Antes déjame que te contemple á solas. 
Esther se aproximó. 
 Cuan felices se sentían! 
¡Ambos eran jóvenes y hermosos! 
Parecían haber nacido el uno para el otro. 
Un instante después escucháronse en la estancia 
contigua rumores de voces y de pasos. 

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -878

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
 ESPAÑA 
 EDICION DEL AÑO DE 1889
 Pocos momentos después de salir D. Juan del ta- 
ller del artista, la hija de Jacob y el paje Garcés se 
dirigían á la suya. 
El escultor deseaba empezar la nueva obra. 
Jacob los esperaba con impaciencia. 
— Hijos míos — les dijo— tengo que comunicaros 
una buena noticia. 
Me han encargado mucho que la guarde en secre- 
to, pero no puedo reprimirme. 
— ¿Qué sucede, padre mío? preguntó Esther albo- 
rozada antes de saber de lo que se trataba. 
— El doctor me ha dicho que pasado mañana le- 
vantará el aposito que cubre tus ojos. 
— ¡Santo Dios, será cierto!— exclamó el paje. 
— El médico me ha prohibido que os lo comuni- 
que, como ya os he dicho, porque quiere propor- 
cionaros una sorpresa; ¿pero á qué dilatar la ven- 
tura? 
— Es verdad, padre mío, á qué dilatarla. 
DE DOS HÉROES. 875 
En el semblante de Garcés brilló la alegría. 
Sin embargo, sus facciones adquirieron súbita- 
mente una expresión amarga. 
— ¿Qué te sucede? — preguntó Esther, que advertía 
hasta sus menores movimientos. 
— ¡Ay, amiga mía; deseo que llegue ese instante y 
al propio tiempo me inspira pavor. 
— ¿Por qué? 
— Si ai apartar esta venda advirtiera de nuevo las 
sombras que ahora me rodean... 
— ¡Quién piensa en semejante cosa! — añadió Ja- 
cob: — el médico me ha asegurado que recuperarás la 
vista, y no es hombre que se equivoca tan fácilmente. 
— ¡Qué contenta estoy, padre! decía Esther dan- 
do saltos como puede hacerlo un niño cuando le re- 
galan el juguete que más excita su deseo. 
— ¡Y ahora que se preparan en Sevilla tantas fies- 
tas! — continuó Jacob, estregándose las manos con ale- 
gría. 
— ¿Va á haber fiestas en la ciudad? 
— Ya lo creo. 
— ¿Con qué motivo? 
— ¿Acaso ignoras que la magnánima reina Isabel 
y su esposo deben instalarse en Sevilla por una tem- 
porada? 
— Lo ignoraba. 
— Pues la reina quiere que su alumbramiento ten- 
ga lugar aquí. 
Con este motivo habrá iluminaciones y torneos, y 
todo lo podrá ver el enfermo. 
876 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
Y el hebreo estrechó entre sus brazos al paje, que 
se hallaba radiante de gozo. 
— ¿Conque os ha dicho que pasado mañana? 
—Sí. 
— ¡Ah, santo Dios! — pensó Garcés — cuan grande 
eres; yo te juro que si me concedes de nuevo gozar 
del beneficio de la vista, he de hacerme el más vir- 
tuoso de los hombres, no teniendo más objeto que 
procurar una recompensa para esta bendita familia. 
— Mira por dónde vas á conseguir que tus ojos 
vean la escultura que está haciendo D. Pedro. 
— Es verdad, y sobre todo lo que tantas veces te 
he dicho, ver el original, que eres tú. 
Aquel día el goce se esparció por todos los corazo- 
nes de los individuos de aquella casa. 
Ninguno dudaba que se cumpliesen las profecías 
del doctor hebreo. 
CAPITULO LXXX1X. 
Donde Manrique empieza a descubrir 
sus aviesos propósitos. 
Al siguiente día de recibir Garcés tan halagüeñas 
esperanzas, dirigióse, como de costumbre, acompa- 
ñado de Esther, á la casa de Torrigiano. 
Éste había salido con objeto de adquirir el már- 
mol para la obra que le había encargado el sobrino 
del arzobispo. 
Así se lo manifestó á los jóvenes la virtuosa María, 
rogándoles que le esperasen, pues su ausencia sería 
muy breve. 
Esther y el enfermo sentáronse junto á ella. 
— Parece que hoy tienen vuestras facciones más 
animación — dijo contemplando á Garcés. 
— ¿Y cómo no, si brilla en ellas la esperanza? — res- 
pondió la hebrea. 
Mañana es el día definitivo. 
El doctor levantará el aposito que cubre sus ojos. 
— ¡Ah! Ya comprendo entonces su alegría. 
¿Y qué se promete el doctor? 
-878 EL JURAMENTO 
— Augura los mejores resultados. 
— Mucho lo celebro. 
Aunque hace muy poco que os he tratado, os pro- 
feso una verdadera amistad. 
Esther se sonrió cambiando un beso con la esposa 
del artista. 
— ¿Dónde ha ido D. Pedro? — preguntó el paje. 
— Ya recordarás que la pasada tarde, cuando esta- 
bais aquí, se presentó un caballero encargando á mi 
esposo que hiciese una reproducción de la Virgen que 
ha hecho para los frailes franciscos. 
— Con efecto, lo recuerdo. 
— Pues ha ido á comprar el mármol. 
— Ya me extrañaba que no estuviese á vuestro lado. 
— Únicamente un motivo como ese podía alejarle 
de aquí. 
— ¡Bien pocas veces sale del taller! 
— ¿Y dónde mejor puede pasar la vida? — dijo el pa- 
je. — Aquí encuentra las caricias de un ángel y se 
aproxima á la cumbre de la gloria. 
— ¡Ah! No lo sabes bien — añadió la joven hebrea: — 
cuando puedas apreciar por tus ojos la hermosura de 
nuestra amiga, será cuando comprenderás que no 
exageraste al compararla con los serafines del cielo. 
— ¿En ese caso, con qué te comparas tú? — preguntó 
la esposa del artista. 
— Yo, señora, no valgo nada. 
— Eso yo lo juzgaré dentro de algunas horas, si 
Dios quiere devolver la luz á mis ojos. 
En aquel instante llamaron á la puerta. 
DB DOS HÉROES. 879 
— ¿Llaman?— preguntó el ciego. 
—Sí— respondió María, — sin duda alguna es Pedro 
que vuelve. 
La veneciana se levantó, saliendo de la estancia. 
Abrió la puerta, y pudo convencerse de que se ha- 
bía engañado. 
Era D. Juan Manrique. 
— ¿Está Torrigiano? preguntó á la joven, clavando 
en ella sus negros y expresivos ojos. 
— No, señor, precisamente ha salido hace poco 
para adquirir los materiales que necesita para em- 
pezar vuestra obra. 
— Muy bien ¿Sabéis si su ausencia será larga? 
— Creo que no. 
— En ese caso voy á pediros un favor, si no hay 
inconveniente en que mis pretensiones se realicen. 
— ¿Qué deseáis? 
— Esperarle. 
De este modo podré ver el mármol en que va á 
labrar la escultura. 
— No hay inconveniente, pasad. 
El hidalgo obedeció. 
Un instante después entraba en la estancia donde 
se hallaban Esther y el paje. 
María suplicó al joven que tomase asiento. 
Éste, antes de aceptar, estuvo contemplando las 
pequeñas esculturas que en el taller había. 
— No puede negarse que es un artista, exclamó. 
Y luego dijo en voz baja, para que no fuese escu- 
chado más que por la veneciana. 
880 EL JURAMENTO 
—Verdad es que si yo poseyese un modelo como 
el suyo, creo que también me elevaría en alas de la 
inspiración. 
La veneciana creyó que aquellas frases aludían á 
Esther. 
— Con efecto — dijo — es una joven encantadora; 
pero debo advertiros que no se ha prestado á servir 
de modelo más que durante la obra que ahora le 
ocupa. 
— No os comprendo — respondió Manrique. 
— ¿Acaso no os referís á esa niña? 
— No; me refiero á vos, que sois mucho más en- 
cantadora. 
María bajó los ojos y sus mejillas se ruborizaron.  ¿Hace mucho que tiene la fortuna de llamaros 
su esposa? 
— No, señor. 
— ¿De manera que todavía os halláis en ese perío- 
do en que vuestros corazones se comprenden? 
— Caballero — repuso la interpelada con acento dig- 
no — yo creo que ese período no acaba nunca cuando 
una mujer honrada se une por los sagrados lazos del 
altar con un hombre tan bueno como mi marido. 
— Eso debiera ser, pero desgraciadamente ocurre 
lo contrario con alguna frecuencia. 
María no quiso entablar discusiones con el hidal- 
go, y procuró que la conversación se hiciese general. 
Sin embargo, Manrique hizo por evitarlo. 
— ¿Te infunde confianza ese hidalgo? — preguntó el 
paje á su compañera. 
DE DOS HÉROES. 881 
 — ¿Por qué? 
— Te hago esta pregunta por mera curiosidad. 
— Es tan difícil juzgar á una persona en tan breves 
instantes... 
Sin embargo, si he de ser explícita, te diré que le 
encuentro jactancioso, y que existe en él algo inex- 
plicable que le hace repulsivo. 
— Yo no he podido apreciarle como tú, pues no he 
visto su rostro, y aseguran que este es el espejo del 
alma, pero... 
— ¿Opinas como yo? 
— Exactamente. 
Es más, me atrevería á asegurarte que el objeto 
que á esta casa le ha conducido no es la admiración 
que por la escultura siente. 
— ¿Cuál entonces? 
— Tal vez un deseo más mundano que el que ins- 
piran las artes. 
Esther contempló al ciego. 
Luego encogióse de hombros, significando con es- 
te movimiento que no comprendía las palabras de 
su compañero. 
Era su alma demasiado pura para adivinar los 
torpes propósitos del hidalgo. 
— ¿Sale con frecuencia de casa vuestro esposo? — 
preguntaba entretanto Manrique. 
— No, señor, es muy rara la vez que la aban- 
dona. 
— ¿Siempre trabajando? 
— ¡Qué remedio! 
111 
882 EL JURAMENTO 
Los que no poseemos bienes de fortuna no tene- 
mos más solución que hacerlo así. 
— ¿Y cómo vos tan hermosa y tan joven habéis 
unido vuesta existencia con la de un artista tan hu- 
milde? 
— ¿Qué os extraña? 

EL JURAMENTO DE DOS HEROES- 870

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
 CAPÍTULO LXXXVIII 
Esperanzas halagüeñas 
Así transcurrieron algunos días. 
Nadie tan impaciente como un enfermo. 
Garcés empezaba á desesperarse, porque el doctor 
no había tratado ni una sola vez de separar de sus 
ojos el lienzo que los cubría. 
En cuanto á la joven hebrea, no se apartaba de él 
un instante, y esto era lo único que contribuía á que 
el paje sufriese su desgracia con alguna resignación. 
Ambos jóvenes solicitaron del viejo Jacob permiso 
para que Esther sirviera de modelo al Torrigiano, 
el cual fué obtenido inmediatamente. 
Verdad es que esto halagaba su natural amor 
propio de padre, y que por otra parte supo por los 
vecinos que Torrigiano era un honrado artista, que 
vivía consagrado á su trabajo y al amor que le ins- 
piraba su esposa. 
Todas las mañanas, después de la visita del mé- 
dico, dirigíanse Esther y el paje al taller del es- 
cultor. 
870 EL JURAMENTO 
La primera quedábase extasiada contemplando las 
esculturas del florentino. 
Este había empezado á labrar la santa Cecilia en 
mármol de Carrara. 
Garcés figurábase contemplar la escultura a cada 
golpe de cincel, y no cesaba de hacer preguntas al 
escultor con esa curiosidad característica de todos los 
ciegos. 
Una de las mañanas en que la hebrea se hallaba 
en el taller, acompañada del paje, y en que Torrigia- 
no se disponía á seguir su obra, resonó el golpe que 
la aldaba produjo en la puerta. 
El artista se apresuró á abrir. 
En el dintel apareció un bizarro mancebo, conocido 
entre la nobleza sevillana, no sólo por su donosura, 
sino por ser sobrino del arzobispo de aquella cindad, 
don Iñigo Manrique. 
Llamábase D. Juan, y ni la misma creación de 
Zorrilla superaba al joven en audacia y amoríos. 
— Mucho siento interrumpir vuestros trabajos — di- 
jo al artista — pero me conduce á esta casa un objeto, 
que únicamente vos podéis realizar. 
Torrigiano ofreció á Manrique un asiento, rogán- 
dole que dijera en qué podía considerarle útil. 
— Una mañana — prosiguió el joven— retirábame á 
mi palacio, cuando advertí que entraba la gente con 
profusión en la iglesia de San Pablo. 
La curiosidad, más que la fe, me obligó á hacer 
lo propio y dirigirme hacia uno de los altares, que 
era el que parecía llamar la atención de la multitud. 
DE DOS HÉROES. 871 
Os confieso que entonces pude comprender el ori- 
gen de tanta concurrencia. 
Sobre un pedestal veíase la imagen de una Con- 
cepción, cuya belleza me dejó absorto. 
Aquella escultura supe que era vuestra. 
— Con efecto, es mi última obra — respondió el ar- 
tista, con ese noble orgullo de ios hombres de genio. 
— Me aseguraron que la habíais esculpido por en- 
cargo de los franciscanos, y comprendiendo que ya 
no era posible su adquisición, formé el propósito de 
venir á vuestro taller, para rogaros que hicieseis una 
exactamente igual. 
Quiero que la escultura sea labrada en el mármol 
más hermoso que se conozca, la destino á mi tío el 
reverendo arzobispo D. Iñigo Manrique. 
Pedro Torrigiano se inclinó con respeto al escu- 
char este nombre. 
— Perfectamente: ¿y reclama mucha urgencia vues- 
tro encargo? 
— No, yo le concedo á vuestra arte la importancia 
que en realidad tiene, y no quiero, por lo tanto, po- 
neros trabas. 
Lo único que desearía es que me concedáis que 
venga á vuestro taller con alguna frecuencia, para 
ver la obra desde que la empecéis. 
— Lo que me pedís, en vez de ser un favor es una 
honra para mi persona. 
— ¿Necesitáis que os anticipe el valor de la escultura? 
— De ningún modo—respondió dignamente el ar- 
tista. 
872 EL JURAMENTO 
Lo único que podemos hacer es estipular su precio. 
— No es necesario. 
Afortunadamente mis arcas están llenas de oro, y 
con seguridad que no hemos de discutir por estos 
pormenores. 
— Sea como gustéis. 
Manrique examinó con detenimiento las estatuas 
que había en el taller, y luego fijó 
 sus ojos en la jo- 
ven hebrea. 
— ¡Precioso modelo! — exclamó. 
Sin embargo, esta joven no ha sido la que os ha 
servido para la Madona de San Pablo. 
Seguramente que no. 
Es demasiado niña. 
— ¿A quién copiasteis para la escultura que os he 
encargado? 
Debo advertiros que deseo que os sirva el propio 
modelo. 
— No os inquietéis. 
Os prometo que será una perfecta reproducción. 
El modelo está en casa. Es -mi esposa. 
— Perfectamente. 
Don Juan Manrique se despidió de Torrigiano, é 
inclinándose delante de la hebrea, salió del taller 
acompañado del primero. 
Junto á la puerta aguardaba su silla de manos. 
El bizarro doncel penetró en ella, dando orden á 
sus criados para que le condujeran á su casa. 
Veamos ahora cuáles era a sus propósitos al encar- 
gar al artista la escultura. 
DE DOS HÉROES. 873 
Manrique había entrado, con efecto, en la iglesia 
en unión de un amigo suyo, que era quien siempre 
le acompañaba á todas partes. 
Este amigo, por medio de la adulación y el servi- 
lismo, había llegado, no solamente á vivir á expen- 
sas de su capital, sino á hacerse acreedor á su con- 
fianza. 
Manrique contempló la escultura, y obedeciendo á 
sus inclinaciones mundanas, exclamó: 
— ¡Hermosa mujer!  
 Por admirar la belleza de la que sirvió de modelo, 
daría con gusto lo que haya podido pedir el artista 
por su trabajo. 
— No tendréis mucho empeño en conseguirlo — re- 
plicó el amigo de D. Juan. 
— ¿Por qué me lo dices? 
— Porque en ese caso, encargaríais que os hicieran 
ana escultura igual los buriles que esculpieron ésta, 
y como tendríais un perfecto derecho á penetrar en 
el taller cuando os acomodase, conoceríais á la bel- 
dad que os encanta. 
Manrique quedó pensativo. 
Luego prosiguió: 
— No te falta razón; pero lo primero de todo es 
averiguar quién es el artista que la ha labrado. 
— Eso corre de mi cuenta si persistís en vuestros 
propósitos. 
Accedió D. Juan, y al siguiente día supo que la 
estatua era debida al cincel de Pedro Torrigiano. 
Dos veces, pasando por debajo de las ventanas del 
874 EL JURAMENTO 
taller, consiguió ver á María y quedóse prendado de 
su hermosura. 
Si le agradó su efigie trasportada á la piedra, ¿có- 
mo no había de enloquecerle mucho más al ver á la 
gentil veneciana, cuyas facciones eran todo vida y 
movimiento? ' 
He aquí las razones por qué el sobrino del ar- 
zobispo, que no respetó nunca la santidad del hogar 
ajeno, había visitado á Pedro Torrigiano. 
Más tarde verán nuestros lectores los fatales resul- 
tados de haberse introducido en aquella casa. 

miércoles, 18 de enero de 2017

BODA DE MAZARIEGOS -(Español) -CON VASQUES- 1736- CHIANTLA

 BODA DE ANTONIO MAZARIEGOS DEL VALLE -ESPAÑOL DE HUEHUETENANGO
CON 
PETRONA VASQUES-DE CHIANTLA
CHIANTLA
Huehuetenango

Nos---Don Joseph Sunzin de Herrera , Dean de esta Sta. Yglesia Cathedral Cath.ca Jubilado de Prima de Phil.a en la -- Univ. de Sn. Carlos de esta Corte  Comi.ro  Ap.co  Subdeleg.do  Gral. dela  Sta. Cruz.da  en ella Juez --- y Vicario Gral.  de este ---
Damos lisencia al Rdo. Cura  Doctrin.del Pueblo de Chiantla para que según orden de N.S.M. Yglesia despose y vele a Antonio Masariegos , Español, natural del Pueblo de Guegueten.  hijo legitimo de Joseph Masariegos y de Faustina deel  Valle , con  Petrona Vasques natural del dcho. Pu.  de Chiantla , hija de padres no conocidos, precediendo las amonestas.s  que--pone el  Sto. consilio de Trento que tambien se han de leer  en el de Gueguet.go ---Dada en la Ciudad de Guatemala a siete de Septiembre de MIL setecientos y treinta y seis años -
 Dn.---Joseph Sunzin de Herrera

EL JURAMENTO DE DOS HEROES 853-859

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon- 
trado más hermosa que nunca. 
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión. 
DE DOS HÉROES. 853 
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza 
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las 
de su raza. 
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes 
como sus estrellas. 
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus 
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía 
más encantadoras. 
Su rostro era ovalado como el de las creaciones 
artísticas del inmortal Miguel Ángel. 
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego, 
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di- 
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una 
idea de la incomparable hermosura de la hija del 
viejo Jacob. 
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que 
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez 
de la noche. 
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en 
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño 
de un poeta y el ideal de un pintor. 
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun- 
tarse si era bella. 
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa 
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas 
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en 
los puros cristales de los arroyos. 
Sus padres habían cuidado que viviera como la 
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra- 
vés de los vidrios del invernadero. 
854 EL JURAMENTO 
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La- 
martine de una de sus heroínas. 
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus 
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó 
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...» 
Así era Esther. 
Sin embargo, ¿quién dudará que el más pequeño 
detalle pueda hacer que una joven despierte de su 
letargo? 
La hebrea había escuchado una sola palabra, y 
esto era suficiente para que se preguntase si era ver- 
daderamente hermosa. 
Basta un leve roce en el disco de cristal que apri- 
sionan las almohadillas de la máquina eléctrica, para 
que el fluido se esparza por sus conductores. 
Del propio modo una frase es suficiente para crear 
el fluido del amor. 
En los cristales de la ventana reflejábase la luna. 
Esther se contempló en ellos. 
Una sonrisa se dibujó en sus labios. 
Garcés nó la había engañado. 
Ella era hermosa. 
Comparando sus facciones con las de otras muchas 
jóvenes que había visto, advirtió que ninguna de 
ellas tenía unos ojos tan rasgados y negros como los 
suyos, ni una boca tan cárdena, ni unos cabellos tan 
ondulantes. 
. Esther lanzó un suspiro. 
Todas estas reflexiones las unía al recuerdo del 
paje. 
DE DOS HÉROES. 855 
¿Qué le importaba ser hermosa si él no. podía ad- 
mirar los encantos que le había concedido, la natu- 
raleza? 
Esther sentía despertar su amor, tan puro, tan in- 
maculado como los primeros albores de la mañana. 
Hallábase tan abstraída, que no reparó que desde 
una de las ventanas de la casa vecina que caían so- 
bre el jardín la observaba un joven de unos treinta 
y cinco años. 
Este era un escultor florentino llamado Pedro 
Torrigiano, que vivía en Sevilla con su esposa, ve- 
neciana que renunció á sus títulos nobiliarios por 
enlazarse al artista. 
Pedro se vio obligado á abandonar su ciudad por 
su carácter impetuoso, que en más de una ocasión le 
había puesto junto al precipicio de la muerte. 
Hijo de padres honrados, pero humildes, siguió en 
su primera juventud la noble carrera de las armas. 
Pero no pudiendo sufrir los rigores de la discipli- 
na militar, provocó á uno de sus jefes, viéndose obli- 
gado á dejar la carrera. 
Torrigiano siempre mostró sus inclinaciones por 
la escultura, modelando figuras de barro desde la 
niñez. 
Siendo paisano, creyó que era llegado el momento 
de consagrarse al arte de Fidias, y asistió al taller de 
Chirlandajo. 
Pero habiendo tenido una disputa con su compa- 
ñero Miguel Ángel, le arrojó el mazo con que traba- 
jaba, aplastándole la nariz. 
856 EL JURAMENTO 
Poco tiempo después conoció á María, la noble 
veneciana que había de hacerse reina de su corazón 
y dulcificar su carácter. 
María, prescindiendo de la oposición que sus pa- 
dres hicieron á que se verificase el matrimonio, en- 
lazóse con el artista. 
El desprestigio que por su carácter había alcanza- 
do el escultor obligóle á salir de Florencia, esperan- 
do que en España recompensasen su talento. 
Encaminóse, pues, hacia Sevilla, donde se instala 
en una modesta casa cuyas ventanas caían sobre el 
jardín del viejo Jacob, como ya hemos dicho á nues- 
tros lectores. 
Torrigiano quedóse absorto al contemplar la her- 
mosura de Esther. 
Su esposa, que velaba á pesar de lo avanzado de la 
hora, le preguntó por qué no se recogía. 
— Ven, María, le dijo; mira qué joven tan encanta- 
dora. 
Sería un gran modelo para cualquiera de las es- 
culturas que me han encargado. 
María se aproximó á la ventana, y quedóse tan 
sorprendida como su esposo de aquella hermosura 
verdaderamente escultural. 
— ¿Quién será esa joven? 
No la he visto hasta hoy, á pesar de que con fre- 
cuencia permanezco en la ventana. 
— Su traje y su tipo revelan bien claramente que 
es hebrea. 
— ¡Hebrea! — exclamó la esposa del artista, sin po- 
DE DOS HÉROES. 857 
der reprimir la repugnancia que le inspiraban todas 
las sectas que se apartasen del catolicismo. 
— Sí, aunque no descubro más que su busto, es lo 
suficiente para comprenderlo. 
Como la hora era avanzada, María rogó á su es- 
poso que se retirase. 
Este no la contradijo, pero pensó desde luego vi- 
sitar á Esther y rogarla que le permitiese trasladar 
su imagen al mármol. 
La hija de Jacob permaneció algún tiempo más 
¡en la ojiva admirando la belleza de la noche y pen- 
sando en Garcés. 
En vano trataba de conciliar el sueño. 
Nada predispone á la vigilia como el amor, so- 
t>re todo cuando es el primero que se siente en el 
.alma. 
Así pasó la noche. 
Apenas brillaron en el cielo los primeros albores 
-del día, se encaminó á la estancia del paje. 
Este tampoco había podido consagrarse á las dul- 
zuras del sueño, aunque por distintas causas. 
Las esperanzas que le había dado el doctor hebreo 
le impidieron dormir. 
— ¿Como estás? le preguntó la joven con la dulzu- 
ra que le era característica. 
— Muy bien, mi querida Esther; parece que la sóla 
ida de recuperar el sentido que me falta ha dado la 
luz á mi espíritu. 
 — ¿En ese caso, te encontrarás con ánimos para que 
hoy te conduzca á nuestro jardín? 
858 EL JURAMENTO 
— Desde luego; no sólo me encuentro con ánimos,, 
sino que lo deseo ardientemente. 
¿Quieres que vayamos ahora? 
— Es demasiado temprano; me parece oportuna 
que esperemos á que los rayos del sol calienten más 
la tierra. 
— Gomo quieras, Esther; supuesto que tan espon- 
táneamente te has ofrecido á ser mi guía, no tengo 
más remedio que acatar tus órdenes. 
Mi deseo de salir al aire libre era por despejarme 
un poco la cabeza. 
Apenas he podido dormir. 
— Ni yo tampoco — añadió Esther. 
— ¿Tú tampoco? 
¿Acaso tenías alguna preocupación? 
De otra manera no se concibe. 
Yo no he dormido, porque las palabras del doctor 
me impresionaron tan vivamente, que prefería me- 
ditar en el momento en que viese de nuevo la luz á. 
consagrarme al descanso. 
— Lo creo, Garcés. 
— ¿Pero y tú, qué tienes? 
¿Acaso estás enferma? 
— No lo sé. 
— ¡Gomo! ¿Qué es lo que sientes? 
— Me sería muy difícil explicártelo. 
— Habla, habla con franqueza. 
¿No me consideras digno de tu confianza? 
— Sí, Garcés; pero me encuentro en unas condi- 
ciones tan anormales... 
DE DOS HÉROES. 859 

ESTHER- EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA

  EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CCASTELLANOS
MADRID
-ESPAÑA
1889
 
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de 
los hombres más notables que han cultivado las cien- 
cias médicas. 
DE DOS HÉROES. 847 
Se refieren de él curas milagrosas. 
¿Qué tiene de extraño que vuelva la luz á tus ojos? 
— ¿Pero qué os ha dicho? 
— Que se prometía curarte siempre que fueses su- 
miso para respetar sus prescripciones. 
El enfermo se sonrió. 
Ya no podía dudar que las palabras de Jacob eran 
ciertas. 
El viejo hebreo no sabía mentir. 
— ¡ Ah, señor, quiera el cielo colmaros de beneficios: 
sólo á vos y á vuestra noble familia deberé la in- 
mensa dicha de recobrar la luz! 
— ¡Vaya, no te aflijas! 
También he conseguido del doctor que salgas al- 
gunos ratos á nuestro pequeño jardín. 
— ¿Hay jardín en esta casa? 
— No puede dársele semejante nombre, porque es 
muy pequeño, pero confío que pronto puedas con- 
templar por tus propios ojos las lindas macetas que 
rodean la fuente. 
— Dios os escuche, mi buen Jacob. 
— Sí, sí le escuchará — añadió Sara — aunque no 
sea más que por las oraciones que hemos de dirigir- 
le, tanto yo como ese ángel que está á tu lado. 
Y la anciana, al decir esto, dirigió una dulce mira- 
da á la hermosa Esther. 
Esta correspondió á su madre con una sonrisa an- 
gelical. 
Aquel día se solemnizó en la morada de los he- 
breos la satisfactoria noticia que había dado el doctor. 
848 EL JURAMENTO 
Sara cuidóse de hacer una espléndida cena. 
Ezequiel obtuvo autorización para ir á paseo, que 
era lo que más le halagaba, como á todo joven. 
El viejo Jacob tomó asiento junto al hogar. 
La única que no permitió separarse un instante del 
enfermo fué Esther. 
Garcés escuchaba sus palabras de consuelo, que 
refrescaban su corazón oprimido por el infortunio. 
— Oye, Garcés — decíale la joven con un acento 
dulce como la melodía de los pájaros; — voy á hacerte 
una pregunta, para que me respondas con entera 
sinceridad. 
— Cuantas quieras. 
— Cuando recuperes la vista, ¿qué harás? 
— Lo primero que desearé es contemplar tu rostro, 
que debe ser tan bello como tu alma. 
Las mejillas de la hebrea se cubrieron de un vivo 
carmín. 
— ¡Ah, no lo creas, yo no soy hermosa! 
— No es posible; Dios tiene que haber derramado 
en ti todas sus perfecciones. 
— Si he de decirte la verdad, nunca me he ocupado 
de pensar en semejante Cosa. 
Pero volvamos á mi pregunta. 
No he querido saber la materialidad de tu primer 
impulso al descubrir los rayos de la luz, sino lo que 
harás después. 
El paje vaciló un momento antes de dar una res- 
puesta á la pregunta que se le hacía. 
Luego dijo: 
DE DOS HÉROES. 849 
— Pues entonces será necesario que busque un 
modo de vivir, puesto que nada poseo. 
— ¿A qué te has dedicado? 
— He sido paje de un noble de Córdoba. 
—¿De manera, que es posible que le busques de 
nuevo para que te admita otra vez á su servicio? 
— No, Esther, eso nunca. 
—Parece que lo dices de una manera extraña. 
¿Acaso te trataba mal? 
— Mi señor tenía un carácter endemoniado. 
— ¿Aun contigo, que tan bueno eres? 
— Aun conmigo. 
— ¿De manera, que es posible que al recuperar la 
vista salgas de esta ciudad? 
—No quisiera hacerlo, porque entonces me vería 
privado de visitar á mis protectores; ¿pero cómo 
evitarlo si la necesidad liega á exigírmelo? 
— Garcés, te he hecho todas estas preguntas por- 
que tengo un proyecto. 
— ¿Un proyecto? 
—Sí, yo sé hasta dónde llega la bondad de mis 
padres y mi hermano. 
¿Por qué no te quedas junto á nosotros? 
— ¿Y para qué había de serviros? 
—¿Acaso no podías dedicarte al comercio como lo 
hacen ellos? 
—Ciertamente, si poseyese un pequeño capital. 
— No te hace falta. 
Mi padre te entregará algunos objetos para que los 
vendas. 
107 
850 EL JURAMENTO DE DOS HÉROES. 
De este modo puedes formar con economía el ca- 
pital que ambicionas. 
— Y además de mi curación, os deberé cuanto po- 
sea. 
En aquel instante entró en la estancia Sara, mani- 
festando al enfermo y á su hija que la cena aguardaba. 
Esther condujo de la mano á Garcés. 
CAPITULO LXXXVI. 
CREPÚSCULO DE AMOR
Cuando terminó la cena habíase ocultado el sol, y 
multitud de estrellas tachonaban el resplandeciente 
firmamento. 
Los ancianos esposos, que todavía no se habían 
indemnizado del cansancio producido por el viaje, 
sintieron la necesidad del descanso, y después de ha- 
cer oración se retiraron á su estancia. 
Ezequiel habíase brindado espontáneamente á dor- 
mir en la habitación del enfermo para cuidarle du- 
rante la noche, y le condujo de la mano hasta el 
lecho. 
Esther dirigióse á su habitación. 
No tenía sueño. 
Por el contrario, extrañas ideas la predisponían á 
la vigilia. 
La estancia de Esther era pequeña, pero acusaba 
una pulcritud poco frecuente en las de su raza. 
Su lecho era blanco como una paloma. 
Sobre la cabecera veíase clavado en el muro un 
852 BL JURAMENTO 
lienzo representando á Moisés en el momento de es- 
cribir las Tablas de la Ley. 
Una pequeña arca, un diván y una mesa de pino 
constituían el mobiliario. 
Aquella estancia tenía una ventana que caía al pa- 
tio que el viejo Jacob llamaba su jardín, no sin fun- 
damento para ello. 
Hallábase rodeado de naranjos, cuyos blancos ra- 
cimos de flores embalsamaban el ambiente con ese 
aroma incomparable, que es uno de los que más de- 
leitan el olfato. 
En el centro había una pequeña fuente cuyos ca- 
prichosos surtidores producían melancólicas armo- 
nías al caer en el pilón, entre cuyas aguas coleaban 
multitud de pececillos cuyas escamas tomaban los 
más ardientes visos al sentirse heridas por los rayos 
del astro nocturno. 
 Alrededor de la fuente había un sinnúmero de 
macetas, entre las que predominaban los claveles de 
distintos matices. 
Una añeja parra trepaba por los pies derechos que 
con este objeto se habían colocado, elevando hasta 
las ventanas de la casa sus verdes y alegres pám- 
panos. 
Las anchas hojas servían de celosía á la ojiva de 
la estancia de Esther. 
La joven se asomó á la ventana. 
Cualquiera que la hubiese visto hubiérala encon- 
trado más hermosa que nunca. 
Era el verdadero tipo de las hijas de Sión. 
DE DOS HÉROES. 853 
Negros y ondulantes cabellos poblaban su cabeza 
sujetos por la fifa, esa característica peineta de las 
de su raza. 
Sus ojos eran oscuros como la noche y brillantes 
como sus estrellas. 
Las largas pestañas que los velaban, daban á sus 
dilatadas pupilas un tornasolado azul que las hacía 
más encantadoras. 
Su rostro era ovalado como el de las creaciones 
artísticas del inmortal Miguel Ángel. 
Únase á estas gracias su nariz, de carácter griego, 
su boca, de labios finos y cárdenos, guarnecida de di- 
minutas perlas, y podrán tener nuestros lectores una 
idea de la incomparable hermosura de la hija del 
viejo Jacob. 
Su tez recordaba la vaguedad del crepúsculo, que 
participa de la blancura de la luz y de la lobreguez 
de la noche. 
Ni gruesa, ni delgada, ni de estatura que rayase en 
exageración, aquella hija de Israel era el ensueño 
de un poeta y el ideal de un pintor. 
Sin embargo, jamás se había cuidado de pregun- 
tarse si era bella. 
Le sucedía lo propio que á la candida mariposa 
que abandona su crisálida y sacude sus irisadas alas 
sobre una flor, sin haberse contemplado todavía en 
los puros cristales de los arroyos. 
Sus padres habían cuidado que viviera como la 
planta que no recibe los rayos del sol más que á tra- 
vés de los vidrios del invernadero. 
854 EL JURAMENTO 
Podría aplicarse á ella el retrato que hace La- 
martine de una de sus heroínas. 
«Cosa extraña, dice el autor francés; á pesar de sus 
diecisiete abriles, no sabía si sus ojos eran negros ó 
azules, si sus cabellos eran negros ó rubios...» 
Así era Esther. 

ESPERANZAS DE CURACION- JURAMENTO DE DOS HEROES

 JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS 
ESPAÑA
1889
 
CAPITULO LXXXV. 
Esperanzas de curación.. 
Arrastrados por los sucesos de la guerra granadi- 
na, hemos dejado á Garcés, el paje de D. Beltrán de 
Meneses, cuando se dirigía á Sevilla con la honrada 
familia de mercaderes hebreos, que le libró de la 
muerte en el sombrío bosque donde le ataron los 
bandidos. 
Volvamos, pues, á este personaje cuyos ojos se 
veían privados de la luz por los efectos del rayo que 
cayó junto á él. 
El honrado Jacob, que este era el nombre del pa- 
dre de aquella familia patriarcal, le prodigó durante 
el camino las más solícitas atenciones, lo propio que 
Sara y sus hijos Esther y Ezequiel. 
Nada predispone tanto á la simpatía como la des- 
gracia. 
Por eso Garcés, si bien es verdad que había perdi- 
do el tesoro más envidiable que poseen los hombres, 
encontró en cambio corazones tiernos que se esforza- 
ban por consolarle é infundirle esperanzas. 
105 
842 EL JURAMENTO 
Llegados á Sevilla, se instalaron en una casa situa- 
da en los barrios menos céntricos, y el viejo Jacob 
pensó desde luego apelar á los recursos de la ciencia 
con objeto de conseguir la curación del paje. 
A este objeto, envió á su hijo Ezequiel para que 
buscase á un doctor, recomendándole que fuese 
hebreo. 
Jacob tenía dos poderosas razones para desearlo 
así. 
Era entusiasta de los de su raza, y no le faltaban 
motivos para ello; pues la verdad es que los hebreos 
hallábanse á una extraordinaria altura en ciencias y 
artes, sobresaliendo en las primeras como excelentes 
astrólogos y acreditados médicos. 
Ellos eran también los mantenedores de la indus- 
tria, y si bien es verdad que no podían prescindir de 
sus instintos de usura, posible es que los reyes de 
Castilla no hubieran contado con recursos para el 
mantenimiento de sus huestes en la guerra muslímica 
sin la poderosa cooperación financiera que hicieron. 
Garcés supo por Esther que el viejo Jacob había da- 
do órdenes á su hijo para que buscase un médico. 
— ¿Cuándo podré pagaros lo mucho que os debo? — 
preguntaba el joven, cuyos malos instintos se habían 
dulcificado con la desgracia. 
— ¿Quién piensa en semejante cosa? — contestó la 
hebrea. — Lo necesario es que te cures, y entonces ya 
nos ayudarás á vender nuestras mercancías. 
— Ah, sí, Esther; ¡pero si tú supieras cuánta des- 
confianza tengo de curarme! 
DE DOS HÉROES. 843 
— ¿Por qué? 
¿Acaso no lo han logrado otros muchos? 
— Ciertamente que sí; pero yo nada espero. 
Y el paje apoyaba su desconfianza en que Dios no 
le perdonaría sus infamias, y que su desgracia más 
había sido promovida por la mano de la Providen- 
cia que por el rayo que le hizo cegar. 
Pocos instantes después Ezequiel entraba en la 
casa acompañado de un sabio doctor. 
Este era un respetable anciano que había pasado 
consagrando al estudio su larga existencia. 
Jacob y Sara se apresuraron á seguirle á la es- 
tancia que ocupaba el paciente. 
El Galeno levantó con cuidado los párpados de 
Garcés y estuvo examinando sus pupilas. 
— No hay medios de curación, ¿no es verdad? — 
preguntó el paje: — mi sino es verme privado de la luz. 
El doctor prosiguió haciendo sus observaciones 
sin responder una sola palabra. 
Cuando las hubo terminado: 
— Es necesario, dijo, que sigáis el régimen que voy 
á trazar. 
— ¿Luego vais á someterme á un régimen? 
¿Luego no es imposible que algún día cure? 
— Hoy por hoy — respondió el hebreo — me limito 
á manifestaros que no he perdido en absoluto la es- 
peranza de vuestra curación, siempre que respetéis 
estrictamente el plan que os trace. 
— ¡Ah doctor! ¿Acaso podéis dudarlo? 
¿No es para mi bien? 
844 EL JURAMENTO 
Por duro que sea el tratamiento, yo lo soportaré 
con paciencia. 
— Ante todo os recomiendo que no os impacientéis, 
es preciso que tengáis quietud. 
— Perfectamente, la tendré. 
Tuve la fortuna de que me amparasen estos cari- 
tativos señores, que son el símbolo de la mansedum- 
bre y de la bondad. 
A su lado no es posible que nadie sufra ni se in- 
quiete. 
En los labios de Sara y Esther se dibujó una son- 
risa al oír aquel encomio dictado por el agradeci- 
miento. 
— Yo cuidaré de que al enfermo no le falte nada, 
dijo la segunda, estrechando entre sus manos las del 
paje. 
— ¡Bendita seas! — exclamó éste, llevándoselas á su 
boca. 
— ¿Acaso no cumplimos como los deberes dictan? 
— ¡Ah Esther! los deberes, por lo mismo que lo 
son, suelen parecemos enojosos. 
El médico había sacado de su botiquín unas hilas 
que impregnó cuidadosamente en un colirio de su 
invención. 
Luego aplicó el benéfico bálsamo á los ojos del en- 
fermo, anudando las extremidades de la venda. 
— Ahora, dijo, es preciso aguardar algunos días. 
Ya os he dicho que tengo esperanzas de curaros, 
pero no con la rapidez que desearéis. 
— Gracias, gracias, doctor. 
DE DOS HÉROES. 845 
El anciano hebreo salió de la estancia despidién- 
dose hasta el siguiente día. 
Sara, Jacob y Ezequiel le acompañaron hasta la 
puerta. 
— Y bien, doctor — preguntó el primero — ¿es verdad 
lo que habéis prometido al enfermo, ó le disteis espe- 
ranzas de curación sólo porque no se agravara su
dolencia? 
— No, amigo Jacob, ese joven se curará, pero es 
necesario tiempo y constancia. 
— ¡Ah, Dios de Israel! — exclamó Sara — todo pue- 
de darse por bien empleado cuando se consigue lle- 
gar al fín que uno se propone. 
En cuanto á constancia para cuidarle, no ha de fal- 
tar seguramente. 
Todos nos hemos interesado por ese infeliz, y mi 
hija, que posee un alma de oro, es la representación 
de la mansedumbre. 
Ella le cuidará. 
— ¿Convendría al enfermo tomar el aire libre? 
— Por ahora no. 
— Os hacía esta pregunta, porque tenemos á es- 
paldas de la casa un pequeño patio que casi merece 
el nombre de jardín. 
En él hay macetas cuajadas de flores, y ya que el 
enfermo se encuentra privado de verlas, aspiraría 
por lo menos sus aromas. 
— Siendo así, no hay inconveniente en que reciba 
en ese sitio el aire libre, supuesto que para llegar á él 
no es necesario que se fatigue. 
846 EL JURAMENTO 
— Muy bien, pero aun nos falta saber lo más esen- 
cial. 
— ¿Qué deseáis saber? 
— Qué régimen ha de observar en los alimentos. 
— Ninguno. 
La enfermedad suya es puramente local, y no la 
afectarían más que los picantes y el abuso de las be- 
bidas. 
— En ese caso, no existe ningún peligro en esta casa. 
El doctor despidióse de aquella familia, y salió 
con objeto de visitar á los muchos enfermos que le 
aguardaban. 
Jacob, su esposa y su hijo volvieron á la estancia, 
donde se hallaban el paje y Esther. 
Garcés, que se encontraba dotado de ese oído su- 
til que poseen todos los ciegos, advirtió el rumor de 
sus pasos mucho antes de que entrasen en la habi- 
tación. 
— ¿Qué os ha dicho el médico? — preguntó con voz 
temerosa. 
— ¿Que qué nos ha dicho? — respondió Jacob estre- 
gándose las manos con alegría; — ¿pues acaso no lo 
sabes? 
— Temo que me haya dado esperanzas con el úni- 
co propósito de no desconsolarme. 
— La propia idea tuve yo, pero ambos nos hemos 
equivocado por fortuna. 
El anciano que acaba de salir de aquí es uno de 
los hombres más notables que han cultivado las cien- 
cias médicas. 

 

martes, 17 de enero de 2017

BODA DE ESPAÑOL DE CHIANTLA CON ESPAÑOLA DE HUEHUETENANGO-1791

 BODA DE  ESPAÑOL DE CHIANTLA CON ESPAÑOLA DE HUEHUETENANGO
22 AGOSTO 1791

DON ANZELMO SALZEDO-ESPAÑOL DE CHIANTLA
HIJO DE DOÑA JUANA SALZEDO- ESPAÑOLA
CON DOÑA MARIA GALINDO RODRIGUEZ-ESPAÑOLA DE HUEHUETENANGO
HIJA DE DON JOSEPH GALINDO Y DE DOÑA THOMAZA RODRIGUEZ-ESPAÑOLES
TESTIGOS: DON PEDRO DE MATHA-ESPAÑOL DE HUEHUETENAGO
CAPITAN, DON MANUEL DE ACUÑA- DE GALICIA. ESPAÑA
DON FRANCISCO RIVERO- ESPAÑOL DE HUEHUETENANGO
CHIANTLA
Huehuetenango
Guatemala
América del Centro

 
Señor. . Mro. Don Augustin de Matha
Muy Señor Mio: Teniendo como tengo concluidas todas las diligencias correspondientes p.@  el matrimonio que pretender contraer  Dn. Anzelmo Salzedo y Doña  María Galindo, de los que no ha resultado impedimento que lo estorbe, en esta atención  y de que las partes pretenden casarse y velarse en la Parrochia  de Umd. doy a Umd. facultad para que proceda a dicho matrimonio y velación, sin que deje de efectuarse por este requicito i otro que penda de mi advitrio, quedando deceoso de complacer a Umd. en quanto se sirva ocuparme interin ruego a Dios que a Umd. m. at.
Gueg.o  y Ag.to  19 de 1791                  
Su afec.mo  compañero  servidor y seguro Capp.n 
Miguel  Herrg.do Muños

Don Anzelmo Salzedo con Doña María Galindo  desposados y velados. Ambos  Españoles.  En esta Sta. Ylesia Parrochial de Chiantla. en veinte y dos días del mes de Agosto de mil setecientos noventa y uno, Yo el Br. Dn. Augustin de Matha. Cura propio de esta Parochia,---la información---por el Padre Cura de Gueguetenango, de quién es feligresa la contrayente , y de cuyo permiso, que consta por la carta que agrego a este libro, se procedió a esta contracción , en esta dicha Parochia, Examinados y aprobados en la Doctrina Christiana, constandome tener la edad requisita por dno. Les Administré el Sto. Sacramento de la Penitencia.  Assistí al matrimonio de Don Anzelmo Salzedo, hijo natural de Doña Juana Salzedo, que contrajo con Doña María Galindo, hija lexitima de Don Joseph Galindo y de Doña Thomaza Rodriguez , a los cuales recibi sus concetimientos, que manifestaron por palabras de presente,-- e les dí las Bendiciones Nupciales, conforme al Ritual Romano, siendo testigos Don Pedro de Matha, Don Manuel de Acuña, y Don Francisco Rivero, y para que conste lo firmo.
Augustin de Matha.



EL JURAMENTO DE DOS HEROES -314

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA 1889
 
Isabel estaba hermosísima. 
La agitación del pasado día había aumentado el 
carmín de sus mejillas. 
Muley-Hacén la obsequió mucho. 
Terminada la comida, éste manifestó á D. Pedro 
de Solís que, á pesar de los muchos negocios que re- 
clamaban su presencia en Granada, había decidido 
40 
314 EL JURAMENTO 
continuar allí hasta la mitad del siguiente día, lo que 
celebraron mucho doña Isabel y su padre. 
Abul acercóse á Solís. 
— Nuestros planes han producido el mejor efecto — 
le dijo en voz baja. 
— ¿Hablaste con el rey respecto á Isabel? 
— He conferenciado con él largo rato, y tanto le ha 
sorprendido ia belleza de tu hija, que se halla dis- 
puesto á pedírtela en casamiento. 
Don Pedro recibió aquella noticia con regocijo. 
Nunca había podido pensar en una boda para su 
Isabel, que llenase tan en absoluto sus aspiraciones. 
— Sin duda por esta razón querrá el rey dilatar su 
marcha. 
— Indudablemente. 
— En ese caso puedes decirle que estoy á sus ór- 
denes. 
Pasóse la velada. 
Don Beltrán, haciendo de trovador, refirió algunas 
consejas. 
Cuando llegaron las diez de la noche, Isabel, á 
quien el cansancio empezaba á rendir, obtuvo per- 
miso de su padre para retirarse. 
Don Beltrán, media hora después, retiróse tam- 
bién. 
Quedaron, pues, solos D. Pedro, Muley y su favo- 
rito. 
— Solís— comenzó el rey— ya te habrá dicho Abul 
cuáles son mis aspiraciones respecto á tu hija. 
— Señor — respondió el anciano — faltaría á la ver- 
DE DOS HÉROES. 315 
dad si os dijese otra cosa; me ha asegurado que me 
habíais concedido la honra de pensar en mi hija. 
— ¿Y qué crees respecto á mi proposición? 
— Ya comprenderéis que colma mis deseos. Los 
padres no queremos más que la felicidad de nuestros 
hijos, y creo que vos podéis otorgársela. 
— ¿De modo, que no te opones á mi felicidad? 
— Antes de responderos tengo que haceros una ad- 
vertencia, que indudablemente no habéis de ex- 
trañar. 
— Te escucho. 
— Yo no soy de esos hombres que creen que por 
haber dado vida á una criatura tienen un perfecto 
derecho para tiranizarla. 
— Desde luego creo que estáis en lo cierto. 
— Si ese casamiento dependiera solamente de mi 
voluntad, os contestaría desde ahora que podíais 
fijar la época de vuestro enlace; pero antes de nada 
necesito consultar con mi hija. Yo no sería dichoso 
si, obedeciendo á miras ambiciosas, la sacrificase. 
— Tenéis razón, así piensa todo hombre honrado. 
Vuestra respuesta me halaga. Tanto más, cuanto que 
no consentiría en imponerle mi amor como un deber. 
Habladla, pues, y yo esperaré vuestra contestación. 
Mañana mismo la sabréis. Mi hija no dirá segu- 
ramente que no. Es la personificación de la inocencia. 
He procurado que viva en el aislamiento más abso- 
luto, y quizás por eso es dichosa. 
— He tenido lugar de comprenderlo así en los 
breves instantes que la he visto. 
316 EL JURAMENTO DE DOS HÉROLS. 
Don Pedro reiteró al monarca su ofrecimiento. 
Pocos momentos después reinaba en el interior del 
castillo el más absoluto silencio. 
Todos dormían, menos el rey. 
Su imaginación vagaba libremente, ora figurándo- 
se que veía á Isabel á través de las caladas ojivas 
de la Alhambra, ora corriendo alborozada por los 
cármenes granadinos. 
— ¡ Ah! — exclamaba — no se puede negar que es en- 
cantadora. Comprendo que esa mujer imperará en 
absoluto en mi corazón, y que en un breve plazo sería 
capaz de renunciar por ella á todos los tesoros que 
encierra mi adorado reino. 
________________________
 — Pues bien, hija, has de saber que el ilustre Muley- 
Hacén ayer me dijo que le había causado tu hermo- 
sura tanta impresión, que estaba dispuesto á enlazar- 
se contigo si accedías á ser su esposa. 
Isabel dirigió á su padre una mirada de sorpresa. 
— ¿Luego quiere que yo sea su esposa? 
—Sí. 
— ¿Y por lo tanto reina de Granada? 
— Es natural. 
— ¿Y qué le contestasteis, padre mío? 
— Yo le contesté que no podía darle una respuesta 
definitiva mientras no consultara contigo. 
— ¡Ah, padre mío, cuan bueno sois! 
— Este era mi deber. 

— Sin embargo, demasiado sabéis que había de 
someterme á lo que dispusierais. 
— No lo ignoro, pero yo no soy de esos padres ti- 
ranos que abusan de sus derechos. El lazo matrimo- 
nial dura toda la vida, y si mañana, aunque no lo 
creo, no fueras dichosa al lado del rey, tendrías so- 
brada razón para acriminar mi conducta. En cam- 
bio, dejándote á tu libre albedrío, nunca te quedará 
ese derecho. 
— No, padre, no; me extraña que supongáis eso en 
mí. Si yo llegase á casarme con el rey y éste me hi- 
24 EL JURAMENTO 
ciese desgraciada, disimularía mis dolores en vuestra 
presencia para evitaros que padeciereis también. 
— Ahora lo preciso es que me digas tu resolución. 
— Pues bien, ya os he contestado que haré lo que 
queráis. 
— Yo á mi vez te daré un consejo, hija mía. 
— Ese es mi único deseo. 
— Muley- Hacen, tanto por su elevada posición como 
porque se halla en esa edad en que el hombre no es 
susceptible de veleidades, creo que te conviene. Es 
el altivo soberano del reino de Granada, quizás el 
más poderoso y ameno de Andalucía. Se ha hecho 
respetar de todos por su valor y su probidad. Tú 
has sido una hija tierna y cariñosa, lo mismo serás 
una buena esposa. La que no supo respetar á sus 
padres mal puede hacerlo con el hombre á quien 
jura fidelidad y amor ante el ara. Únete, pues, á él, 
y procura labrar la dicha de tu dueño y de tus sub- 
ditos. 
— Padre mío, seguiré estrictamente vuestros con- 
sejos con una sola condición. 
Solís consultó á la joven con una mirada. 
— Tú dirás qué condición es esa. 
— Que no habéis de separaros de mí. Que Grana- 
da será vuestra residencia, y que bajo su azulado 
cielo viviremos los dos. 
— ¡Hija de mi alma! — exclamó el anciano estre- 
chándola entre sus brazos. 
— Hacedme esta promesa y me considero comple- 
tamente dichosa. 
DE BOS HÉROES. 325 
— Pues bien, yo partiré á Granada. Después de 
todo, es el único medio que existe para prolongar mi 
existencia. Si el ave necesita el aire para volar y el 
pez el agua, mi elemento es tu cariño, sin el cual su- 
cumbiría de seguro. 
— En ese caso puedes manifestar al rey que accedo 
á ser su esposa. 
En aquel instante D. Pedro y la joven volvieron 
la cabeza al oir los pasos de una persona que se acer- 
caba. 
Era Abul-Cazín Venegas. 
Enterado por el rey de la conferencia que con Solís 
había tenido la noche anterior, había buscado á éste 
en las habitaciones del castillo, y no encontrando ni 
á él ni á su hija, había salido á buscarlos. 
— Mucho celebro que llegues en esta ocasión — le 
dijo D. Pedro. 
Precisamente estaba hablando con tu sobrina del 
asunto que, sin género de duda, te trae aquí. 
— ¿Le has dicho las aspiraciones de mi rey y señor? 
— Se las he dicho. 
— ¿Y qué te ha contestado? 
— Que accede. 
Cazín Venegas celebró de todas veras la actitud de 
la joven . 
— Únicamente existe una nube que altera mi feli- 
cidad — dijo Isabel, que momentos antes había que- 
dado pensativa. 
— ¿Y qué nube puede empañar la dicha de mi futu- 
ra soberana?— preguntó Abul sonriéndose, al creer 
326 EL JURAMENTO 
que la joven iba á hablar de alguna de las nimiedad es 
que solían ocurrírsele. 
— Sino me equivoco, Muley-Hacén tenía otra esposa. 
— Con efecto, se halla casado con Aixa, que recibe 
el sobrenombre de la Honesta. Supongo que esto no 
te extrañará, pues ya sabes que la religión de Maho- 
ma consiente hasta cuatro esposas. 
— Lo sé perfectamente, pero desconozco el carác- 
ter de esa mujer. 
— Comprendo tus temores, pero voy á hacerte una 
sola advertencia, que los desvanecerá en seguida. 
Aixa es mucho menos hermosa que tú, y, por lo tan- 
to, no tardarás en sobreponerte á su soberanía. 
— ¡Pero cuánto sufrirá el corazón de esa pobre 
mujer si ama á su esposo verdaderamente! 
— No lo creas, en nuestros pueblos esa es una cosa 
normal. 
— ¿Pero pueden prescindir de tener corazón? 
— ¡Ah! Para eso no basta la respetabilidad que las 
leyes nos inspiran. Ante las exigencias del amor pro- 
pio todo es impotente y pequeño. 
Aquellas reflexiones duraron poco en el ánimo de 
Isabel. 
Era demasiado niña y demasiado inocente para 
que meditase largo rato. 
La risueña perspectiva de un casamiento, cosa que 
casi siempre halaga á las mujeres, unido á que el 
prometido era el rey de la encantadora Granada, hi- 
cieron desaparecer aquellos efímeros rasgos de abne- 
gación. 
DE DOS HÉROES. 327 
Después de todo, ella iba á luchar con las armas de 
su hermosura. 
Aixa la Honesta había dado á su esposo un hijo. 
También tenía una belleza poco común. 
Iba á entablarse, por lo tanto, una guerra, en la 
cual se ignoraba por qué bando se decidiría la vic- 
toria. 
Doña Isabel sólo pensó en sus futuras grandiosi- 
dades. 
Díjole, pues, á D. Pedro que podía manifestar al 
rey que estaba dispuesta á ser su esposa. 

, 

EL JURAMENTO DE DOS HEROES-ESPAÑA -281-283

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES
JULIAN CASTELLANOS
ESPAÑA
1889
 
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza, 
formó el propósito de declararse á la joven en aque- 
lla expedición. 
Estos eran los pensamientos que, llenando su men- 
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin 
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de 
hermosas ilusiones. 
Cuando se ama y se abriga la convicción de ser 
correspondido, todo lo que nos rodea se tiñe de color 
de rosa. 
El amor es un prisma que tiene la propiedad de 
presentarnos todos los objetos que vemos por él re- 
vestidos de las formas y de los colores más hermosos 
y deslumbrantes. 
Don Beltrán dormía, mostrando en sus labios una 
DB DOS FTÉROES 281 
sonrisa que revelaba de una manera clara la placidez 
de su sueño. 
Dejémosle y pasemos á la cámara de D. Pedro 
Solís, á quien, á pesar de lo avanzado de la noche, 
le había sido imposible entregarse al reposo. 
El noble caballero encontrábase incorporado en su 
lecho, repasando un pergamino á la luz de una lám- 
para de hierro, colocada en una mesilla de roble. 
Aquella era de seguro la centésima vez que el de 
Solís leía aquel escrito, que era el mismo que en la 
mañana de aquel día había puesto en sus manos un 
emisario de Granada. 
Aquel pergamino decía así: 
«Querido primo: Hace dos días que, conversando 
con el rey en uno de los jardines de los alijares so- 
bre las bellezas de las damas granadinas, alabé como 
se merecen las gracias y la hermosura de tu Isabel. 
»El soberano se entusiasmó de tal modo con mis 
palabras, que me manifestó los más ardientes deseos 
de conocer á tu hija. 
»Ofrecí complacerle, contando siempre con que tú 
no desatenderías mi ruego. 
El rey siente cierta aversión hacia su esposa, y 
pudiera muy bien ocurrir que, al ver á tu hija, te 
propusiera el compartir con ella el trono de sus po- 
derosos dominios. 
»¿No te parece que sentaría muy bien una corona 
de reina sobre la frente blanca como la nieve y los 
cabellos rubios como el oro de mi hermosa sobrina? 
»Tú que no tienes, como buen padre, más idea fija 
36 
282 EL JURAMENTO 
que procurar el bienestar de tu Isabel, puedes muy 
fácilmente encontrar en esta ocasión su engrandeci- 
miento y su ventura. 
»Además de esto, un enlace de semejante natura- 
leza te daría en la fastuosa corte de Granada la im- 
portancia y el influjo que el odio y la saña de tus ene- 
migos te han arrancado en la corte castellana. . 
»Buena prueba de esta verdad tienes en mi persona. 
»Si comprendiendo el interés que me guía en esta 
ocasión accedes á lo que te propongo, dispon una 
partida de caza en los terrenos fronterizos á este rei- 
no, y avísame el día que elijas, para que, acompa- 
ñando al rey, acuda al mismo sitio con idéntico pre- 
texto, y aparezca nuestro encuentro casual á los ojos 
de todos. — Tu primo, Roduán Venegas.» 
Don Pedro terminó de leer el pergamino, y colocán- 
dole sobre la mesa, tomó de ésta otro y se puso tam- 
bién á examinarlo. 
Este pergamino era la contestación al anterior. 
El de Solís habíase llevado toda la velada, como 
dijimos, solo en su cámara, pensando los términos en 
que debía contestar á la proposición de su pariente. 
Después de haber meditado mucho sobre el asun- 
to, trazó la respuesta, accediendo á lo que se le indi- 
caba. 
Pero á pesar de haber examinado con toda deten- 
ción las ventajas y las contras del asunto, decidió es- 
perar hasta la mañana siguiente para resolverse de 
una manera definitiva. 
El momento de decidir de plano aquella cuestión 
DE DOS HÉROES. 283 
había llegado, y el noble caballero, después de exami- 
nar de nuevo los dos pergaminos, quedóse profun- 
damente reflexivo. 
Parecíale muy duro entregar su hija á un hombre 
de distintas creencias religiosas, por más que este 
hombre fuera un rey. 
Pero acudieron á su memoria hechos de parecida 
índole consignados en la historia de nuestra patria, y 
entonces se convenció de que ya tenían precedentes 
alianzas de aquella naturaleza. 
Recordó la unión de la hija del rey moro de Sevi- 
lla, la hermosa Zaida de los romances, con el rey don 
Alonso VI, y el casamiento también de una infanta 
de Castilla con un régulo de Toledo. 
Estos dos ejemplos, unidos á la natural ambición 
de padre, acabaron de decidirle de una manera com- 
pleta. 
— Mi Isabel será reina de Granada, y mis temores 
acerca de su porvenir terminarán al verla elevada 
hasta el trono. 
Con esta decisión, apenas empezó á amanecer, ató 
el pergamino con un cordón verde y estampó en él 
su sello en cera. 
En seguida salió de su cámara y dijo á uno de sus 
servidores: 
— Avisa al mensajero que llegó ayer, y dile que 
necesito verle. 
El criado partió de la estancia, y poco después 
el mensajero de Roduán se presentó ante el caba- 
llero. 
284 EL JURAMENTO 
Éste, entregándole el pergamino que había escrito, 
le dijo: 
— Monta á caballo sin pérdida de tiempo, y lleva 
de mi parte á tu señor este escrito. 
— Así lo haré. 
— Que el cielo te proteja y te guíe; — y el de Solís 
hizo una indicación al mensajero para que partiese. 
Éste se inclinó con respeto ante D. Pedro y aban- 
donó la estancia. 
Media hora después salía del castillo jinete en un 
potro negro como la noche, y tomó una estrecha ve- 
reda, en uno de cuyos recodos se perdió de vista. 
Aquel día fué dedicado, según la noche anterior 
había dicho el de Solís, á los preparativos de la ex- 
pedición que debía emprenderse á la mañana si- 
guiente. 
A D. Beltrán no dejó de extrañarle el empeño que 
su noble amigo mostraba en disponerlo todo con una 
gran minuciosidad y hasta con un gran lujo. 
Pero no pudo el de Meneses presumir siquiera el 
fin á que obedecía la solicitud del de Solís. 
Isabel encontrábase altamente satisfecha. 
Su padre la había prevenido que vistiera para 
aquella batida su más rico traje de caza, y que lleva- 
ra sus mejores y más valiosas armas. 
Cuando amaneció el día siguiente, el asombro de 
don Beltrán rayó en admiración. 
La plaza de armas del castillo y la explanada que 
DE DOS HÉROES. 285 
se extendía ante la puerta principal, encontrábanse 
llenas de peones y jinetes. 
La gente allí reunida era tanta, que más parecía 
hueste dispuesta para la guerra que partida de caza. 
Los ojeadores y monteros pasaban de ciento cin- 
cuenta, armados todos de ballestas y venablos. 
Los picadores formaban un numeroso y lucido es- 
cuadrón, y los que conducían las jaurías y los criados 
para los demás servicios eran también muchos. 
Cuando los primeros albores del día dejáronse ver 
en el cielo, la puerta principal del castillo fué comple- 
tamente abierta, y á los ecos de una alegre fanfarria 
que entonaban las bocinas y las trompas de los pica- 
dores y monteros, salieron cabalgando en arrogan- 
tes corceles, D. Pedro de Solís y el de Meneses, lle- 
vando en medio á Doña Isabel, que regía admirable- 
mente una hermosa yegua blanca que montaba. 
La comitiva se puso en marcha en dirección á la 
frontera del reino granadino, distante sólo algunas 
leguas de aquel punto. 


EL JURAMENTO DE DOS HEROES -279-280

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES 
julian castellanos
españa
1889
 
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te- 
11o y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los 
jinetes moros. 
— Aquí están los fugitivos — gritó uno de los solda- 
dos, y una exclamación de júbilo brotó de los labios 
de todos los sarracenos. 
El de Aguilar y su amada, sintiendo acrecentarse 
su valor con la proximidad del peligro, continuaron 
trepando seguros de encontrar su salvación si conse- 
guían ganar la cumbre. 
La esperanza de D. Tello consistía en creer que 
desde aquella altura podía descubrir tropas cristia- 
nas y hacerlas venir en su socorro. 
Aben-Abo, ciego de cólera, se dirigió al sitio que 
sus soldados le indicaban; pero viendo la imposibi- 
lidad de poder seguir la persecución á caballo, orde- 
nó á su gente que se apease y que, ballesta en mano, 
DE DOS HÉROES. 273 
asaltasen las cumbres, presentándole muertos ó vivos 
á los dos amantes. 
Los desgraciados fugitivos habían ganado entretan- 
to el pico más alto de la peña. 
Desde allí se descubría el campamento de la hues- 
te cristiana que cercaba á Antequera. 
Don Tello deshizo el blanco turbante de su amada, 
y empezó á agitarle á guisa de bandera, haciendo se- 
ñas á los cristianos en demanda de socorro. 
Pero comprendiendo que aunque le vieran no te- 
nían ya tiempo de llegar á salvarle, se decidió á ven- 
der cara su vida. 
Entonces, dirigiéndose á su amada, le dijo: 
— Ángel mío, el cielo no ha querido oir mis súpli- 
cas, y nuestros esfuerzos han sido inútiles. Soñába- 
mos con la felicidad, y despertamos en brazos de la 
muerte. Tú aun puedes salvarte. Tu padre, por cruel 
y vengativo que sea, perdonará tu falta, y andando 
el tiempo podrás tal vez ser dichosa. Pero yo, que no 
tengo esperanza ninguna, no quiero darle el placer 
de que me coja vivo. Don Tello de Aguilar morirá 
peleando como debe morir todo caballero; y el joven, 
situándose en la pequeña meseta de una roca, á cuya 
espalda se abría un inmenso precipicio, empezó á 
asir grandes piedras y á lanzarlas con tal acierto con- 
tra sus perseguidores, que varios de ellos fueron 
muertos ó magullados. 
Pero, ¿qué podía hacer un hombre solo, por ani- 
moso que fuera, contra un número tan superior de 
enemigos? Nada. 
35 
274 EL JURAMENTO 
A pesar de sus esfuerzos, los soldados de Abén- 
Abo avanzaban por todas partes, encerrándole en un 
cinturón de acero que se estrechaba más á cada mo- 
mento. 
El valiente joven iba á caer de un momento á otro 
en mano de sus enemigos. 
Entonces Aldana, poseída de una exaltación terri- 
ble, se lanzó hacia su amante, y, estrechándola fuer- 
temente entre sus brazos, le dijo: 
— Telio de mi alma, ya que la desdicha no nos 
permite vivir juntos, moriremos al menos sin sepa- 
rarnos — y al acabar estas frases hizo un esfuerzo tan 
poderoso, que el joven no pudo resistir, y se precipi- 
tó con él por la cortadura de la peña, rodando uni- 
dos hasta lo profundo del valle, donde llegaron ho- 
rriblemente mutilados. 
De esta manera terminaron su vida aquellos dos 
fieles amantes, y desde entonces aquel promontorio 
de rocas tomó el nombre de Peña de los Enamorados. 
Cuando D. Beltrán terminó su narración, doña 
Isabel, á quien había conmovido profundamente la 
historia de los desdichados amantes, enjugaba con su 
blanco lenzuelo las lágrimas que humedecían sus 
hermosas ojos. 
— ¿No os dije, amiga mía, que mi relato había de 
conmoveros? 
— Y así ha sido, en verdad; pero, ¿qué corazón, 
por duro que sea, no ha de sentirse emocionado al 
DE DOS HÉROES. 275 
conocer el desastroso fin de esos dos amantes, tan 
dignos por todos conceptos de haber sido felices? 
— Tenéis razón. 
En aquel momento D. Pedro de Solís apareció en 
la estancia. 
El noble caballero no había podido pasar la vela- 
da al lado de su amigo y de su hija, por habérselo 
privado un asunto de gran interés. 
En las primeras horas de la mañana de aquel día, 
había llegado al castillo un jinete con un pliego para 
el caballero, de parte de uno de sus parientes, que 
gozaba gran favor al lado del rey moro de Granada, 
en cuya corte desempeñaba un alto cargo. 
En aquel pliego participábase al de Solís un deseo 
del soberano granadino, que debía tener una tras- 
cendencia inmensa para el porvenir de su hija. 
Por esta razón, así que terminaron la cena, don 
Pedro encerróse en su cámara, con el fin de pensar 
con detenimiento lo que debía responder á aquel 
mensaje. 
En los capítulos siguientes conocerán nuestros 
lectores el contenido del pliego del rey moro y la 
respuesta del caballero cristiano. 
CAPITULO XXVI 
L.» partida» de caza. 
Doña Isabel, así que vio aparecer á su padre en la 
estancia, le dijo: 
— Padre mío, os habéis perdido un rato delicioso. 
— ¿Sí, hija mía? 
— Sí; D. Beltrán nos ha narrado una historia tan 
interesante y tan dramática, que ha conseguido ha- 
cer que las lágrimas acudan á nuestros ojos. 
Ya tendrá la bondad de referirla otra noche para 
que yo la oiga. 
— Con mucho gusto, por más que abrigo la creencia 
de que os será de sobra conocida — repuso D. Beltrán. 
— Si me indicáis cuál es, os diré si la conozco. 
— Les he referido el origen de que llamen al pro- 
montorio cercano á Antequera la Peña de los Enamo- 
rados. 
— Sí, conozco el trágico fin del noble mancebo don 
Tello de Aguilar y la hermosa Aldana. 
— Ya veis cómo presumía con fundamento que no 
ignorabais esa historia. 
278 EL JURAMENTO 
— Ahora pasemos á otra cosa. 
— Como en las batidas que hemos dado hasta aquí 
no hemos hecho más que acosar las reses y alimañas 
que pueblan los montes de estos alrededores, os pro- 
pongo llevar á cabo una expedición que se salga por 
completo de los límites en que hasta ahora hemos 
encerrado los nuestros.  
 — Pues entonces mañana nos dedicaremos á hacer 
los preparativos necesarios, y así que despunte la 
aurora del siguiente día nos pondremos en marcha. 
— ¿Y hacia qué parte vamos á dirigir nuestro rumbo? 
— Hacia las tierras más avanzadas al reino grana- 
dino. 
— ¿Será necesario ir dispuestos á medirnos con los 
moros fronterizos? 
— De ninguna manera, D. Beltrán. 
— Desde hace algunos años las relaciones que sos- 
tenemos con los granadinos son tan amistosas y tan 
cordiales, que, sin recelo alguno, lo mismo acuden 
ellos á presenciar y divertirse en las fiestas que tienen 
lugar en Córdoba que vamos nosotros á solazarnos 
en las que ellos celebran en Granada. 
DE DOS HÉROES. 2"H> 
— El antiguo odio de raza parece extinguido; y yo 
creo que como un incidente grave no quebrante esa 
amistad, acabará por desaparecer ese odio mortal 
que tantas víctimas y tanta sangre ha costado á ,uno 
y á otro pueblo. 
— Si llegamos en nuestra batida á tierra de moros, 
ya veréis cómo se confirman estas indicaciones mías. 
La velada se dio por terminada, y los habitantes 
del castillo se retiraron á descansar. 
Don Pedro, al despedir á su hija y besarla en ía 
frente, como tenía de costumbre, se dijo: 
— ¡Qué bien sentará la corona sobre esa frente blan- 
ca como la azucena y esos cabellos rubios como el 
oro! Y halagado por este pensamiento, el caballero 
penetró en su estancia. 
Uno de sus servidores se apresuró á desnudarle, y 
momentos después el de Solís se metía en su lecho 
Una hora más tarde los moradores del castillo dor- 
mían, excepción hecha de dos personas. 
Estas eran D. Pedro y D. Beltrán. 
Cada uno de ellos tenía poderosas razones para 
desvelarse. 
El de Meneses había ido sintiendo acrecentarse por 
instantes en su pecho la inmensa simpatía que le ins- 
piraba la hermosa doña Isabel de Solís. 
Pero el caballero, no pudiendo olvidar los sucesos 
pasados, luchaba, comoya sabemos, entre el temor y 
el cariño. Pero esta lucha concluyó al fin, resultando 
victorioso el amor. 
La desconfianza que atarazaba el corazón del de 
280 EL JURAMENTO 
Meneses disipóse por grados ante la convicción de 
que la hermosa doña Isabel era un ángel de inocen- 
cia, incapaz de abrigar en su alma los vicios y los de- 
fectos de las demás mujeres. 
El amor, al enseñorearse por completo del corazón 
y de la mente de D. Beltrán, idealizaba á la persona 
objeto de su cariño. 
Aquella noche, durante la velada, el de Meneses 
tenía el propósito de confiar á la noble hija de su 
amigo el verdadero estado de su alma. 
Pero la ocasión no se presentó de un modo tan 
oportuno como él quería, y como abrigaba una com- 
pleta seguridad de ser correspondido, dejó para otro 
día el hacer á la hermosa joven la confesión de sus 
sentimientos. 
Cuando oyó al de Solís proponer la partida de caza, 
formó el propósito de declararse á la joven en aque- 
lla expedición. 
Estos eran los pensamientos que, llenando su men- 
te, le desvelaron por algunas horas, hasta que al fin 
el sueño le sorprendió meciéndose en un mundo de 
hermosas ilusiones. 

lunes, 16 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE DOS HEROES -JULIAN CASTELLANOS

 EL JURAMENTO DE DOS HEROES 
-JULIAN CASTELLANOS 
MADRID,ESPAÑA
1889
   CAPITULO XXV 
Donde continúa el asunto anterior. 
El de Meneses hizo una pequeña pausa, y después 
prosiguió diciendo: 
— Al llegar el verano, Aben-Abo anunció á su hija 
su deseo de partir á pasar la fuerza de los calores á 
un delicioso carmen, que con una hermosa casa po- 
seía en la orilla del Genil, á poca distancia de Gra- 
nada, indicándola que pensaba llevarse al jardinero, 
con el objeto de que ordenase y arreglara las flores y 
las macetas que existían en aquel hermoso sitio. 
La hermosa doncella recibió un gran placer con 
esta noticia, y algunos días más tarde encontrábase 
en el carmen, donde la vida del campo la permitía 
mucha más libertad que la que gozaba en Granada. 
. Los dos amantes creíanse entonces completamente 
felices; pero como la dicha es flor tan efímera que se 
deshoja al menor soplo del viento, la hermosa don- 
cella vio bien pronto aparecer una oscura nube en el 
esplendoroso cielo de su ventura. 
34 
266 EL JURAMENTO 
Su noble padre la anunció un día su pensamiento 
de unirla con uno de los caudillos más renombrados 
de la corte mora. 
El efecto que esta revelación produjo en el alma 
de la apasionada joven, fácil es presumirlo. 
Sintió que se desplomaba sobre su corazón un 
mundo de desdichas, y en cuanto le fué posible puso 
en conocimiento de su amante la desgracia que les 
amenazaba. 
Don Tello sintió su alma llena de la más espantosa 
desesperación, al conocer lo que su amada le decía, 
y dejándose llevar sólo de los arrebatos de su pasión, 
la dijo: 
— Aldana de mi alma, si es cierto que sientes por 
mí en tu corazón un amor tan grande, tan santo y 
tan inmenso como el que por ti alienta en el mío, 
existe un medio de impedir ese funesto enlace, que 
será la muerte de nuestras esperanzas y la desespe- 
ración eterna de nuestra vida. 
— Indícame ese medio, que por terrible y arries- 
gado que sea no dudaré en aceptarle, si crees que 
con él podemos conjurar el peligro en que nos ve- 
mos. 
Don Tello propuso entonces á la joven fugarse de 
la quinta, corriendo á acogerse al amparo del ejército 
cristiano que cercaba á Antequera, donde podrían 
enlazarse para siempre. 
La noble joven dudó unos momentos antes de re- 
solverse á tan violento extremo. 
Pero el caso apuraba, y las razones de su ama- 
DE DOS HÉROES. 267 
do y los impulsos de su inmensa pasión la deci- 
dieron. 
Guando se ama de veras, se salta por todo. 
Era una de las últimas noches de Agosto, cuando 
el fingido esclavo, armado de un agudo puñal que 
llevaba oculto, calzadas las espuelas y teniendo del 
diestro el caballo más fuerte y más ligero que poseía 
Aben-Abo, esperaba muerto de impaciencia, oculto 
en la ribera del Genil, en un bosquecillo cercano al 
camino de Archidona. 
Su inquietud no duró mucho. 
La hermosa Aldana, cubierta de joyas de inesti- 
mable valor y cuidadosamente rebujada en un albor- 
noz oscuro, apareció á su lado. 
El joven, lleno de ardor y de esperanza, la colocó 
sobre el caballo, y saltando á su vez con ligereza, se 
afianzó en los arzones, rodeó con su brazo izquier- 
do la flexible cintura de su amada, y hundiendo sus 
espuelas en los ¡jares del fogoso bruto, partió con la 
velocidad del rayo por el camino de Archidona. 
Don Tello procuraba alentar á su dulce compa- 
ñera, qué temblando de miedo, se estremecía á la 
vista de cualquier sombra, ó al rumor más leve que 
llegaba á sus oídos. 
Después de una carrera de algunas horas, el caba- 
llo empezó á dar señales de fatiga. 
Entonces D. Tello abondonó el camino y se inter- 
nó en la sierra, con el fin de buscar un refugio donde 
268 EL JURAMENTO 
hacer posada, con objeto de que el potro recobrase 
sus fuerzas con el descanso. 
Lo espeso de los jarales y lo accidentado del terre- 
no obligó á la amante pareja á echar pie á tierra. 
Don Tello, dando el brazo á su amada, y condu- 
ciendo de las riendas á su montura, prosiguió inter- 
nándose en el bosque con el pensamiento de seguir 
caminando hasta la aurora. 
Aldana, lejos de mostrar fatiga ni quejarse de la 
aspereza del terreno, seguía á su amado con una li- 
gereza y una intrepidez grande. 
Los primeros fulgores del alba empezaron á mos- 
trarse en el cielo. 
La luz, aumentando gradualmente, hizo más fácil 
su marcha á los dos amantes. 
Cuando la mañana lució por completo, el de Agui- 
lar hizo alto, diciendo á su compañera: 
— Estarás muy fatigada, vida de mi vida. 
— No lo creas; me siento aún con fuerzas para 
continuar. Sigamos huyendo hasta donde no nos pue- 
da alcanzar el furor de mi padre. Me estremezco de 
espanto ante la idea de caer en sus manos. Sería in- 
exorable para con nosotros. 
— No temas, Aldana mía, nadie sabe el camino que 
hemos tomado, y además, llevamos á la gente de tu 
padre una gran ventaja. 
— Sin embargo, sigamos huyendo hasta llegar á 
esa hueste cristiana que me has dicho. 
— Pero si es que no podemos proseguir nuestra 
marcha. 
DE DOS HÉROES. 269 
— ¿Por qué? 
— Porque sería exponernos á una perdición segura 
caminar de día. Nos encontramos aún en tierra de 
enemigos, y si alguien nos viese podía detenernos, y 
nuestra desgracia sería irremediable. 
— Es verdad: busquemos algún lugar seguro en 
estas asperezas, y en él nos ocultaremos hasta que la 
tarde espire. De ese modo, no sólo conjuramos todo 
riesgo, sino que nuestra fatigada montura recobrará 
el vigor con el descanso. 
Convencieron al amor estas razones, y pocos mo- 
mentos después la amante pareja se refugiaba en 
una gruta, abierta en un peñasco por la mano de la 
naturaleza. 
Los dos amantes permanecieron en la caverna 
hasta la caída de la tarde. 
Cuando llegó esta hora, volvieron á ponerse en 
marcha. 
La oscuridad, aumentada por la sombra de los ár- 
boles y los peñascos, les hacía más difícil su avance. 
Todo el afán de D. Tello era salir cuanto antes al 
camino trillado, para poder cabalgar y ganar antes 
que amaneciese el campamento de los cristianos. 
Después de muchas fatigas y afanes, el enamorado 
mancebo consiguió lo que deseaba. 
Por una garganta de la sierra salió al valle. 
Al orientarse reconoció que se hallaba al otro lado 
de Archidona, descubriendo á lo lejos como una 
enorme mancha negra que se destacaba sobre el 
270 EL JURAMENTO 
fondo oscuro del cielo, la mole colosal de la peña que 
dista poco más de una legua de Antequera. 
El animoso joven, como si hubiera arrojado de sí 
un peso grande, respiró con libertad. 
Sin dilación alguna colocó á la joven sobre el 
caballo, montó á su vez y, aplicándole las espue- 
las, emprendió de nuevo su carrera, diciendo á la 
hermosa: 
— Aldana, nuestra ansiedad toca ya á su término. 
Aquella masa oscura que se presenta á nuestra vista 
es una peña que dista sólo una legua de Antequera. 
Allí encontraremos tal vez algunas avanzadas cris- 
tianas y tendrán feliz término nuestros pesares. Por 
mucho que tu padre se apresure, no podrá ya, ni al- 
canzarnos, ni oponerse á nuestra felicidad. 
No había apenas acabado de pronunciar D. Tello 
estas palabras, cuando Aldana, que, como sabemos, 
se alarmaba de todo, se asió fuertemente al caballe- 
ro, y con la voz embargada por el terror le dijo: 
— Tello, ¿no notas cierto rumor lejano que semeja 
á un confuso tropel de caballos y voces? 
— Será el ruido de las aguas de un torrente que 
desde la sierra se precipita al valle cerca de estos lu- 
gares. 
— No; escucha, el ruido crece y se acerca... 
Por más que D. Tello disimulaba con objeto de 
no afligir á su hermosa compañera, se había aper- 
cibido perfectamente del ruido que ella le indicaba. 
Entonces apretó las espuelas al caballo, con el fin 
de hacerle precipitar su marcha. 
 DE DOS HÉROES. 271 
Pero el fogoso bruto encontrábase tan fatigado, 
que se resistía á correr. 
— ¡Maldición! — exclamó el joven — este caballo se 
encuentra muerto de fatiga, y esos jinetes que senti- 
mos nos darán alcance muy pronto. 
— ¡Oh! Entonces nuestra muerte es segura. 
— ¿Quién sabe si serán vasallos de tu padre ó sol- 
dados cristianos? — repuso D. Tello, haciendo, sin em- 
bargo, toda clase de esfuerzos para animar á su ca- 
ballo. 
Pero éste se plantó, sin que el castigo le hiciera mo- 
verse, empezando á contestar á los relinchos que oía. 
— Este animal nos pierde, y es preciso abandonarlo. 
Reúne todo tu valor, Aldana mía, y sigúeme á ver si 
conseguimos guarecernos en las asperezas de ese pro- 
montorio inmediato, desde donde podremos obser- 
var ocultos si son enemigos ó cristianos los jinetes 
cuya carrera sentimos. 
Sin perder un momento abandonaron su cabalga- 
dura, dirigiéndose al promontorio indicado por el 
joven. 
Momentos después trepaban por aquellas agrias 
pendientes que coronan un gigantesco grupo de 
rocas. 
El caballo, apenas se vio libre, volvió grupa par- 
tiendo á reunirse con los que sentía relinchar. 
La primer persona que distinguió y conoció al fo- 
goso bruto, fué el padre de Aldana, pues él era el 
que perseguía á los fugitivos, al frente de un grupo 
272 EL JURAMENTO 
de cincuenta jinetes de la taifa que mandaba el cau- 
dillo Aben-Cerraje, con quien quería enlazar á su 
hija. 
— Picad y seguidme, que los miserables deben en- 
contrarse cerca — exclamó el viejo alcaide con feroz 
alegría al ver el caballo, empezando saborear el 
placer de la venganza. 
El grupo de jinetes siguió avanzando con la impe- 
tuosidad de una avalancha. 
Al llegar enfrente de la gigantesca peña, Aben- Abo, 
sospechando si los fugitivos se habrían refugiado en 
aquella escabrosidad, ordenó á sus jinetes practicar 
un detenido reconocimiento. 
El alba empezaba, y á su incierta claridad, D. Te- 
llo y Aldana fueron descubiertos desde lejos por los 
jinetes moros.